Entrevista a la escritora Graciela Montes
"La verdadera educación se da solo persona a persona"

La relación entre la escuela y la lectura es el eje de esta charla con una de las mejores escritoras de literatura infantil de la Argentina. La autora rescata el rol esencial que los docentes deben tener en ese contacto inicial -y a veces único- que los alumnos y las alumnas establecen con los libros. "Los maestros tienen que hacerse cargo de que la clase es la gran ocasión de lectura para la mayoría de los chicos", asegura.

Judith Gociol
Fotos: Luis Tenewicki

"¿Quién dijo que leer es fácil? ¿Quién dijo que leer es contentura siempre y no riesgo y esfuerzo? Precisamente porque no es fácil, es que convertirse en lector resulta una conquista", advierte la escritora Graciela Montes en uno de sus ensayos. Y es esa premisa la que guía su experiencia de vida desde que se hizo lectora, el primer "grado" que dice haber alcanzado. Autora de ficciones para chicos y chicas, y de novelas para adultos, ensayista, traductora y editora, en su página www.gracielamontes.com están albergadas muchas de sus obras y sus reflexiones. La invitación que hace allí, vale también para esta nota: "Pase y siéntase como en casa".

-¿Por qué las palabras deben domiciliarse en lo que llama la "frontera indómita"?

-No es que deban domiciliarse, porque las palabras atraviesan toda la actividad del ser humano, cualquiera sea el lugar donde esté colocado. Pero sí me parece que es interesante ensanchar esa zona de intercambio con el mundo donde uno construye sus propios sentidos, sus sentidos personales: la frontera indómita, justamente. La idea de esta tercera zona, donde uno construye su mundo personal, la tomo del psicoanalista Winnicott y la utilizo de otras maneras. Hay una zona que es de pura subjetividad, donde uno responde a sus necesidades, a sus impulsos y a sus pasiones; y hay otra que es el poder externo, el sistema tal como es, las relaciones de dominación o las condiciones materiales. Entre esos dos territorios existe una frontera, que es la de la construcción personal. Allí hay un montón de decisiones y de libertades que uno puede tomar, aunque parezcan muy pequeñas. Mi convicción, tal vez un poco optimista, es que siempre -aun cuando se está muy acorralado- existe un margen de hacer las cosas porque sí, "como a mí me gustan".

-¿Las palabras posibilitan ese margen de libertad?

-Justamente: la palabra personal. Si lo único que uno puede hacer con su palabra es reproducir las frases que se dicen en el noticiero o gritar, o aullar, eso no construye un lenguaje personal. El lenguaje personal se debe constituir en esa tercera zona de la que hablábamos, porque tiene que ver con la reflexión y la negociación con las palabras, donde cada uno toma un papel protagónico. Piensa con su cabeza, por decirlo de la manera más tradicional. Por eso, si se obliga a alguien a repetir un discurso tal cual fue dicho por otro, nunca se va a llegar a esa zona. En cambio, si uno elige recordar un poema, por ejemplo, estaría en ese lugar.

-¿Qué relación establece la escuela con esa frontera?

-El trabajo de la educación es ensanchar esa frontera. A pesar de los lazos que muchas veces tiene con el poder, y de su función domesticadora, la educación está centrada en esa zona privilegiada del individuo, de su construcción personal. En este sentido, el maestro es una figura clave, porque la verdadera educación se da solo persona a persona, cuando el educador tiene enfrente a alguien que le importa como persona, que no es un apéndice de otras cosas. Eso le da una posibilidad única al que recibe esa relación personal. Ahora, si el maestro es un burócrata que no es más que un engranaje de una máquina de poder, nada de lo que podamos decir aquí, ni la revista El Monitor, ni mis textos, ni que manden cantidades de libros en paquetes a todas las escuelas, sirve de nada.

-¿Le parece que los textos teóricos, las conferencias o las visitas a los colegios también sirven para ensanchar esa frontera?

