El seleccionado de los maestros

Quince personajes de la educación, que dedicaron su larga vida a enseñar y transmitir conocimientos en las aulas, narran anécdotas y brindan sabias definiciones en un documental que indaga sobre lo que significa ser un buen maestro, tanto en la docencia como en la vida.

Ana Abramowski / aabramowski@me.gov.ar


Vidas maestras es un video de media hora de duración que reúne a quince maestros y maestras de más de tres cuartos de siglo cada uno, que entre todos suman 1.365 años de enseñanza. La producción de este audiovisual -es el tercero de una serie de cuatro documentales- se enmarca en el proyecto Memorias del futuro de la Dirección Nacional de Gestión Curricular y Formación Docente del Ministerio de Educación, y sus realizadores son Estanislao Antelo y Alejandro Vagnenkos.


¿Qué siente un maestro cuando le dicen maestro? ¿Qué es ser un buen maestro? ¿Por qué este mundo precisa maestros? ¿Vale la pena ser educador? ¿Qué necesita un maestro hoy para trabajar en una escuela? ¿Qué es la experiencia? ¿Cómo es que una vida puede convertirse en maestra? Son algunas de las preguntas que responden con palabras, miradas, gestos, algunos titubeos y mucha convicción estos viejos personajes de la educación.

No todos los entrevistados han pasado por la Escuela Normal: Don Angel Tulio Zof, de 78 años, director técnico de fútbol, comenta con una especie de pudor mezclado con orgullo que a él le dicen maestro a pesar de haber llegado solo hasta sexto grado. Tampoco para ser un buen maestro se necesita ser un sabio. "Maestro es estar inclinándose sobre el cuaderno de los chicos, es estar todos los días", dice con 93 años el docente y poeta chaqueño Aledo Meloni. Esto no significa que maestros y maestras no tengan que sentarse a estudiar: "Yo he estudiado toda mi carrera docente, todos los días aprendía algo nuevo", recuerda Ida Deagna con sus 80 años. "Cuando pienso en un maestro pienso en alguien abierto, poroso, ávido de leer no solamente libros de texto", reconoce Ovide Menin, profesor y rector universitario de 78 años. "El que piensa que es maestro porque tiene un título, está muerto, no sirve, uno tiene que modificarse y crecer todos los días", advierte Hugo Di Taranto, docente porteño de 75.

Para llegar a ser maestro hace falta mucho empeño, trabajo, dedicación, estudio, experiencia. Pero en las historias relatadas se olfatea también la presencia de un plus. Algunos dicen que ese valor agregado es la vocación; otros explican que se trata de una misión: cumplir, aunque sea de manera anónima, un papel en la historia. Están quienes aseguran que ese algo que excede a la formación sistemática es simplemente amor a las chicas y a los chicos. Lo cierto es que estos quince maestros saben, con ese saber cómplice y mesurado propio de los viejos, que han sido convocados a contarles a los otros, a los más jóvenes, cómo es eso de ser maestro con todas las letras.



Alguien que sabe algo más

El maestro es alguien que sabe más sobre algo en particular. Pero eso no es todo. Además, debe estar dispuesto a transmitirlo, a pasárselo a otros. Ljerko Spiller tiene 97 años, es violinista y docente, y nació en Croacia: "Siempre se necesita alguien que da unos pasos adelante, que con su fantasía artística o con su ilusión hace algo que otros no han hecho, y lo hace muy bien. Y si no es egoísta les enseña a los demás cómo lo hace, por qué lo hace y cómo se estudia eso para llegar a hacerlo bien, y no solo aparentemente bien". Luego, Ljerko deja la tercera persona para confesar algo del secreto de su arte de enseñar: "Yo tenía interés y tenía percepción de lo que le faltaba a otro".

"Siempre se necesita que haya alguien que sabe más con respecto a los que saben menos. El que sabe menos tiene que recurrir al que sabe más, es decir, empezamos por el principio, como proceso de desarrollo, el papel que el adulto tiene con respecto al niño", resume la profesora Berta Braslavsky, de 93 años.

