La buena de la película

Existe cierto estereotipo que vincula la tarea de la supervisora escolar con la imagen de la villana del cine. No es el caso de María del Mar Acuña, aunque las apariencias engañen, como bromea, debido a su parecido físico con la célebre "mala" Cruella De Vil. Acuña trabaja en trece escuelas de la provincia de Corrientes, y considera que el rol controlador de su función, basado en el respeto por el temor, debe ser redefinido porque se trata de un concepto obsoleto.

Ana Abramowski / aabramowski@me.gov.ar
Fotos: Roberto Azcárate

Soy morocha y tengo un mechón blanco sobre la frente, como Cruella De Vil", dijo por teléfono María del Mar Acuña ofreciendo un par de señas particulares para facilitar el encuentro. El juego entre la ficción y la realidad no es un detalle menor porque María del Mar es supervisora escolar. Más tarde comentará que el paralelo entre ella y la villana de 101 Dálmatas no se produjo en el sistema educativo, sino en el seno de su familia -fueron sus nietos los que la apodaron de ese modo. Acuña es alta, tiene una voz muy potente y sabe que su contextura física no contribuye a romper la analogía con el estereotipo de la supervisora-villana. "Una vez una profesora me dijo: 'Cuando la vi por primera vez creí que usted era dura, fría y hostil, y jamás pensé que podía encontrarme con una persona con su sensibilidad'", recuerda. En efecto, en su vasta experiencia docente, Acuña siempre estuvo lejos de encarnar a la mala de la película.

La decisión

Nació en Cañada de Gómez, provincia de Santa Fe, pero creció en otra ciudad del sur santafesino, Firmat. A pesar de ser la única hija de un matrimonio de docentes entusiastas y muy comprometidos con la profesión -ambos maestros normales y directores de escuela-, sus padres trataron de evitar que ella siguiera su vocación: ser maestra. Argumentaban que se trataba de una carrera que no le iba a dar "tranquilidad económica". Ya en el secundario, un profesor de Contabilidad y su papá la convencieron de que su futuro profesional eran las Ciencias Económicas. Así partió hacia Rosario a estudiar balances, sumas y saldos en la Universidad Nacional del Litoral. Eran los años sesenta y Acuña participó en la vida política universitaria, y disfrutó de cierta libertad de ya no ser "la hija del director": "Pero cuando estaba en 3º año me di cuenta de que no quería ser Contadora. Dije voy a terminar y después voy a hacer lo que quiero".

Cuando regresó a Firmat, ya con el diploma en la mano, abrió un estudio contable. Pero ni bien se produjo una vacante en la Escuela de Comercio Doctor Pablo Tiscornia -donde había cursado su escolaridad media-, se hizo cargo de una materia: Organización del comercio y de la empresa. "Trabajaba en forma intuitiva y me daba cuenta de que mis alumnos realmente aprendían, pese a que enseñaba materias tan áridas como, por ejemplo, Contabilidad".

Luego de estudiar un tiempo a solas y de manera asistemática, decidió iniciar el profesorado en Ciencias Jurídicas que se dictaba en Venado Tuerto: "Tenía muchas equivalencias pero no las tomé porque cursé a partir del convulsionado año 1972 y las materias se enfocaban desde una perspectiva muy diferente a la de la Facultad. Me pasé cuatro años viajando hasta que obtuve mi título. Yo ya me sentía docente pero quería legitimar mi carrera, para que nadie me pudiera decir: 'Pero vos sos profesional, no sos docente, no podés opinar'".


Ir y venir

Hasta que se instaló en la ciudad de Corrientes, donde vive desde 1991, su vida se vio surcada por múltiples traslados, originados por el trabajo de su marido como empleado bancario. Partieron desde Firmat, y su primera escala fue Bahía Blanca; luego volvieron a la provincia de Santa Fe, pero se radicaron en Venado Tuerto. Al poco tiempo, decidieron irse hacia la zona del litoral y vivieron en varias localidades de Entre Ríos, entre ellas Basavilbaso. El siguiente destino fue Corrientes, pero todavía no de manera definitiva, pues al poco tiempo se mudaron a Metán, en la provincia de Salta. Con sus hijas ya grandes y sin ganas de continuar con los traslados, a principios de los noventa la familia decidió establecerse en Corrientes en forma definitiva.

Sin perder la titularidad de las horas que tenía en Firmat, Acuña las llevó de acá para allá para no dejar nunca de trabajar como docente. Eso sí, los contextos y las modalidades fueron muy variables: educación de adultos, colegios nacionales, escuelas normales, experiencias con chicos y chicas con necesidades educativas especiales, cátedras en el nivel superior, acciones de perfeccionamiento docente.

El ir y venir de Acuña por la Argentina tuvo su correlato en el sistema educativo: pasó por las aulas, accedió a cargos directivos y luego volvió a dictar materias pedagógicas y contables como profesora. De esa experiencia extrajo un aprendizaje muy importante: "El hecho de haber sido varias veces directora, vicedirectora, y después nuevamente profesora, me hizo entender que se trata nada más que de una función. Esto no es peyorativo, es entender que una no es la dueña del puesto. No somos propietarios ni de la cátedra ni del cargo en el que estamos. Una no se sienta para siempre en un sillón para decidir soberanamente sobre la vida de los otros".

