Crecer desde abajo

Hace solo diez años, la Escuela Nº 29, República de Venezuela, ubicada en el ex barrio Pepsi, de Florencio Varela, era un lugar al que nadie quería ir. Pero las cosas cambiaron. Hoy es un ejemplo de construcción colectiva de un criterio pedagógico surgido de la imaginación de los docentes, que pudo ser desarrollado con éxito y que atraviesa todas las prácticas de la institución.


La Escuela Nº 29 "República de Venezuela" está ubicada en el barrio Presidente Perón -ex barrio Pepsi-, perteneciente al partido de Florencio Varela (provincia de Buenos Aires). Este complejo habitacional creado en 1980 tiene una forma sinuosa bastante particular, sin calles internas y con un solo acceso. Si pudiera medirse en cuadras, alcanzaría a ocupar tan solo tres. El resto es campo.

El nombre original del barrio surgió por su proximidad a una embotelladora de gaseosas Pepsi que hace ya varios años bajó sus persianas. El cierre de Sevel y la ola de despidos masivos de la fábrica Alpargatas también afectaron la vida de este complejo habitacional que hoy alberga entre 15.000 y 18.000 habitantes. Las remiserías, los quioscos en las ventanas de las casas y la venta ambulante son algunas de las actividades independientes que sustituyeron a los empleos fabriles.

"Las primeras familias llegaron con la ilusión de la vivienda propia, pero con el tiempo éste se fue convirtiendo en un lugar de paso, para ir zafando", dice Patricia Rossi, la directora del establecimiento. La movilidad de la población, sumada a la falta de vínculos con el afuera y a las poco amigables rejas y alambrados, le dieron al barrio una impronta de ghetto difícil de remover. Y esta estigmatización dejó sus marcas en la Escuela 29: "Hasta hace 10 años venían acá únicamente chicos del barrio, porque el solo hecho de dar su domicilio impedía que otra escuela les diera una vacante", agrega.

Concurrir a la Escuela 29 se consideraba una especie de castigo. "Estás para la 29", les decían a los chicos que se portaban mal. "Yo empecé a trabajar aquí en 1987, apenas me recibí, y recuerdo que esta escuela era extremadamente expulsiva", continúa Patricia Rossi, quien durante 1993 y 1994 ocupó el cargo de vicedirectora, y desde 1995 está al frente de la dirección.

Al lado de la puerta de entrada, en una hoja A4 pegada en un pizarrón se lee, con letra imprenta de computadora: No hay más vacantes. Patricia observa que es la primera vez en 15 años que tiene que hacer ese cartel. Por diversos motivos, la Escuela República de Venezuela cuenta hoy con más de 400 alumnos y dejó de ser una condena para convertirse en una elección. La jornada completa -implementada desde el año 2000- es una oferta atractiva para las familias, porque los padres dicen que en esta escuela, "además de estar todo el día, les enseñan bien y les enseñan cosas distintas". Y añade Patricia, emocionada: "Es como una caricia para el alma que te digan que hacés bien tu trabajo".

En una particular mañana del 23 de marzo de 2006, unas horas antes del acto de conmemoración de los 30 años del golpe de Estado ocurrido el 24 de marzo de 1976, Patricia Rossi cuenta cómo esta escuela pública del conurbano bonaerense fue "creciendo desde adentro; porque la escuela es importante en un lugar cuando crece, transforma cosas, construye".



Un criterio que atraviesa las prácticas

¿Qué escuela queremos? ¿Cuál es su función? Estas preguntas, viejas, pero no por ello vencidas, se renuevan en los espacios de discusión generados por los maestros de esta escuela: "Es importante la reflexión y la discusión, para poder tener un criterio pedagógico que atraviese todas las prácticas", subraya Patricia sentando las bases de su relato.

"Para hacer el proyecto de jornada completa nos pusimos a pensar con libertad, olvidándonos de las prescripciones curriculares o normativas, cuál era la escuela que nos imaginábamos desde lo pedagógico, lo didáctico, lo ideológico", cuenta, y continúa: "La comunidad necesitaba una escuela donde los pibes estuvieran más tiempo, la idea era un aprovechamiento productivo del tiempo libre".

Desde la escuela percibían, además, que tenían que reconstruir ciertos códigos vinculados con la confianza: "Nosotros no somos jueces, somos maestros, y compartimos con las familias y los chicos un momento de la vida que puede ser tan largo e importante como ellos decidan, porque nosotros estamos acá, no estamos de paso. Todos necesitamos sentir la seguridad de que alguien va a estar ahí, acompañándote, porque cuando vos sabés que el otro está, las cosas te salen", advierte la directora.

"Aquel criterio que nosotros defendemos desde el discurso, ponemos el cuerpo para sostenerlo. Esto significa que si vos decís que a un pibe lo respetás, tenés que hacerle saber que lo querés. Y cuando lo rete, cuando me enoje, cuando vayamos a escribir, cuando vayamos a leer, yo lo estoy queriendo", concluye Patricia.

La Escuela República de Venezuela es considerada urbano marginal. ¿Cómo se educa desde la marginalidad, cuando está instalado el discurso que afirma que estos niños no deberían tener posibilidades de nada? Esta es la pregunta que Patricia se formula y a su vez responde: "La cuestión es, en lo cotidiano, buscar el modo de dignificar cada una de las actividades que uno hace. Porque es así, porque no tiene explicación. Porque sos una persona, chiquita o grande; porque si no sería como cuando los españoles discutían si los indios tenían o no alma. No se discute".

