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Luis María Pescetti, escritor y músico "Tengo en mente al chico real y al papá real"
Es un personaje singular por donde se lo
mire. Llena teatros cantando canciones infantiles
con historias "poco convencionales"
y escribe libros protagonizados por chicos y
chicas parecidos a los de la vida real. En
esta entrevista, el creador de Natacha habla
de la particular relación que establece con
su público, que lo sigue como si se tratara
de un ídolo pop. |
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Judith Gociol y Malena Rosemberg
Fotos: Luis Tenewicki
Luis María Pescetti es una especie de juglar de lo
políticamente incorrecto. Se pone frente al público
-con su guitarra y sin el apoyo de ningún
despliegue escenográfico- y desde allí, solito, les grita
a los chicos, hace callar a los padres y canta canciones
sobre los mocos y la caca; o se burla de las madres
que quieren que sus hijos coman a toda costa.
Creador de personajes como Frin y Natacha, ezcrive
libroz con faltaz de lortografía, o conlaspalabrastodasjuntas
y es capaz de decir, en un cuento, que hay que
leer menos para cuidar a los árboles. Sin embargo,
Pescetti no para de publicar nuevos títulos, de recibir
mensajes en www.luispescetti.com, de ser escuchado
los sábados por Radio Nacional y de llenar salas de teatro.
Ser auténtico es parte de su secreto.
-¿Con qué premisas te relacionás con los chicos?
-Es un diálogo que trato de mantener de igual a igual,
a toda costa, sabiendo que hay un niño y que yo soy un
adulto, y que las dos cosas son ciertas. Hay un trabajo
que es el de afinar la antena: leo, leo, oigo, leo, veo.
De ahí, tomo lo que me llama la atención, lo que me resuena
como tema; sobre eso escribo o canto. Por eso,
cuando digo: "Mamá, no quiero que vayas al trabajo"
no me refiero solo a los niños, sino a la relación niños-
mamás, manipulación emocional-mamá. Para decirlo
algo tontamente: hay un trabajo que es el mantenimiento
de la antena, que tiene que ver con afinar la
sensibilidad. A partir de allí, concebir qué cosas son
tema y cuándo con eso es posible escribir algo para
chicos, o transformarlo en una novela para adultos. A
todos nos pasan cosas; el asunto es reconocer, entre
todas esas cosas que nos pasan, cuál es un tema.
-¿Y cómo lo reconocés?
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-Eso sí que no es consciente, esa es la parte más difícil
de la tarea. Por ahí estoy dando vueltas, paseo, camino
y de repente me llaman la atención las preguntas
que les hacen las mamás a sus hijos para tener conversación:
"¿Cómo fue tu día?", "¿Qué hiciste?" Y los chicos
responden todo cortadito: "sí", "no", "nada". Y un
día me doy cuenta: ahí hay un tema. Si tuviera que dar
un taller con docentes o un taller con chicos, de lo que
más me ocuparía es de que se den cuenta de que la vida
cotidiana está llena de temas que uno descarta porque
cree que la creación es otra cosa. Y escribir es volver
a los demás sensibles de cosas que a uno le llamaron
la atención, iluminar algún aspecto en los demás. |
-Y una vez que encontrás el tema, ¿cómo lo plasmás
en la obra?
-Si se puede, trato de que sea con humor. Me fijo
quién es el que la está pasando mal en la relación. Si es
el chico porque recibe muchas órdenes, o son los padres
porque tienen un hijo tirano. Y me pongo del lado
del que la está pasando peor.
-De todas formas sos más piadoso con los chicos
que con los adultos...
-Más o menos. Quizás porque los chicos tienen menos
palabras para expresar lo que les ocurre. Pero a
los papás también trato de aliviarlos del rol de padres.
Me parecería medio patético si yo me pusiera en un
lugar demagógico: "Niños desobedezcan las reglas", y
nada más. Creo que lo que más conmueve es que existe
cierto equilibrio: puedo traducir y reflejar ciertas cosas
que les pasan a los chicos. Pero no como un sindicalista
de los niños. Yo no soy eso (Se ríe y aclara: "Por
favor no pongas eso como título del artículo"). Por ejemplo:
yo hablo mucho en voz de Natacha, pero lo que te
queda de ella es que es una hincha y eso va para el lado
de los papás.
-¿A qué tipo de chico y a que padres tenés en mente
cuando trabajás?