María Fux vive en Buenos Aires y tiene 83. Y saliendo del lenguaje corporal, expresa: "Entregar al otro la experiencia, porque ese es el maestro, es una de las cosas más enriquecedoras, uno nunca queda desnudo. Y así uno los ve que crecen, que lo que se ha plantado con buena tierra sigue creciendo aun cuando uno no esté". "Somos sembradores. Hay que seguir andando nomás", dice Luis Sánchez, un cura de la provincia de Buenos Aires de 80 años, en un tácito diálogo con la reconocida ex bailarina.

Cumplir una misión

"Uno es un modificador de almas", define Hugo Di Taranto. Néstor Ledesma es ingeniero agrónomo y docente, oriundo de Santiago del Estero. A sus 91 años, admite, filosófico: "Yo siempre les digo a mis alumnos: ¿quién soy yo? En 6.000 millones de habitantes que hay en el planeta, yo soy un 6.000 millonésimo. No soy nada, mañana desaparezco y nadie se acuerda de mí.

Pero tengo una misión, eso es lo sagrado. Yo tengo que cumplir un papel en la historia, no importa que el nombre aparezca o no aparezca, el papel hay que cumplirlo, eso es lo importante, eso es ser".

Desde Cipolletti, Ida Deagna también indaga sobre la real dimensión de la tarea de educar: "Yo creo que el maestro debe saber lo que tiene entre manos: tiene seres humanos a los que él, de alguna manera, va a modelar. Los puede modelar para donde quiera, porque estoy convencida de que el maestro logra lo que quiere de un alumno".

Hacer algo por los otros

"¿Por qué este mundo precisa maestros?", pregunta el entrevistador en el documental. Con un pequeño gesto, María Concepción Fernández Lacour (Mery), una profesora de matemática que nació en Corrientes hace 102 años, intenta evitar lo que le parece casi una obviedad, para luego interrogar: "Y si no,¿cómo hacés? La experiencia personal no puede ser lo único, porque uno no tiene muchas cosas para ver. A veces sí, si uno va de un lado a otro, pero si está en un solo lugar, tienen que enseñarle, tienen que mostrarle".

Hacen falta maestros porque no estamos solos en el mundo, y porque los que ya estaban, y entienden más o menos cómo funcionan las cosas, tienen el deber de orientar a los que recién llegan. Presa de una saludable compulsión por enseñar, Mery exhibe su último logro: "Ella quiso aprender a tejer y hace poco le enseñé, ¿por qué no le mostrás tu tejido, Nenucha?", le pide a la amiga, algo más joven, que la acompaña.

Con 80 años, la cordobesa Delia Beltrán, profesora en Letras, admite la necesidad de que haya maestros: "Como primer fin, para igualar a los hombres, si no unos se quedan en un nivel totalmente diferente a otros; y también para que el hombre tenga conciencia de sí mismo, para darle valor a cada uno".



Francisco Cabrera, docente y supervisor escolar de la Ciudad de Buenos Aires, con 89 años, asegura: "Es una de las profesiones que debe dar mayores satisfacciones". Y completa: "Es decir, uno siente que está cumplido con la vida, con el resto de los otros, cuando ve que los otros crecen. Uno siente que esa persona que primero dijo que no, después dice tal vez. Uno me dijo que no podía multiplicar por la tabla del siete, y al principio me dejó un poco aturdido, pero cuando me fui de la escuela los pibes ya estaban multiplicando por ocho y por nueve, simplemente porque los hice jugar. Entonces, creo que ser educador es fantástico".

Buen maestro

Para lo entrevistados, ser o no un buen maestro se despliega en una multiplicidad de detalles, algunos de ellos mínimos, sutiles. Delia Beltrán define: "Es aquel que no hace una fila de burros y una fila de buenos. El chico tiene que tener valor de sí mismo para poder caminar. Uno tiene necesidad de saber que puede hacer las cosas, para hacerlas". Ida Deagna considera que "un buen maestro es el que sabe adaptarse a lo que es 'ese' chico, porque para todos no es igual. Está aquel que en un momento necesita una palabra fuerte, y está aquel a quien una palabra fuerte puede destruir". En la misma línea, Hugo Di Taranto asegura: "No se puede enseñar sin alegría. No es posible enseñar, ni el chico puede aprender, con el terror. El chico tiene que aprender suelto". Por su parte, Mery sigue echando mano a la simpleza: "Un buen maestro es el que sabe enseñar". ¿Y qué es saber enseñar?, le consultan. "Transmitir lo que uno sabe".

