Contra viento y marea

Sonia García es docente integrdora de EGB y coordinadora del Polimodal semipresencial de la única escuela de Puerto Pirámides, un pueblo chubutense conocido por el atractivo turístico del avistamiento de ballenas. Pero la realidad cotidiana de los pobladores es difícil: la mayoría sobrevive apenas de la recolección de mariscos y de los servicios elementales para el turismo de temporada. La escuela se abre, entonces, como el único espacio de mejora en un contexto de enormes dificultades. Sonia, todos los días, a lo largo de los tres turnos, les brinda a sus alumnos -de 6 a 30 años- la posibilidad de superar las limitaciones del entorno.


Este lunes de viento patagónico, Sonia García llega antes de las siete de la mañana a la escuela N°87 "Comodoro Py" -la única de Puerto Pirámides, provincia de Chubut- y se sube al vehículo que pasará a buscar a sus alumnos que viven en distintos asentamientos, a unos treinta o cuarenta kilómetros a la redonda, para que puedan asistira clase. El conductor es nuevo y por eso ella tiene que explicarle el itinerario: Villarino, Larralde, La isla de los Pájaros y El Riacho.

La escuela está localizada en el Golfo Nuevo, pero muchos de los estudiantes viven y trabajan en las playas pesqueras de otro Golfo -el San José-, cuyos habitantes sobreviven precariamente de la recolección de mariscos. El de los marisqueros es un trabajo de riesgo porque se realiza principalmente en invierno; cada inmersión reduce la capacidad pulmonar de los buzos y los hace propensos a la artritis, entre otros riesgos. La salud -aun de los más jóvenes- se resiente a velocidad.



En el mismo edificio, funcionan la Escuela Nº 87 (Nivel Inicial, EGB 1, 2 y 3, en total unos ochenta chicos, organizados en grados agrupados) y la Escuela Abierta Semipresencial (EAS) Nº 916, un polimodal con unos quince alumnos. Sonia tiene tres cargos: a la mañana, se ocupa de las tar eas administrativas; a la tarde es maestra integradora de la EGB y, a la noche, coordinadora del Polimodal.

Su tarea , tanto en el marco de la modalidad semipresencial del Polimodal como en el de integradora, excede la transmisión de contenidos curriculares. De lo que se trata, sobre todo, es de llevar adelante estrategias de apoyo y acompañamiento, a fin de que los chicos saquen el máximo provecho de sus posibilidades y no abandonen los estudios por dificultades económicas, familiares o sociales. Para Sonia no se trata de enfrentar a los estudiantes con su realidad sino, por el contrario, de reforzar la identidad con el lugar, aunque sin minimizar su complejidad.

Puerto Pirámides es un pueblo de 350 habitantes dolorosamente paradójico. Ofrece unos quince hospedajes de variado tipo, por lo menos una decena de locales de artesanías, y otro tanto de negocios de buceo y avistaje de ballenas. Pero no hay ni una farmacia ni una librería para sus moradores; faltan terrenos y viviendas para los pobladores y aunque es una localidad a orillas del mar, escasea el agua. En las hermosas playas de la zona hay flamantes recipientes para la basura con carteles en inglés; sin embargo, la gente que está radicada allí no tiene instalaciones para los servicios básicos.

Sonia -que vivía con su hija mayor en la capital provincial, Rawson- llegó a Pirámides en 1994, cuando el pueblo no alcanzaba los cien habitantes. Su esposo había sido contratado por la planta desalinizadora de agua y estaban cansados de vivir separados por 200 kilómetros de distancia.

Cuando llegó vivió -como viven , también ahora, algunos maestros de la escuela- en una casilla rodante, durante un año y medio.

En esos primeros tiempos, solo había luz hasta medianoche y hacía mucho frío, que todavía padecen porque el gas es muy caro y no siempre se consiguen los tubos de GNC.

GOLPES

El maestro de primer grado faltó, así que esta tarde Sonia debe reemplazar al docente y a la vez, atender a los alumnos con dificultades de aprendizaje, con los que trabaja todos los días, en contra turno. El mapa es variado: desde unos chicos que viven a 70 kilómetros de la escuela que entonces se acercan cada quince días, hasta un nene golpeado por su familia y dos nenas violadas por su abuelo.

- ¿Cuáles son tus tareas como integradora?

- Hago adecuaciones curriculares, según lo que necesiten los chicos en cada situación: desde preparar material para el docente, hasta trabajar directamente con los alumnos. La mayoría de estos chicos tiene un desfasaje de aprendizaje y los motivos son emocionales. No hay ningún diagnóstico de discapacidad orgánica, la mayoría de las situaciones están ligadas a relaciones familiares muy comprometidas.

- ¿Ustedes pueden denunciar esas situaciones?

- Sí, lo podemos hacer pero hay tantas trabas que finalmente lo único que logramos es que la familia saque al chico de la escuela, en cuanto descubre que se detectó la situación. De modo que no es una solución. Si tuviéramos las pruebas sería más fácil, pero a lo mejor los chicos vienen y te lo cuentan una semana después.

LA FUGA

En Rawson, antes de mudarse a Pirámides, Sonia trabajaba por la mañana como administrativa en el Ministerio de Educación y por la tarde en una escuela pública especial para chicos con síndrome de Down, donde estuvo siete años. Repartía el día, además, en otros dos proyectos: alfabetizaba a un grupo de ex presos que querían terminar la primaria y les daba apoyo pedagógico a chicos de la calle.

