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Caballo en el salitral
Por Antonio Di Benedetto
Agosto de 1924
El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a
la estación, los chicos se desbandan y los hombres
envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del
monte. Los niños y las madres asoman como después
de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
-¿Será Zanni..., el volador?
-No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al
mundo.
-¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
-Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados:
tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al "tren
del rey".
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es
rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre,
que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará
allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer.
Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta
compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no
le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante
del corralón. No es hosco; no está asentado, no
más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos de pienso.
Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que
cargar pasto prensado y alambrado para quitarles el
hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan
dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión
medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té
de burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los
manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar,
resumido en una taza aromática. Pero se adueña
del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual
quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que
piensa, seguro: "...este es el rey, porque le da olor al
campo".
¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón
dándose humo ? No puede ser; sin embargo, la gente
dice...
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de
nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo.
Se siente como traicionado , como si lo hubieran
distraído con un juguete zampándole por la espalda
la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y
esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el
campo? Sí, pero... su campo está más allá de la
Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a
Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes.
Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como
rajadas, como pechadas por un soplido formidable.
El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro
Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque
el frente de nubes semeja haber reculado para
llevarle el agua adonde él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está
parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que
encabeza el desfile del circo. El "tren del rey", el
tren que debe ser distinto de todos los trenes que se
escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones;
porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos
banderas... ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado,
con las ventanillas caídas, y nadie que se
asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y
un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación
un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a
quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén
y nadie la ataja. Los chicos están como chupados
por lo que no ocurre. Los hombres caminan,
largo a largo, pisan con vigor y arrogancia, y harían
ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se
hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira
al tren, como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la
cola y a los comentarios: "¡ Será !...".
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás
el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los
pasos.
Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad
y de la demora; aunque poco tiempo le será
dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no
hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega
el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera
tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo,
trenzada con los refusilos que son de una pureza
como la de la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar
el caballito; pero el monte es achaparrado y
apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente
a una orden no pronunciada, se queda en la
huella con el chaparrón en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una
llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas
curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual
alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace,
de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego
de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del
carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena
y en el agua, pero no lo frena.
Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento
y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un
tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta.
Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie
del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso
del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y
se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la
vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa
gris pardusca. Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga.
El pienso mojado de su carga le alerta las narices.
Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso,
y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no
hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso
que el animal ni relincha, como si participara
de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la
garganta.
No es difícil -todavía- beber, porque la lluvia reciente
se ha aposentado al pie de los algarrobos y el
ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la
experiencia de otro día de hambre desesperada, pero
el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al
animal.
La nueva luz revela una huella triple, que viene al
carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las
patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el
Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio.
El pasto enfardado pudo ser su golosina de
una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado,
sin embargo, para sus cortas piernas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la
pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está,
débil, consumiéndose, incapaz de responder a las
urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con
sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más
que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen
volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el
caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se
tumban por juego, ruedan empelotados y con las
manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin
daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda
que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara.
El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto,
ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no
está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus
lomadas. Otra, de rectas precisas, es la sólida geometría
del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello
el animal. Ofuscado y resoplante, tupidas las
fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca
de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado
con una mancha áspera de solupe. La cabeza,
por fin, puede inclinarse por algo que no sea el
cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que
dan con los tallos rígidos. Es como tragarse unos palos; no obstante, el estómago los recibe con rumores
de bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara
en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las
horas mansas del desquite de tanta hambruna, el
coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos
tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas
nada revela el agua, y el animal retorna, con otro
día, hacia las "islas" de monte que suelen encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado
decadente que morirá con tres soles, lo retiene como
un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales
en tránsito; disminuye su población cuando
unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y
reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con
él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del
arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de
la corteza del retamo.
De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el
cuí. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja
ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del
cuerpo pobrete. Únicamenta en el ramaje queda vida,
la de los pájaros; pero ellos también se silencian:
viene el puma, el bandido rapado, el taimado que
parece chiquito adelante y crece en su tren trasero
para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos
ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se
adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha,
libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno.
Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar
de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza
como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de
moscas. En los últimos metros, la yegua presume
con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada,
con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó
la sed, él puede superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía
de ese desplazamiento monstruoso, no entiende
cómo se mueve el carro cuando se mueve el
macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las
cabezas que él intenta, como un extraño y atávico
parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu
cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida,
descuidada, depone su guardia montaraz y rueda
con un relincho de pánico al primer salto y el primer
zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por
la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo
enloquece en una disparada que es traqueteo penoso
rumbo adentro del arenal.
Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la
ciénaga salitrosa. Es una adherencia, un arrastre que
pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de
cuando en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera,
la hija solitaria del salitral, una hoja como de
papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual
que si apañara un bastón.
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez.
Capta algo en el aire y se empeña tras de esto, con su
paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso,
jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como
si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar
lo que imagina que masca. Está oliendo el pienso de
su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás.
Ronda una ronda mortal. El carro hace huella,
se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante.
Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al
otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos
echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento
y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta
el jote, el que no come solo. |
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Un setiembre
Lavado está el carro, lavados los huesos, más que
de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras
del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida
la jaula del pellejo. Pero en una punta de vara enredó
sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa
que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio
pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de
la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas
celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas
bañado de cielo las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra
de la sequía puntana. Ya descubren, desde el vuelo,
la excitante floración del chañar brea, que anchamente
pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo
comprende que no podrá llegar con su carga de madre.
Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez
del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio.
Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea,
para advertir al palomo que no la sigue. Pero el macho
no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido
hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano
combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza
invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la
dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos,
será una caja de trinos.
De: El cariño de los tontos, de Antonio Di Benedetto, 1961.
© Herederos de Antonio Di Benedetto.
Gentileza Adriana Hidalgo Editora.
Ilustraciónes: Daniela Kantor
* Antonio Di Benedetto nació en Mendoza en 1922. Periodista y escritor,
sus novelas Zama, El silenciero y Los suicidas constituyen, al decir de Juan
José Saer,"uno de los momentos culminantes de la narrativa en lengua
castellana de nuestro siglo". En 1976 fue secuestrado por el ejército;
lo liberaron en 1977. Se exilió en EE.UU., Francia y España. Otras
obras: Annabella, Novela en forma de cuento (1974), Cuentos claros
(1969). En 1984 regresó a la Argentina, donde murió en 1986. |