Espacios de la pasión: de lo privado a lo político

Leonor Arfuch*

Vivimos una época donde las pasiones -privadas, públicas, políticas- son parte indisociable de nuestra cotidianidad: crímenes pasionales, violencias desatadas, enfrentamientos de creencias, fundamentalismos, sentimientos exacerbados y una obsesiva mostración de intimidad -cuerpos, gestos, pulsiones, erotismos- se despliegan cada día en palabras e imágenes, de la gráfica a las pantallas, dejando una fuerte impronta en nuestra subjetividad.

Si la reflexión contemporánea se interroga a menudo sobre este protagonismo de lo subjetivo y pasional, que a la luz de las nuevas tecnologías de la comunicación no parece tener límites, la indagación en torno a las pasiones, su desencadenamiento y su dominio, su potencia y su poder de destrucción es de larga data: ya los antiguos griegos habían descubierto su índole problemática, el dilema encerrado en su propia etimología: pasión viene de un verbo cuyo significado es padecer, sufrir, soportar, permitir, tiene que ver con la pasividad, la falta de discernimiento, el desorden, la confusión, es una perturbación del ánimo sometido a una "causa externa", a la acción de un otro que, paradójicamente, puede provocar tanto la desdicha como la felicidad.

Si bien la oposición entre pasión y razón, entre padecer y actuar, está inscripta en el concepto mismo, son muy diversas las maneras en que los filósofos la fueron interpretando a lo largo de los siglos. Para Aristóteles, por ejemplo, actuar y padecer son inseparables, pero cada uno pone en juego una potencia distinta: actuar es mejor que padecer, porque esto último supone un movimiento, un cambio de forma, una servidumbre (ser llevado, ser movido a.) pero al mismo tiempo ambos forman parte indisociable de la naturaleza humana. Un ser auténtico, completo, no sujeto a movilidad alguna no tendría pasiones (y hasta los dioses griegos, como la tragedia bien lo muestra, estaban sujetos a pasiones devastadoras). La pasión supone entonces movilidad y remite por tanto al carácter incompleto, imperfecto, de todo ser humano.

Pero esa movilidad, ese ser llevado de la pasión, conlleva un umbral de peligro: la insensatez, la irracionalidad, el exceso, la enfermedad, la muerte. Sobre ese umbral incierto se estableció una arquitectura de pensamiento con acentos de moralidad, cuyas marcas son aún reconocibles: una valoración preferencial de la acción en detrimento de la pasión (Descartes), las pasiones como tendencias acompañadas de placer o displacer que dominan la vida mental (Leibniz), la pasión como una fuerza que debe ser vencida por la razón -y entonces lo "virtuoso" como sinónimo de racional (Kant), las pasiones como pulsiones que deben ser reprimidas o sublimadas, según las diversas religiones.

En la perspectiva ética de Spinoza, y a partir de lo inalienable del Deseo, cada pasión tiene su equivalente o su contraria: hay pasiones ligadas a la Tristeza -el dolor, el miedo, la culpa, la indignación, la melancolía- que disminuyen la potencia del individuo, y otras, ligadas a la Alegría -el amor, la amistad, la fuerza de espíritu, la generosidad, la firmezaque exaltan esa potencia, en acuerdo con la diferencia irreductible de cada ser humano en particular.

En la perspectiva ética de Spinoza, y a partir de lo inalienable del Deseo, cada pasión tiene su equivalente o su contraria: hay pasiones ligadas a la Tristeza -el dolor, el miedo, la culpa, la indignación, la melancolía- que disminuyen la potencia del individuo, y otras, ligadas a la Alegría -el amor, la amistad, la fuerza de espíritu, la generosidad, la firmezaque exaltan esa potencia, en acuerdo con la diferencia irreductible de cada ser humano en particular.

Si la valoración ética y moral de las pasiones -cuyo largo trayecto solo hemos puntuado muy someramente- apunta tanto al ser individual como a su comportamiento social, ¿qué relación podría establecerse entre lo privado y lo público? ¿Cómo aparecen las pasiones en el espacio público? ¿De qué manera participan de lo político?

Una primera respuesta nos remite a la distinción misma entre público y privado, espacios constitutivos de la modernidad, el primero como el reino de la racionalidad -la producción, el mercado, la política-, el segundo como el reino de la domesticidad -la familia, los afectos, los sentimientos. Pero esta distinción mostró de entrada su carácter paradójico: las pasiones nunca se resignaron a quedar cobijadas en el hogar, por el contrario, fueron cada vez más objeto de visibilidad. Una sociedad de masas, asentada en la uniformidad de las conductas, debía hacer explícitas sus reglas, y entre los modos prioritarios de construir el orden social estaba por cierto la educación sentimental: cuáles eran los sentimientos -las pasiones- "buenos" y "malos", lo permitido y lo prohibido, lo encomiable y lo censurable. Las pasiones -alegres, tristes, combinadas- se transformaron así en tematización, es decir, en registro obligado del discurso de los medios de comunicación, la escuela, el Estado, la institución médica que asumió uno de los matices semánticos de la pasión (pathos), su costado "patológico" y entonces, su "medicalización". Como afirmaba un importante sociólogo, Norbert Elías, la mostración de las pasiones, incluso en su desencadenamiento -la violencia, la pasión del deporte, la competición, el erotismo- al tiempo que amplía el margen de libertad de las costumbres opera en el autocontrol, es decir, en la contención individual y colectiva.

La globalización ha llevado al infinito esa mostración, desde el noticiero cotidiano con su carga de violencia, guerras y criminalidad, de pasiones "tristes" como el dolor, la frustración y la venganza, pero también "alegres", como los triunfos del amor o la amistad -en los géneros de ficción y en las insistentes biografías de seres excepcionales o comunes- haciendo de la intimidad y la sexualidad uno de sus platos fuertes. Como si la visibilidad continua atenuara ese umbral de peligro, que desde antiguo aparecía ligado a la pulsión, y que la vulgarización del psicoanálisis tornó menos amenazador.

Pero nos queda aún la pregunta sobre la política, y aquí es casi obligado volver a Aristóteles, cuyo libro II de la Retórica analiza las pasiones en relación con el orador, con el modo en que es posible exaltarlas o pacificarlas, el efecto que el discurso tiene sobre los hombres, considerando que la movilización de las emociones es esencial a la política. Así, el objetivo del orador -y también del poeta- no será simplemente convencer mediante argumentos sino utilizar los movimientos del alma que producen ciertas emociones, entendiendo por pasiones "todo lo que hace variar los juicios y de lo que se sigue sufrimiento o placer". Si bien estos movimientos son de la naturaleza humana y escapan a la elección individual -uno no escoge sus pasiones- hay no obstante una responsabilidad por el modo en que pueda temperarlas, someterlas a su acción. Sin la posibilidad de dominar las pasiones no habría una escala de valores éticos.

En esa difícil armonía que supone el temperar las pasiones, tanto a nivel individual como colectivo, y para los líderes políticos en particular, el comprender y responder adecuadamente a los sentimientos y las expectativas de los ciudadanos -la salvaguarda de sus vidas, de los derechos, de la justicia-, y no meramente jugar el juego racional de la política en términos de mercado, competitividad y administración, se dirime una de las cuestiones más urticantes de la escena política contemporánea. Una escena donde las pasiones -las más "tristes", como la intolerancia, la xenofobia y la venganza- aparecen a menudo desatadas a nivel global, en hechos y palabras, sin que medie responsabilidad ni temperancia.

* Profesora e investigadora de la U.B.A.

   
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