|
|
|
Qué hay que saber hoy sobre ciencia
Atreverse a generar nuevas preguntas
¿De qué hablamos cuando hablamos de ciencia? ¿De
tubos de ensayo, probetas, gente con guardapolvos y
bichos en la cabeza? ¿De una zanahoria que nunca alcanzaremos?
¿De un discurso de cierre de campaña?
Bueno, sí, de todas esas cosas. Pero también de otras
mucho más importantes, de esas que se atesoran, que
maravillan, que hacen abrir los ojos y caer las mandíbulas
y que, en definitiva, nos hacen ser mejores personas.
La ciencia, se sabe, no es más que un modo de conocer
la realidad (y digo "un" modo porque sin duda hay
otros: el que diga que nunca abrió el diario por la página
del horóscopo que tire la primera piedra), pero de
manera realmente muy poderosa: a puro preguntazo.
Los científicos, entonces, nunca hemos salido de la
edad de los porqués y, encima, pretendemos ser contagiosos.
Así, queremos contagiar eso que nació tal vez con
los druidas, que estudiaban con detalle el hígado de
un carnero (para lo cual, convengamos, hay que saber
bastante anatomía) y aconsejaban al jefe de la tribu
que fuera a amasijar a los vecinos de enfrente, o
eso que los griegos fueron transformando en un cúmulo
organizado de conocimiento (organizado en
griego, claro, lo cual no nos ayuda mucho en estos
días) y que los romanos se encargaron de latinizar. Pero,
ay, llegó la era de los apagones medievales y la ciencia
quedó en el freezer, y allí hubiera quedado si no fuera
porque una cultura más moderna que la judeocristiana
(y que hoy goza de muy mala prensa) se encargó de
guardarla en árabe y preservarla hasta que, poco a poco,
se fue recuperando para el resto del mundo.
Ya en el Renacimiento, los pintores y los abogados requirieron
de nuestros servicios. Los artistas para poder
retratar un cuerpo humano con mayor realismo, y
los leguleyos porque, al brillar la práctica forense, era
preciso conocer sobre mazazos de cráneo, hemorragias
y otras delicias. Qué maravilla habrá sido descubrir los
secretos del mundo (y de las estrellas, ya que estamos)
allá por los siglos XVI y afines.
El futuro llegó, hace rato
Y luego de esta breve historia del mundo en trece renglones
y medio, estamos aquí, rodeados de ciencia y de
su hija dilecta, la tecnología. Más que rodeados, somos
dependientes de ellas. Vean, por ejemplo, este mínimo
fragmento de una novela de Michel Houellebecq (Las
partículas elementales):
-No sirvo para nada -dijo Bruno con resignación.
-No tengo idea de cómo se hacen las salchichas, los
tenedores o los teléfonos portátiles. Soy incapaz
de producir cualquiera de los objetos que me rodean,
los que uso o los que me como (.). Si la
industria se bloqueara, si desaparecieran los ingenieros
y los técnicos especializados, yo sería incapaz
de volver a poner en marcha una sola rueda.
¿Suena familiar? Es tristemente cierto: casi ninguno de
nosotros tiene idea de cómo se hacen las salchichas o los
teléfonos. Ni qué hablar de los conceptos que aparecen
en los medios como losgrandesavancesdelaciencia:
la teoría de cuerdas
la nanotecnología
la energía oscura
las células madre
los organismos genéticamente modificados
el cambio climático
. y siguen las firmas, aunque a esta altura podemos
concluir que seguramente nos sirvan para ser imbatibles
a la hora del Scrabble. Algo está pasando en las altas cumbres,
que de pronto manejan lenguajes e ideas que nos son
completamente ajenos, y nos relegan a ser meros usuarios
o contempladores. Un momento: es necesario saber de
qué se trata, y poder tomar decisiones conscientes sobre
uno u otro tema, y aquí la responsabilidad es doble e
ineludible. Por un lado, los científicos deben rendir cuentas
de la manera más simple: contando lo que hacen (al
menos por razones impositivas, ya que de algún lado nos
viene el sueldo) y, por otro, la sociedad debiera ser insaciable
a la hora de querer saber más. Si algo nos hizo
evolucionar como especie fue la curiosidad y, como afirma
Marcelino Cereijido, la angustia ante lo desconocido
que nos hizo querer saber más para dejar de tener miedo,
inventar máquinas para vencer a la noche, al hambre
y a los fantasmas. Dejar que muera esa curiosidad y no
querer saber de qué se trata es claramente involutivo, y
ahí bien valen los ejemplos de los chicos con el Mecano,
con el juego de química, con Mis Ladrillos (si es que todavía
existen). Por otro lado, conocer cuestiones sobre
agujeros negros o ingeniería genética puede aportar maravillosos
temas de conversación que lo convierten a uno
en el alma de la fiesta. Pero.
La ciencia está en otra parte
Parafraseando al gran científico (en el sentido de "gran
preguntón") John Lennon, podríamos decir que la ciencia
es eso que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo
otros planes. Y tal vez eso es justamente lo que
hay que saber sobre ciencia: que no es más que una actitud
inquisitiva, que es romper con el principio de autoridad
(ese que dice que las cosas son así porque las
digo yo, o el Papa o el general) y que es atreverse a cuestionar,
cuestionarse y ser cuestionado. Imagino el terror
de los docentes frente a este planteo, ¿Y nosotros
qué, eh? ¿Qué hacemos con tanta pregunta suelta? Muy
sencillo, pero harto desafiante: acompañarlas, hacerlas
crecer, idear experimentos para avanzar en la niebla y,
sí, generar nuevas preguntas. La ciencia está allí para
ayudarnos a tomar decisiones, para entender un poco
más al mundo y, por qué no, querer cambiarlo, como corresponde.
Aunque, sobre todo, está allí para hacernos
mejores personas. Casi nada.
Diego Golombek
CONICET/ Universidad Nacional de Quilmes
|