-Lo que seguro no hago es pensar en un ideal de niño
o en un ideal de padre. Lo que tengo en mente es
el chico real y el papá real. Y los pienso en esos momentos
en los que todos sentimos un poco de vergüenza.
Si uno hace comedia y quiere hablar de la pareja,
no habla de la pareja en su momento más equilibrado,
sino cuando a uno de los dos se le fue la mano.
Cuando uno se puso tan romántico que hacía el ridículo,
se puso tan celoso que parecía tonto. Si hablo de la
relación alumno-maestro, la trato cuando la directora
organiza un acto que es un plomo. Porque lo que intento
relajar, iluminar, son esos momentos humanos en
los que nos gana el rol, o la formalidad, o el quedar
bien. Porque cuando uno "queda bien", también se
siente un poco oprimido. Entonces, hago un ridículo del
momento de quedar bien, para que el otro se libere un
poco, o mucho, y se dé cuenta de que no pasa nada. Por
lo tanto, como decía, tengo en cuenta un papá real y un
hijo real en los momentos menos lucidos de esa relación.
Si es un chico que quiere conquistar a una chica, cuando
le sale mal: ¡doinch! Si es un papá que quiere educar
a su niño, cuando le sale mal: ¡doinch! ¿Por qué?
Porque eso es catarsis, porque produce alivio.
-¿Esa idealización a la que te referís está presente en
la educación?
-Sí, claro. Los padres suponen que tienen una idea clarísima
de lo que debería ser la educación. Los periodistas,
los docentes, las cooperadoras, los obispos tienen
una idea clarísima de lo que debería ser el niño. Pero entre
tantas ideas clarísimas, ¿dónde se encuentra el niño
en su experiencia cotidiana? Para mí, a los niños lo que
más les angustia es la incongruencia, fuera -por supuesto-
del maltrato físico
o verbal. La incongruencia,
concretamente,
quiere decir que perciban
hacia ellos toda una
serie de mensajes que
apuntan a un mundo
ideal que los adultos
después no cumplen.
Los chicos son como
cualquier adulto cuando
dice: "Los franceses
son así", "los norteamericanos
son asá", "los
bancos tal cosa". Los chicos hacen tantas generalizaciones
como hacemos los adultos. Y ellos perciben que
los adultos les dicen: "Hace esto, esto y esto"; y luego
ven que en la televisión, los adultos hacen lo otro, lo
otro y lo otro. Lo que perciben es la incongruencia. Si
uno persiste en decirles: "Lo que está bien es esto, esto
y esto", y ellos siguen viendo que lo que se hace es
otra cosa, lo que perciben es que uno no lo está preparando
para la vida real, o que uno no está enterado
de cómo es la vida real, o que se les está mintiendo y que
hay hipocresía.
Entonces cuando uno les habla de la vida real, se
vuelve un adulto más confiable y, a la vez, les da herramientas
para manejarse en ese mundo. Esto quiere
decir que cuando a los chicos solamente les hablamos
de situaciones ideales, contrariamente a lo que se cree,
no los apoyamos. Es como enseñarles a manejar con un
auto último modelo europeo en la mejor ruta de Estados
Unidos, para que después salgan a la calle y tengan que
manejar un auto usado argentino en una ruta llena de
baches. No van a tener idea de cómo se hace. Eso es dañino
para los chicos, porque en lugar de ayudarlos los
estamos dejando sin recursos.
-¿Esa idealización esconde lo vergonzante?
- Es que todos aspiramos a estar
bailando en el salón de un gran palacio
y la vida real no es así. En el
mejor de los casos, nos pasamos chocando
contra las columnas del palacio.
Para dar un ejemplo concreto:
la otra vez un profe de música llevó
uno de mis discos a la escuela y puso
Juancito Tirapedos (se ríe), que
es una canción de un chico que se
pone tan nervioso que se descompone
y se le escapan unos pedos.
Una madre fue a hablar con el director
porque el maestro le había hecho
escuchar al chico un tema pornográfico.
