Tres cuentos
Luis Gruss*

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El globo


La ciudad está sitiada. Habría que pedir refuerzos, pero ¿a quién? La última golondrina voló hacia otras primaveras. Los caballos huyeron y todos los carruajes se incendiaron. El enemigo cuenta satisfecho los minutos que faltan para el asalto final. El gobernador de la ciudad -un hombre sin corazón- está dispuesto a entregar el reino a cambio de un pez o una medalla. Las familias se recluyen en sus cuevas, los ancianos se despiden del sol, los niños juegan sin ganas. Pero no todo está perdido. Mientras las bombas acaban con las calles y los sueños, mientras los actores lloran en el teatro y las mujeres improvisan plegarias en la iglesia, hay todavía un caballero dispuesto a resistir y dar batalla: es un sobreviviente, un glorioso perdedor, un héroe optimista en una época sin héroes. Con dos rosas en la mano y una amplia sonrisa dibujada en la cara se dispone a hacer posible lo imposible. Las fronteras están bloqueadas. Los cañones no dan tregua.Aun así, travieso y decidido como un duende, el hombre ha resuelto salir a buscar auxilio más allá del cielo y de la tierra. El pueblo, jugándose acaso la última carta, lo acompaña con fervor en la aventura. En medio de la algarabía general las mujeres han donado su ropa interior a los fines de armar, con los retazos de esa candorosa intimidad, un globo capaz de volar muy lejos. Los artesanos construyen la canasta y los fogoneros arriman las llamas que hacen falta para arrancar. Contra toda indiferencia, contra toda frialdad, la nave se eleva al fin sobre los tejados.  
El gobernador observa el espectáculo con evidente fastidio. Allá van, en esa burbuja inconcebible, el jinete montado en su caballo blanco y una joven de ojos grandes que se colgó a último momento. Con aire caliente y fantasía no van a llegar muy lejos, murmura el funcionario ante sus ministros desahuciados. Con tan poco (sin embargo) el elegido se ha propuesto salvar a la ciudad de la tristeza.

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Bicicletas


Si chocan los planetas y el mundo se termina, solo podremos escapar en bicicleta. Sobre dos ruedas y pedaleando fuerte vamos a llegar más lejos que las balas y las esquirlas nucleares. Más allá de las plagas, los gritos de horror y las nevadas de ceniza. Y si los planetas no chocan y el mundo no se acaba, quedará siempre, también, una forma de fugarse en bicicleta. Nadie lo va a notar porque la bici no hace ruido y sabe esfumarse a tiempo y en silencio como las hadas y los gatos.

No existe nada mejor que ese medio rápido y volátil para eludir la pesadez de los días malos y dirigirnos a cualquier punto de la tierra. Rápidamente, y gracias al combustible infinito que exudan nuestras piernas, dejamos atrás a los autos empantanados, a los aviones que estallan como globos en el aire, a los grandes camiones y aun a las naves espaciales. Por algo será que los pueblos sabios y previsores ya eligieron la bicicleta como divinidad suprema. Y alguna razón habrá, también, para que los fabricantes de automóviles la odien tanto, o para que los agentes de tránsito no sepan ya cómo hacer para contenerla o encauzarla. Si algo está decididamente afuera del nuevo orden mundial, eso es la bicicleta.

Leonardo da Vinci la dibujó hace cinco siglos, casi el mismo día en que soñó con el diseño de un helicóptero imposible. Desde que fuera inventada hasta hoy, la bicicleta evolucionó tan vertiginosamente que pronto va a convertirse en una metáfora de sí misma. Ahora no pesa casi nada, es más veloz y refinada que nunca, y muy pronto, como lo anticipó el poeta José Pedroni, va a volar. Poco a poco los ciclistas de alma nos hemos transformado en impensados anarquistas: negamos una y otra vez las leyes del sistema y nadie se atreve a decirnos nada. Los poderosos, sin embargo, ansían secretamente nuestra desaparición. La circulación sobre dos ruedas no está legislada y eso nos vuelve impunes, malditos, una suerte de duendes burlones, oportunistas e intratables. Por caminos de tierra o sobre arenas lunares las bicicletas superan todos los esquemas conocidos en materia de libre albedrío. Eso no quiere decir que de vez en cuando no se produzca entre nosotros alguna víctima del fervor y el propio impulso. Pero -ya se sabe- no existe en el mundo ninguna corriente de avanzada que pueda imponer sus postulados sin sufrir bajas y derrotas parciales. Con todo y contra todos, por eso mismo, tenemos que seguir pedaleando hasta alcanzar la victoria.

