"Se ha agudizado la criminalización de la juventud"

Experta en colectivos juveniles latinoamericanos, la mexicana Rossana Reguillo Cruz describe un panorama dramático de la región, en especial de quienes viven "en la zona de exclusión producida por el neoliberalismo". Y advierte sobre la responsabilidad del Estado y la prensa en la difusión de ciertas representaciones que vinculan de manera directa a los jóvenes (pobres) con el crimen.

Rossana Reguillo Cruz es mexicana, doctora en Ciencias Sociales y se especializa, desde hace 30 años, en el tema de los colectivos juveniles latinoamericanos. De visita en Buenos Aires para participar de la jornada "Miradas interdisciplinarias sobre violencia en las escuelas", confesó que la exclusión y marginalización de vastos sectores juveniles le preocupan hasta quitarle el sueño: "Cuando las instituciones se van replegando, esos espacios tienden a ser ocupados por otras fuerzas, y estas fuerzas lamentablemente están muy vinculadas con el crimen organizado. No quiero ser alarmista, pero se me va el sueño, no veo escenarios para una tregua... Por otro lado, existe esta necesidad de muchos docentes, que son los que están en contacto más inmediato, de tener una respuesta al 'dígame cómo se hace'... y no se trata de dar consejos, sino de arriesgarnos a pensar juntos, intentar formas distintas de aproximación. Desprendernos un poco de la certeza que nos generan los marcos institucionales y ensayar alternativas".



-¿La escuela sigue siendo el lugar más seguro para los niños y jóvenes?

- Probablemente, pero no por mucho tiempo más. La escuela no está afuera: lo que le pasa a la sociedad le pasa a la escuela .Yo me preguntaría qué pasa en la sociedad argentina para que los jóvenes estén teniendo acceso a las armas, registradas o no registradas. Si son registradas es un problema muy serio; si son no registradas la pregunta es muy fuerte. Mirar los casos de manera aislada es más fácil. De otro modo, te obligas a preguntarte cosas muy incómodas. Un periodista me preguntaba por el caso de las maras
1 y yo le decía: "No me obsesionaría con el tema de la enorme maldad y la agudización de los códigos violentos.
Yo me preguntaría por qué logran asentarse y adueñarse de territorios locales. Es evidente que tienen anclajes locales y son, en buena medida, protecciones que vienen del narco y de la propia policía". Pero es muy incómodo preguntarse eso, te quita de la pista fácil de ir a sacarle la foto al mara y al tatuaje, y te obliga a preguntarte por los terratenientes locales. En el caso de la frontera México- Guatemala, ¿cómo pasa el tren de la muerte, un tren donde se mueren jóvenes y se esconden migrantes? Son cargueros que pueden viajar con 30 o 40 indocumentados y que, en la frontera los entregan a redes llamadas polleros
2, en México... ¿dónde están esas redes?

-¿ Cómo ve la relación entre esta estigmatización del joven como violento y la creciente violencia hacia los jóvenes?

-Están directamente relacionados; no es causa uno de otro, pero guardan una estrecha relación. Este discurso acerca de la "desviación" de los comportamientos juveniles está presente en la sociedad desde Aristóteles. Él llamaba a la contención y al cuerpo sano, al control. Biológicamente es una edad en que el individuo está en plena efervescencia, es potencia pura; pero por otro lado es una etapa que nos da muchísimo miedo, porque esa potencia puede tomar formas muy distintas. Es un discurso que se agudiza en algunos momentos, pero mi análisis tiene que ver con que se ha agudizado la criminalización de la juventud.
El primero que contribuyó a esta idea del joven como criminal fue el propio Estado latinoamericano; Argentina no está exenta. El mismo Estado encontró en la figura del delincuente juvenil un chivo expiatorio perfecto para justificar su propia incapacidad de frenar la inseguridad creciente y de resolver muchos problemas. Y luego, con estas cuestiones de espirales y de múltiples relaciones que hay en la dinámica social, es evidente que los medios encontraron una mina de oro en esta criminalización de los jóvenes. Esto no significa que haya que negar la dimensión objetiva, asible, cuantificable, de una violencia en los territorios juveniles muy complicada y muy problemática, pero creo que habría que hacer un esfuerzo para distinguir ambas cuestiones: una, las representaciones de la criminalización de lo juvenil; y otra, los comportamientos y acciones de los jóvenes concretos. Por un lado, existe un discurso que crece en paranoia. Cito un reportaje de Clarín: "Vienen las maras a Buenos Aires. En 10 años tendremos el fenómeno acá". Compara los comportamientos de las maras con los pibes chorros. El lector hace una relación causal entre delincuencia extrema y pibe chorro. Además, el pibe chorro tiene toda una representación fenotípica: delito de portación de cara. Allí se justifica y se aplaude la violencia contra los jóvenes. Es la cuestión spinoziana de un "otro": si alguien afecta a una persona que yo pienso que me está afectando, celebro que lo afecten. Y como no hay suficiente castigo al gatillo fácil, esto se reproduce. Tampoco son fenómenos nuevos. En la época de los pachucos
3, a los marines norteamericanos les pagaban por asesinar o levantar a un pachuco. Son fenómenos que siempre han existido pero hoy se agudizan, tanto por razones del orden neoliberal en el que estamos insertos, como por el acceso a la visibilidad mediática: es el relato disciplinante por excelencia.

