Jaime Torres, músico
"Lo que uno hace, llega al alma"

A los cuatro años tuvo por primera vez un charango en sus manos y fue amor a primera vista. A los 15 supo que iba a tocar el instrumento toda la vida. Hoy, Jaime Torres es reconocido en todo el mundo como un maestro "charanguero", como le gusta definirse, y continúa luchando como el primer día en defensa de la cultura de los pueblos originarios.

Judith Gociol
Fotos: Roberto Azcárate

Jaime Torres, charanguero -como se define a sí mismo-, es hijo de padres bolivianos, nació en Tucumán, vive en Buenos Aires, tiene parte de su familia radicada en la Quebrada de Humahuaca y tocó su instrumento en los pueblos de la Puna, en el Teatro Colón, en el Lincoln Center y con la Filarmónica de Berlín. Es evidente que la música es una región mucho más amplia que los límites geográficos, un derrotero impredecible y desbordante como esta entrevista, donde las respuestas se independizan de las preguntas y arman su propio itinerario.

-¿Por qué sus padres vinieron de Bolivia a la Argentina?

-Mi padre adoraba este país. Por entonces la Argentina representaba algo importante en la vida de América del Sur, a través del cine, del deporte. Siempre me acuerdo de que mi padre contaba que había estado en la Guerra del Chaco y un día estaba yendo por el monte, medio con cuidado, vio delante de él una metralla de balas y quedó paralizado; lo primero que pensó fue: "Ahora no voy a poder viajar a conocer la Argentina, carajo". Yo nací en Tucumán en 1938 y ese mismo año estábamos ya en Buenos Aires. Aquí aprendí a tocar y a conocer las cosas elementales. Y creo que una de las pocas cosas inteligentes que he hecho en mi vida fue quedarme a vivir en la Argentina. Tuve y tengo posibilidades de radicarme en Europa pero, de haberme ido, hubiera pensado solamente en mí.

-¿Por qué se mudaron de Tucumán a Buenos Aires?

-El destino era un poco Buenos Aires. Cuando uno se refiere a la Argentina, para el 90 por ciento de la gente, el país empieza en Buenos Aires. Hemos recibido una educación donde todo lo de afuera es lo mejor, hemos cometido la taradez de decir siempre: "la Argentina es un país europeo". Centralizada como está la cosa, todo se habla desde Buenos Aires: "Hoy es un día radiante" y uno está en Ushuaia y graniza; o "Hay mucho tráfico esta mañana" y uno está en Humahuaca. La historia nuestra está escrita así. Una vez, en la escuela primaria, pregunté qué se celebraba el 12 de octubre. "La llegada de la civilización", me dijeron. Es como si hubieran querido hacerme sentir vergüenza de mi origen. No hay libros que traten el momento de la Independencia, por ejemplo, que muestren tipos tocando charango, ni por casualidad: acá todos bailaban el minué en el Cabildo. Es por todo esto que en los setenta hicimos un llamamiento para nuclear esta suerte de música con magia, que tiene misterio, que es la música del Altiplano. Yo veía que en Humahuaca los chicos estaban mirando para otro lado y que para ellos tocar esa música era retroceder, volver a lo viejo, porque el mundo este te imprime ese vértigo: "llame ya", "triunfe ya", "gane ya...". Pero, ¡por favor!... váyanse a la mierda, ya.

-¿Organizaron entonces los Tantanakuy?

-Cumplimos con un ritual. Tantanakuy significa, en quechua, congregación de unos con otros por mutua citación. Y eso fue lo que hicimos. Porque para mí una de las cosas más importantes que existen son las reuniones, los encuentros, las posibilidades del diálogo, de la discusión, de las propuestas. Al principio, todos interpretaban que se trataba de un festival, pero el Tantanakuy no debía ser nada de eso. Primero, por el desastre que son la mayoría de los festivales. Cuando preguntás cómo anduvo el festival en tal pueblo, te contestan: "Fantástico, se vendieron 50 mil chorizos, varias ollas de locro". Es parte del negocio de la música. Lo que decidimos es que para acercar a los chicos a su cultura, lo que había que hacer era dar el ejemplo o tratar de mostrar las cosas como uno cree que pueden ser. Esto no lo digo yo, sino un montón de gente que ahora es un símbolo del lugar y que antes hacía otras cosas: tocaba música tropical, estaba más cerca de la cumbia, por ejemplo. Hoy son representantes artísticos culturales de la zona. Y eso a mí me hace muy feliz. Ver a los jóvenes tocar quenas, charangos, sikus*. Me parece bellísima esa identidad con lo nuestro, además sé que algo he tenido que ver. No hay que esperar que llegue El cóndor pasa grabado en inglés para darse cuenta del valor de lo propio. Tengo la absoluta seguridad de que en una cantidad de lugares del mundo no se conoce el himno argentino, pero se conoce El humahuaqueño.

