Perfil de un dibujante


En parte por su irreductible timidez, otro tanto porque los contenidos no lo seducían y, muy especialmente, porque tenía que madrugar, Roberto Fontanarrosa no fue muy feliz en la escuela. De hecho, en tercer año de la secundaria le dijo basta a la educación formal, y se recluyó en su mundo de historietas y literatura. El mundo en el que llegaría a ser célebre y, las más de las veces, genial. Vale la pena escucharlo.

"Andá al Industrial porque en la industria está el futuro del país", le recomendó el padre. "Que haga lo que le guste, pero por si acaso que estudie inglés", acotó la madre.

"Si no se aplica, usted no va a ser nadie en la vida", sentenció el profesor de Dibujo Técnico del secundario.

Roberto Fontarrosa abandonó el secundario y aprendió inglés de adulto. Hizo lo que quiso y está recibido: es escritor, dibujante, humorista. Eso certifican tiras de historieta como Inodoro Pereyra o Boogie, el aceitoso; los cuadritos que publica desde 1973 en el diario Clarín; la veintena de libros que lleva editados entre compilaciones de cuentos y novelas; las decenas de adaptaciones para teatro que se hicieron de sus textos y el creciente reconocimiento de los lectores, de los colegas y hasta de la Real Academia, que lo eligió para abrir y cerrar el III Congreso Internacional de la Lengua Española realizado en 2004 en Rosario, la ciudad donde nació y vive desde entonces.

Esta entrevista se realizó en el bar Metrópolis, sobre la calle Wheelright, justo debajo de la casa de Fontanarrosa, en Rosario. Allí, una vez por mes, se reúne a cenar la Mesa de los Galanes, que el escritor inmortalizó en uno de sus libros: un grupo de amigos que se junta para hablar sin ninguna vocación de cambiar el mundo. "¿Por qué galanes?", preguntó una amiga al mirarlos. "Así nos autoproclamamos -retrucó el humorista- porque, en realidad, más que una de galanes es una mesa de saldos".

Como si fuera un chiste suyo pensado de antemano, a sus espaldas, sobre la pared, hay un cartel que indica que está prohibido fumar, rodeado de enormes publicidades de cigarrillos.

- ¿Cómo fue tu experiencia escolar?

- Tu ve una escuela primaria común y corriente. Yo no era un chico quilombero.Al contrario, tenía el perfil clásico de los dibujantes: muy tímido, c allado, temeroso. Los dos primeros días del primer grado intenté escaparme de la escuela porque me daba mucho miedo. De golpe, aparecía rodea d o por un montón de chicos en un lugar que desconocía. Además, siempre he tenido un conflicto con la idea de levantarme temprano. Se toma como natural que a un pibe de seis años lo despierten en pleno invierno, todavía de noche, para llevarlo a la escuela.A mí me parece una crueldad gratuita. Y después los padres dicen que a los chicos no les gusta ir a la escuela... Recuerdo también q ue durante todo el primero inferior cada vez que había tormenta me asustaba, entonces decía que me dolía el estómago y pedía que me vinieran a buscar. Después me habitué. Porque, además, en esos tiempos uno tenía una maestra durante varios años, entonces se llegaba a un afecto real . En cambio, la secundaria fue terrible.

- ¿Por qué?

- Fue de una hostilidad y una incomodidad que no las atribuyo solo a la escuela sino también a mí mismo. Era muy tímido y otra vez me sentía en un ambiente agresivo y ajeno, pero con disciplinas mucho más marcadas. Aún hoy paso por el Politécnico y lo puteo. Visto desde afuera, el edificio parece una cárcel: una manzana gris y adentro patios en los que no hay ni una planta, nada pintado con un color cálido. Recuerdo, además, esa cosa de los celadores de prohibir que uno fuera al baño. Cosas como esas me rebelaban mucho.

- ¿Eras buen alumno?

- Fui a un colegio donde las materias duras eran las preponderantes. Entonces, todo me resultaba muy difícil y muy hostil. Yo era un vegetal: me sentaba, no hablaba, no emitía sonido, nada. Tampoco estudiaba, era un resignado. Cuando un profesor me llamaba al frente, yo le contestaba: "No estudié". Para ayudarme, me decía: "Mañana lo voy a llamar de nuevo" y tampoco estudiaba para el otro día.

- ¿Y entonces cómo te formaste?

- Las cosas que aprendí no fueron en la escuela. La vez pasada pensaba, ¿cómo puede ser que no me acuerde de la fórmula del fosfato de no sé cuánto y me acuerde de cómo formó Chacarita hace años? Porque una cosa me gustaba y la otra, no. Si me preguntás qué aprendí en la secundaria, te respondo que nada. Un poco por mala voluntad mía, pero también porque es imposible aprender algo cuando el programa busca meterte en la cabeza diez mil cosas en una determinada cantidad de días. A menos que eso sea considerado un muestrario y uno diga: "Qué interesante esto, me voy a detener, voy a buscar libros y a preguntar". Así se aprende, el resto te lo olvidás. Esa es mi impresión general, no puedo teorizar sobre el asunto porque no soy un conocedor.

