El sentido de la historia
Por Julia Coria*

Un domingo por la tarde, en 1998, encontré en una revista una nota acerca de la tarea del Equipo Argentino de Antropología Forense. Según el artículo, se trataba de un grupo de especialistas abocado a la búsqueda y reconocimiento de restos de personas desaparecidas. Sin pensarlo mucho, tomé el teléfono y, por medio del servicio de info r m aciones conseguí el número de uno de los antropólogos entrevistados.

Me atendió una mujer mayor, le dije que quería hablar con el antropólogo -no recuerdo su nombre- y me contestó que él no podía atenderme porque en ese mismo momento estaban preparando su mudanza. Me preguntó qué quería y le expliqué; la mujer insultó a los militares y enseguida me comunicó con su hijo.



Quizás porque lo había interrumpido, él me pareció más que antipático. Me contó que estaba ocupado y que debía llamar durante la semana a la oficina.

Cuando al fin tuve la cita, él me pareció tan antipático como por teléfono. Por suerte -quizás porque atenderme no estaba entre sus funciones o porque él ya estaba harto de mí-, me derivó con otro antropólogo al que llamaban Maco. Me presenté:
- Soy Julia Coria -le dije y, aunque todavía no estaba segura de lo que esperaba de aquel encuentro, nunca me hubiera imaginado lo que obtuve como respuesta:
- Ah, un gusto, la hija de Roberto ¿no?

Así es que, con un estilo bien distinto al de su colega, desde el comienzo Maco me hizo sentir como si allí hubieran esperado mi llegada. Le dije que quería saberlo todo. Cómo no, me respondió; luego escribió los nombres de mis padres en la pantalla y apretó enter.

* * *


En esta historia, saberlo " todo" -entonces lo sospechaba y ahora estoy segura- es una meta imposible. Al salir de allí yo tenía mucha más información de la que jamás hubiera pensado, por eso no había tenido dudas al decir que mi intención era saberlo "todo".Y además de esas "novedades" -aunque no parece la palabra justa para describir nada de lo que ocurrió hace tanto tiempo- obtuve otros dos datos.

Del primero de ellos me enteré mientras dejaba una muestra de sangre. Le pregunté a la chica que me la tomó cómo se proseguiría entonces, si bastaba con contrastar esa muestra con los restos que guardaban en cajas que yo -por desgracia- había visto en una habitación cuya puerta estaba entreabierta. Sonrió con compasión: cada análisis de ADN es tan costoso que los cuerpos buscados podrían estar allí mismo sin que se supiera por mucho tiempo -quizás nunca- a falta de una buena hipótesis que condujera la investigación.

Esta información me llevó a una nueva pregunta, que me reveló al fin el segundo dato. Me acerqué a Maco otra vez. ¿De dónde surgía la información que él me había mostrado en la computadora? La mayoría de ellos, contestó, de la carta enviada por un ex detenido uruguayo, un tal Juan. La buscó, me entregó el original y conservó una copia. El remitente era de Amsterdam, y lo último que Maco sabía de Juan era que estaba preso en Holanda.

Después de eso, ya en mi casa en Adrogué, me comuniqué con la agencia de turismo para organizar mi viaje.

* * *


La tarde en que un grupo de chicos vestidos con uniforme de colegio entraron al bar en que yo estudiaba y me robaron la cartera colgada del respaldo de la silla, yo ya había comprado mi pasaje y depositado demasiadas expectativas en mi viaje a Europa como para volverme atrás, aunque la dirección del tal Juan -en el sobre de su carta- se hubiera perdido con la cartera. Me quedé con los antejos, un apunte y un lápiz negro en la mano, de manera que mi amiga Dana -que estaba allí conmigo- debió prestarme dinero para volver a Adrogué.

Al llegar, llamé a Maco. Como yo lo había anticipado en el trayecto a casa, él no había guardado una copia del sobre, de manera que no conservaba la dirección de Juan. Visto desde ahora, el panorama parece desalentador, pero con seguridad, en aquel momento -más allá de la angustia inicial -la complicación no hacía más que agregar a la historia cierto misticismo: cuando al fin encontrara a Juan, lo habría logrado "a pesar de todo".