  La tarea no es fácil. Los hombres se han aburguesado y ahora se encapsulan en autos, camiones, trenes, micros, bares, hoteles y ascensores. Lejos del viento y las estrellas, dando la espalda a su propia esencia y a la incomparable libertad de vivir, fueron ganados para una existencia oscura, burocrática y carente de emoción. Los circunstanciales vencedores de esta guerra contra la condición humana lograron implantar el encierro, el egoísmo y el transporte de mercado como un modo de vida único y excluyente. Pero no será por mucho tiempo: tarde o temprano las bicicletas triunfarán y llenarán el mundo.

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Discos


Me enamoré de Ana cuando me contó que en su adolescencia había decorado el cuarto con discos de vinilo. No alcanzo a entender por qué llegó a afectarme así una referencia tan oscura y tangencial. Los pegaba en la pared, me dijo. Uno junto al otro. A continuación le pregunté si eran discos de alguien que escuchara habitualmente. Pero, a modo de respuesta, sonrió apenas y se puso a hojear unas revistas; mientras lo hacía recogía su pelo para volver a soltarlo con ese movimiento absurdo y reiterado que la caracteriza. Esa noche, creo que era sábado, me quedé pensando en los discos. A mí me quedan algunos todavía; están rayados y ni siquiera sé dónde escucharlos. La verdad es que no los extraño. Me gusta (eso sí) que sean negros, redondos y no tan brillantes como los platos voladores que hay ahora. Y que al tacto, sobre la superficie, se perciban círculos en finísimo relieve, una laguna tranquila donde alguien, de pronto, hubiese arrojado una piedra. De paso recordé que al entrar en contacto con la púa, los discos antiguos producen un ruido a lluvia muy especial: música del agua, nombres grabados en un tronco, espina hiriente y punzante como un recuerdo que persiste.Ya no sé, en realidad, si fue sábado o domingo. Lo cierto es que esa tarde me cité con ella en un parque y caminamos un rato sin hablar.
Inicialmente el lugar me pareció espantoso. Había caca de perro y basura en casi todas partes. Unos chicos intentaban sin suerte remontar un barrilete armado con bolsas de supermercado; los matrimonios paseaban a sus bebés en cochecitos mientras el viento alzaba nubes de polvo en un paisaje opaco. Ana dijo que, para completar la escena, solo faltarían esas madejas de espinos que se ven rodar sin rumbo en las películas del oeste. Después, con los ojos brillantes, habló también del desierto medieval y de ciertos sucesos ocurridos hace mil o dos mil años. Finalmente nos acostamos en el pasto mirando las ramas de un paraíso en decadencia. Y todo fue más o menos así hasta que ella giró en redondo, como un disco, y me besó.
 
A esa altura el barrilete se había enredado una vez más entre las ramas de un árbol mientras, en la otra punta del parque, se veía una calesita coronada por guirnaldas de colores. Fue entonces cuando Ana describió la curiosa manera que había encontrado para decorar su cuarto adolescente. Después nos despedimos, hicimos promesas difíciles de cumplir y cada cual volvió a su mundo con la idea de darles algún sentido a las horas por venir. Los discos de Ana (negros, mudos, extrañamente delicados) continuaron girando en mi cabeza y hasta en mi corazón. Y ahí siguen todavía.

Luis Gruss nació en la Ciudad de Buenos Aires en 1953. Es docente de periodismo. Publicó los libros Malos Poetas, La Carne y Letras de diario. Su página de internet es: www.campogrupal.com/luisgruss.html.

   
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