Programa Nacional de Inclusión Educativa
Encuentros en Córdoba

"Todos a Estudiar" trabaja para sumar a las aulas a jóvenes de 11 a 18 años que están fuera de la escuela. El Monitor compartió momentos del segundo Encuentro Nacional de Jóvenes, organizado por este Programa, la Dirección Nacional de la Juventud y el Programa Federal de Turismo Educativo y Recreación.

A medida que el auto avanza, el aire se inunda de un runrún de voces que suben desde la costa este del Embalse Río Tercero. El origen de tanto bullicio es apenas un tercio de los 400 chicos y chicas que han llegado desde otros puntos de Córdoba y de Tucumán, La Rioja, Mendoza y San Luis, para participar en el segundo Encuentro Nacional de Jóvenes "Todos a Estudiar". Alojados en el Hotel N° 6 del Complejo Turístico Embalse, asistirán durante tres días a una decena de talleres y tendrán oportunidad de intercambiar experiencias con sus pares, en una suerte de viaje de egresados anticipado.



Historieta, Danza, Música, Documental, Radio, Teatro de Sombras, Plástica, Biblioteca, Improvisación: la oferta es bien amplia, como para tentar a todos. La noche de la llegada, los profesores y profesoras a cargo de los talleres se esmeran con sus disfraces, su maquillaje, su arte. Prácticamente una murga, animada por los bombos y los platillos. Un botón que sirve de muestra para que las chicas y los chicos se sumen a cualquiera de esos espacios "donde hay consignas, pero también mucha libertad", explicará Sabrina, una de las profes de Plástica. "No están acostumbrados a que los dejemos hacer lo que quieran -reflexiona-. Entonces preguntan: '¿Puedo recortar esta imagen?', '¿puedo pintar con rojo?'; y una piensa: '¿Cómo puede ser que no sientan la libertad de hacerlo?'".

Sebastián, a cargo del taller de Radio, coincide en el diagnóstico: "Lo bueno es darles lugares a los pibes, responder a esa necesidad que tienen de hacer cosas, de expresarse". Y recuerda que en Chapadmalal -donde se realizó el primer Encuentro Nacional-: "Muchos chicos llegaban al taller mostrando los dientes, pero después eran los últimos en largar el micrófono para irse".

Los locales de una galería comercial en desuso y los amplios pasillos del Hotel N° 6 sirven de escenario para la creatividad y la imaginación de estos jóvenes. En el Teatro de Sombras, una sábana vieja revela la silueta de un dinosaurio de ojos colorados, de varias personas, de algunas casas. Y en la vidriera de al lado, un sinfín de muñequitos modelados en plastilina esperan su turno para protagonizar el primer ensayo de documental, registrado con una cámara diminuta.

Sabrina vuelve sobre el quid de la consigna: "Les damos un tema, un disparador para que trabajen; pero no les decimos cómo tienen que hacerlo. Esa libertAd, a la que no están acostumbrados, los descoloca, los desarma; pero, maravillosamente, se van acomodando".

Claudio, el profe que desplegó historias de suspenso y terror en la noche de la bienvenida, y ahora recibe a los chicos en la biblioteca, dice: "El último día, yo les propongo que piensen en quiénes eran cuando llegaron, y quiénes son al momento de irse". Sebastián tercia: "Nosotros no queremos que esto sea algo lindo que les pasa solo un par de días, y después vuelvan a su realidad. La idea es que la fuerza y las ganas que ponen acá las lleven a sus escuelas, a sus comunidades, para lograr otras cosas".

Esa realidad de la que habla Sebastián nunca es fácil: problemas en el hogar, dificultades económicas, la escuela lejos de casa, la pobreza. Yonatan, de San Luis, por ejemplo, dejó el colegio en quinto grado, pero volvió porque tiene una certeza: "Sé que necesito estudiar para conseguir un trabajo mejor". A Víctor, de Mendoza, lo echaron "porque la escuela no aceptaba repetidores". Y reconoce que le cuesta más estudiar ahora, que es más grande. Sin embargo, Sergio, de Tucumán, parece haberle encontrado la vuelta: "Los coordinadores nos mostraron otra cara del estudio. Estoy terminando el secundario, y quiero seguir una carrera".

Para que los chicos vuelvan, es fundamental el trabajo de los facilitadores pedagógicos, tal la denominación que reciben en el Programa. Muchos de ellos recorren sus barrios en bici, o a pie, buscando a sus antiguos alumnos, o a los nuevos. Los tientan con espacios novedosos, con talleres de oficios, con clases de apoyo ; con algo que saben irresistible: la posibilidad de tener un futuro distinto al que muchos les auguran. "Yo sabía que para trabajar, necesitaba la escuela sí o sí", dice Enzo, de San Luis.

Con el paso de los días, los chicos ganan terreno en los talleres, y hasta los más introvertidos se suman a la creación conjunta. Idean canciones, bailes, historias de cartulina; pequeños espectáculos que serán exhibidos en la última jornada, antes del regreso a casa. A muchos les resta un último tramo, los trabajos prácticos finales, para pasar de año.
Los coordinadores del Programa escriben en su boletín mensual: "Sabemos que la mayoría no volverá a verse; pero que, no obstante, valió la pena. Y que por eso, cada uno, desde su lugar, hará algo para que muchos otros puedan repetir este abrazo".

Silvina Seijas
Fotos: Enrique García Medina
     
   
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