-¿Qué recordás de esas experiencias?

-Eran chicos en riesgo, que caían presos cada dos por tres. Pero estaban muy interesados en aprender. Me acuerdo de una vez que yo llevaba un libro de Paulo Freire, ellos no tenían ni idea de quién era, pero querían leerlo; así que aprendieron a leer y a escribir con Paulo Freire. En cuanto a los presos, hace poco estuve en Rawson y me encontré con varios de los excarcelados con los que había estado trabajando. Uno tiene una panadería y ahora es él quien espera a los presos que salen, para alfabetizarlos.

- Fue de ese penal de Rawson de donde, en 1972, se fugaron los presos políticos, que luego resultaron fusilados en Trelew...

- Sí, yo vivía frente al penal de Rawson y mi papá trabajaba allí, era el que levantaba la barrera de entrada. El día de la fuga, me fui corriendo a la cárcel y encontré al guardia muerto; al principio pensé que al que habían matado era a mi papá. Me acuerdo de que mi mamá les preparaba la comida a las mamás de los presos políticos, para que comieran algo mientras esperaban... A nadie le gustaba la situación que se vivía: q ue esos chicos estuvieran presos, los gritos que se escuchaban, los maltratos...

-¿Qué impacto produjeron los fusilamientos, en Rawson?

-A partir de los fusilamientos les cambió la historia a muchos, en el pueblo. Ahí cayeron en la cuenta de lo que estaba pasando. Se hizo más evidente lo que eran los militares y mucha gente salió a las calles a manifestarse contra la represión. Yo creo que fue la primera vez que vi gente en la calle, protestando.



MANO DE OBRA

El año en que llegaron a Pirámides, la hija de Sonia debía empezar el secundario, pero allí no había más que una escuela primaria; así que con un grupo de vecinos empezaron a buscar alternativas. Lograron que se llamara a la presentación de proyectos y el de esta maestra especial, recién arribada de Rawson, fue el ganador. Las clases se iniciaron en 1995, con treinta alumnos inscriptos: no solo adolescentes sino también adultos.

Hoy, la mayoría de los alumnos del Polimodal tienen que trabajar. Lo que consiguen son puestos poco calificados y sin ningún amparo legal, relacionados con el turismo: mucamas, lavaplatos, cocineros, tractoristas o ayudantes en el camping municipal.

Los jóvenes que viven en las playas se dedican a la recolección de mariscos que después se procesan en Puerto Madryn. Se sumergen en el mar con trajes de neoprene hasta los doce metros de profundidad, permanecen cuatro horas bajo el agua y juntan más de diez bolsas por día. Las bolsas de vieyra -por citar un ejemplo- pesan treinta kilos cada una; las empresas pesqueras se las pagan a bajísimos precios y las exportan a valor dólar.

La modalidad semipresencial fue pensada, justamente, para compatibilizar el estudio con esta realidad de los adolescentes.

- ¿Qué supone el sistema de semipresencialidad?

- Es un sistema que permite estudiar en casa, de manera autónoma, con cuadernillos por áreas que contienen elementos teóricos, actividades y evaluaciones. La semipresencialidad ya existía en la Provincia cuando llegué a Pirámides, lo que yo propuse fue la preparación de los cuadernillos para los períodos en que no podían venir a la escuela. Así el chico puede irse, llevarse el material, trabajar solo y asistir a lo que nosotros llamamos el núcleo, es decir los encuentros en la escuela, con las actividades que haya podido realizar. En el 97, cuando se implementa el Polimodal, se crea un cuerpo de profesores itinerantes que son los que producen el material y vienen a la escuela cada quince días a dar clase. El resto del tiempo los chicos tienen que venir tres horas por día, de 6 a 9 de la noche, y trabajan conmigo y con otras dos coordinadoras.

-¿Qué pro y qué contra tiene este sistema?

-Es un sistema que sufrió muchos altibajos. De la primera camada, por ejemplo, se recibieron poquísimos. Es que en la primaria no los entrenan para esta clase de aprendizaje tan autónomo. Les cuesta sentarse y organizarse, se sienten solos. Y tampoco las familias están preparadas, porque en esas casas la educación no tiene un lugar de privilegio. Yo trato de acompañarlos, de seguirlos, de insistirles... Pero por parte de la familia, ese compromiso no está.

- ¿Qué exigencias plantea esta modalidad?

- Este sistema pide mucha lectura. Todo se basa en que puedan leer y comprender, así que son "horas - silla" las que deben tener. La comprensión les cuesta mucho. Ahora, cuando lo logran, no se olvidan. Es un aprendizaje muy firme el que hacen porque, entre otras cosas, al organizarse solos, lo vivencian como algo propio. Esta autonomía de aprendizaje es, además, un buen entrenamiento para la universidad.

La escuela está casi vacía. En una de las aulas, Sonia alienta a unas chicas porque la profesora de inglés les confirmó que ya estaban listas para dar el examen final. Mientras, le pregunta a otro cómo le fue esa tarde con los itinerantes y revisa la carpeta de uno que recién llegó. A los tres les deja un ejercicio -diferente- para resolver.

En 2000, Sonia había decidido que no iba a trabajar más como maestra. Y aquí está, este lunes ventoso, a las 9 de la noche, todavía en la escuela.

Inés Tenewicki
Judith Gociol

Fotos: Luis Tenewicki
   
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