* * *


Algunos meses después de mi visita a Antropólogos, pero antes del viaje a Europa, asistí a un homenaje a los desaparecidos del Vesubio, también conocido como Puente 12; en el expediente que me había mostrado Maco pude leer que mis padres habían estado allí. Los detalles no vienen al caso, pero sí que en el evento conocí a Ana.

Nos presentó una conocida en común, y no sé cómo pero terminamos casi "amigas": Al principio me interesé en ella con la intención de obtener datos sobre mis padres, pero pronto me confirmó que jamás los había visto ni tampoco había oído hablar de ellos. No me resultó del todo extraño: en su carta, Juan explicaba que él -y con él mis padres- habían estado en una casa apartada del edificio principal, aunque dentro del predio del Vesubio. La casa se conocía como "El Infierno".

Con Ana hablábamos bastante por teléfono, al punto que mi abuela -con quien yo vivía por entonces- también conversaba con ella. Por supuesto le conté mi idea de viajar en busca del tal Juan, y Ana se contuvo por un tiempo pero al fin -cuando faltaba poco y nada para la partida- me llamó y me dijo: No vayas , Juan no existe. Había hablado con otros ex detenidos, y nadie conocía o había oído hablar de Juan; por otra parte, la versión sobre aquella "otra casa" les resultaba inverosímil y Ana no veía motivos para creerle a alguien de quien nadie sabía nada. Por alguna razón no logró perturbarme.
Le dije que repensaría la idea del viaje, pero solo para tranquilizarla: me iría de todas formas.

Dos noches antes de mi partida, Ana volvió a llamarme. De pronto, de la nada, había recuperado un recuerdo: la mujer de Juan, el encuentro con él, a quien habían llevado a la casa donde su mujer estaba con Ana y con otras detenidas, para que se despidieran antes de que a él lo liberasen y a ella terminaran por matarla. Andá nomás, me dijo, y yo ya tenía la valija hecha.

* * *

Mis compañeras de viaje fueron Monique y Macarena, mis amigas de la infancia. Pasamos por New York, Londres y París. De allí Monique volvió a Buenos Aires; Macarena y yo nos quedamos en la ciudad otra semana, ella entretenida con un tal Cameron y yo con todas las intenciones de contactar a María Laura, de quien había leído un testimonio en Ni el flaco perdón de Dios, el libro de Juan Gelman. Su historia era bastante distinta de la mía. Una abuela malísima -materna- las había criado a ella y a su hermana tras la desaparición del padre y el "encarcelamiento a disposición del Poder Ejecutivo" de la madre. Pero la versión de la abuela era otra: que el padre las había abandonado, que la madre -desde luego por culpa de él- se había vuelto loca. Con el regreso a la democracia, la madre se había llevado a las hermanitas a Francia. María Laura, ya adulta, había estudiado Antropología y ganado una beca para estudiar no sé qué cosa en las costas argentinas. Pero en realidad, en buena medida, viajaba para buscar los restos de su padre.

Y los encontró. No recuerdo si lo relataba en el libro o me lo contó más tarde ella misma, pero tras muchas idas y vueltas dio con el cuerpo de su papá. Como una merecida venganza, velaron los restos en el pueblo en que la abuela malvada las había criado.

Yo había diseñado el viaje para cruzarme con María Laura antes de llegar a Amsterdam, con la sensación de que buscar no sería tan sencillo y de que quizás ella pudiera enseñarme.

La llamé en cuanto llegamos a París, y ella me citó frente a la Bastilla, en un acto político en repudio al presidente de Chile, a quien se le había ocurrido la loca idea de viajar a Europa mientras en Londres se dirimía la suerte del dictador Pinochet.

Tampoco recuerdo cómo la reconocí o me reconoció, pero pronto tomábamos café en un bar cercano junto a otros exiliados, algunos de la edad que tendrían nuestros padres. Las marchas, cuando terminan bien, terminan así.

Por un momento tuve la fantasía de que alguno de los presentes podía haber conocido a mis papás, pero como de costumbre nadie sabía nada de ellos. María Laura, por su parte, parecía una experta en conservar el misticismo que dominaba en su relato del libro: seria, distante, dispuesta a no hablar de más.

