Ese pequeño aparato que todo lo puede

El uso cada vez más extendido de teléfonos celulares implica un rotundo cambio tecnológico y cultural. Sobre todo entre los adolescentes y jóvenes, quienes apelan -mucho más que los adultos- a las posibilidades que ofrecen estos dispositivos de comunicación, en especial los mensajes de texto (réplica del chat). El nuevo entorno y las prácticas que promueve representan un desafío para el mundo de la escuela.

Los niños y jóvenes se socializan hoy en algo que varios autores han denominado "una segunda naturaleza". Se trata de un entorno tecnológico completamente nuevo que ha cambiado la geografía de los hogares. El primer síntoma fue la multiplicación de las pantallas de televisión (hoy se registra en nuestro país un promedio de dos televisores y medio por hogar) y todos sus periféricos: videocaseteras, decodificadores, videogames, DVDs, filmadoras y otros tantos aparatos que se asociaron a la TV. Luego llegaron los equipos de música de última generación, las computadoras, los juegos en red, los escáneres e impresoras y, por supuesto, internet. Las casas se llenaron de cables y si bien las diferencias de equipamiento se hallan muy relacionadas con las distancias socioeconómicas, lo que se verifica es que todos los sectores sociales están dispuestos a invertir en tecnologías.



Estas nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TICs) mantienen un estrecho contacto con niñas, niños y jóvenes. Mientras que los adultos pueden mostrarse reticentes a incorporarlas, los más jóvenes las aceptan casi por unanimidad. Y lo que hoy se registra es una competencia de las TICs por ocupar el lugar del viejo equipamiento que había en el patio de las casas. Las bicicletas, las sogas, los monopatines, las hamacas, las pelotas de fútbol y otros tienen en el presente también formas electrónicas. No han desaparecido (¡por suerte!) todos estos elementos típicos del juego hogareño o barrial del siglo XX, pero encuentran hoy una fuerte competencia en el deseo de los niños cuando se los confronta con los objetos de la electrónica.

Paralelamente, la industria ha descubierto esto desde hace mucho tiempo y sabe construir nuevos productos y nuevos deseos de consumo, y ponerlos al alcance de los jóvenes y niños. Entre ellos, uno de los más importantes de los últimos cinco años es el teléfono celular. Como todos sabemos, el teléfono es un invento patentado por Graham Bell en el siglo XIX, y en 2006 cumplirá 130 años de vida. Sin embargo, lo que hoy llamamos teléfono sufrió tantos cambios que merecería otra denominación. En especial, cuando a fines del siglo pasado apareció la tecnología digital, que no solo cambió este aparato sino que comenzó a resumir en el teléfono muchas de las tecnologías que se inventaron por fuera de él: la cámara fotográfica, el reproductor de música, internet, etcétera.

Este enorme cambio que sufrió el teléfono fue a la vez tecnológico y cultural. En su perfil tecnológico, el teléfono fijo dejó paso al desarrollo de una telefonía móvil que hoy duplica, en nuestro país, el número de aparatos que se encuentran fijos en los hogares, en el mundo del trabajo o en el espacio público. En la Argentina, el parque telefónico ha crecido en forma considerable: se han vendido más de 15 millones de teléfonos celulares. Esto sigue una tendencia mundial: en la actualidad, en nuestro planeta el número de teléfonos celulares alcanza la cifra de dos mil millones, distribuidos de manera muy desigual entre los países ricos y los países del tercer mundo. Sin embargo, estas cifras nos sirven para señalar la enorme penetración que registra hoy esta tecnología.

¿Entre quiénes ha crecido más el teléfono móvil? Justamente entre los jóvenes. En primer lugar, por lo que ya dijimos: por la relación que establecen los más chicos con estas tecnologías, pero también por la agresividad de la industria para penetrar en estos segmentos de usuarios. Hasta hace poco tiempo (al menos en nuestro país), los jóvenes hacían un uso compartido de los teléfonos celulares (sobre todo usando marginalmente los teléfonos de sus padres). Hoy, de la mano de la baja de precios de las terminales, de las ventas en cuotas y de la aceptación social y cultural de los nuevos usuarios intensivos de los dispositivos de comunicaciones móviles (nombre que deberíamos darles a los teléfonos móviles), los jóvenes y adolescentes se incorporaron al uso del servicio, ahora como "titulares" de sus líneas.

Este es también un fenómeno mundial. No solo porque la industria opera cada vez más sobre este segmento, sino porque esta afinidad de los jóvenes con las nuevas tecnologías se registra a nivel global. Por este motivo, en Italia, por ejemplo, uno de cada dos niños tiene celular. En Chile, un estudio reciente muestra que el 47% de los niños de escolaridad básica poseen teléfono móvil, cifra que aumenta al 69% entre los que van al liceo.

