Exigencia, tiempo y dolor

Alejandro Kaufman*

La exigencia es una de las condiciones que más ponen en evidencia el carácter artificial de la escuela. Supone la sujeción de los estudiantes a esfuerzos a los que de otra manera no estarían expuestos, en función de un beneficio futuro. Semejante ecuación entre inversión de trabajo y resultados diferidos bajo el reinado de una promesa ha perdido legitimidad y eficacia, si es que alguna vez las tuvo.

Como problema es un punto privilegiado de la agenda educativa. Suele tensarse entre las apelaciones moralistas a la restauración de un antiguo pacto perdido y el abandono a la laxitud de la dominación espectacular por el entretenimiento y la demanda de ocio general.

Sin embargo, demasiadas cosas han cambiado como para reproducir el discurso moralista, deslegitimado por lo menos desde hace un siglo, aunque haya sobrevivido como nostálgica (y autoritaria) repetición voluntarista, y demasiadas cosas cursan transformaciones crecientes e impredecibles como para dar por bueno el discurso hedonista que exime en apariencia de toda demanda de esfuerzo.

Un primer término de la disgregación de aquella ecuación radica en los cambios acontecidos en la temporalidad. Los valores invertidos a largo plazo han sido objeto de inestabilidad y reformulaciones por todas partes, pero en particular entre nosotros, donde la extensísima exclusión sufrida por una parte sustancial de la población desmiente cualquier posibilidad de legitimación para el esfuerzo obediente en función de una expectativa diferida. Un doble horizo nte se cierne a nuestro alrededor: la fluidificación y la desmaterialización de la mayoría de las certidumbres en el campo de la cultura, la técnica y el mercado, y la incidencia directa o indirecta que estos fenómenos han ejercido en nuestra sufrida sociedad.

El segundo término de la disgregación de la ecuación histórica entre esfuerzo invertido y resultados educativos obtenidos por los sujetos se relaciona con profundos cambios en los valores. No se trata de un fenómeno decadentista, error en el que se incurre a menudo ("pérdida de límites", "pérdida de autoridad", "pérdida del espíritu de sacrificio"). No se trata de ello porque el desenvolvimiento de la técnica aplicada al mercado ha producido un acontecimiento histórico social mucho más complejo que una mera cultura hedónica o proclive a una laxitud perezosa.

Lo que ha hecho es incorporar al ciclo de los flujos económicos toda producción de sentido originada por los sujetos. El trabajo ya no consiste en acciones identificables como modificaciones de la materia, ni siquiera se reduce a las formas más triviales con que se suele representar la llamada "sociedad del conocimiento". El trabajo se ha identificado punto a punto con la vida. La condición misma de la existencia se incorporó al régimen económico, y el único parámetro objetivo inequívoco de que se dispone en la actualidad para medir esa dimensión que asocia existencia con economía reside en las temporalidades. Se trata de la disposición del tiempo vital para situarse en el régimen económico: caminar por la calle, mirar por una ventana, por no mencionar cualquier experiencia como audiencia de los medios de comunicación, han sido incorporados en forma tan inasible como productiva y sin apelación. Las tramas del consumo han abierto sus mallas. Una ambulancia que pasa con su sirena ululante no nos informa sobre el acontecimiento por el que transcurren sus ocupantes, sino que se constituye como publicidad de planes de salud privados o servicios públicos, con el consiguiente rédito político. La vestimenta, los tatuajes, el piercing, los sonidos que nos circundan por doquier, la circulación de personas y vehículos; todo ello y mucho más nos interpela como consumidores directos o indirectos, por acción o por omisión. Ocupan el tiempo existencial, con posibilidades aminoradas de sustraernos a esos flujos.

La importancia de señalar todo esto radica en el carácter deseante y placentero que tiene la circulación por esos carriles del régimen económico. El dolor es suprimido y el cuerpo consciente se ha desentendido de la posibilidad de convivir con cualquier displacer. Por eso el esfuerzo sólo se puede experimentar como goce.

Digamos que la escuela no puede garantizar el goce, a pesar de que se le exige más y más que lo proporcione. Se trata aquí de lo que la escuela exige a los estudiantes, pero también de lo que los estudiantes (y el conjunto de la sociedad) exigen a la escuela. En esa frustración radica en cierta medida la pérdida de legitimidad que padece la escuela. Legitimidad que sólo se podría recuperar si se demostrara el sentido que podría tener una inversión ascética sin expectativas (esto requeriría un enfoque estoico que sería interesante explorar, y que excede estas breves líneas). Así, para aludir a un aspecto negativo. Pero por otra parte, la escuela coincide con el régimen económico en que demanda de los estudiantes la cesión del tiempo de sus existencias. El error radicaría en los términos del intercambio, en lo que se presume que los estudiantes deberían obtener de la escuela.

"En el peligro está lo que salva": si la escuela consiguiera visualizar el empleo del tiempo de los estudiantes, en tanto que valor, si el empleo del tiempo se pusiera en el primer plano, si en lugar de interrogar a los sujetos en función de una sociedad dislocada por la historia se los colocara en situación de confrontarse con la sociedad tal como se yergue frente a nosotros, entonces renacería una esperanza.

* Profesor e Investigador sobre Cultura Contemporánea en la UBA.

   
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