Aunque esta imagen no cierra con el hecho de que esa noche terminé en su casa, en una cena que también compartimos con una chica a quien yo había conocido en mi paso por HIJOS y a quien encontramos de casualidad en la marcha creo que con su novio, tal vez él también estaba en esa casa aquella noche. Entonces María Laura sí habló bastante, de hecho fue casi un monólogo en el que a los demás solo nos tocaba hacer exclamaciones de sorpresa.

Quizás a fuerza de repetirlo, María Laura había construido un relato de su búsqueda en el que "la más cruel realidad" se intercalaba con elementos mágicos, casi siempre alguna especie de "huella" que su padre habría dejado en el mundo solo para q ue ella la encontrase. Recuerdo algunas: por ejemplo, la tarde en que en no sé qué archivo, harta de pasar diarios hoja por hoja en busca de la noticia de la "caída en combate" de su papá, María Laura arrojó algunas de entre las que se soltó la que contenía el recorte buscado.También hubo un sueño mítico en que ella se contactaba con no sé qué personaje de la Biblia -quizás Ruth- que antecedió a la tarde en que, ya en el cementerio al que la habían conducido todas sus averiguaciones, ese nombre guió de alguna manera también mágica, el rastro de su padre en el eterno registro de NN.

Me acuerdo de mí misma esa noche, de mis vanos intentos por dormir bajo el techo a dos aguas de la habitación del hermanito de María Laura -el hijo de la madre de ella con su marido actual- , aterrorizada por el hecho de que no había ni un solo indicio mágico en mi propia búsqueda, ante la evidencia de que los rastros corrientes no bastaban y de que sin intervención sobrenatural yo nunca encontraría nada.

Antes de viajar a Amsterdam pasé por Amien Nord a visitar a una antigua pen friend; y por Beckum, Alemania, donde una especie de e x me hospedó en la casa de los padres de su pareja, donde también él mismo vivía. La madre de la chica lavó toda mi ropa con suavizante y me preparó comida casera. Mi amigo hizo lo que pudo en la antesala de mi partida hacia Holanda, y recuerdo la tarde anterior, cuando no pude evitar llorar y él -para explicarse mis lágrimas- me preguntó si había estornudado.

* * *


Al llegar a Amsterdam, caminé demasiadas cuadras con la mochila al hombro, encaprichada en el error de que en Holanda la numeración de las calles funciona de acuerdo con un sistema similar al de Argentina. Al fin di con un deprimente albergue de alguna asociación cristiana en el que dejé mis cosas antes de salir hacia el Correo Central.

Todavía siento vergüenza cuando pienso en aquel episodio. Dos empleados se divirtieron muchísimo con mi búsqueda de un hombre de quien yo solo sabía el nombre y apellido. Pensarían que me había roto el corazón, pero no los contradije porque la verdadera historia era demasiado larga y complicada, y además estaban en lo cierto: ese nombre era para mí una verdadera fuente de desconsuelo.

Cansados de la broma, al cabo me sugirieron buscar en la guía telefónica que señalaron a mis espaldas: decenas y decenas de tomos que yo debería explorar ya que ignoraba la localidad en la que Juan vivía.

Tardé unas horas en darme por vencida, y como me quedaban pocos días en la ciudad, salí a recorrerla. Quizás pensaba que me cruzaría con Juan por la calle, y que tal vez él llevara su nombre pintado en la ropa.

* * *


Mi psicóloga me había dado el teléfono de una colega suya, Ildish; ya no sé si para que le preguntase por Juan o para que, si resultaba necesario, d esahogara mi angustia con ella. En cualquier caso, hice ambas cosas. Acordamos una cita en la que hablé sin detenerme hasta que ella me interrumpió para preguntar cómo se llamaba el hombre al que yo buscaba. Se lo dije. Y entonces dijo: Ah, sí, fue paciente mío.

Ildish había atendido a Juan a su llegada a Holanda, hacía de esto más de veinte años. No rec uerdo si me contó algo acerca de él o no, pero sí que buscó en los archivos un número telefónico que más tarde yo comprobaría fuera de servicio. Para no volver a molestarla, seguí una de sus sugerencias: ir al Centro de Estudios Latinoamericanos en Amsterdam .