Cuando estos dispositivos de comunicaciones móviles de nueva generación pasan a manos de los más chicos, podemos decir que también cambia su perfil de uso (y no solo de usuario). Los jóvenes tienden a combinar los mensajes de texto con la voz, usan el aparato de una forma más pragmática e intermitente, y privilegian las características de la terminal (es decir, las prestaciones y la estética del aparato) por sobre el proveedor, etcétera.

Estas mismas formas de apropiación de la tecnología hacen que, mientras que los adultos tienden a conservar su número telefónico, el usuario joven es más propenso a migrar. Al fin, los jóvenes que han venido al mundo de manera contemporánea a estas tecnologías, las incorporan más "naturalmente" a su equipamiento básico y se las pegan a su cuerpo como un elemento de su indumentaria: así el teléfono, además de un medio de comunicación, forma parte de sus marcas de identidad.

En este plano, hay también una diferencia en el uso entre jóvenes y adultos: niñas, niños y jóvenes tienden mucho más a la escritura telefónica (es decir, a los mensajes de texto) que los mayores. De manera paradójica, el teléfono deja de ser un elemento "para hablar" y se transforma en un soporte de la escritura. Pero una escritura que se ha desarrollado bajo pautas y procedimientos que nada tienen que ver con las formas regladas de la escuela o las instituciones clásicas del saber.

Los jóvenes no privilegian la voz en el uso del teléfono sino que tienden a incorporar los mensajes de texto y reducen al mínimo el habla (lo hacen casi en exclusividad con sus padres o adultos, pero no con sus pares). No les molesta tipear en un teclado reducido y desarrollan una gran habilidad al respecto (lo que por otra parte crea una motricidad nueva: la del dedo pulgar). Es más, con esto ya muestran una distancia con los mayores, a quienes les resulta extraña y difícil esta práctica.

Y lo notable es que esta nueva práctica de escritura nos hace vivir algo así como una vuelta al género epistolar, pero ahora a través del teléfono y de la mano del mail. Si la invención del teléfono en el mundo de las telecomunicaciones del siglo XX dio lugar a que el ámbito privilegiado de las comunicaciones fuera la voz (desplazando al género epistolar), el teclado de computadora se extiende al dispositivo celular: los jóvenes se envían mensajes de texto, como opción más barata pero también como continuación del chat, y todo esto a través de lenguajes y escrituras de última generación.

La baja en los precios de las terminales, que ha posibilitado la expansión del teléfono móvil, no dice nada sobre los elevados costos que todavía tienen en nuestro país las tarifas de conexión. Pero, como dijimos antes, cada vez más los sectores más postergados en materia de ingresos se muestran propensos a gastar en estas tecnologías, especialmente los jóvenes. El celular, que hasta hace unos años era un elemento de consumo sofisticado, hoy se ha vuelto un elemento tan extendido que -en algunos sectores sociales- comienza a ser más rara la decisión de no tener teléfono móvil que de invertir en él.

Esta tendencia cultural se ha registrado en los últimos años e impacta también en la aceptación social del uso del teléfono. A diferencia de otras tecnologías (como el e-mail o el chat), el teléfono móvil tiene un problema: hace ruido, interrumpe una situación y se impone por sobre cualquier actividad que se esté realizando. Esto ocurre no porque la tecnología en sí misma sea invasiva, sino porque los usuarios se muestran cada vez más propensos a priorizar el teléfono. Pero esta conducta no se registra solo entre los más jóvenes sino que atraviesa a todos los usuarios.

Finalmente, una observación sobre el impacto que tiene este nuevo entorno tecnológico en el mundo de la escuela. Creo que todas estas prácticas culturales que se han desarrollado a partir de la telefonía celular se presentan como un desafío nuevo para el mundo de la escuela. No solo porque los jóvenes se socializan cada vez más en esta segunda naturaleza que son las tecnologías, sino porque muchos de sus efectos sobre los jóvenes (formas de la escritura, cambios en la percepción del tiempo y nuevos formatos culturales) no se condicen con la actual estructura de la escuela.

La escuela tendrá entonces que trabajar también con estos nuevos lenguajes, al tiempo que deberá tener una política en las formas en que ingresan estas tecnologías en el ámbito escolar. Debe hacerse cargo del tema y enseñarles a los niños a discriminar géneros: el problema no es que los chicos utilicen estos nuevos códigos en el chat o en los mensajes de texto, sino que la escuela trabaje diferenciando las situaciones de enunciación como lo hizo siempre. Siempre hubo un habla de la calle y un habla de la escuela, solo que la calle puede confundirse hoy con una computadora. Pero deberá también ser capaz de poner límites en su uso, ya que el aula no forma parte de este nuevo espacio público donde se desarrollan tecnologías fuertemente invasivas como el teléfono móvil.

Luis Alberto Quevedo
Sociólogo, especialista en medios de comunicación. Investigador de FLACSO.



   
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