Un jardín maternal en una escuela para adultos
La concreción de los sueños interrumpidos

Alberto Hugo Quiroga*

Hace ya 20 años, se fundaba el bachillerato de adultos de la Escuela de Educación Media Nº2, destinado a alumnos que, por diversas razones, no habían podido finalizar su carrera durante la adolescencia. Como docente desde su comienzo, fui creciendo junto con esa nueva experiencia, que pasó a ser parte nuestra.

En una primera etapa, la escuela se poblaba de alumnos y alumnas que tenían la ilusión de saldar una deuda con su propia vida, una materia pendiente, una etapa sin cerrar. La mayoría eran adultos y su retorno a la escuela dejaba de lado la sensación de que no podían retomar los estudios. Por el contrario, sentían que volvían al alumno que llevamos adentro, vinculado con la curiosidad por saber siempre un poco más, y con la fuerza de voluntad que ello implica. La recuperación de esa matrícula fue difícil y requirió mucho esfuerzo por parte de los docentes.

Con el tiempo, y a través de cambios en la normativa, se incorporaron alumnos desde los 16 años. A este nuevo grupo se lo solía llamar "golondrina", en referencia a que su paso era algo fugaz y tenía mayormente el propósito de saldar asignaturas previas o resolver equivalencias. Este retorno a la escuela estaba asociado a que el ejercicio de la vida adulta -con frecuencia, temprano- planteaba la necesidad de tener la certificación de la secundaria terminada. Dadas las características de fuerte competencia en un mercado laboral reducido y lo vertiginoso de los tiempos que se viven, la demanda por esa certificación se presentaba como prioritaria.

En el contexto que ha marcado a nuestro país en los últimos años, la deserción pasó a ser muy frecuente; y las estrategias de retención que ensayaba la institución, insuficientes. Así, la escuela de adultos se fue nutriendo -en su mayoría- con una franja de edad de entre 20 y 35 años, compelida a terminar su secundario, y cuyas vidas tenían problemas de difícil solución. La situación nos ponía ante la necesidad de entrar en diálogo con los motivos que causaban la deserción.

En ese marco, y de un modo paulatino que inicialmente no despertó demasiado nuestra atención, los docentes "no nos dábamos cuenta" de que en el aula se encontraba, sentadito en un banco alejado y aleccionado para no molestar y no hacerse notar, algún chiquito, cuya mamá o papá no había conseguido con quién dejarlo. El problema se agudizó y empezaron a ser dos, tres o cuatro. Los docentes interactuábamos con la situación "corrigiendo" dibujitos y oraciones de los "alumnos postizos", pero en un momento eso no nos satisfizo y empezó a parecernos insuficiente. Ello también nos planteaba problemas o riesgos con cuestiones más formales, relativas al orden y la -famosa y odiosa- responsabilidad civil.

Un primer modo de acercarnos al problema fue relevar las dificultades que nuestros alumnos tenían, que provocaban su ausentismo o deserción. Así, supimos que ellos tenían inconvenientes con su organización familiar, respecto al cuidado de los hijos menores, en especial entre el grupo de las mujeres; y esto era aún más acuciante en el grupo de madres solteras. El problema había sido visualizado y, desde el año 2001, se empezó a pensar mucho acerca de cómo avanzar hacia alguna solución.

Analizamos muchas opciones: solicitar a la Dirección General de Escuelas que un jardín maternal vecino extendiera su horario, pedir permiso para implementar un sistema semipresencial, utilizar internet y no sé cuántas cosas más. Algunas de ellas comenzaron a intentarse, pero no lograron prosperar. En ese mismo proceso se buscaba interesar a otros docentes para poder repartir un poco el esfuerzo, pero eso también resultaba muy difícil, ya que si bien se conseguía adhesión a la idea, no se concretaba luego en la conformación de un grupo de trabajo, dado que a pesar de la existencia de voluntades, el tiempo disponible de cada uno siempre resultaba insuficiente.

Pese a ello, se fue plasmando un sueño: la escuela iba a tener un Jardín Maternal. Se contaba con el apoyo de las autoridades de la escuela, que pusieron en juego una gran sensibilidad para este proyecto, proveyeron la voluntad de que se concretara, así como espacio físico y tiempo de trabajo. Dejamos atrás la pretensión de un subsidio y finalmente entendimos que un espacio propicio para impulsarlo era la Asociación Cooperadora; al convertirme en autoridad de la Asociación, el primer proyecto impulsado fue el del Jardín Maternal.

Así fuimos, a través de este proyecto, acercándonos más a la preocupación de nuestra escuela, en el sentido de facilitar la educación para todos, sin excluidos. La institución ofrecía un buen punto de partida, dado que es una de las pocas que cuenta con gabinete para disminuidos visuales y con otras dificultades físicas, con el propósito de brindar apoyo a alumnos con esta necesidad.

Por otro lado, la Asociación Cooperadora -pese a poseer escasos recursos- venía apoyando fuertemente a los alumnos con mayor necesidad, proveyendo de boleto escolar, vestido y alimentación, de modo que no interrumpieran su concurrencia a la escuela y, así, generar las mayores condiciones de igualdad posibles. De ese modo, se apuntalaba el objetivo del establecimiento, guiado por una política de educación para todos. Desde ese punto de partida, el proyecto del jardín maternal abonaba esa intención y favorecía el normal desarrollo de la actividad.

A instancias de la Cooperadora -con ayuda de los docentes del turno, las autoridades de la escuela y el personal de mantenimiento- se logró transformar un depósito, en una hermosa y amplia aula, adornada con figuras de Patoruzito y Pamperito, Clemente, Guille y Mafalda; se incluyó un mobiliario compuesto de mesitas y sillitas elaboradas y donadas por alumnos de la escuela, realizadas a través de un convenio con el Centro de Reubicación de Menores. Para la iniciativa se requería personal y conseguimos un acuerdo con el centro comunitario "Por un futuro mejor".

Así, en abril del 2005, comenzó a funcionar nuestro Jardín Maternal, comenzando con dos chiquitos que luego fueron dieciséis al finalizar el año. El 2006 nos encontró ya más experimentados y comenzamos con diecinueve niñas y niños, hijos e hijas de alumnos, del personal docente y del mismo personal de jardín. El trabajo fue mucho pero el premio de verla funcionando, y de saber que es una condición necesaria para nuestros alumnos, la convierte en un orgullo y una satisfacción muy difícil de contar. De este modo hablan de la experiencia los docentes:"Se ve la tranquilidad que tienen los alumnos y las alumnas en la clase. Saben que su hijo está a diez metros. Antes perdían actividades o tenían que irse porque los llamaban". Y también lo hacen los alumnos: "La guardería me permite venir a estudiar y estar tranquila porque sé que los nenes están cerca".

* Docente de E.E.M. Nº2, La Plata, y presidente de su Asociación Cooperadora.

   
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