¿Existe una nueva América Latina?

Patricia Funes*

La reflexión sobre América Latina comporta no pocas dificultades. En principio, la propia existencia del objeto es problemática. Desde la ensayística y desde las ciencias sociales ha habido tenaces defensores de la idea de una comunidad de intereses regionales -incluso, de destinos- tan enfáticos como los detractores. En ambos casos, los análisis recorren un rango interpretativo que va desde esencialismos identitarios (regionales, nacionales o étnicos) hasta la aplicación mecánica de categorías teóricas clásicas (positivismo, marxismo, funcionalismo, posmodernismo). La tensión entre particularismo y universalismo se cuela en cada aproximación, constituyéndose en un problema recurrente y siempre revisitado.

Además, esa pregunta, históricamente considerada, debe cruzarse con los momentos de producción de las interpretaciones acerca de la región. En determinadas circunstancias históricas, las preguntas sobre América Latina afloran con intensidad: las independencias, la primera posguerra, los años sesenta. En otros, el Estado-nación se pone en el centro del interés, momentos en los cuales la pertenencia regional se desdibuja o desaparece: el proceso de constitución de los Estados en el siglo XIX, el "desarrollo hacia adentro" posterior a la crisis de 1930, la "década perdida", entre otros.

Otra complejidad para considerar Latinoamérica guarda relación con las definiciones sobre su inserción en el contexto mundial. ¿Es América Latina (y el Caribe) un "extremo" de Occidente? Es "otro Occidente"? Y debe advertirse que cuando se dice "Occidente", en general se hace referencia a los canónicos estándares de la modernidad.

Desde los comienzos de la modernidad, las representaciones de esta parte del mundo marcaron la "desviación" de América Latina bajo el imperio de los "sub" o los "pre" (subdesarrollo, precapitalismo). En algunos casos se subrayaba la inmadurez; en otros, la grandilocuencia. Por ejemplo, Hegel pensaba que América era un continente sin historia, con una geografía inmadura (sus leones, tigres y cocodrilos eran más pequeños, más débiles y más impotentes; sus animales comestibles,menos nutritivos).



Simón Bolívar definía la región por medio de dos negaciones:" No somos indios, no somos españoles". El problema del multiculturalismo, la multietnicidad de las sociedades latinoamericanas se problematizó a lo largo del siglo XX. Para las elites urbanas, blancas, propietarias e hispanohablantes que construyeron los Estados Nacionales, las "taras" de las sociedades latinoamericanas para absorber la modernidad estaban en su constitución racial.

La generación de la primera posguerra discutió con vehemencia el determinismo biologista de sus predecesores. Mestizajes,"razas cósmicas", crisoles no solo no obstruían la modernización de las sociedades sino que eran la representación de su vitalidad, su originalidad y sus posibilidades.
Una continentalidad filiada al primer liberalismo de las generaciones independentistas, al antiimperialismo y a la revolución.

Esa fue una década en que se pensó América Latina en términos de unidad. La otra fueron los años sesenta: la revolución continental, el "hombre nuevo", la "teoría de la dependencia", el realismo mágico. En la política, la estética, los movimientos sociales y políticos se impuso fuertemente la idea de una comunidad de destinos y futuros.

Las dictaduras y las lecciones del Consenso de Washington agotaron esa dinámica a fuerza de represión, exclusión, de violencia física y simbólica.

¿Cómo pensar América Latina hoy? ¿Existe una nueva América Latina?

El nuevo siglo parece haber reavivado el debate sobre la región. Por un lado, las políticas integracionistas, los bloques regionales, más animados por el mercado que por las identidades aparecieron mostrando la perentoriedad de unidades frente a la globalización. Sin embargo, el Estado Nación tuvo un movimiento dual: si, por un lado las fronteras económicas se hacían más porosas; por otro, las sociales se endurecieron. El caso más dramático es el de México. En diciembre del año pasado, la Cámara Baja de Estados Unidos aprobó un proyecto de ley para la construcción de un muro de 595 kilómetros, endureciendo su política contra la inmigración ilegal.