Elba Pérez tiene 89 años, y se desempeñó como docente y directora de escuela en la provincia de La Rioja. Sostiene que para llegar a ser un buen maestro, "hay que dedicarse de lleno a la escuela y resolver con los propios medios las dificultades que tengan los chicos".

Una vez más, Berta Braslavsky empieza por el principio, y prefiere hablar del difícil camino que hay que recorrer: "Se ha producido una evolución del conocimiento, con características tales que se necesitan profesionales de la educación. Por eso creo que se requieren maestros muy bien formados, y deben ser formados en la experiencia de ser maestro. Ese es uno de los defectos esenciales de la formación de nuestros docentes. No se aprende a enseñar sino enseñando, y es un proceso complejo y lento".

El reconocimiento

Hacer con otros lo que han hecho con uno. La elección por la docencia muchas veces admite esa explicación. Hugo Di Taranto narra un encuentro reciente con un ex alumno: "Me dijo 'esperá', fue y les dijo a los chicos 'Yo me hice maestro porque este fue mi maestro de 4º grado'". Y continúa Hugo, emocionado: "Una maravilla, son las cucardas que no te da ni el Nobel, ni el Ministro, ni el Presidente de la República. Son cucardas que tienen un valor muy especial".

En otro tramo del documental, los quince distinguidos personajes agradecen y reconocen, a su vez, a sus propios maestros. Algunos admiten que sus voces aún retumban con nitidez en sus memorias: "Hasta el día de hoy escucho su voz", recuerda Delia Beltrán, al referirse a su profesor de Zoología. Ida Deagna pide permiso para nombrar a todos sus maestros y maestras de la escuela primaria. Aprovecha para rendirles homenaje, porque no puede olvidarlos: "Fueron muy decisivos en mi vida, ellos crearon en mí la vocación docente".

"Tengo buenos recuerdos de aquellos que se jugaban", rememora el ex supervisor Cabrera. "La formación de un hombre se debe a muy pocas personas. Son las que te llegaron de tal manera que uno pudo transformar su alma en algo útil", sintetiza Di Taranto.

"Educó a mucha gente, y si no hubiera educado a nadie, me educó a mí y le debo todo", concluye con gratitud de alumno Ljerko Spiller. Vidas maestras elige este testimonio como cierre. Lo que no dice Ljerko, porque es muy probable que no lo sepa, es cuántos estarán pensando lo mismo de él.

Elegir ser maestro es un bello y generoso intento por saldar las deudas contraídas con los maestros que uno tuvo, endeudando, a la vez, a otros. Así la cuenta seguirá abierta y pendiente, y las sumas y los saldos nunca darán cero.



Imágenes atravesadas por palabras

¿Qué le agrega a estas Vidas maestras la forma del lenguaje audiovisual? El video está hecho de palabras contundentes, pausas y silencios. Pero también de largas miradas, gestos ampulosos y movimientos sutiles. Se trata de imágenes atravesadas por palabras, irreductibles unas a otras. Son encuentros y desencuentros entre lo que se ve y lo que no, lo que se dice y lo que no se logra nombrar, o lo que se pronuncia tan bajito que no se alcanza a escuchar. Esta apertura de sentidos generada por la insubordinación de las imágenes ante las palabras y viceversa, posibilita que Vidas Maestras no se erija en diccionario de pedagogía, ni afirme que "maestros eran los de antes".
Tampoco señala verdades irrevocables sobre el magisterio. El video se compone de imágenes y palabras con historia, cargadas de decisiones, responsabilidades, política y pedagogía. Tal vez genere nostalgia, sobre todo en aquellos que se reconocen como discípulos directos de docentes como Hugo, Berta, Aledo o Mery. Cabe preguntarse qué sentirán y pensarán al ver a estos viejos maestros y maestras las nuevas generaciones, pues son ellos, a fin de cuentas, los reales destinatarios de este documental.

   
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