Una invitación a narrar el pasado
Federico Lorenz*

Durante el 2005 organizamos un concurso de ensayos, "Argentina: los lugares de la memoria", desde el CePA, Centro de Pedagogía de Anticipación, dependiente de la Secretaría de Educación del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. La idea de recopilar y promover ensayos de docentes sobre la memoria de los argentinos se conformó a partir de numerosas charlas con los alumnos y capacitadores del CePA, en las que permanentemente emergían referencias a experiencias propias y ajenas "vistas y vividas" en relación con las propuestas de capacitación. Por ejemplo, un curso sobre el movimiento obrero evocaba recuerdos de padres venidos a Buenos Aires desde otras provincias, casas en cuotas, aguinaldos y movilizaciones; otro sobre el terrorismo de Estado despertaba silencios pero también agrias disputas, amargos recuerdos de

silencios o resistencias en soledad; la Guerra de Malvinas parecía haber sucedido ayer; miradas acerca de los proyectos sarmientinos o alberdianos de país despertaban desde el hoy sonrisas irónicas. En todos los casos, se trataba de reacciones desde la subjetividad ante la historia, movidas por la propia experiencia, por los recuerdos.

También, muchas veces, nos encontrábamos con la sorpresa frente a episodios de nuestra historia.Descubrimientos de textos y personalidades de la cultura que traían ecos al presente. Y descubrimientos entre colegas, porque el CePA -como cualquier escuela- reúne y mezcla docentes de distintas generaciones y procedencias. Si algo aparecía en muchas de estas reacciones no era la "historia viva", sino más bien la relación vital entre nuestras vidas y la historia.

El concurso, dirigido a docentes y futuros docentes de la Ciudad de Buenos Aires y que a la fecha cuenta con más de 120 inscriptos, busca reforzar los puentes entre la experiencia individual y las memorias colectivas de los procesos históricos desde el particular lugar de los docentes: el de la transmisión de la cultura. Propone una hoja de ruta provisoria cuya única certeza es el tema convocante: elegir una marca en la memoria de los participantes, y pedirles que la relacionen con una memoria colectiva más amplia. Creemos en una construcción plural y democrática de la historia, pero queremos salir del relativismo y afirmar hacia adelante: creemos en la posibilidad de construcción de una historia.

Es que, simplemente, no es posible imaginar un futuro sin un pasado. Nos reconocemos parte de una historia para imaginar un futuro. A través de nuestras experiencias y memorias (siempre selectivas, parciales e incompletas), formamos parte de un colectivo. Influyen en esta pertenencia cantidad de factores: aquello que deseamos que no se vuelva a repetir, aquello que perdimos y deseamos que regrese: una persona, un valor, un trabajo, un lugar.

¿Dónde se "guarda" la memoria de un país? ¿Dónde se materializa? ¿En qué individuos, situaciones, lugares, se concentra? ¿Es posible reflexionar, desde la tierra de nadie, entre las razones y las pasiones que piensan este colectivo llamado "la Argentina"? El concurso propone orientar la escritura del ensayo a pensar algunos de esos momentos, y sus distintas formas de materializarse. La noción acuñada por el historiador Pierre Nora de lugares de memoria: sitios (edificios, plazas, ciudades, regiones), fechas (conmemoraciones, revoluciones, golpes), objetos (libros, películas, una prenda de moda, una consigna) y las personas públicas, nos ofrece espejos para el reconocimiento, pero al mismo tiempo desnuda la dificultad y las tensiones que implica pensar cualquier idea de "nosotros". Los lugares de memoria ofrecen claves para pensar las formas de las relaciones entre los individuos y distintos colectivos (locales, nacionales, políticos, culturales) precisamente en un momento en el que esta misma noción de colectivo, y los vínculos, están en crisis. La noción de "lugar" alude a un hito concentrador de sentido. De allí que estos hitos se desplacen, cambien, permanezcan o mueran; y por lo tanto, se trata de puntos de partida (y no de llegada) para reflexionar acerca de los vínculos entre las personas y sus sociedades.

Queremos que el concurso sea una instancia tanto de reflexión como de formación; una posibilidad, para quienes escriban, de colocarse en el centro del debate acerca de nuestras identidades. Un espacio en el cual las historias personales se relacionen con los discursos académicos, institucionales y diversos vehículos culturales.