Tal como Ildish había anticipado, en el lugar solo había argentinos, chilenos y uruguayo s, más algunos holandeses que hablaban un defectuoso pero amable español. Estaban de festejo, y ahora que lo escribo recuerdo que era 24 de marzo -anive rsario del golpe- y que acababa de decidirse que Pinochet se quedaría en Inglaterra. Fue raro entrar a un lugar así: como tele transportarme de Europa a algún café cercano a mi facultad o a una asamb l ea de HIJOS, con la particularidad de que nadie me incluía en los abrazos que los acontecimientos multiplicaban. La situación me resultó penosa, y también la compasión que vi en los que aseguraban no conocer a Juan, ni a sus hijos ni -por las dudas también pregunté por ellos- a mis padres.

Estaba a punto de retirarme, cuando se me ocurrió que tal vez me permitieran usar internet para ahorrarme la fortuna que significaba el contacto regular con Buenos Aires.Me dijeron que sí, creo que en gran medida porque ya no se atrevían a negarme nada.

Como me lo indicaron, en el fondo había una habitación con bibliotecas que desbordaban de carpetas y libros, y cuatro o cinco computadoras (solo una estaba ocupada). Saludé y me senté junto a una máquina. Al abrir mi casilla de mail encontré unos cuantos mensajes, varios de ellos de los amigos que me apoyaban desde Argentina y uno de Fabián que decía algo acerca de las búsquedas, nada trillado sino pensado y escrito para mí, a pesar de que concluía con la consigna No olvidamos, no perdonamos, no nos reconciliamos.

El hombre a mis espaldas giró para preguntarme si estaba bien y ofrecerme un pañuelo. Yo, que apenas podía hablar, lo escuché a él: Pablo, ch i l eno, exiliado junto a sus padres desde hacía dos décadas, periodista. Cuando me recuperé le conté mi historia y, en una mezcla de solidaridad y curiosidad profesional, me ofreció ayuda. Q uedamos en que él haría algunas averiguaciones y nos encontraríamos esa noche en su casa. Mientras tanto, por si necesitaba "contención", me dio el teléfono de una familia argentina que también había llegado a Amsterdam durante los setenta.

Al salir, llamé. Como me atendió un contestador, dejé un mensaje atolondrado en el que sintetizaba quién era y qué hacía en la ciudad. No sabía bien por qué llamaba, pero por si había alguien dispuesto a responder sin saber por qué, dejé el teléfono de mi albergue. El resto del día recorrí Amsterdam.

Al llegar la noche tomé el tranvía hacia la casa de Pablo, que me recibió contento por haber encontrado un dato para mí. Me senté junto a él y compartí el auricular del teléfono para escuchar las con versaciones que mantenía con unos cuantos miembros de la comunidad uruguaya en Holanda. El primero de ellos dijo que Juan estaba en Barcelona, con una de sus hijas. No tenía la dirección, pero sí el nombre de la chica y no creía que fuera difícil encontrarlos. Pablo cortó y llamó a la estación de trenes para reservarme un pasaje, pero luego de eso, por las dudas, llamó a otro exiliado. No, Juan está en Madrid, con el hijo: otro llamado a la terminal, otra reserva. Pero no podíamos que darnos con aquellas versiones contradictorias; Pablo hizo un nuevo llamado, y al parecer desde hacía algunos meses Juan se encontraba en Bélgica. Todo esto duró varias horas, y al fin la mayoría de los consultados afirmaron con certeza que Juan había regresado a Uruguay.

La novedad me desalentaba: en Europa, dispuesta a terminar esta historia "de una vez y para siempre", la soledad me hubiera permitido no solo no afectar a mi familia con mis inquietudes sino también angustiarme a mis anchas. Pablo compartió mi decepción: de alguna forma, la historia ya no se resolvería cerca de él. Íbamos a cenar pero no cenamos. Tomamos bastante vino y luego me acompañó al tranvía.

Al llegar al albergue, una recepcionista norteamericana con una crucecita al cuello me dijo de mala manera que había recibido un mensaje de Raquel, la mujer a quien yo había llamado por la tarde. Más por hablar con alguien que por otra cosa, la llamé. Me dijo que no había entendido bien mi mensaje y que le explicara otra vez toda la historia. Me interrumpió a la mitad: ¿Juan qué? Se lo dije. Ah, sí. Mi familia compartió el refugio con la de él a nuestra llegada a Holanda, nuestros hijos crecieron juntos.

