Por amor al arte

Periferia

No, señor, en esta escuela no hay alumnos. Sí lo es, hay un director, maestros, tizas, pizarrones... ¿qué más se necesita? Ellos no son necesarios, yo soy maestro y doy clases.

Me levanto a las seis de la mañana y viajo una hora y media para enseñar y que se me lastime la garganta de tanto hablar. Además, si su hijo no va a venir aquí, si finalmente no se mudarán a esta ciudad, no sé por qué se empeña tanto en criticar mi trabajo. ¿Que lo mío no es un trabajo? ¿Qué es entonces? No, señor, usted no me conoce, yo no miento jamás. Yo soy maestro; que en la escuela donde trabajo no haya alumnos no es mi problema, yo doy clases como cualquier otro maestro, explico los temas, doy tareas, tomo evaluaciones y, eso sí, respeto los horarios de recreo porque el buen docente sabe seguir con firmeza el reglamento en todos sus aspectos y usted podrá pensar lo que quiera, pero yo mi trabajo lo hago bien.

Buen día. No, de chocolate no tenemos. ¿De frutilla? Tampoco. No, de ninguno de esos tres. De vainilla no. ¿Limón? No, no. Sí, por supuesto, esta es una heladería, ¿no ve el cartel que dice "Heladería", el mostrador de heladería, mi delantal de heladero...?

¿Y cuál es el problema con que no haya helado? Le digo que sí, esta es una heladería. ¿Cuál es la necesidad? Mire, señor, yo soy heladero, ese es mi oficio; si hay helado o no en mi heladería no me interesa, yo soy heladero, con o sin helado siempre lo fui.

¿El centro? En cualquier lado, m' hijo. Claro, ahora, por ejemplo, está usted parado justo en el centro, como yo y como cualquier otra persona que esté pisando esta ciudad. No es ridículo, señor, no ofenda a la ciudad que me ofende a mí; nací aquí hace muchos años... todo era distinto, pero el espíritu sigue siendo el mismo: todo es el centro, todos somos más importantes. ¿Qué dijo? ¿Cómo más importantes que qué? ¿Cómo el centro de qué? ¿Periferia? ¿Adónde va?

Y cada uno siguió por su centro.

Carla Actis Caporale
, Colegio Nacional de Buenos Aires.
Basado en Periferia de Mario Sironi.


Mujer acostada

Se encontraba acostada en el sillón de mimbre verde que había comprado en Bruselas en su primer viaje por Europa. Apoyada sobre dos almohadones de terciopelo rojo y con el cuerpo desnudo, miraba por la ventana los rayos dorados del sol naciente que iluminaban parte de su cuerpo. Descansaba antes de ponerse a escribir. Hacía varios días que venía delineando una historia para su próxima novela. Tal vez el éxito repentino de su obra anterior solo había logrado aterrorizarla con absurdas presiones para el desarrollo del segundo libro. En la tranquilidad de la habitación, de los rayos del sol, del cuerpo desnudo, trataba de repasar en la mente cada uno de los capítulos antes de disponerse a escribir un primer boceto. Inconcientemente, volvía una y otra vez al desenlace. Y nuevamente el hombre volvía a golpear a la mujer en la cabaña del bosque. Y de nuevo la mujer dejaba caer sus lágrimas, símbolo de su dolor.

 
La mujer había decidido que esta sería la última vez que permitiría ser golpeada. Intentaría buscar coraje para dejar a ese ser que alguna vez amó, pero ahora despreciaba. Encerrada en el baño de la cabaña del bosque, pensaba en cómo. Abrió un pequeño cajón y revolvió nerviosamente un reloj pulsera, dos llaves que no le pertenecían, una tableta de aspirinas y una afeitadora descartable. Encontró lo que allí había guardado. Lo tomó firmemente con la mano derecha, que ya temblaba un poco menos. Salió del baño, atravesó la pequeña sala y entró a la habitación donde el hombre dormía con la conciencia tranquila. Sin pensarlo, repentinamente, le clavó una puñalada casi en el medio del corazón. Ya no le importaba qué sucedería si, tiempo más tarde, era acusada de homicidio.

Llorando, y sin llevarse nada, abandonó la cabaña y corrió por el camino del bosque. La noche era fría y el ambiente la atemorizaba. Corrió impulsivamente, sin parar. Corrió, corrió, corrió, hasta que el camino se convirtió en ruta. Deseaba llegar a casa pronto. No sabía con exactitud dónde estaba, pero sí para qué lado quería ir. Se paró junto a la ruta, levantó el pulgar derecho y señaló en dirección a la ciudad. Pasaron algunos segundos hasta que empezaron a aparecer luces. El primer vehículo no se detuvo. El segundo tampoco. El tercero, aparentemente un camión de carga, se detuvo al ver el pelo de la mujer jugar con el viento. Ella subió y se limitó a pronunciar las palabras "gracias" y "buenas noches". Él respetó el silencio. Y así continuó el viaje durante largo rato. Él manejaba y ella pensaba. Cuando por fin llegaron a la ciudad, la mujer volvió a agradecer y se bajó del camión. Reconocía las calles, reconocía ese lugar que le pertenecía. Caminó varias cuadras hasta llegar a su casa. Respiró profundamente, sacó la llave que llevaba siempre en el bolsillo y entró.

