El patio

Por Dora Luján Cardó *

Te iré a buscar a la muerte
para no dejarte más.
(Cátulo Castillo, "Patio mío")

Hoy vi el patio. Pasó después de la siesta, como las otras veces. Aunque "siesta" es una manera de decir: me acomodo en un sillón de respaldo alto, apoyo la cabeza y descanso unos minutos con los ojos cerrados. Estaba por volver a abrirlos cuando lo vi: rectangular y espacioso. En el piso, mosaicos de tonos ocre formaban dibujos geométricos.
Sobre la izquierda, un alero de chapa apoyado en delgadas columnas de hierro protegía cuatro puertas altas de dos hojas, coronadas por banderolas.
En la primera y la tercera, los postigos ocultaban los vidrios. La segunda estaba abierta y un par de sillas, con el asiento de esterilla hundido, flanqueaba la entrada. En la cuarta, a poca distancia del fondo, los vidrios descubiertos dejaban ver las cortinas, tejidas al crochet.
La semana pasada había un perro tendido en medio del patio; tenía la cabeza apoyada en las patas delanteras y alguien debió llamarlo desde esa puerta, porque se incorporó y movió la cola, mirando hacia allí.

Pasé varios días sin ver el patio. Es ajeno a mi voluntad: se muestra cuando quiere y cuando quiere se oculta, pero hoy apareció.

Había un grupo de chicos jugando un picadito.
Debían de andar entre los ocho y los doce años. Se los veía sofocados: tomaban por las puntas los cuellos de sus camisas desprendidas y los sacudían, apantallándose. Los pantalones, sostenidos por tiradores, les llegaban a las rodillas, pero algunos los remangaban para aliviar el calor.
La esfera de goma rayada volaba de uno a otro, tras el golpe certero de una zapatilla agujereada, hasta que, de un cabezazo, fue a parar a la casa vecina.

Ayer a la tarde era mediodía en el patio. Se notaba en la luz, que daba de plano sobre las cosas. Me llamó la atención una mesa muy larga. Habían tenido que colocar dos manteles para cubrirla. En el centro un florero con claveles y alrededor vasos, platos y servilletas, esperando.
Pronto llegaron los comensales.
Entraron todos juntos y, por los movimientos de los labios, hablaban a la vez y en voz muy alta.
Se sentaron a la mesa. En la cabecera un hombre joven, de expresión confiada, trajeado de azul, y una muchacha con un sutil vestido blanco. Tenía parte del pelo rubio sostenido sobre la sien, por un tímido ramito de azahares. El resto caía en bucles sobre los hombros.

Dos señoras mayores iban y venían trayendo fuentes, mientras algunos hombres descorchaban botellas.
Los chicos no aguantaron mucho en la mesa y comenzaron a descargar su energía corriendo alrededor. Los mayores se hartaron de comer y de beber.
Parecían cada vez más contentos. Todos, menos la muchacha de blanco, que sonreía solo con los labios.

Un cuarentón de bigote dejó su asiento y todos lo miraban y aplaudían. Se sentó bajo el alero y alguien le alcanzó un banquito minúsculo para apoyar el pie, y un bandoneón.
La pareja que ocupaba la cabecera se levantó. Él la tomó por la cintura y yo podía distinguir el un, dos, tres..., un, dos, tres..., en sus pasos.

En eso atravesó el patio un morocho de porte milonguero: el sombrero ladeado, una mano en el bolsillo del pantalón, alzándole el saco; y la otra a la altura de la cara, sosteniendo el pucho. Casi lo arrastran en un giro del vals. La muchacha se puso pálida. Él la miró con encono, pero no abrió la boca. Pasó rápido frente al bandoneonista y desapareció por la primera puerta.

Debió de ser muy tarde: los postigos estaban cerrados y no quedaba una sola luz encendida. Todo parecía dormir, salvo las hojas de las plantas, que de tanto en tanto se agitaban con la brisa. Era una noche clara. Seguro había luna llena.
Reconocí sin esfuerzo al morocho del otro día, volviendo del fondo con el saco doblado sobre el brazo. Apuraba el paso, pero solo las puntas de los pies tocaban el piso. Entró en su pieza y enseguida se iluminó la banderola. Yo miré hacia las otras puertas. La última estaba apenas entornada. Alguien, desde adentro, la cerró lentamente.

Me inquieta el patio. He removido viejos recuerdos tratando de encontrarlo, pero no aparece. Era de esperar. Mi madre murió cuando yo tenía quince meses. Poco después, papá decidió marcharse conmigo a Sevilla donde tenía parte de su familia.
De modo que los patios que logro traer a la memoria son muy distintos del que me acosa. Evoco rejas, tinajas y mayólicas; la frescura de una fuente central y el rojo estallido de los geranios, sobre la blancura de las paredes. Allí vivimos durante treinta años. Sé que decidió nuestro regreso, la llegada de una carta de Buenos Aires. Hubo un cambio de actitud en mi padre a partir de ese hecho, y a los pocos días me dijo: "Ponte contenta, hija, que nos volvemos a nuestro país".