No necesitó mucho para convencerme de que diera de baja la reserva y me quedara en Amsterdam para conocerla a ella y a sus hijos, que tenían el padre desaparecido y -a la distancia de la Argentina- sentían una enorme curiosidad por una historia como la mía. Halagada, pensé que esta vez María Laura sería yo. La única diferencia era que yo nunca había encontrado nada, y que las pistas parecían no conducir a ninguna parte.


* * *


Raquel y dos de sus hijas me recibieron en Amsterdam como si nos conociéramos desde siempre. Me hospedaron alternativamente en sus casas, una de esas extrañas costumbres de los lugares a los que uno va de viaje y que yo soy incapaz de corresponder.Aunque todavía me costaba creer que alguien pudiera interesarse en el relato de una búsq ueda frustrada, ellas me escucharon con atención; el elemento en verdad fantástico, por mi parte, lo encontraba en que aquella familia hubiera vivido -hasta la hora de su exilio- en Adrogué.

A pesar de que pronto terminó de comprobarse que Juan ya no vivía en Holanda, la estadía no est u vo mal. Por un lado me sentía frustrada; por el otro, decidí dejarme llevar por mis nuevas amigas q ue, al haber encontrado un nexo con su propio pasado, me ofrecían incontables muestras de cariño. Dejé la ciudad solo dos días antes de la fecha que indicaba mi pasaje de regreso. Visité Brujas y luego abordé un tren a París, donde volvería a encontrarme con Macarena. Po r q ue Raquel lo había conseguido para mí, llevaba anotado el teléfono de Juan en Montevideo.

* * *


A pocos días de llegar a Buenos Aires, intenté llamar a Juan desde un locutorio, pero de acuerdo con la operadora el número solicitado no correspondía con un abonado en servicio. Agotada, decidí que Juan no existía, y que no incluiría en mi vida más gente imposible de encontrar.

* * *


Un año más tarde, en el Bar del Lector, preparaba un trabajo para la facultad con mis amigas Dana y Mayra; se habían sumado al grupo otra chica y un chico, ni siquiera recuerdo sus nombres. Discutíamos la matriz burocrático disciplinaria del paradigma educativo moderno y, al hablar del concepto de docilidad del cuerpo, alguien hizo mención a la recién estrenada película Garage Olimpo. Yo no la había visto, pero los demás contaban algo acerca de la celda de la protagonista. Hice un comentario sobre las dimensiones de la celda de mi papá, y la chica me preguntó cómo conocía esos detalles. Luego de explicarle que lo había leído en la carta del único sobreviviente del centro en que habían estado mis padres, por alguna razón dije algo así como Pensar que fui a buscarlo a Holanda y estaba en Uruguay... Entonces la chica dijo: No será Juan ¿no?

Su novio -Rodrigo- era el abogado de Juan en los trámites para cobrar la indemnización que el Estado ofrecía a los ex detenidos, pero le habían robado la agenda y no tenía de Juan más datos que yo: el nombre y el apellido, la ciudad de residencia. Hubo que esperar a que él llamara.

Y Juan llamó cerca de tres meses después. Su abogado le había contado de mí y él había accedido a verme. Rodrigo me había advertido que se trataba de un hombre muy "básico", que apenas sabía leer y escribir. No es gran cosa, me dijo, él no habla mucho, y yo le aseguré que no tenía grandes expectativas para aquel encuentro.

Ellos irían a la Cancillería a terminar un trámite, y quedamos en encontrarnos allí luego de eso. Me acuerdo de esa mañana. Había dos policías en la puerta del edificio y por cómo me miraron supuse que pensarían que yo era capaz de poner una bomba. Cuando vi a Rodrigo ya no les presté atención: detrás de él llegaba Juan.

* * *


Tiempo después, cuando nació mi hija Juana, tardé unos segundos en comprender que esa maravilla que la médica me enseñaba y el bebé que Fabián y yo habíamos estado esperando eran una misma cosa. Esta vez fue similar: el Juan que me había imaginado no se correspondía con aquel hombre que al caminar, encorvado, arrastraba los pies: el perfecto estereotipo del ex detenido.