Por supuesto que no había nadie, no tenía por qué haber alguien de todas formas. Miró el reloj y ya eran más de las seis de la mañana. No tenía sueño, estaba inquieta y perturbada. Tomó un vaso de agua, bebió un sorbo y lo dejó en la pileta. Salió de la cocina y se dirigió a la pequeña sala donde usualmente le gustaba acostarse a leer. Abrió la puerta y se desvistió. Los rayos dorados del sol, un sillón de mimbre verde, dos almohadones de terciopelo rojo. Se acostó y descansó algún tiempo, antes de ponerse a escribir un primer boceto de su próxima novela que hacía varios días venía delineando.

Martín Morgenfeld, Instituto Libre de Segunda Enseñanza.
Basado en Mujer acostada de Pablo Picasso.

Todas íbamos a ser reinas

Todas íbamos a ser reinas de verídico reinar... ¿Te acordás de aquel poema? Cómo nos gustaba leerlo en aquellas tardes de siesta. Mamá dormía hasta las cinco y la tuya lo hacía durante todo el día, cansada por su trabajo de noche que tanto te molestaba. ¡Qué lindo cuando se producía ese silencio de adultos y cada rincón del patio era nuestro! ¿Aquí te tratan bien? La habitación se ve limpia y el parque está bien cuidado. ¿ Te acordás de la mesa larga ubicada bajo la parra? La usábamos para desfilar, como si fuera una pasarela. Inés enseguida arrimaba un banquito para poder subir con los tacos altos de su hermana, siempre decía que cuando cumpliera los quince pediría de regalo unos iguales. Vos le robabas las pinturas a tu mamá. Sí, no pongas esa cara, te encantaba pintarte: sombra de color azul, rimel negro, delineador, rubor, y los labios bien rojos; el pelo era lo más lindo que tenías, desarmabas ese moño tan feo que te hacía tu mamá, y tu pelo color miel caía hasta la cintura; todas te lo envidiábamos. Lástima que ahora te lo hayan cortado. No importa, la próxima vez que venga te lo arreglo, le damos un poco de forma. A María le gustaba ponerse los tules de su traje de comunión. ¿Te acordás de ella? María, la hija de la señora Aurelia, la del ojo bizco, la hermana de Manolo. No esperarás que crea que te olvidaste de ella, si Manolo te pretendió varios años, pobre muchacho, cómo sufrió cuando te fuiste, yo pensé que moriría de pena, pero no, al poco tiempo terminó saliendo con la Susanita, esa chica de la vuelta, la de la casa amarilla. Tenía unos aires de princesa...

Yo creo que en el fondo nos envidiaba, siempre estaba sola, me acuerdo cuando nos espiaba por la pared del fondo: era el momento que vos aprovechabas para lucirte más. Ah, nunca olvidaré cuando Josefina, golpeando con el palo de escoba en el piso, anunciaba tu turno. "Y ahora ante ustedes la Reina del Nilo". Te encantaba que te llamara así, desde que viste la película no te la olvidaste más; subías moviendo la cintura, con una mano levantabas la pollera que había sido de tu abuela y con la otra jugabas con tu pelo. ¿Cuántas veces volviste a ver la película? Yo ya no te acompañaba porque mamá me había prohibido juntarme con vos, no le gustaba lo que hacía tu mamá, decía que vos ibas a terminar igual. No sé cómo pudiste creer que ya no eras mi amiga, te fuiste sin despedirte.

 
Muchas noches lloré tu ausencia, si bien estaban las otras chicas para mí vos eras algo especial, siempre te quise. Ya ves, estoy aquí a pesar del tiempo que ha pasado. Cuando recibí tu invitación, corrí a buscarte, esa tarjetita en cartulina color rosa, como nos enseñaban a hacer en el colegio. Parece que fue ayer que jugábamos a invitarnos y pensar que han pasado tantos años.

La leía y releía: "Te invito a mi casamiento a realizarse en la corte del rey. Asistirán príncipes y princesas de todos los condados y por supuesto vos también estás invitada". Y aquí me tenés, estás linda como siempre, la próxima vez que venga te traigo las pinturas que tanto te gustan. ¿Te tratan bien aquí? El doctor me autorizó a visitarte las veces que quiera, dice que estás en un estado cataaa.. cataclónico. . catatónico, qué palabra tan fea, me hace recordar las películas de terror. ¿Tu mamá viene? Perdón, no quise hacerte llorar, no tenés que estar triste; sos una "Reina de Verídico Reinar".

Camila Zapata Gallagher
Instituto Santa María de los Angeles.
Basado en La presentación de Valentín Thibón de Libián.


   
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