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24 de marzo. Como en tantos colegios de todo el país, la escuela primaria Maximio Victoria -ubicada en Ramón Falcón y Lacarra, en el barrio porteño de Floresta-, conmemoró el 30 aniversario del golpe militar de 1976. La calle cortada se convirtió en un espacio público ganado para la memoria. Carteles enormes que claman Nunca Más, paredes revestidas de recuerdos, alumnas con pañuelos blancos que representan a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Esta cuadra ha cambiado de manera drástica su paisaje, ya que allí funcionó el centro clandestino de detención El Olimpo.

 
Los que recuerdan lo sucedido son chicas y chicos que nacieron, por lo menos, diez años después de recuperada la democracia. Por el lugar -que fue habilitado luego del Mundial de fútbol y funcionó entre junio de 1978 y diciembre de 1979- pasaron varios centenares de secuestrados, de los cuales la gran mayoría están desaparecidos. Allí también fueron apropiados bebés que aún hoy no fueron recuperados por sus familias.

  El proyecto de trabajar la memoria para que la geografía de la escuela no sea solo un hecho anecdótico, surgió hace once años. Así lo cuenta Evangelina Morales, directora del establecimiento desde 1990:“Teníamos aquí una presencia ineludible. Lo que hicimos fue ponerles palabras a tanto silencio, a miedos y fantasmas”. En el primer ciclo, los alumnos trabajan a partir de los derechos de niñas y niños; sobre todo, el de la identidad.

En el segundo, parten de los derechos de hombres y mujeres; y recién en sexto y séptimo grado ven lo que sucedió durante la dictadura y en ese centro clandestino, ubicado a solo 50 metros de la escuela. La propuesta desde el colegio -que se transformó en una actividad comunitaria, ya que padres y vecinos también participan- busca, según explica Morales, “construir una memoria abierta, activa y participativa, desde un lugar muy cuidado para que los chicos puedan elaborar un período tan negro de la historia”. Hacia esa cuadra apuntaban los potentes reflectores que encandilaban e impedían ver lo que ocurría en El Olimpo; escondiendo a los hombres armados que vigilaban desde las terrazas, y a los vehículos que entraban y salían durante toda la noche.

Una calle en la que se entrecruzan pasado y futuro. Lo que ayer fue ocultamiento y terror, hoy cobra otro sentido: el de saber que, cuando los chicos salen a la calle y trabajan por la memoria, los reflectores ya no encandilan. Ahora, ilumina.


Fotos: Roberto Azcárate. Texto: Ivan Schuliaquer
     
   
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