-¿Los Tantanakuy se mantienen?

-El infantil, sí. Se hace en octubre de cada año. En alguna oportunidad el Ministro de Educación estuvo presente, asistió, sorprendido, conmovido. Hemos construido una casa, como hemos podido, con lo que hemos tenido, con ayuda, sin ayuda. Allí funciona un cine; una bandita de sikuris, que son permanentemente convocados para las fiestas patronales; una biblioteca que lleva el nombre del escritor Jorge Calvetti. Pero no tenemos elementos para el mantenimiento de la casa: no hay quien limpie, quien corte lo que brota de la piedra, quien atienda la biblioteca, por eso no podemos abrirla todos los días. No tenemos cargos para poder hacerla funcionar como escuela de música ni como nada. Lo digo bien, pero con dolor, como algo que lastima. Porque nosotros no entramos nunca en ninguno de los proyectos que tienen para la educación, para la enseñanza, para la cultura. Pero servimos para mantener la conciencia sobre esas cuestiones, y eso no me lo puede negar nadie. Entiendo que este no es el único problema de un ministerio o de un ministro. Solo pido que nos anoten en la listita de las necesidades.

Charangos con historia

-La pucha, pero esta es una fábrica de charangos -dice el fotógrafo apenas se asoma en el altillo donde Jaime Torres se dispone a empezar la entrevista.
-Una fábrica, no. Cada uno de esos charangos tiene su historia, puedo decirte su nombre y su apellido y fueron construidos a mano -corrige de inmediato el músico.
La parte alta de la casa de Torres, en San Telmo, es un universo aparte. Sobre una pared hay una veintena de charangos colgados.
-Este lo construyó mi padre. Este,mi maestro. Este me lo regaló un muchacho después de un recital. Este...
De las otras paredes cuelgan más partes de su vida: un erke ubicado detrás de su silla preferida; un póster de La deuda interna -la película de la que fue director musical-; tapas de discos; las grabaciones de la Misa Criolla; una foto del primer Tantanakuy, en la que aparecen sus propios hijos de pequeños; una imagen de su primer recital, cuando él mismo era un niño y su mamá le cosía el poncho para actuar. Sueña con conseguir el modo de poner todos esos objetos en exposición pública.
El músico tiene un charango consigo, en la mano, y durante la charla completará sus palabras -su entusiasmo, su enojo- con el rasgar de las cuerdas. Sonidos tan penetrantes como el que se escucha de fondo: un trabajo de música electrónica que prepara junto a un compositor alemán. Torres no se ancla en el pasado, ni le teme a la profesionalización. Dice que hay que correr el riesgo, pero sin dejar el alma. Por eso lo suyo no es una fábrica.

-¿Usted por qué vivió siempre en Buenos Aires?

-Yo ando con el alma por los cerros, pero con los pies en Buenos Aires. De verdad, se necesitan algunos de los espacios que existen aquí. Tengo todavía cosas que hacer acá. Sueño con tener un lugar donde poder exhibir al público todos los objetos que fui reuniendo en estos más de 60 años con la música, pienso que quizás de repetirlo, de enojarme, de cabrearme, algún día tendrán que decir: "Bueno, sí". Además no existe una bibliografía de la música del Altiplano, ni trabajos personalizados sobre el charango. Desde el Fondo Nacional de las Artes, desde el Ministerio de Educación o desde el de Cultura, tendríamos que preocuparnos por estas cosas. Existen algunos libros, pero parecen tratados matemáticos de la música: do, y medio tono más es do sostenido, y luego re y así sucesivamente. Falta el condimento del alma. Y en cuanto a la historia del charango, todo lo que se sabe es muy ambiguo, a tal punto que el presidente de Chile se equivocó y le regaló al líder de U2 un charango como instrumento autóctono de Chile, y luego Evo Morales le dijo que no, que el charango es boliviano y le mandó otro con unas hojas de coca. Yo creo que, en realidad, debería haberle regalado un puñado de arena del mar que sí es de Bolivia, que sí le pertenece. Entonces, al menos hubiera habido una reacción para pensar. No tiene sentido discutir el lugar exacto en donde nació el charango, el día, la hora y la dirección. Seguramente el charango tiene un lugar de origen pero es mucho mejor pensar, como en la poesía, que pertenece a la gente del pueblo, que es un territorio mucho más grande que un límite geográfico. Creo que, en este aspecto, la Argentina ha sido tan generosa, porque el charango tuvo aquí los primeros espaldarazos y repercusiones, mucho más que en Bolivia o en el Perú.