- ¿Qué rescatás de la escuela?

- Creo que la escuela tiene cosas fundamentales como la sociabilización: los amigos que te deja. Y que te enseña a leer y a escribir. Con eso ya está justificada.
   
- ¿Por qué abandonaste el secundario?

-Lo único que me daba ganas de hacer durante las clases era dibujar. En un momento me dije: "¿Para qué voy a seguir esto? ¿Qué quiero yo?". No quería ser ni electrotécnico, ni arquitecto, ni ingeniero. Ya había repetido tercer año y antes de hacerlo de nuevo, dejé. Además,mi viejo no era el mejor ejemplo porque él tampoco había terminado la secundaria. Y en aquella época no era tan grave no terminarla. Decían: "Si no estudia, que vaya a trabajar" y era fácil conseguir trabajo.

- ¿Por qué dibujabas?

- A mí siempre me resultó natural dibujar, lo que no q uiere decir que sea un buen dibujante. Creo que soy un dibujante correcto, pero nada más.Me desvela mucho más la narración: qué voy a contar y cómo; en cuanto al dibujo, quiero que cuente lo mejor posible, pero no tengo muchas expectativas plásticas. Me muevo con el supuesto de que un buen chiste salva a un mal dibujo pero un buen dibujo no salva a un mal chiste. De todas maneras, tengo una necesidad fisiológica de dibujar, me gusta y quiero que me salga bien.

- ¿Y te servía eso en el colegio?

- Me daba un plus, era un tipo que sabía hacer algo. Es como pasa con el fútbol. Hay tipos a los que uno ha considerado un pelotudo toda la vida y un día lo ves jugar bien al fútbol, y entonces la cosa ya cambia; lo mirás de otra manera.

- ¿Qué es la lengua?

- No soy de usar frases drásticas, pero eso de que la patria es el idioma no me parece tan desacertado. Es que si vos leés a un cubano, a un venezolano, querés que sus personajes hablen como hablan ellos y no el lenguaje neutro de los Simpson. Siempre es mejor ser fiel a la propia lengua.

- ¿Esa es la premisa del registro minucioso del habla cotidiana con que trabajás tus textos?

- Me interesa prestar atención a cómo se habla, en cualquier lado. Pero se necesita mucho tiempo para incorporar esos lenguajes. Alicia, la esposa de Q ui n o, dice que yo escribo como hago historietas: puro diálogo y acción. Es verdad que no me detengo a dar explicaciones ni a ahondar en la psicología de los personajes. Mis textos son directos y tienen una estructura clásica, de fácil transcripción. Están escritos con un lenguaje coloqui a l , o al menos urbano, que genera complicidad con el público. Además, a mí mismo me resulta muy difícil leer un cuento que no tenga diálogo. Me gusta el diálogo porque quiero escuchar a los personajes.

- ¿Qúe lugar ocupa el bar como materia prima de tus textos?

- A mí me gusta mucho lo del bar. Leía la autobiografía de Sebrelli y él piensa algo con lo que estoy de acuerdo: q ue es un intermedio entre la casa y la calle. Tenés como una cosa familiar, pero un contacto directo con la calle.Y mi viejo siempre decía, justificando su ausencia: "La vida está en la calle, está la gente, los amigos, las cosas que pasan". Entonces se iba al club o a los bares. Como lugar de observación es fantástico. Nunca he ido a la Mesa de los Galanes con la intención de trabajar, pero llega un momento en el que se me ha integrado tanto una forma de hablar, que aparece cuando escribo. Creo que mientras uno se va realimentando van apareciendo cosas: documentándose, leyendo, mirando televisión, cine, escuchando a la gente.

- ¿Cómo resultó tu relación con el lenguaje, en el ámbito escolar?

- En la secundaria, Lengua era la única materia que disfrutaba. De todas formas, enseñaban que leer es aburrido, porque a los trece o catorce me hacían leer El Cantar del Mío Cid cuando ese texto no tiene nada que ver con un pibe de esa edad. Ahora muchos se quejan de que los chicos no leen; antes tampoco leían. Mi vieja siempre fue lectora por placer y eso hizo que siempre hubiera libros en casa. Fernando Savater cuenta algo que es cierto: "Vos le podés pedir a tu hijo que lea, pero si él no te ve leer, sospecha".

- ¿Y qué deberían leer los chicos?

- Mucha gente piensa que hay que leerles los clásicos, pero yo creo que eso más que entusiasmarlos, los va a espantar y eso es un riesgo porque no v ue l ven más. Que primero empiecen a leer algo cercano a ellos y cuando hayan adquirido un hábito de lectura, ahí sí. Yo le digo a mi hijo que quiero que lea, pero no para que sea un intelectual, sino porque leer es una gran compañía, porque es divertido, porque se aprende, porque da lenguaje, porque todavía es irreemplazable. No para que hable de la diferencia estilística entre Cortázar y Vargas Llosa; eso queda para la interna literaria.

- Vos afirmás que no eran una generación lectora, pero devoraban las revistas de historieta.