Yo había pensado en un caluroso abrazo, pero él apenas me extendió su mano, y cuando Rodrigo propuso que fuéramos al bar de enfrente comprendí que no vería a Juan a solas. Al rato pensé que eso era una suerte: el silencio me incomoda y Juan, sin mucho interés por hablar, respondía a todas mis preguntas con sí, no o ahá. Rodrigo, que parecía más inquieto que yo, cada tanto hacía algún comentario acerca de algún otro de sus "casos".

Pronto comprendí que no obtendría mucha información, no solo por la poca disposición de Juan sino también porque una de las primeras cosas que dijo fue que los detenidos tenían prohibido hablar entre sí. Entonces me limité a preguntar cosas sencillas pero que también me importaban, como si los dejaban bañarse o qué comían. Respondió a todo, pero siempre tras algún rodeo: Viste como es la vida o las cosas son así.

Durante casi una hora mi frustración no hizo más que crecer al ritmo de la de Rodrigo, y todo empeoraba porque los dos nos angustiábamos también por el otro. Juan, mientras tanto, persistía con su actitud. Por un momento pensé que si yo fuera él, la situación me daría tanta pena que intentaría hablar de cualquier cosa para hacerla más distendida, pero claramente eso no estaba entre sus preocupaciones.

Y ya habíamos pedido la cuenta cuando Juan dijo, al pasar: Y sí, yo al único que le vi la cara fue a Roberto Coria. Dije: ¡Pero Juan! ¡Roberto Coria es mi papá! No sé cómo encontró la manera de responderme con uno de sus ahá. Después de eso, sin embargo, logró contarme con lentitud pero de corrido la escena de la conversación con mi padre.

Al parecer, las duchas estaban en un nivel distinto al de las celdas, y para bajar por las escaleras, los detenidos tenían permitido levantarse un poco las capuchas (de pronto pensé en las capuchas, recordé a las costureras de la Iglesia de Adrogué y las imaginé fabricándolas por docenas). En una ocasión mi padre bajaba apoyado en la pared cuando reparó en que unos ladrillos estaban flojos y empujó hacia fuera. Después giró, y tras él estaba Juan. Si salís avisá que estamos en Puente 12. Soy Roberto Coria y estoy acá con mi mujer. No sé qué más le dijo -aquello ya parecía demasiado para el contexto de la prohibición de hablar-, pero Juan también recordaba que mi madre era maestra. Sólo una vez en Europa transmitió aquel mensaje, cuando alguien redactó por él la carta que veinte años después me entregarían en Antropólogos.

El encuentro terminó luego de que Juan concluyera su anécdota; y cuando nos despedimos, me dijo: Al final hice lo que me pidió tu papá, te di su mensaje. Aquel instante de lucidez me sorprendió, como si las palabras hubieran salido de la boca de otra persona. En efecto, en cuanto terminó de pronunciarlas, Juan recuperó su apatía habitual y nos despedimos.

Dos noches más tarde fuimos a comer a lo de Rodrigo, q ue preparó un riquísimo guiso en otro de sus intentos de hacer amable la situación. Pero Juan, una vez más, arruinó sus planes al despacharse con dos o tres detalles escabrosos por los que yo había preguntado en el primer encuentro y que él entonces no había podido recordar. Me mantuve serena, para no apenar aún más a Rodrigo y para que Juan siguiera contándome. En algún momento de la noche, ambos me acompañaron a la parada del colectivo y nos despedimos para siempre.

* * *


Dos meses antes de que la secuestraran , mi madre había dejado en casa de mis abuelos el álbum de fotos de toda su vida, la pulsera de oro que le habían regalado para sus quince años y el tapado de piel que había comprado con su sueldo de maestra. Como crecí en la casa donde ella había vivido, escuché sus discos de Los Beatles, leí sus ejemplares de El Principito y de Mafalda y, durante el revival hippie de los '90, usé sus vestidos y polleras.

Mi tía Gloria me regaló las cartas que mi madre le había enviado a Estados Unidos a principios de los '70. En cada una se describían en detalle los eventos del período, de manera que conocí su versión de las vacaciones familiares en Mar del Plata, de la vida cotidiana en la Facultad de Filosofía y Letras y de los avatares de las elecciones en las que Cámpora accedió a la presidencia como avanzada de Perón.