-A veces me resulta grato ver cómo lo que yo dije dialoga con la praxis de algunos maestros. Pero otras veces me preocupa que se repita como lección, que se recite la teoría y se discursee, pero no se enganche genuinamente con la práctica. Siempre me preocupa qué pasa con eso que yo puse ahí, cómo es leído y cómo es criticado. Porque en realidad lo dialéctico, lo que funciona, es que el docente que recibió mis palabras las haga jugar con su praxis y diga si eso es efectivamente así o no. Este tipo de reflexión es lo que hay que instalar, no se trata de ser mansas ovejas, ni de gente que en lugar de un discurso, responda a otro. No me gustaría que mis textos se convirtieran en una cartilla de memorización obligatoria. Ya sé, por supuesto, que nada es tan sencillo, que yo hablo desde afuera, que después van a venir las maestras a decirme: "Ah, sí, ¿y cómo hago, eh? Tengo 45 chicos, que además no comieron, y yo no cobro, mientras usted está ahí tan tranquila, con sus libros". Pero, de todas formas, espero que mis palabras se hagan cuestión y después me devuelvan todos los reproches que quieran.

-¿Cómo debe hacer la escuela para formar lectores?

-De lo que se trata, me parece, es de darle al lector la oportunidad de ejercer su lectura. Por supuesto que también hay que enseñar contenidos y conocimientos útiles, eso la escuela lo tiene que hacer. Pero el eje es siempre el individuo, la relación personal. El lector no es una persona a la que hay que llenarle la cabeza, sino alguien que debe pensar con su cabeza y que, de lo que el maestro le ofrezca, pueda tomar lo que crea que le sirve para su lectura. Es una actitud bastante diferente a lo que tradicionalmente se ha concebido como la función de la escuela: un entrenamiento para no caer fuera de la sociedad. Hoy tenemos pocas ilusiones respecto a la sociedad actual. Ya sabemos que no es la sociedad en la que creía Sarmiento, la "civilización". Sabemos que hay corruptos, que hay grupos de enorme poder, que las organizaciones internacionales nos llevan y nos traen de las narices, y que ni siquiera conocemos con exactitud quiénes las integran. De modo que no podemos ser ingenuos y pasarles a los alumnos una concepción del siglo XIX. Tener la convicción que tenía Sarmiento es muy difícil. ¿Qué es hoy bueno para el otro? Hay que abrir fisuras en un pensamiento que ha sido muy compacto, aunque la gente extrañe esa solidez, y a veces diga que antes era mejor. En fin: antes era como era antes y ahora hay que pensar algo nuevo.

-Cuando habla de la lectura, ¿se refiere solo a los libros?

-Me refiero a la lectura en general, del mundo, pero también a los libros. Creo que la lectura de textos, y en particular la literatura, es una forma de construcción de pensamiento libre especialmente interesante. Apoyo mucho la lectura literaria porque abre a otras maneras del conocimiento, además del aspecto gozoso. En los últimos años se ha insistido mucho en la idea de la lectura placentera, de que leer es un placer, y eso está bien. Hay una erótica en la literatura, tanto para el que escribe como para el que lee. Pero, además, la literatura siempre es una forma de conocimiento del mundo, es una lectura del mundo. Si un maestro coloca esa alternativa en el aula, está ayudando a construir un pensamiento personal que se va a revertir en el modo en que ese chico o esa chica que sale de la escuela y camina hacia su casa -sea cual fuere su casa- mire ese mundo. Porque la literatura alerta, sacude la modorra y la actitud rutinaria de mirar y no ver.

-¿La relación entre la escuela y la literatura es conflictiva?

-Es que si la literatura se domestica demasiado, como a veces se hace en la escuela, muere como literatura. Existe una instancia, que es el encuentro del lector con el texto, que hay que tratar de no perturbar demasiado. Debe darse la oportunidad de que se produzca ese encuentro, que es el que tenemos los lectores cuando leemos sin que nadie se interponga. El maestro tiene allí un papel que cumplir, pero debe cuidarse de no ser un taxidermista, de no matar al texto y empaquetarlo. Eso no quiere decir que después no pueda hacer comentarios, o ligar ese texto con otros. Una de las cosas para mí más preocupantes en la educación es la falta de un contexto cultural. Ahora, la cuestión es cómo se retoma eso cuando el maestro no tiene un contexto. Lo ideal sería que un maestro vaya al cine, al teatro, comente una película, una música. Hacer cosas más gratificantes para él también, no solo para los chicos que tiene adelante. El mundo es ancho, grande, complejo e interesantísimo.

-¿Todos los libros promueven la lectura?