-¿Cuándo escuchó por primera vez el sonido del charango?

-Tenía cuatro años cuando llegó una compañía de arte peruano y latinoamericano, y dentro de ella venía Mauro Núñez, que es el primero al que vi tocar el instrumento. Y tuve la sensación de que podía, de que lo podía hacer, quizás porque uno se le anima más al charango, porque es chiquito. Dicen que el charango es bullicioso, trasnochador, encantador. Alguna vez leí que es algo así como el seductor de la orquesta, el que juega, el de la voz aguda que se hace notar. Comencé a practicar con Mauro y resultaba muy duro, porque era un aprendizaje auditivo visual de algo que no tenía más mundo que el momento en el que llegaba este hombre, después se terminaba. Cuando yo empecé a tocar, no se conseguían cuerdas para el instrumento. Para mí era un orgullo ser músico de charango, pero en la familia no querían que lo tocara porque no era oficio ni profesión. Salvo mis padres, que sí querían. Mi madre era la que me hacía la ropa y lo contaba con orgullo, y mi padre me acompañó en todo momento. Un día, a mis 15 años, le dije que solo quería dedicarme a la música, que no quería estudiar, ni ninguna otra cosa. Entonces me dijo: "Bueno, pero hacelo bien". Mis padres sabían sentir orgullo de lo que realmente hay que sentir: los orígenes, lo propio, el lugar. Uno se asombra cuando el chiquito de un vecino, Don Otto, que tiene cinco años, habla alemán; causa una gran admiración. Y qué va a hablar si los padres son alemanes. Ahora, si lo que los chicos hablan es guaraní o quechua, no existen.

-¿Cómo hizo para que ese primer aprendizaje tuviera "más mundo"?

-Cuando yo tenía nueve, diez años, mis padres decidieron volver a Bolivia y allí me encontré con todo ese universo. También me encontré con lo que es sentir vergüenza por algunas cosas: el que tiene más, el que tiene menos, el que se parece más al hombre europeo, el que no. Yo iba a un colegio privado y, como todo niño, respondí a ese medio. Cuando preguntaban por las profesiones de los padres, me di cuenta de que no había ningún hijo de albañil, así que yo tampoco podía ser el hijo de un carpintero, entonces dije que mi padre era comerciante. Después me dolió a mí mismo. Tanto como ahora me duele escuchar a un periodista decir: "Mataron a dos personas y a un boliviano". En cambio, si hay algo que me hace feliz en Buenos Aires es ver a las paisanas extendiendo las manos, pero no para pedir sino para dar los ajos, las arvejas. Porque, además, han tenido la suficiente picardía como para darse cuenta de que a la señora no le gusta pelar, que prefiere todo ya hecho. Así, la hija de la tierra, la que tiene más raíces en ella, ofrece las verduras peladas. Hasta me río de mí mismo por este aspecto de jarrón incaico que tengo: gordito, negrito y chiquito.

-¿El charango suena igual en todos los ámbitos y frente a todos los públicos?

-Una vez fui a tocar a un concierto de rock al aire libre. Me invitaron los muchachos de Divididos y, al momento de entrar, dijeron una serie de calificativos que no sé si yo era merecedor, realmente. Aparecí con mi charanguito y mi poncho. El primer recibimiento fue "Olé, olé, olé, Jaime, Jaime", y al rato, dijeron "el que no salta es un inglés", y al minuto: "Argentina, Argentina". Entonces entendí que parte de lo que uno hace, llega al alma y a la conciencia de muchos.

* Se ha elegido la grafía "sikus" y "sikuris", respetando el uso del vocablo. El Diccionario de la Real Academia Española registra: "sicu", voz de origen aimara, para referirse al instrumento musical de viento; y "sicuri"como "tañedor de sicu".

   
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