Ya lo escribió Humboldt en 1806. Llamó al entonces virreinato de la Nueva España "el país de la desigualdad".Hoy podría extenderse a todo el sur del Río Bravo.

América Latina es la región más desigual del planeta. De los 544 millones de habitantes de América Latina, un 26,85% vive bajo el nivel de pobreza; además, es la región que mayor desigualdad presenta en el mundo. El 10% más rico de la población de la región percibe el 48% de los ingresos totales, mientras que el 10% más pobre solamente recibe 1,6%. En México, veinticuatro familias tienen ingresos mayores que veinticuatro millones de ciudadanos. El 10% de la población percibe el 60% del ingreso nacional brasileño. Crecimiento e inversión no implican distribución.1 Sin embargo, como casi siempre en la historia latinoamericana, las sociedades recuperan, una y otra vez, su capacidad creativa. No casualmente estas culturas resisten.

¿Existe una nueva América Latina? Sí y no. Hoy sabemos muy bien que crecimiento no es igual que desarrollo y que éste no es sinónimo de distribución. La muy instalada "teoría del derrame", sabemos que no derrama sino lágrimas. Las políticas neoliberales del "Consenso de Washington" no generan consenso en América Latina, ya no colonizan las mentes y las prácticas de las dirigencias. Son impugnadas y revisadas. Las alternativas son menos diáfanas, lo sabemos. Están en tránsito, en una zona de búsquedas y procesamiento.

Pero la novedad es que cada vez con más intensidad se advierte que las alternativas no pueden disociar la economía de la cultura y éstas de la política. Concretamente: la exclusión nunca es unidimensional.

Las sociedades, entonces, intentan traducir esas demandas, esos derechos y esas alternativas, en borrador, pero con firmeza en opciones de gobierno. Por poner unos pocos ejemplos: una mujer y un indio. Por primera vez en la historia de la amañada transición chilena, una mujer ejerce la presidencia de la República. Ruptura en la continuidad. La continuidad es la de los gobiernos de la Concertación. En los noventa, el país "modélico" de economistas y consultores. Hoy, Chile junto con Brasil son los dos países más desiguales de la desigual América Latina. La actual presidenta promete encarar esa deuda.

Las rupturas tienen que ver con un conjunto muy representativo de las políticas del Cono Sur. Bachelet fue militante de la Juventud Socialista durante el gobierno de Salvador Allende. Médica, experta en cuestiones militares, agnóstica, separada, hija de un general de la Fuerza Aérea que murió a consecuencia de las torturas sufridas durante el gobierno de facto del general Augusto Pinochet, fue sometida a interrogatorios y torturas, antes de partir al exilio en Australia y a la entonces República Democrática Alemana. Un indio: Evo Morales, es el primer presidente indígena de la historia de Bolivia y de América Latina. Esto sí que es una novedad. El nombre oficial de esta parte del mundo es "América Latina y el Caribe". Fue producto de varios agregados algo aleatorios: el invento de modernos monjes "franco- alemanes" que no conocieron la empresa de Colón y que le pusieron el nombre de "América", de una latinidad heredera de Napoleón III y de genealogías románicas ("latina"), y de un nombre geográfico (paradójicamente indígena,"caribe") para incorporar sociedades sajonas, no las originarias que están excluidas del nombre.

Existen en América Latina alrededor de medio millar de lenguas originarias y tantas o más variaciones dialectales de ellas, no contempladas en el nombre oficial de la región. En un país como el Perú, por ejemplo, se estima que los indígenas de habla vernácula son alrededor del 25% de la población total. Por caso, en Guatemala donde más de la mitad de la población es indígena, se hablan veintidós lenguas amerindias. Pero aun en países donde la población indígena es muy minoritaria, el multilinguismo es un dato importante. En Colombia, por ejemplo, los indígenas representan menos del 2% de la población total, pero ese porcentaje habla entre sesenta y cuatro y sesenta y ocho idiomas diferentes.