-¿Cuál es la lógica de los medios en esta temática?

-Creo que no hay una lógica, de lo contrario no tendríamos que caer en la teoría maquiavélica del complot contra los jóvenes... Creo que es pura inconsciencia y falta de profesionalidad, falta de investigación periodística; pensaría en una lógica empresarial mediática. Pienso que hay cuestiones éticas, estéticas, semánticas, rutinas de producción noticiosa, que confabulan para que esto aparezca. A mí me sorprende que no se hayan alzado voces contra el reportaje de Clarín, para romper esta teoría complotista; pero en cambio se normaliza y se hace lenguaje. Tiene que ver con la posibilidad de demandar socialmente un periodismo distinto.

-¿Qué es ser joven hoy, como construcción cultural y social?

-Si bien existen características comunes marcadas por la globalización, la mundialización, los viajes, los movimientos transnacionales, el flujo migratorio tan acelerado, se ven profundas diferencias si consideramos los contextos particulares: hay jóvenes privilegiados, jóvenes semiprivilegiados, jóvenes en situación de exclusión, jóvenes en situación de muerte social terrible... Según en torno a qué jóvenes coloques la pregunta, la respuesta puede adquirir una cierta dimensión. Yo diría que para los jóvenes privilegiados, ser joven significa, de manera inédita en la historia, un acceso a un capital simbólico de ideas y de materiales que se han acumulado a lo largo de la historia. Es un sector de jóvenes muy favorecidos por los procesos neoliberales, que engrosan las listas de los beneficiados por la educación superior, por los títulos dobles que hoy se están dando en universidades de dos países (uno en desarrollo y otro desarrollado); jóvenes con gran capacidad de flujo, de movilidad, a lo largo y ancho del planeta.

-¿Siempre fueron tan privilegiados o las diferencias que siempre existieron se agrandaron?

-Desde una lógica socioeconómica, siempre existieron los privilegiados; sin embargo, desde una lógica sociocultural, es evidente que estamos ante estándares inéditos, sobre todo lo que tiene que ver con el capital informativo y cultural. La brecha era, en términos sociales, menos evidente de lo que es hoy día. Hoy tienes diferencias insultantes. Pero hay otro sector de jóvenes no tan privilegiados, que aún no han quedado excluidos, que enfrenta situaciones muy duras para lograr reproducir las condiciones de bienestar de la generación anterior. No caen en la exclusión pero tienen que esforzarse el doble de lo que sus padres se esforzaron: jóvenes que estudian y trabajan; o ya profesionales, que tienen que trabajar en tres lugares distintos para acceder a condiciones dignas. Muchos de estos jóvenes provienen de familias con bajos logros educativos, por ejemplo; con recursos que se agotaron en los ´80 con la crisis estructural de nuestros países. Parten de un buen capital social porque son de clase media, pero no tienen respaldo económico para progresar, para incorporarse exitosamente en términos sociales. Para estos jóvenes, el acceso a la educación superior masiva, pública y gratuita aún es una realidad en la Argentina; en Brasil y México, en cambio, se ha deteriorado.
Y luego vienen los que a mí más me interesan: los jóvenes que viven en la zona de exclusión producida por el neoliberalismo.
En primer lugar, comparten la ausencia de cualquier noción de futuro. En segundo lugar, un desencanto y una desesperanza absoluta con respecto al mundo social y, sin embargo, una enorme capacidad de invención y de inventiva de nuevas formas de lazos sociales. La pandilla es la forma violenta de expresión de este fenómeno; pero en el seno de las pandillas, estos jóvenes son los más vulnerables a la cooptación de las redes del crimen organizado. Esta es la principal característica que atraviesa a los colectivos juveniles en las zonas de exclusión de nuestros países. Faltan instituciones que puedan ofrecerles un espacio de incorporación menos desventajoso para la vida cotidiana. Cuando las instituciones se van replegando, esos espacios tienden a ser ocupados por otras fuerzas, y estas fuerzas lamentablemente están muy vinculadas con el crimen organizado. Este fenómeno se ha agudizado desde finales de los '80, en los '90 hubo una ligera mejoría; sin embargo, a mediados de esa década el problema estaba ya mostrando su rostro más agudo y feroz. Una cosa es la pobreza y otra el empobrecimiento estructural: no estoy pensando en jóvenes pobres sino totalmente empobrecidos. La diferencia con el pasado es el rol social del Estado, q ue antes encontraba mecanismos para mantener a estos sectores de la población en condiciones menos duras. Pero, con este rompimiento absoluto de toda política social, esto se vuelve muy complicado. Para el caso argentino, todavía hay presencia del Estado en muchos circuitos, pero es cada vez menor. Y además hay que pensar que, en términos históricos, al transformarse la sociedad también se transforman los grupos de individuos, y el crimen organizado también es beneficiario de la globalización.