-Algunos más que otros. No creo que todos los libros sean igualmente interesantes, ni que todos lleven a más lectura. Un libro con un pensamiento detrás, que tiene muchos sentidos, con imágenes contundentes, deja una huella más profunda. Pero algunos textos casi no propician lectura. Digamos así: en el mundo cada uno hará su camino con las ocasiones de lectura que se le presenten. Pero pensemos en la escuela. Si la ocasión será que un chico lea diez libros, yo diría que sean diez que valgan la pena porque, ¿dónde y cuándo va a tener otra ocasión? La escuela tiene ciertas obligaciones, entre otras, hacerse cargo de que es la gran ocasión de lectura para la mayor parte de los chicos. Ahora, para eso, el maestro tiene que estar convencido de la importancia de esos diez libros, no que se los bajen en forma automática a los chicos y ya está. Por genial que sea cualquier método, por puntillosa que sea la selección de libros, por eficaz que sea la distribución, si no entramos al universo personal del maestro y el alumno, no va a ser suficiente.

-En 1983, con un grupo de escritores tomaron la decisión política de darle "existencia" a la literatura infantil y la escuela fue un escenario central...

-En aquel momento, nosotros retomamos ciertas experiencias que ya se habían realizado en ese sentido en la década del 60, a partir de unos seminarios de literatura infantil en la Universidad de Córdoba. Por supuesto, nuestra experiencia se debió al momento de apertura que supuso el regreso a la democracia. En ese entonces, además, todavía no estaba institucionalizada la visita oficial de los escritores a las escuelas, y las grandes editoriales no se habían interesado por ese territorio. Todo era muy espontáneo.

-¿Cómo evalúa ahora esa experiencia?

-Ahora ese encuentro está más formalizado, y no siempre es tan genuino. Yo no entiendo exactamente cómo es la currícula, pero a veces me invitan a visitar una escuela y me dicen: "Usted está en nuestro programa". Y a mí me da un miedo bárbaro, me suena a "Hay que agotar a un escritor" o algo así (risas).

-¿Cómo es la respuesta de chicas y chicos en esas visitas?

-Hace un tiempo estuve en una escuela de Lugano, que es la que atiende a la villa. Los chicos me dieron una caja con cartas, unas 600 cartas. Algunas son muy formales, o dicen, un poco escolarmente: "Me gustan mucho sus cuentos, siga escribiendo"; pero otras me ponen: "Hola escritora", y eso ya entabla una relación de otro tipo. Muchas dicen: "Yo quiero ser como usted". A veces me pregunto qué vidas van a tener esos chicos, y me asusto mucho y me deprimo tremendamente. Pero, aun así, pienso que no está mal que en ese encuentro se haya producido una fisurita, una esperanza. Haber entreabierto una puerta, aunque después se cierre. Como le pasa a Alicia en el País de las Maravillas, sea muy grande o muy chica, es mejor que no haber visto ninguna. Eso me tranquiliza la conciencia porque son muchas las veces en que me pregunto qué hago yo allí; que luego me vuelvo a mi casa, que está calentita, con mis libros. Otra cosa que me provoca mucha angustia es que los chicos me preguntan: "¿Pero usted va a volver?". Y yo sé que no siempre voy a volver. Por eso creo que tampoco hay que poner tanto énfasis en la visita del escritor. El lazo principal es el que establece ese educador con sus chicos, esa relación de aula o de biblioteca. Eso es lo que tiene que importar.

-En el 83, escribió: "Tuvimos la convicción de que no se saldría del desierto intelectual y de una sociedad desigual si lo niños no leían", ¿sigue convencida de lo mismo?

-Luego de la dictadura, nosotros retomamos nuestras viejas ideas de fines de los 60 y comienzos de los 70, las del Centro Editor de América Latina, sello del que todos habíamos sido lectores y algunos, incluso, habíamos trabajado allí. Había una esperanza y también un cierto voluntarismo. Sigo pensando que se pueden hacer muchas cosas, que la cultura es un bien común, que es finalmente la cosa de todos. Pero también me di cuenta de que no alcanzaba con tirar libros en el mundo. Nosotros creíamos que si estaban los libros, ya bastaba. Y no es tan sencillo. Tiene que haber una mediación, un lector que convoque a otro lector. El énfasis tiene que estar puesto en el lector adulto, porque es la garantía de que haya lectores niños. Hay que acrecentar el interés de los maestros, su curiosidad y su lectura. En el momento en el que nos empezamos a aburrir de lo que hacemos, es cuando todo se muere. Y muchas veces la escuela funciona en piloto automático.



   
   
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