Esa polifonía lingüística lleva impresos múltiples saberes, sentires y miradas. Maneras y sentidos que en su origen (ya no, probablemente) no pertenecían a los cánones de occidente: la cultura comunitaria, otra relación con la naturaleza, sobre todo con la tierra, formas de solidaridades y reciprocidades, maneras de amar, sentir, trabajar, que no están en el pasado sino que son muy presentes y rara vez se traducen más allá del espacio local. Siempre dependientes, siempre subalternas, siempre postergadas.

Esas dependencias y subalternidades muestran no solo las dificultades que tuvo (y tiene) esta parte del mundo para entrar en el mapa, sino también (o quizás, por eso) de pensarse desde adentro del mapa.

De allí que la llegada de un representante de los pueblos originarios a la presidencia de Bolivia sea no solo un hito en la historia de las comunidades de ese país (quechuas, aymaras, guaraníes) sino también un justo llamado de atención para toda la región. En este sentido, la ceremonia de Tiwanaku, el mismo lugar en el que las tropas de la Revolución de Mayo de 1810, lideradas por Castelli anunciaron el fin de la servidumbre indígena, que se concretó solo en parte recién en 1952, sería objeto de un análisis pormenorizado que no desplegamos aquí por razones de espacio.

Uno de los desafíos de sociedades multiculturales y plurilingües es la consideración holística de las varias subalternidades: la étnica, la social y la nacional. Los pueblos originarios son culturalmente diversos, diversidad que difícilmente es incorporada a las culturas nacionales, pero también (y sobre todo) son pobres. En la mayoría de los casos sus derechos de ciudadanía están conculcados. Porque la ciudadanía por excelencia del campesinado latinoamericano es el acceso a la tierra.

El gobierno de Evo Morales Ayme y del MAS, propone un conjunto de novedades y originalidades. Algunas retoman las demandas y las luchas el pueblo boliviano en el pasado: el mayor control del Estado sobre los hidrocarburos retoma la nacionalización del estaño de la Revolución del 52 y las políticas de Torres. La reforma agraria, realizada de hecho por las propias comunidades indígenas sobre todo en el valle de Cochabamba, que fue desvirtuada y frustrada tiempo después.

Pero hay otras búsquedas en sintonía con lo que el sociólogo brasileño Florestán Fernández definió como uno de los movimientos más característicos de las sociedades latinoamericanas: la arcaización de lo moderno y la modernización de lo arcaico. Esas formas de conjugar lo universal y lo particular sobre la que nos debemos más reflexión, ya que, a nuestro juicio, es una clave de bóveda para interpretar nuestras sociedades. Por ejemplo, en el caso de Bolivia, la propuesta de construir un "capitalismo andino amazónico" donde las potencialidades familiares, indígenas, campesinas, comunitarias (de hecho una importante porción de la economía real de la mayoría de los bolivianos) sean equilibradas, articuladas, en torno a un proyecto de desarrollo nacional y de modernización productiva. ¿Una alternativa?, ¿viable? No lo sabemos. Pero sugiere búsquedas que arraigan en lo social-específico pero que toman muy en cuenta el mundo en que vivimos.

No sé si hay una "nueva"América Latina. América Latina no es tan joven como los discursos europeocéntricos pretenden. Y no es más antigua porque no la conocemos. Tenemos en la experiencia compartida por nuestra cultura pensadores que en cada momento de crisis propusieron preguntas y respuestas originales. No los conocemos. Quizás por eso la historia de América Latina hace mucho que recién comienza.
En 1828, Simón Rodríguez, apenas finalizadas las guerras de la independencia, lanzaba una exhortación: "La América Española es Orijinal = ORIJINALES han de ser sus Instituciones i su gobierno = I ORIJINALES sus medios de fundar uno i otro. O Inventamos o Erramos".

* Investigadora del CONICET y docente de la U.B.A.

1 Por ejemplo: en Perú durante el año 2005 creció alrededor del 6% del PIB, registró un alza de 10% en la inversión privada y una mejora en su calificación de la deuda en los mercados financieros internacionales. Sin embargo, el país tiene a más de la mitad de la población en pobreza (51,6%), ocupa el puesto 79 (de 177) en desarrollo humano según el PNUD, y el 10% de la sociedad peruana con más riqueza acumula casi 40% de los ingresos o consumo.

   
Subir