El sistema internacional y los organismos internacionales
¿Adiós a la ONU?

Juan Gabriel Tokatlian *

Un dato imprescindible para analizar la evolución del sistema internacional es distinguir con cierta claridad el tipo de (des)equilibrio de poder interestatal predominante y su vínculo con el foro principal de la diplomacia multilateral: la Organización de Naciones Unidas; en especial en momentos que, por un lado, se proclama la necesidad de su reforma y, por el otro, se observa su creciente déficit institucional. El principal interrogante a formularse tiene que ver con la existencia (o no) de una sincronía entre la distribución de poder mundial y la institucionalidad (formal o informal) vigente en cada momento histórico. Así, en Occidente durante el siglo XIX el locus del poderío político, militar y material se ubicaba en Europa, mientras el llamado Concierto de Europa -un esquema de consulta y negociación entre las mayores potencias europeas de la época- instituido después del Congreso de Viena de 1815, contribuía a la preservación de una relativa paz en el viejo mundo mediante conferencias, compromisos y acuerdos.

Después de la Primera Guerra Mundial se instituyó la Liga de las Naciones con el objetivo explícito de lograr una seguridad colectiva y evitar nuevas confrontaciones entre naciones. Su fracaso obedeció, en buena medida, al hecho de que este organismo no reflejaba la ecuación de fuerzas en ciernes: el declive de Gran Bretaña, el auge nacionalista en Europa, el estallido de la Revolución Rusa y la ausencia del principal poder ascendente, Estados Unidos, impidió que esta nueva institución tuviera la capacidad y legitimidad suficientes para garantizar la paz internacional.

Terminada la Segunda Guerra Mundial, la Organización de Naciones Unidas, que combinaba una estructura democrática (la Asamblea General con cada país un voto) y otra oligárquica (el Consejo de Seguridad con el veto para dos superpotencias -Estados Unidos y la Unión Soviética- y tres grandes potencias: China, Francia y Gran Bretaña) respondía más cabalmente al reparto de poderío tangible en el sistema mundial. La bipolaridad Este-Oeste y la reconfiguración de nuevas y viejas potencias, en medio de un activo proceso de descolonización y de la irrupción de un Tercer Mundo cada vez más asertivo se conjugaron, muy delicadamente, para evitar una gran conflagración internacional.

Culminada la Guerra Fría con la implosión de la Unión Soviética y, más aún, después de la guerra a Irak de 2003, la ONU no parece traducir la distribución de poder internacional. De hecho, Estados Unidos parece disfrutar de una suerte de superveto; esto es, su mezcla de hiperpotencia y prepotencia ha hecho que Naciones Unidas no le haya pedido rendir cuentas a tres años de la cruenta ocupación de Irak. Dado que no se han hallado las armas de destrucción masiva -motivo invocado para lanzar la guerra punitiva contra Bagdad- la ONU podría imponer sanciones a quien haya emprendido un acto de agresión contra un miembro de la organización. Sin embargo, ningún país con veto en el Consejo de Seguridad ha pedido evaluar el comportamiento de Washington y sus aliados en relación a Irak.

En este contexto, existen distintos escenarios alternativos que se pueden contemplar. Es altamente probable que, al menos en el corto plazo, se mantenga un contexto mixto con fuerzas y tensiones diversas y divergentes que no se cristalicen, necesariamente, en un cambio hondo de Naciones Unidas. Es probable que Estados Unidos pretenda, en el mediano plazo, afirmar aún más su condición unipolar convirtiendo a la ONU (actual o reformulada) en una institución dócil y subordinada a su poderío militar. Es potencialmente probable que, en el largo plazo, se produzca un reordenamiento profundo del sistema mundial que lleve a que Naciones Unidas -u otro órgano de alcance planetario- inicie un proceso de reforma de envergadura en el que la variedad y heterogeneidad existentes (tanto material como culturalmente) en el ámbito estatal y no estatal facilitan el tránsito hacia una estructura más plural.

En el primer escenario, estaríamos en presencia de un orden híbrido, con elementos claros de un patrón unipolar y con fenómenos que insinúan cierta gradual multipolaridad. En el segundo escenario, asistiríamos a un orden imperial, notoriamente encabezado por Estados Unidos. Y en el tercer escenario, observaríamos la gestación de una heteropolaridad; es decir, un orden de polaridades múltiples, tanto en el plano estatal como en el no estatal, que combina niveles intrincados y coetáneos de cooperación y conflicto.

En cualquiera de los tres escenarios habrá que recordar que a las naciones más pequeñas, a los países intermedios, a las potencias medias o a los poderes regionales les conviene un mundo en el que prime una distribución y difusión del poder, y no una concentración y centralización del poder, en el que los regímenes internacionales y los espacios multilaterales resulten sólidos, legítimos y eficaces.

* Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés.

   
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