- Sí, es cierto. Lo mejor del colegio era salir los miércoles para comprar en el quiosco Hora Cero, la revista que publicaba Oesterheld. Además, uno subía a un ómnibus y siempre había alguien leyendo El Tony o El Intervalo y algo fundamental: la influencia en la lectura de la peluquería. Para nosotros, de chicos, era un plomo estar media hora a la espera de que nos cortaran el pelo; entonces, mientras, leíamos Patoruzito, Patoruzú, El Gráfico. Hay que pensar que estamos hablando de una generación pretelevisión.

- ¿Si hubieras crecido con la televisión, habrías sido tan lector?

- No lo sé, porque la tentación de la televisión es muy grande. El antecedente es la historieta, pero la televisión
les suma a los cuadritos, el sonido y el movimiento.Yo reivindico mucho la posibilidad de la televisión. Si solo hubiera sido creada para transmitir fútbol, su existencia ya estaría justificada. Pero encima tiene otras propuestas buenas, es cierto que es un porcentaje pequeño, pero están. Como invento es absolutamente mágico, es el Aleph de Borges. Que uno encienda un aparato y vea que en la China hay un terremoto, está fuera de toda percepción humana anterior. Sin embargo, la televisión está considerada el patito feo, como si fuera la culpable de todo, cuando es nada más que un instrumento. Como los que se quejan: "la televisión se mete en tu casa". Eso es mentira: vos vas, la pagás cara, la llevás, la ubicás en un lugar. Si no te gusta Tinelli, ¿para qué lo ves?

- ¿De chico decías malas palabras?

-No. Creo que fue como reacción ante mi viejo, que puteaba mucho. Era un tipo hecho en el deporte. Cuando empecé a jugar al fútbol, comencé a putear como cualquier ser humano.

- ¿Qué función cumplen las malas palabras?

- Creo que en muchos casos enriquecen el vocabulario. Aunque si un tipo repite siete veces la palabra boludo en una misma frase, lo que demue stra es que su vocabulario es muy pobre, que no tiene un caudal de herramientas para expresarse. Como en todas las cosas, hay momentos para usarlas y otros en que no.Yo lo emparento con cuando leí un libro de David Viñas, Dar la cara, donde los personajes puteaban, y entonces pensé: "Este tipo es un escritor importante y los personajes hablan como mi viejo". Me encantó eso, porque yo venía de leer traducciones o autores españoles y cuando leí a Viñas, sentí una identificación y un acercamiento muy grandes. La pregunta es: "¿Por qué una palabra es mala?". Supongamos que nos enteráramos de que Hitler no decía malas palabras, ¿eso cambiaría el concepto que tenemos de él? No.

- Tu discurso en el Congreso de la Lengua tuvo una enorme repercusión...

- Mi intención no era provocar, simplemente se me ocurrió lo de las malas palabras porque me parecía un tema lindo. Aparte, yo no tengo ni info rmación ni capacidad para hablar del lenguaje en sí. Los organizadores estaban preocupados, me decían: "Mire, yo le recomendaría que tenga cuidado con ese tema" y más se asustaron cuando les conté que no iba a llevar el texto escrito. Finalmente, quedé como el propulsor de las malas palabras. Hay señoras que me dicen: "Usted sabe que después de su discurso mi hijo no para de usar malas palabras". Temo que quede como mi momento de gloria.

- Recién hiciste referencia a que carecés de información y de capacidad para hablar del lenguaje, pero en tu texto Puto el que lee, hay una idea muy clara acerca de la lengua y la literatura.

- Ese texto es un cuento, pero reconozco que hay un cierto mensaje del autor. A mí me encantan los libros que te atrapan y no podés dejar, esos que estás esperando volver a tu casa para agarrar y seguir leyendo. En ese cuento yo retomé una idea de John Irving, que se pregunta: "¿Por qué lee uno? Para saber cómo termina". Y es así. ¿Por qué cuando uno está en una mesa con amigos y viene alguien y te comenta: " Tengo algo para contarte.", te quedás? Bueno, ese cuento es una exageración de todo esto. Pero es, en el fondo, lo que yo quiero como escritor y como lector, algo digno de ser contado. Eso me genera placer. Por eso me hubiera gustado inventar esa frase que leí en un baño: "Puto el que lee esto". Es una buenísima manera de empezar un relato.

- Roberto Arlt aseguraba que una frase debe ser "un cross en la mandíbula".

- Es cierto. El problema es el cómo. Si yo dijera: "Hoy voy a hacer un gran chiste", estoy seguro de que no me sale. Y si pensara que voy a escribir un gran cuento me paralizaría y no podría escribir nunca más en la vida. Hay escritores que cuentan: " Yo empiezo a escribir una novela y de repente los personajes cobran vida y deciden ellos". ¡Qué suerte que tienen! A mí nunca me pasó, yo les tengo que decir todo lo que tienen que hacer. Qué sencillo sería si uno pudiera escribir veinte páginas y después que se encarguen ellos. De todas formas, narrar es maravilloso. Se dice que la prostitución es el oficio más viejo del mundo, pero tal vez el más viejo sea la narración.

Judith Gociol e Ivan Schuliaquer
Fotos: Luis Tenewicki

   
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