Entradas educativas a los lugares de la memoria

Silvia Finocchio*

Algunos lugares convocan a la memoria1, convocan a los sujetos, y allí están, docentes y alumnos, mirando, pensando, preguntando, actuando. En relación con estas acciones, podría pensarse que las propuestas que avanzaron en la construcción de memorias, en y desde la escuela, lo hicieron entrando y mirando tres sitios, tres lugares que son parte de la memoria del terrorismo de Estado.

Uno de ellos es un libro: el informe Nunca Más, elaborado por la Comisión Nacional sobre Desaparición de Personas (CONADEP), que recopila denuncias e información sobre las violaciones a los derechos humanos cometidas durante la última dictadura. Este libro condensa la narrativa del horror de la dictadura más sangrienta del país y de América Latina. Entre los muchos libros que se pueden encontrar, es obvio que se trata de uno infrecuente. Pensándolo como lugar, podría decirse que se trata de un espacio inusual donde se dejó oír lo indecible a partir de la voz de los propios testigos. Por eso, acercarse a él produce una profunda angustia y suscita inmensas ansias de justicia. En relación con la escuela, no sabemos cuántos, pero sí sabemos que maestros o profesores llevaron el Nunca Más a las aulas. También sabemos que algunos intentaron evitar que las lecturas escolares redujeran el Nunca Más a un simple guión del horror y promovieron, a partir de él, el fortalecimiento de pensamientos y sensibilidades democráticas. Hoy, a treinta años del golpe, y sin dejar de suscribir el gesto del Nunca Más, tal vez sea el momento de preguntarnos cómo pueden tener lugar en la escuela otras narrativas que permitan comprender que ese libro no condensa toda la historia reciente del país y cómo vincularlo con otros textos y con otras lecturas, que enriquezcan el trabajo con la memoria y con la historia.

El segundo lugar es una plaza: la Plaza de Mayo, donde todos los jueves a las 15.30 las Madres de Plaza de Mayo realizan una marcha alrededor de la pirámide, con el símbolo del pañuelo blanco que anuda en las cabezas el sentido de la búsqueda de sus hijos desaparecidos. En los textos escolares, pequeñas imágenes de la plaza intentan expresar la inquietud que genera el sostenimiento en el tiempo de la ronda de las madres en ese espacio público cargado de significado histórico, que otras imágenes escolares también reportan: la fundación de Buenos Aires, la revolución contra el poder español, las manifestaciones políticas y sociales de distintos movimientos, los discursos políticos como los de Perón y Evita. Pero a diferencia de estos episodios, las marchas que llevan a cabo las Madres todos los jueves intentando "marchar hacia algo", constituyen una acción sostenida en el tiempo que procura hacer ver aquello que cuesta ver; para horadar la ceguera que ocasiona en una sociedad la tragedia (por vergüenza); para mirar, saber y enfrentar una historia difícil (y dolorosa). Las marchas continúan porque el trabajo de memoria y duelo no ha acabado, porque la historia no ha desatado todavía con sus interpretaciones los diferentes cordones de problemas que condensa este período, porque resta mucho por saber antes de que se supere el trauma y llegue el alivio (o el olvido). La marcha de las Madres continúa mientras pasa el tiempo y aumenta el riesgo de que este lugar quede cristalizado en los libros escolares como una imagen de hechos lejanos que poco transmiten hoy; del mismo modo que ocurre con buena parte de las imágenes que abrigan los textos. En este sentido, cabe preguntarnos por las palabras y los pensamientos que hoy acogen a la imagen de ese lugar -la plaza de las Madres- en las aulas.

El tercer lugar es un film: La noche de los lápices (Olivera, 1986), que narra un episodio de represión a nueve jóvenes estudiantes de escuela secundaria que participaron en las movilizaciones por el boleto estudiantil en la ciudad de La Plata. En tanto lugar, a diferencia de los anteriores, este se presenta como propio y específico de la memoria escolar. Durante la proyección de las imágenes, los chicos se conmueven, se abrazan y lloran. Son imágenes que horrorizan, al tiempo que refuerzan en la escuela la condena ética hacia el gobierno militar. Así, como de contrabando, la memoria llega a la escuela a través de la cultura audiovisual; una cultura generalmente denostada por la cultura escolar. Por su parte, innumerables charlas brindadas en las escuelas por el único sobreviviente, Pablo Díaz, contribuyeron a que se instalara el tema en el ámbito educativo y a que el film se convirtiera en emblema de la memoria escolar; en especial, en la Provincia de Buenos Aires. La pregunta hoy es cómo incluir en las elaboraciones del pasado, las luchas políticas y la militancia en organizaciones guerrilleras de aquellos chicos, cómo introducir lecturas que los muestren como estudiantes insertos en un complejo contexto.
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Un libro, una plaza y una película, tres lugares de la memoria adonde suelen acudir profesores y alumnos para el trabajo con la historia reciente. Son tres sitios por donde la memoria escolar suele merodear, con no pocos rodeos y tropiezos, en su intento por pasar de uno a otro lugar. Sin embargo, algunos profesores, alumnas y alumnos van más lejos. A lugares difíciles, por cierto, de acceder. Se trata de los centros clandestinos de detención (CCD), adonde se hacía ingresar a las personas secuestradas -hoy en su mayoría desaparecidas-, escondidas en automóviles, para encerrarlas en celdas, torturarlas y matarlas. El más grande centro clandestino, la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA), está destinado hoy a convertirse en museo, en el Museo de la Memoria, porque allí se encuentran las huellas más profundas del horror. En ese lugar, las fuerzas de la Marina no solo detuvieron a miles de personas sino que las torturaron, las asesinaron, las hicieron desaparecer, les robaron a sus hijos o las arrojaron desde aviones al río frente a la Ciudad de Buenos Aires: el Río de la Plata. La pregunta hoy es por los aportes pedagógicos que puede hacer el Museo a fin de enriquecer las memorias a construir desde la educación.

Para cerrar, la escuela como lugar de memoria. Pero no solo memoria, también pensamiento, arte y actuación. Nos lo sugiere una obra teatral escrita y representada por alumnos de un colegio secundario, el Nicolás Avellaneda, de la Ciudad de Buenos Aires. En esa obra, el primer lugar de memoria que presentamos, el Nunca Más, retornaba a partir de un arduo y oscuro proceso de lectura escolar y convertía a la propia escuela en lugar de memoria, encuentro, pensamiento, sensibilidad y representación. Así, con el teatro en la escuela, gestos, palabras y cuerpos hacían hablar sobre el pasado reciente a una joven generación que nació y vivió una vez finalizada la dictadura militar. Siguiendo los planteos estéticos de Teatro por la Identidad, esto es, obras que apuntan a la memoria creativa del público sobre aquello que las escenas intentan delinear, las escenas hablaban de diferentes historias y, también, traían otros sentidos para el Nunca Más, el lugar desde el cual partimos al iniciar este recorrido por los lugares de la memoria escolar.

* FLACSO-UNLP-UBA
1 NORA, P. (Dir.): Le lieux de mémoire. 3 vol., Gallimard, París, 1984.
2 LORENZ, Federico:"Tomala vos, dámela a mí", en: Jelin, Elizabeth y Lorenz, Federico, Educación y memoria. La escuela elabora el pasado. Siglo XXI, Madrid, 2004.

   
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