¿Y por qué pasan esas
cosas? Por una confusión. Por ejemplo,
yo no creo que los chicos no tengan
que decir malas palabras, creo
que hay que enseñarles cuándo las
pueden usar y cuándo no. A veces
las malas palabras cumplen una función
de expresividad; y otras, quedan
desubicadas. La regla básica es
que la mala palabra implica una relación
de confianza. Si yo la uso en
una relación de confianza, no ofendo a la persona a la
que me dirijo; pero si la uso con alguien a quien no
conozco, puedo ofenderlo. Creo que a los chicos hay
que enseñarles eso. En cambio, si se les dice que las
malas palabras no hay que usarlas, no lo creen, porque
saben que no es cierto. Esa señora que fue con la
queja al director se sintió ofendida sin entender esta
diferencia. |
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-Y en un espectáculo, ¿cómo se logra que chicos y
grandes, a los que no se conoce personalmente, se rían
en lugar de ofenderse?
-Hay que pensar que se trata de gente que elige ir a
ver ese espectáculo. No es que yo me meto en su casa.
Entonces, como soy el dueño de casa, yo ahí hablo como
quiero. En cambio, si me invitan a una escuela en
la que yo no tengo confianza, no hago algunas cosas. Es
decir: cuando se establece una relación de confianza, me
permito hablar con malas palabras. En el espectáculo,
además, hay muchas señales de mucho respeto, de mucho
cuidado y de mucho cariño. Todo se da en un contexto.
Supongamos que durante la canción de terror, el
iluminador empieza a bajar las luces y yo digo: "Nooo...
no empiecen a bajar las luces", los chicos se sienten
contentos porque yo tengo más miedo que ellos y gritan:
"Sí, bájelas, bájelas", y yo digo "No sean tarados,
porque a mí me da miedo". Ahí, aunque les digo "tarados",
me estoy poniendo por debajo de ellos, entonces
no se sienten ofendidos. Piensan: "Este dice tarado
porque tiene más miedo que yo". Y, a la vez, en
el mismo espectáculo donde los llamo tarados, de repente
un bebé llora y la mamá se va a levantar; entonces
le pido: "No, no te vayas, este es un espectáculo
para chicos, tengamos paciencia". Si algunas personas
se emocionan y aplauden, les digo: "No, no aplaudan
cualquier cosa". Vale decir que la ironía es posible
cuando hay un contexto apropiado.
Si a uno -por tomar otro ejemplo- le queda claro que
el escritor que está leyendo sabe cómo se escribe, y que
la editorial tiene correctores y el texto pasó por varias
correcciones, y así y todo está mal escrito, entonces hay
que concluir que está hecho a propósito. No obstante,
he recibido cartas de chicos que, cuando leyeron Nadie
te creería, que está escrito con faltas de ortografía, dijeron:
"Es una vergüenza que un autor...", porque no entendieron
la ironía, o el maestro no se las explicó. De todas
formas, pasó algo que yo quería que sucediera: que
los chicos asumieran la defensa de la regla.
-¿El maestro debe enseñar la regla o la trasgresión?
- (Silencio, piensa) Digamos que el maestro debe enseñar
a comunicar y a expresar: para comunicar enseña
la regla; y para expresar, la regla y también su trasgresión.
| La regla, la escuela y los actos escolares |
Luis María Pescetti nació en San Jorge, Santa Fe, y lo que recuerda de su paso por la escuela es -sobre
todo- la regla."Aunque -aclara- por otra parte, los perros entraban al patio mientras se izaba la
bandera. Una vez entró una perra en celo y, detrás, los perros que la perseguían y se peleaban entre
ellos. La directora mandó a todos los chicos a las aulas. Así que eso también convivía con la norma".
Maestro de música durante muchos años, ese fue el espacio que le permitió a Pescetti aprender
mucho de lo que luego constituyó su cosmovisión de lo infantil. Se indigna, todavía, cuando señala
que lo que se espera de esos profesores es que organicen las celebraciones de las fiestas patrias.
"El acto escolar es como una columna en medio de una habitación: uno se la choca siempre. Cada
dos por tres, el maestro ve suspendidas sus actividades porque tiene que preparar un acto escolar,
es una vergüenza. Y no es que las fechas a las que se homenajea no sean importantes, sino que el
mejor homenaje que se le puede hacer a la patria es trabajar, en lugar de que todo se interrumpa
para homenajearla".
De todas formas, reconoce que las cosas van mejorando. Además, agrega,"La escuela hace lo que puede.
Está en la frontera -así sea en un barrio de Buenos Aires- aguantando un montón de problemáticas
sociales, está haciendo de parche de un montón de realidades".
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