Las clases medias y la escuela
¿Sálvese quién pueda?

Cecilia Veleda*

Tributarias de la educación pública y protagonistas del modelo inclusivo de sociedad que esta encarnaba, las clases medias han modificado a través del tiempo sus visiones y prácticas frente al sistema educativo. En el pasado, y a menos que se buscara una formación religiosa o comunitaria particular, madres y padres confiaban en la escuela pública del barrio como la institución capaz de integrar y permitir el ascenso social de sus hijos e hijas. Frente a una oferta más diversificada, los padres de clases medias se muestran hoy cada vez más atentos a la elección de la escuela a la que enviarán a sus hijos. Intuyen que las oportunidades educativas y hasta laborales de estos dependen de esta elección. La mutación sugiere entonces que si la escuela era antes una extensión y un espacio de construcción de la comunidad barrial, de una cultura común y de un compromiso compartido, hoy se ha ido transformado en un espacio de competencia por la obtención de títulos, de acceso a un servicio donde los usuarios -sobre todo los de clase media- procuran obtener los mayores réditos posibles en función de sus recursos económicos, culturales y sociales.

Varios son los factores que explican este viraje. En primer lugar, la pauperización de la población escolar por el efecto conjunto del crecimiento de la pobreza y de la extensión de la obligatoriedad escolar. Ante el empobrecimiento del alumnado, las clases medias modifican sus estrategias frente al sistema educativo, procurando preservar contextos educativos favorables. Tanto más cuando la "caída" en la pobreza las afecta también en gran medida y acentúa el valor de la escuela como medio para mantener la posición social. En segundo lugar, las exigencias crecientes del mercado de trabajo, no solo en lo concerniente a la posesión de títulos educativos sino también al manejo de ciertos saberes y capacidades, agudiza la necesidad de inversión de las familias en la escuela, sobre todo en un contexto de altos niveles de desempleo. Por último, la segmentación del sistema educativo en circuitos socialmente desiguales parece justificar las preocupaciones de los padres: la propuesta educativa varía hoy de un modo significativo entre las escuelas, no solo entre las públicas y las privadas, sino entre las de un mismo sector. Esas diferencias mucho tienen que ver con la composición del alumnado.


Por todas estas razones, las familias de clases medias tienden a posicionarse cada vez más como consumidoras frente a las escuelas -tanto privadas como públicas-, optando entre ellas como si se encontraran frente a productos de distintas marcas ofrecidos en el supermercado. No es casual el surgimiento en los últimos años, de información educativa para asistir a los padres en el incierto proceso de decisión: los diarios nacionales de mayor tirada, importantes editoriales y hasta flamantes consultoras privadas se dirigen al padre consumidor. Este, tironeado por prioridades diferentes y contrapuestas entre sí, y con opciones y recursos más o menos limitados según la posición social, comparte en las reuniones sociales sus angustias por la elección de la escuela para sus hijas e hijos. Esquematizando procesos complejos -que varían mucho según los estratos dentro de las clases medias-, podría decirse que, para las familias con los recursos económicos necesarios, la escuela privada aparece, en la mayoría de los casos, como la mejor opción. Así lo ve una madre: "En la escuela pública no les interesa qué chico va mal, qué chico va bien, y los padres tenemos que pagar el pato enseñándoles o mandándolos a una maestra particular. En la escuela privada están más encima de cada uno de los chicos. Y no dejan que se les vayan, porque pierden la cuota. Las maestras de la escuela pública están más achanchadas, como que no les importa mucho, quizá más por el peso que cobran, pero bueno. Pero todo influye y recae en los padres que mandamos los chicos a la escuela pública. Entonces,me parece que el que paga tiene un derecho y el que no puede pagar no puede tener un derecho".

Para las familias con menor poder adquisitivo, evitar las escuelas públicas que atraen a alumnos desfavorecidos y "colonizar" las escuelas públicas más prestigiosas surgen como medios privilegiados para asegurarse un "buen entorno" y mejorar las condiciones materiales de la escuela de sus hijos. En busca de comunidades educativas homogéneas, madres y padres de clases medias no solo se aseguran contextos de socialización protegidos, sino también potenciales padres y madres aliados para hacer valer conjuntamente sus exigencias ante directores y docentes. Así lo explicaba otra madre que envía a sus hijos a una escuela pública:"Con este venirse abajo de las clases sociales... si bien yo no discrimino, pero... bueno, sí me fijo un poco el nivel familiar que tiene, no el económico. No es lo mismo mandarlos a un colegio adonde van chicos que no tienen un núcleo familiar, que a otro donde sí lo tienen. En los grados donde están mis hijos, yo conozco a los padres desde jardín y todos tenemos una misma ideología en cuanto a la educación. Los acompañamos bastante. Hay un grupito, yo creo que los chicos intentan estar con sus pares de alguna manera, con los que se sienten identificados".

