La relación del fútbol y la televisión
Entre el espectáculo de masas y el monopolio


El formidable desarrollo global de las transmisiones deportivas modificó la manera de percibir y concebir el fútbol, como hecho cultural de las sociedades contemporáneas. Un análisis de la tensión entre la aún impredecible lógica del juego y los mecanismos de mercantilización de la industria del entretenimiento.

En un relato de Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares (con el seudónimo de H. Bustos Domecq), publicado en 1963 y titulado “Esse est percipi”, un dirigente deportivo le confiesa al narrador: El último partido de fútbol se jugó en esta Capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.

En la florida imaginación de los autores se desata una posibilidad increíble: que la realidad sea solo un género dramático, un relato; radial, gráfico o televisivo. Y si es una imaginación increíble, se debe a que es pretelevisiva: en esos años, la televisión argentina recién inicia su despegue hacia la masificación, no ocupa -de ninguna manera- el espacio inconmensurable que hoy llena en la vida cotidiana. Pero Borges y Bioy Casares anuncian una posibilidad semiótica y tecnológica: digitalización de la imagen mediante, el partido virtual hoy puede tener lugar, ser puro simulacro. En el creciente influjo de las lógicas de los medios sobre el deporte puede leerse una tensión no resuelta. Que de solucionarse en favor del polo televisivo e industrial significaría, decididamente, el escenario que, entonces de manera risueña, proponían Borges y Bioy.

El actual es un paisaje dominado por la televisación continua, sistemática y cotidiana del espectáculo deportivo, en el que hasta cuatro señales de cable transmiten simultáneamente veinticuatro horas de programación continua -con una notoria predominancia del fútbol. Pero el fenómeno de expansión del fútbol en la televisión argentina, y en especial la cantidad de los capitales involucrados, no es novedoso en el mundo. La década de los 90 significó el auge global de las transmisiones televisivas, pasando la televisión a ser el principal capitalista del fútbol. La aparición de nuevas tecnologías de distribución -el cable, primero, pero principalmente la antena satelital doméstica- permitió la comercialización hogareña de eventos, tanto habituales, un campeonato; como especiales, un partido.

En Europa, los dueños del fútbol pasaron a ser los empresarios televisivos, el italiano Berlusconi o el australiano Murdoch. En la Argentina, el fútbol, así como había posibilitado la aparición del color en 1979, motorizó la expansión del cable en los 80 y las trasmisiones codificadas en los 90, funcionando como una suerte de locomotora tecnológica.

En forma progresiva, las lógicas mercantiles han dominado la televisión futbolística. Hoy, a pesar de que todo el fútbol puede ser visto por TV, la selección de imágenes procede por criterios estrictamente comerciales, lo que hizo de Fútbol de Primera un programa limitado a las escenas de los llamados "clubes grandes". El fútbol no sobreviviría hoy sin las ganancias procedentes de la televisación, aunque un reparto desigual -donde el monopolio Torneos y Competencias se lleva la parte del león- y la crisis económica de los clubes hacen dudar de esa misma supervivencia. A la vez, esto implica una absoluta dependencia de los deseos e imposiciones de TyC respecto de días, horarios y pautas de programación. La expansión es indetenible: a la captación de audiencias -por ejemplo, las femeninas- y la multiplicación del merchandising, se le suman los canales deportivos de cable, lo que permite pasar todo el día haciendo zapping deportivo. La vida se ha futbolizado: la pantalla no puede escapar a ese síntoma. El cuadro es, por lo menos, redundante: una televisión futbolizada y un fútbol puramente televisivo. ¿Quién podrá salvarnos?.

Pero la relación entre fútbol y televisión puede leerse también, de manera intensa, en la tensión entablada entre dos lógicas en principio irreductibles: la lógica del juego, la vieja marca lúdica del deporte; y la lógica de la maximización de la ganancia, propia de la mercantilización y la industrialización, irreductible a todo argumento que no contemple costos y beneficios, inversiones y saldos.

El fútbol es importante en nuestra cultura, entre otras razones, porque puede ser el reducto de lo imprevisible. El lugar donde el favorito de los medios, omnipotentes, fracase ante el eterno derrotado. Pero además, porque provee infinitos relatos: partido tras partido, desde el comienzo hasta el final la incertidumbre se mantiene, el bueno puede vencer, pero también ser vencido por las fuerzas del mal. La televisión intenta desplazar este desorden: a la imprevisibilidad del resultado le imprime la supresión del azar y la manipulación de la agenda de partidos; a la aleatoriedad de la jugada, la trasgresión y la picardía le impone la mirada industrializada que restablezca el orden. A la lógica del juego, en suma, lógica del deseo y la fantasía, la industria televisiva le contrapone la lógica del capitalismo, del orden, del control, de la ganancia.

La relación entre fútbol e industria cultural parece definirse solo en esa tensión perpetua. Es decir: por ahora, un empate.


Pablo Alabarces
Doctor en Sociología. Investigador Independiente del Conicet. Profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA.
   
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