Correo de lectores

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El acto de leer

Nada menos agresivo, dice Enrique Vila-Matas, que un hombre que agacha su cabeza para leer el libro que tiene en sus manos. Ningún acto más creativamente silencioso, ninguno menos cruento en un mundo cada vez más cruento.

Agachar la cabeza es la figura universal de la sumisión: ante el amo, remordiendo en la mudez obligada la rebelión posible; ante el libro único, razón y fuente de todos los fundamentalismos... pero cuando es la cabeza del lector la que se reclina ante el libro plural, es otra cosa: el latido de una libertad, el recogimiento del mundo en el espacio que media entre los ojos y las manos sosteniendo un libro, como un recibimiento, una acogida calladamente humana.

Tal vez leer no sea más que eso: reinventarnos una reconciliación con el mundo, un acercamiento a la humana libertad.

La mirada del hombre o la mujer que lee no es la misma de siempre. No hay -como dice Vila-Matas- ninguna agresividad, pero tampoco hay apetencia ni tormento. Hay un dulce olvido del yo, una tierna debilidad que abandona las fatalidades de la soberbia y se deja estar para que el libro sea, se pierde en una afasia apaciguada para que el libro se encuentre. Una sumisión que deviene en libertad, una sumisa libertad.

Las manos de la mujer o el hombre que lee no aprietan ni someten, no fuerzan ni maniatan: se abren hacia arriba, como el humo o los pájaros, y sin embargo, acogen -quietas- las páginas fecundadas y las vírgenes, y cierran sin cerrar el círculo que la mirada empieza, como un vientre que atesora un libro.

Sergio G. Colautti.
Docente en Río Tercero, provincia de Córdoba.

No estoy solo

Hola, soy entrenador de fútbol (trabajo con juveniles) en el club Aldosivi de Mar del Plata, y cuento con vasta experiencia nacional e internacional como jugador y técnico. El motivo de mi envío tiene que ver con la espléndida nota realizada a José Pekerman, en El Monitor Nº 5, donde me complace enormemente lo que allí se desarrolla. Pues en un país tan aciago como el nuestro, que la cultura y el deporte se tomen de la mano es muy difícil.

Soy una persona que ama su trabajo y, sobre todo, la formación de los jóvenes desde todo punto de vista. La nota llegó a mí a través de mi esposa que es docente (con lo que eso implica en este país) del Jardín de Infantes Belén, de mi ciudad. El ex seleccionador argentino de fútbol posee los conceptos muy claros y precisos, y sus palabras me manifestaron que no estoy solo en mi lucha.

Me considero un formador nato como tantos otros que debemos existir, y no renuncio a creer en que si el compromiso es compartido por muchos, la minoría verá amenazada su vulgaridad del "todo vale y a cualquier costo". Mando esta misiva con humildad y satisfacción, sin importarme que el costo que debo afrontar por pensar como nuestro seleccionador es muy alto. Solo los que somos capaces de soñar, somos capaces de conseguir el objetivo, porque estaremos más próximos a él. Reciban un cordial saludo, y gracias porque me hacen saber que no estoy solo.

Facundo Alvanezzi
Entrenador juvenil de fútbol. Mar del Plata, provincia de Buenos Aires
alvanezzifac@yahoo.com.ar

El valor de la educación

Además de las específicas del cargo, muchos de los docentes cumplen otras funciones. A veces tanto es lo que se les exige, que va quedando en el olvido que es un profesional con una formación específica. Y que cumple la noble tarea de educar, la de transmitir conocimientos socialmente significativos, para formar ciudadanos. La educación es el punto de partida de un proceso de reformulación e intercambio permanente, pensando en la calidad de vida de una sociedad.

Debemos formar futuros ciudadanos, los que hoy transitan en la escuela, que necesitan ser "mirados, escuchados y hablados"; mirados no solo como sujetos pedagógicos, sino como sujetos íntegros. De esta forma evitaremos que nuestra escuela se convierta en un simple lugar por el que el niño transita. Tiene que ser un lugar prioritario para él, donde además de entablar lazos sociales, también pueda enriquecer su subjetividad, con el respeto, la solidaridad y tolerancia que merece. Y precisamente el respeto tiene un lugar prioritario dentro de la escuela, aunque muchos niños no lo reciben del adulto porque o no son escuchados, o no se los mira, o no se les habla.

Todo esto sugiere revisar nuestras prácticas; cambiar de actitud; volver a las teorías que nos sustentan y animarse a rescatar lo que sirve para este momento social. No será fácil salir de las estructuras que nos fueron moldeando; pero tampoco será imposible.

Considerar la escuela un espacio de intercambio, de encuentros, pensando en términos de posibilidad y no de discurso autosuficiente y excluyente es tarea que llevará muchísimos años. ¡Empecemos de una vez! ¡Animémonos a revalorizar uno de los pilares más importante para un hombre íntegro: la educación!

Claudia Faoro
Profesora de nivel inicial. Rosario, provincia de Santa Fe.

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