No esperó mi respuesta, no tenía costumbre de hacerlo y, por mi parte, a una soltera de treinta y dos años, todo cambio de vida le parece una oportunidad.
Al día siguiente se afeitó la barba y el bigote que lo acompañaban desde que yo tenía memoria. Se quitó de encima unos cuantos años, pero dejó al desnudo la dureza de su expresión.
Y aquí volvimos. Aunque no eran épocas fáciles, los artesanos escaseaban y papá siempre se jactó de ser un buen ebanista. A mí, tras haber trabajado como peinadora en Europa, fueron muchas las puertas que se me abrieron.
Me casé, pero el matrimonio duró poco. Me quedaron dos hijos por criar y un rencor que todavía me agota.

Todo era oscuridad. Hasta que un relámpago zigzagueó en el cielo y entonces vislumbré la figura de un hombre que atravesaba el patio. No alcancé a ver sus facciones, pero juraría que era el que se sentó a la mesa junto a la muchacha de blanco. Llevaba en los brazos un bulto envuelto en una frazada y lo sostenía contra su pecho, inclinando sobre él la cabeza, para protegerlo de la lluvia.
Algo se le cayó al piso mojado, pero no lo advirtió o no quiso volver atrás para recogerlo. Él mismo era un relámpago, cruzando ante mis ojos, en dirección a la puerta cancel.
Si papá viviera podría orientarme. Quizá alguna vez estuvimos en ese patio. Aunque... no sé. Costaba arrancarle las palabras.

Por otra parte, todo comenzó después de su muerte. Es más, después del día en que encontré la foto entre sus papeles. Pequeña, desteñida por el tiempo y surcada por rayas blancas, daba la impresión de haber sido estrujada con ganas y luego vuelta a estirar.
El gris pálido de los cabellos indicaba que la mujer era rubia. Sus rasgos se habían perdido pero, sobre el escote, la medalla había sobrellevado el mal trato. Fue fácil reconocerla: pende de mi cuello desde que cumplí dieciocho años. Mi padre me la dio entonces con una frase reticente: "La guardaba para ti".
Con un pañuelo apenas humedecido planché la foto por el revés y la coloqué en un portarretrato demasiado grande para su tamaño, pero no para su importancia. La ubiqué sobre mi mesa de luz y, a través del vidrio, besé el rostro borroso.
Esa noche, con más de medio siglo sobre los hombros, pude decir "Hasta mañana, mamá", por primera vez.

La lluvia es cada vez más frecuente en el patio. La de hoy fue tan caudalosa que tapaba el dibujo de los mosaicos. El agua corría hacia la rejilla arrastrando una muñequita maltrecha.
Las piernas se desprendían del torso, que dejaba escapar el aserrín empapado. En la cara desdibujada, un único trazo- que debió haber sido rojo-, aún intentaba una sonrisa.



Ya no hay noches claras, ni días de sol en el patio. Solo oscuridad y la lluvia monótona, interminable... Siempre las luces apagadas y los postigos cerrados; menos en el cuarto del fondo, el de las cortinas al crochet. Y siempre la tenue claridad interior, asomando entre los arabescos del tejido.
Esta tarde no quise desligarme de esa imagen, tantas veces repetida. Sin abrir los ojos permanecí ensimismada en el sillón, hasta que un frío húmedo me entumeció los pies: el charco que rodeaba mis zapatos había traspasado las suelas. Friccionándome los brazos desnudos, corrí a refugiarme bajo el alero.
Estaba a pocos pasos de la puerta iluminada. Me acerqué y pegué la cara al vidrio. Vi unos pocos muebles; entre ellos una cuna vacía, con las sábanas revueltas. A su lado había una mujer sentada en una silla, con los brazos caídos a los lados del cuerpo. Los rizos desordenados le ocultaban el rostro y tenía la espalda encorvada, en una mezcla de dolor y mansedumbre.
Giré, no sin temor, el picaporte y entré como quien entra a un templo. Fui lentamente hacia la mujer; me detuve frente a ella y, alzándole la barbilla, la miré a la cara. Era hermosa a pesar de los párpados enrojecidos por el llanto. ¡Y tan joven!
Sentí una plenitud desconocida pero, a la vez, una honda tristeza. Tomé entre ambas manos la atormentada cabeza, y la apoyé en mi regazo. Le acaricié largamente los cabellos rubios, hasta que por fin pude hablar:
- No llores más -le dije-, ya estoy aquí. ¡Por favor, no llores más..!

Ilustraciónes: Alberto Pez

* Dora Luján Cardó nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1941. Maestra Normal Nacional, trabajó por años como titular a cargo de niños afásicos. Luego, se dedicó a la reeducación de niños con todo tipo de problemas del lenguaje. Hace cinco años que participa en talleres literarios. Su email es doralujancardo@ciudad.com.ar

   
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