Progresivamente, la lógica del mercado ha invadido el espacio escolar y no solo entre quienes acceden y eligen las escuelas pagas. Según la lógica del mercado, el consumidor demuestra una posición activa frente al bien o servicio a adquirir hasta tanto toma la decisión. Como cliente, en todo caso planteará sus quejas antes de cambiar de servicio. Si uno elige y corrobora cotidianamente la justeza de esa decisión, permanece. Si uno elige y se equivoca, migra. Poco espacio parece quedar en esta dinámica para la participación, el compromiso, el trabajo conjunto, la conformación de una comunidad educativa, entre padres, docentes y alumnos.

Más allá de las muchísimas excepciones que puedan existir en las escuelas del país, todo indica que el compromiso con el interés colectivo resulta cada vez más trabajoso para los padres. Como tan bien lo ilustra el protagonista de clase media de la última película de Daniel Burman (Derecho de familia) que, interpelado como padre a participar en la escuela privada de su hijo, se queja:"Por qué tengo que ir a una clase abierta, si yo justamente pago para no participar". La falta de colaboración y de compromiso de los padres con la escuela es, cierto, una de las lamentaciones más frecuentes de los docentes. Del lado de padres: el tiempo escaso, las presiones laborales, el trabajo de las madres, los cortocircuitos en el diálogo con los docentes y la frustración a la hora de sumar otros padres comprometidos son algunas de las explicaciones de la desafección.

Pero si padres y madres desertan, las escuelas también encuentran dificultades para abrir espacios genuinos de participación. Por lo general, sin intercambios con el barrio en el que se encuentran, las escuelas toleran la presencia de los padres cuando se trata de conseguir recursos, pero se quejan cuando estos buscan intervenir "demasiado" en la vida escolar cotidiana. Se suele escuchar en las salas de profesores que el mayor problema de los chicos son sus padres. Muchas veces desbordada por los problemas cotidianos, por los bajos sueldos, la escuela siente que los padres solo se acercan para formular críticas o para delegar aún más carga en la ya recargada escuela. Pero cuando lo hacen de otra manera, la escuela tiene dificultades para acoger sus iniciativas, para retenerlos, para congregar a otras familias en una actividad conjunta.

Peor aún, en lugar de colaborar en la construcción de una comunidad integrada, muchas escuelas compiten entre ellas por atraer alumnos y, en el caso de ser demandadas, seleccionan ellas también los alumnos más favorecidos. Una vez más: esto sucede no solo en las escuelas privadas gracias al "derecho de admisión", sino también y cada vez más en las escuelas públicas. Así, en connivencia con las prácticas de elección de las familias de clases medias, las escuelas procuran ocupar la mejor posición posible dentro de sus preferencias, para atraerlas y preservarse del empobrecimiento de su alumnado. Paradójicamente, las escuelas responden a las demandas particulares de los padres estrategas y perjudican a las familias menos "advertidas" en los mecanismos ocultos del mercado.

Esta complicidad entre las escuelas y las clases medias, que adopta la forma de intercambios interesados entre una oferta y una demanda más que la de un encuentro entre actores movilizados en torno de un objetivo común, contribuye a acentuar las desigualdades y aleja a la escuela actual del ideal de integración democrática que esta representó en el pasado. La lógica del "sálvese quien pueda", que termina por imponerse, mina toda posibilidad de una acción colectiva comprometida con el ideal de una escuela anclada en el espacio público.

A la vez insatisfechos, impotentes y cómplices, unos y otros se fugan hacia el pasado. Las madres y los padres evocan nostálgicos la antigua escuela pública mientras se lamentan de no poder acceder a la escuela privada. Los docentes reclaman el lugar sagrado que ocupaban otrora y extrañan al "alumno y las familias de antes", respetuosas, aplicadas, colaboradoras. En unos y en otros, la añoranza permite justificar las propias fallas, conduce al inmovilismo y contribuye así a la persistencia del statu quo.

En un libro sobre los malentendidos entre las escuelas y las familias, François Dubet proponía: "En estos tiempos de pragmatismo y desencanto, importa recordar que la educación es un proyecto, una acción voluntaria, si se quiere intentar atenuar el aspecto negativo de la 'complicidad' entre la escuela y las clases medias. La tensión entre la escuela y las familias no puede ser reducida, debe ser negociada" 1. Esta negociación no debería ser entendida como una transacción, sino como un pacto, una alianza conjunta en pos de objetivos comunes, de un proyecto diseñado no exclusivamente en función de las demandas de los padres, o en base al saber experto de los docentes, sino gracias al encuentro de la comunidad educativa toda, incluyendo a otras instituciones barriales.

Si madres, padres y docentes se conforman con el rol de consumidores y trabajadores, alcanza con elegir una escuela de buen nivel para unos, y con cumplir con el horario y con los contenidos para los otros. El malestar de padres y docentes, la añoranza de una escuela distinta son tal vez los últimos trazos del lugar que otrora ocupó la escuela en un proyecto de sociedad integrada. Pueden ser también el punto de partida para una escuela mejor.

*Coordinadora del Área de Política Educativa de CIPPEC. Profesora de la UNQ. Candidata doctoral de la EHESS.

1 Dubet François (dir.), Ecole et familles: le malentendu, París,Textuel, 1997.

   
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