Esta introducción le permite explicar cómo conciben el comedor escolar en el marco de la jornada completa: "Partimos del sentido común; si vos estás 8 horas en la escuela tenés que comer, es una actividad más dentro de la escuela. Y lo tenés que hacer en un lugar digno, que sea agradable, donde puedas comer tranquila, que haya postre, que disfrutes la comida con tus compañeros".

El comedor está organizado en tres turnos, porque la vajilla es escasa. Las cocineras deben hacer malabares para que 10 kilos de pan alcancen para 400 chicos. "Está la escuela ideal y la escuela posible, y todos los días hay que hacer que la ideal sea parte de la posible", enfatiza Rossi.

Comunicación y expresión

  A diferencia de las escuelas de doble jornada, que destinan un turno para las áreas curriculares y otro turno para la organización de talleres, las de jornada completa se entienden como escuelas de un solo turno de 8 horas. "Todo es oferta curricular -dice la directora- y para que se pueda trabajar de este modo nosotros ponderamos Matemática, Plástica o Tango de la misma manera".

La Escuela Nº 29 cuenta con los EDI (Espacios de Definición Institucional), a partir de los cuales han incorporado a la oferta pedagógica cuatro lenguajes artísticos: Danza, Teatro, Música y Plástica. "Primero tenemos en cuenta la importancia de que los pibes se expresen de diferentes modos. Por otro lado, al no haber en el barrio ninguna instancia gratuita para el desarrollo de estas actividades, creemos que la escuela es la encargada de proporcionarlas", señala Patricia.


En el tercer ciclo hay un taller de tango, y a partir de él algunos alumnos de la escuela fueron invitados por la Casa de la Cultura Municipal a formar parte del ballet. Rossi explica: "Estos espacios le permiten al pibe mejorar su autoestima, porque cuando algo te sale bien lo demás te tiene que salir".

El eje de trabajo en la escuela es la comunicación. Relata la directora: "En la escuela siempre estallaba la violencia y nos dimos cuenta de que era la única manera de comunicarse que tenían los chicos. Para pedirle a un compañero que saliera del banco, le daban un empujón. Queríamos que pudieran decirle al otro: 'No quiero que te sientes conmigo', así que empezamos a buscar otras formas de expresión, de poder decir".

Desde hace diez años, la escuela tiene un periódico que busca recuperar la función social de la lengua. Cuando cuentan con recursos para sacar fotocopias, el periódico toma la forma de una revista. "El diario sirve para que otro lea lo que vos escribiste, y para ello tenés que escribir de un modo que sea entendible", observa Rossi.

Patricia comenta que quisieran tener un grabador en cada aula, porque "para trabajar la oralidad tenés que aprender a escuchar otras voces, distintos tipos de música. Educar el oído en escuchar, para luego poder hablar y comunicarte". Y continúa: "Los pibes disfrutan muchísimo. Existe el prejuicio de que hay cosas que estos chicos no pueden disfrutar. Si no fuera por eso, no sería tan sorprendente que yo te dijera que los pibes disfrutan de la música".

Paredes que hablan

"Acá solemos decir que las paredes tienen que hablar", dice Patricia. Y, efectivamente, las paredes se manifiestan: En algunas sociedades impiden que las niñas asistan a la escuela. Justifican la violencia dentro y fuera de la casa. También las mujeres son las que más sufren el desempleo y el subempleo. Y las que tienen trabajo, muchas veces cobran salarios inferiores a los de sus compañeros varones por el mismo tipo de tareas. Día Internacional de la Mujer. Alumnos de 7º.

Desde 1996, al cumplirse los 20 años del golpe de Estado de 1976, la Escuela Nº 29 ha decidido enseñar este tema como parte de la historia reciente, Pueden porque creen que pueden. Esta sentencia de Virgilio, dibujada en letra manuscrita, integra el colorido mural que los alumnos hicieron el año pasado, en el marco de los festejos de las bodas de plata de la escuela. reconociendo toda la complejidad que conlleva la transmisión cuando se ven afectados los propios recuerdos y vivencias, sabiendo que hay cosas que por diversos motivos no se han contado, o que no están todavía en los libros. Este año se han propuesto reactivar el ejercicio de la memoria a través de las preguntas, y solicitaron a los alumnos que recojan testimonios de sus padres, tíos y abuelos acerca de cómo vivieron ese 24 de marzo de 1976. Por otra parte, los chicos de 6º van a realizar un mural en una de las paredes blancas de la fachada: "Ellos dicen que van a hacer como un Guernica, pensaban pintarlo en sepia, o en blanco y negro y tonos de grises, no lo quieren hacer en color", cuenta Rossi.

Olor a escuela

En una fecha muy especial, en la que desde la escuela se decide cruzar la voluntad de recordar, con la esperanza y la libertad, Patricia Rossi es capturada por algunas imágenes de su propia escolaridad: "Para mí la escuela tenía olor a cosas nuevas, los zapatos, el delantal, el libro, y sobre todo tenía olor a mate cocido. Pero lo tomábamos porque era rico, yo no tenía hambre". Patricia empalma aquella figura del pasado con otra que anhela para el futuro: "Yo quiero ver otra vez una escuela donde el mate cocido se comparta porque es rico, y punto, no porque no comiste nada desde la noche anterior. Esa es la escuela que quiero, así es como vos aprendés, realizás un esfuerzo, crecés y te hacés mejor junto con el otro".

Ana Abramowski
Fotos: Luis Tenewicki

   
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