Somos, como dice todo el mundo, "dos gotas de agua". En una ocasión, en Adrogué, una mujer me miró asustada; pronto comprendí y me adelanté a aclararle que era la hija, para que no se desmayara ante el fantasma de mi madre. Lo mismo me pasó con un ex novio de ella, al que contacté y me visitó en casa de mis abuelos. Una tarde, mis primitas me cantaron "tiene novio, tiene novio" porque vieron en mi cuarto una foto del casamiento de mis padres y creyeron que la novia era yo.

Fui al mismo colegio que ella, de manera que a ambas nos aburrió la profesora de literatura conocida como "La Momo" y nos sermoneó la Hermana Isabel; solo que mientras mi madre estudiaba, la monja era maestra y para cuando yo empecé la primaria ya había ascendido a directora. Su amiga Denise, la que al fin la delató con su novio policía, fue a mediados de los noventa mi profesora de psicología, y también ella parecía impresionada por el parecido, o tal vez la expresión de su rostro se debía a la culpa.

De mi padre, en cambio, no conservo casi nada, salvo por el hecho de que Juana y yo tenemos sus cejas. La noche en que los secuestraron, dos hombres desconocidos me dejaron en la casa de mis abuelos maternos, y conmigo dejaron el bolso de maternidad que llevaba mi madre. Lo había fabricado mi papá, que era artesano y hacía cosas con cuero. Mi abuela materna lo conservó y también dos o tres monederitos que él les había regalado a ella y a mis tías.

Además, en casa de mis abuelos estaban las fotos del casamiento, y hace dos años mi tía Gloria encontró una de él poniendo un disco, la mejor de todas las que tengo. Mi tía Cristina me regaló una foto que me había tomado con mi mamá, pero con él no tengo ninguna; los militares que robaron todo lo que había en nuestra casa se llevaron también la cámara de fotos con el rollo sin terminar.

De entre las cosas de mi abuela paterna -Blanca- rescaté los boletines escolares, dos fotos de la niñez, una cartita infantil y una postal que mi papá le mandó desde la costa. En una de sus cartas mi madre menciona que fueron a no sé dónde y se sumó también " Robertito, el hermano de Silvia". Silvia, la única hermana, murió cuando yo tenía dieciocho años, y mi abuela Blanca hace cinco, pero desde hacía mucho el alzheimer le impedía recordar; mi abuelo los había abandonado cuando mi padre tenía cuatro años, de modo que no queda nadie para contar nada.

Hace algunos meses contacté al cura que los casó, pero que antes de eso se había debatido entre el amor de mi madre y el seminario, y al parecer ella misma lo había convencido de que se ordenara. Una noche, le dije a Fabián: No puedo evitar pensar: ¿por qué mi mamá no se fue con este? Se hubiera ido con él al interior y no le hubiese pasado nada. Fabián se enojó: Al final, reproducís el discurso de que tu mamá era una tonta y tu papá la llevó de las narices.Tiene razón, y me impresioné por lo que yo misma había dicho.

Recién ahora, que me dispongo a terminar este relato, comprendo por qué lo escribí. Todos los hijos de desaparecidos queremos contar, pintar o filmar la historia de nuestros padres: es porque necesitamos que tenga un sentido. Como María Laura, intento presentar las cosas de modo que parezca que mi padre dejó para mí huellas en el mundo. De alguna forma, siempre estuve enojada con él porque no me había dejado " nada", y me reconforta imaginar esta especie de comedia de enredos por la que mi padre me hizo llegar su mensaje. No creo en Dios ni en el destino, de manera que la manipulación que hice de estos sucesos me parece irreprochable. Y por eso me alcanza y me sobra.

12 de octubre de 2005
Ilustraciónes: María Giuffra

* Julia Coria nació en Adrogué (Prov. de Buenos Aires) en 1976 . Es licenciada en Sociología (UBA) y especialista en Educación (UDESA). Es docente de Sociología General en la UBA. Publicó diversos cuentos en varias antologías y la novela Permiso para quererte en el 2003.

   
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