-¿Le preocupan fenómenos como los skinheads, o los grupos neonazis?

-Lo trabajo muy poco porque no tiene mucha presencia en América Latina; encuentras algún caso suelto pero no presenta el nivel de virulencia de otros países. Si tenemos un problema en términos de colectivos juveniles, no va por ahí. Tenemos tres grandes frentes: uno es la dificultad creciente para incorporar a los jóvenes a los mercados laborales formales; la cuestión del desempleo juvenil tiene datos verdaderamente alarmantes. Se está produciendo una cuestión muy paradójica y de mucha tensión: sabemos que hoy la educación no es garantía de movilidad social, porque los mercados no tienen capacidad de absorción de la mano de obra calificada juvenil. Entonces, un 63 por ciento cae en el sector informal y en el autoempleo.
El segundo frente tiene que ver con el vaciamiento de la política y la falta de confianza en las instituciones sociales: los jóvenes participan en las decisiones de una manera muy tangencial; no les importa la dimensión de lo público en el sentido de lo moderno. Esto tiene, por un lado, un rostro muy interesante, el de la imaginación y la protesta política que se ha utilizado mucho en los colectivos juveniles, pero también los vuelve muy vulnerables frente al poder político: como no están organizados no pueden demandarle cosas al Estado, a las instituciones, ni gestionar una actitud ciudadana más activa.
El tercer frente es el abandono social en el que se encuentran. Los hemos dejado muy solos, resolviendo con los recursos que tienen a mano los temas de la vida cotidiana, y eso a veces es muy complicado: su sexualidad, su incorporación a la sociedad, el empleo, el amor. Me parece que hay una ausencia de puentes, de canales de diálogo, entre la generación nuestra y la de ellos.

-¿Por qué los dejamos solos?

-Hay un conjunto de hipótesis que a mí me ha servido para pensar esta cuestión, que tiene que ver con que esta generación de los ´60, ´ 70, principios de los ´80, viene de experiencias muy frustrantes en lo político. F ue un momento de grandes derrotas para los movimientos más democráticos y libertarios en el continente. Lejos de ventilarse esa discusión, hubo una especie de pacto de silencio: es una herida tan grande que no se habló del asunto, no se discutió, quedó soterrado y salta, a veces, de manera muy complicada. Eso generó una distancia con los jóvenes, incluso en los sectores más de vanguardia, de avanzada, de izquierda... tienen una mirada muy peyorativa, muy estigmatizadora de los jóvenes.

Inés Tenewicki
Fotos: Roberto Azcarate

1 Maras: pandillas juveniles que se armaron en Los Ángeles, Estados Unidos, y se ramificaron por América del Norte y Centroamérica.
2 Polleros: asociaciones ilícitas dedicadas al tráfico de niños y jovenes.
3 Pachuco: identidad chicana que, en los '30, trató de desmarcarse de la cultura anglosajona, apelando a un conjunto de raíces.

     
   
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