Una idea del historiador Raphael Samuel representa el espíritu que orienta los ejercicios de memoria que proponemos:

La historia no es una prerrogativa de los historiadores, ni siquiera, como sostiene el posmodernismo, una "invención" de los historiadores. Es, más bien, una forma social del conocimiento; el trabajo, en cualquier circunstancia, de un millar de manos diferentes. Si esto es cierto, la discusión central de cualquier debate historiográfico no debería ser el trabajo individual del académico, ni siquiera acerca de escuelas interpretativas rivales, sino más bien el conjunto de actividades y prácticas en las que la idea de historia está presente o la relación dialéctica pasado-presente aparece.
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El premio, la selección de un grupo de trabajos y la edición en una antología buscan materializar este esfuerzo de trabajo y memoria en una publicación que a la vez sirva de disparador y elemento de base para otras discusiones.

No pensamos el concurso como un camino para la construcción de un nuevo "relato" o "identidad" nacional, pero sí como un estímulo para las actitudes de reconocimiento, tanto personal como colectivo, en nuestra capacidad de encontrar semejantes, colegas con inquietudes acerca del pasado y su presente como una forma de articular acciones a futuro. Uno de los principales legados negativos de nuestra historia reciente ha sido el aislamiento, la destrucción de los lazos sociales, el repliegue sobre nosotros mismos. Pensamos que un primer paso es el reconocimiento de nuestro lugar en un contexto determinado, para pensar desde allí cualquier forma de acción colectiva. Como escribió Italo Calvino en Las ciudades invisibles:

El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

Creemos que poner a nuestra memoria en relación con la memoria de los demás es un buen lugar para comenzar.

   
Tres películas

Los inicios de la transición a la democracia en la Argentina están marcados, entre otros signos posibles, por tres películas que se refirieron a lo vivido durante la dictadura iniciada el 24 de marzo de 1976 y que tuvieron un fuerte impacto en la opinión pública: Los chicos de la guerra (Bebe Kamin, 1984), La historia oficial (Luis Puenzo, 1985) y La noche de los lápices (Héctor Olivera, 1986). A la vez, aún hoy constituyen un recurso muy utilizado por las y los docentes que se acercan a los temas de la historia reciente con sus alumnos. La secuencia de producción de los tres films de algún modo refleja el proceso de salida de la dictadura, del que la guerra de 1982 fue el inicio, para llegar a la difusión de algunos de los crímenes cometidos por el régimen militar que finalmente el Juicio a las Juntas probó. Las películas pintan una sociedad aturdida por lo que descubre (claramente en el caso de La historia oficial) y definen una marca distintiva de las formas de contar el pasado reciente en la década del ochenta: el énfasis en los jóvenes como víctimas (en el caso de Malvinas, a manos de sus oficiales; en el episodio de septiembre de 1976, en un centro clandestino) y una escasa reflexión acerca de las raíces de la actitud
 

social ante los jóvenes. Los crímenes y humillaciones que exhiben las películas se volvían más inaceptables (e inexplicables) porque eran perpetrados sobre personas de menos de veinte años. En el clima de salida de la represión y de inicios del juego democrático, este fue uno de los mecanismos para salir de esos años: una clara identificación con quienes habían sido objeto de la represión, así como de los responsables, en un contexto de "mal absoluto".

Treinta años después de los sucesos que la generaron, esta visión simplificadora merece ser complejizada. Estos tres vehículos de memoria representan un clima de época atravesado por situaciones límite, y muy probablemente las preguntas que les hagamos desde el presente no sean las mismas que aquellas que satisficieron en los años de la salida de la dictadura, cuando su principal función era la de informar y difundir el horror. La clara identificación de víctimas y perpetradores, por ejemplo, impide la reflexión acerca de las responsabilidades sociales en el consenso a la represión. En el sentido inverso, por ejemplo en el caso del amplio apoyo que tuvo la guerra de Malvinas, puede suceder lo contrario: frenar la reflexión sobre las raíces de algunos comportamientos colectivos a través de explicaciones automáticas.


* Profesor de Historia. Coordina el concurso de ensayos que se describe en la nota.

1 Raphael Samuel, Theatres of Memory, Londres, Verso, 1999, p.8
   
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