"Yo me mudé muchas veces, en trece años tuve diez traslados -enumera-. Siempre que empezaba algo lo tenía que dejar, y me preguntaba: ¿por qué no puedo disfrutar de la semilla que puse? ¿Por qué no puedo gozar de lo que estuvimos armando, trabajando, haciendo? Una amiga monja una vez me contestó: 'A lo mejor tu destino es sembrar'. Lo que sí puedo afirmar es que en cada lugar trabajé como si nunca me fuera a ir".

La función de supervisar

En 1999 se produjo una vacante y la designaron supervisora interina: "Para mí, ser supervisora es la culminación de la carrera. Cuando dejaba de ser docente para ejercer cargos directivos, algunas compañeras me decían: 'Yo no dejaría nunca el aula, jamás dejaría de enseñar'. Mi respuesta era: '¿Vos creés que siendo rectora no hay que enseñar y aprender?'. Yo concibo así el cargo de supervisora, a lo mejor no trabajo directamente con los chicos, pero con los profesores yo hago mucha docencia", enfatiza con convicción.

Para Acuña y muchos de sus compañeros supervisores, la imagen del supervisor-villano, que transmite respeto fundado en el temor, que solo se ocupa de ver lo que está bien y lo que está mal, es obsoleta. Considera que se tiene que redefinir el rol, pero no con circulares que manifiesten intencionalidades, sino desde el hacer: "Concibo la supervisión como asesoramiento, como acompañamiento, como facilitación, como contención. No estoy de acuerdo con la supervisión controladora, aquella que solamente va a buscar el error. El control es necesario para poder ir viendo qué hay que mejorar, qué hay que reajustar y qué hay que validar, porque también hay que darle a la gente procesos de validación, y creo que eso está muy ausente en la función supervisora".

"El supervisor tiene mucho para dar, para enseñar, para aprender, para vivir en las escuelas", afirma Acuña, y completa: "Tenemos que ir más a la interioridad de las escuelas, atendiendo a la particularidad de cada una, atentos a lo que demandan, pero no debemos esperar que los canales de comunicación se abran solos: hay que abrirlos. Yo creo que el asesoramiento no puede consistir en ir a decirle al otro lo que tiene que hacer, sino en provocar situaciones que lleven a reflexionar, a contrastar. A generar formas para que la gente cambie los posicionamientos, para poder mirar desde otros ángulos y desde otras perspectivas. Y donde debemos poner énfasis es en la observación de la dinámica que se da adentro de la escuela. Esto no está internalizado ni en los docentes ni en los supervisores: observar el aula, la sala de profesores, la rectoría. Debemos tener como un zoom; si nos acercamos demasiado no vemos el todo, y si nos alejamos demasiado tampoco vemos la totalidad de la situación".

La cuestión de los vínculos es algo que en particular moviliza a la supervisora: "El asunto es involucrarse, a veces hacer 'con' la comunidad educativa, a veces mirar lo que hacen, tomar distancia. Es un juego difícil. El tema es estar comunicado de manera tal que no sea 'subordinación y valor', y que se haga lo que una dice y nada más. Una tiene que generar las condiciones para que ese involucramiento no resulte confuso y que todos crean que deben hacer caso porque una tiene la verdad absoluta".

Realidades escolares

En la provincia de Corrientes, el trabajo de supervisión no es zonal: todos los supervisores tienen escuelas en la Capital y en el interior. Acuña trabaja en trece escuelas: "De todo tipo, me encanta eso. Así todos tenemos un panorama de toda la provincia". Escuelas diurnas y nocturnas, periféricas y céntricas, muy grandes, con más de mil alumnos; y muy pequeñas, en pueblos chicos o parajes, al lado de los Esteros o a la vera del río Paraná.

"En este momento tengo una propuesta de armar un consejo de rectores de las escuelas que están en mi jurisdicción; quieren visitar y conocer las escuelas y ver las experiencias que se están realizando", asegura Acuña. Además de visitar escuelas, el trabajo de supervisión exige la realización de muchos expedientes y la inclusión en proyectos especiales: "Trabajo en la Dirección General de Proyectos, Planes y Programas, en el área de Ruralidad. Después estoy en un proyecto de experiencias de designación de escuelas de profesores por cargo, y estuve trabajando en competencia de títulos".

Aprender a ser supervisor

"Estoy haciendo un master virtual de 'Democracia y Educación en valores', dictado por la Universidad de Barcelona. Antes, en la misma Universidad, hice el curso de posgrado 'La práctica de los valores en contexto educativo', con una beca del Ministerio de Educación de la Nación y de la Organización de los Estados Iberoamericanos", describe con mucho entusiasmo por seguir aprendiendo a esta altura de su carrera.

Aunque todavía no esté dentro de sus planes, cuando llegue el momento de la jubilación como supervisora, le gustaría trabajar en ámbitos educativos no escolares, con adolescentes judicializados o en cárceles, e indagar en formas de capacitación no convencionales. Hacia el final de la entrevista, Acuña advirtió que había dejado una pregunta sin responder: ¿cómo se aprende a ser supervisor?

Su voluntad de retomar ese tema puso en evidencia que había estado dándole vueltas al asunto: "Se aprende analizando qué cosas una hubiera necesitado del supervisor en instancias anteriores, como directiva, como profesora. Y después, haciendo. Porque se aprende haciendo y trabajando en equipo con los pares".

   
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