Número 5 - Carta de Lectores |
Al mundo hay que darlo
vuelta. El cineasta Adrián
Caetano repite esa idea
una y otra vez, desde un bar de una
esquina del barrio porteño de
Devoto, cerca de su casa. Le indigna
y le duele el actual estado de
las cosas y eso transmiten también
las películas que dirigió: Pizza, birra,
faso (junto a Bruno Stagnaro),
Bolivia y Un oso rojo. En la charla,
Caetano salta de las fallas de la tele
a las del sistema capitalista porque
está convencido de que hay que dar vuelta todo,
incluso lo que él mismo lleva aprendido.
"¿Estuve muy disperso?", pregunta antes de terminar
esta entrevista en la que queda inevitablemente
claro que todo tiene que ver con todo.
-Trato de trabajar con el talento de la gente. No soy un director de esos que dicen todo lo que hay que hacer. Me parece que una película es un hecho conjunto. Lo más lindo que tiene el cine es lo mismo que tiene el fútbol: que no gana uno solo. Yo trato de no decir "mi película" sino "nuestra película". Una película no tiene un solo dueño; esa es una mala enseñanza de las escuelas de cine. He visto directores maltratar actores y esas personas aceptar ese maltrato solo porque el director era el director. No creo en las jerarquías ni en las relaciones desiguales, pero este es un mundo donde las desigualdades están cada vez más aceptadas, incluso por las propias víctimas del sistema. No vivimos en un mundo donde la justicia es igual para todos, donde las remuneraciones son iguales para todos, donde el trato es igualitario...Yo, en cambio, apuesto a una forma de trabajo consensuada. El director debe ocuparse de coordinar, de que las piezas ensamblen, y eso no amerita tener que estar en todo. Yo no soy el gerente de una fábrica que tiene que controlar que todo esté bien. El actual sistema pone al director en el lugar del rey y termina vistiendo la ropa del emperador: todo el mundo te dice sí, sí, sí y vos te sentís desnudo. El asistente cree que tiene que decirle al director que todo está bárbaro cuando lo que debe avisar es si las cosas están mal.Yo necesito saberme apoyado, porque uno se siente más seguro trabajando con un grupo de gente que sabe de lo que estás hablando, que comparte tu filosofía. -¿Lograste implementar ese modo de trabajo? -Y... lo hice y no lo hice; a veces pude y otras solamente iba, ponía mi cámara y filmaba. A mi obra la respeto y la quiero, pero no estoy feliz con todo lo que he hecho. Porque no me importan solo los resultados, me importa más cómo se llegó a esos resultados. Con Un oso rojo, por ejemplo, el sistema de filmación me resultaba totalmente ajeno. Me metieron en una caja y me dijeron: "Acá se filma tantos días, se filma de esta forma y así es como se hace cine".Yo dudo de que sea la manera de hacer cine. De hecho, no creo que haya una fórmula. Es como decir "así se juega al fútbol", "así se cría a un hijo"... Me parece que cada uno tiene su forma. -¿En cuál de tus trabajos sentís que esa filosofía se plasmó? -Creo que en Bolivia y, sobre todo, en Tumberos, en la tele. Porque allí tuve mucha libertad, contra lo que podría suponerse.Y creo que me dieron esa libertad porque nadie suponía que iba a ser un éxito. Por eso después no hubo más espacio para que eso ocurriera. Cuando se presentó la oportunidad de tener otra experiencia televisiva, como Disputas, ahí ya todo fue muy diferente: ya no había libertad porque la idea era "vamos a repetir un éxito" y no "vamos a reinstalar una filosofía de trabajo". Y en la tele son más los fracasos que los éxitos. Prendo la televisión y veo siempre lo mismo y termino creyendo que lo que pasó fue mejor, que es un pensamiento terrible.Toman una fórmula y la exprimen hasta agotarla. Acá viven matando a la gallina de los huevos de oro. Dicen: "Vamos a llamar a este actor, a este actor y a este actor, que la fórmula no puede fallar". Y falla. Cada tanto, quizás, aciertan y eso lo confunden con éxito. Porque hacen siempre lo mismo, porque llenan huecos, porque emparchan. Lo mismo que pasa en el mundo, por eso falla. Porque no se prevé, porque se emparcha, porque se ata con alambre; no se trabaja en la renovación del funcionamiento del sistema. Pero hace rato que esto no está resultando ya, y el sistema no tiene respuestas para eso. -¿Cuándo empezaste a pensar el mundo en imágenes? -Creo que desde siempre. El primer corto lo hice con amigos, pero encarado de manera muy profesional, había ya un sistema allí. Tenía 19 años y se llamaba Visite Carlos Paz. Grabamos seis horas y terminó siendo un corto de 12 minutos. En esa época filmaba, filmaba, filmaba porque no sabía qué quería filmar, pero sabía que quería filmar. Hasta que empecé a darle forma. Me parece una fórmula válida de trabajar, que ningún productor aceptaría. Lo filmé con una cámara de video familiar y lo edité en mi casa.
-¿Sirven las escuelas de cine? -Para aprender las cuestiones técnicas. Pero igual me parece gracioso que te den un título de director o de realizador. Es como si pudieras recibirte de madre.Te podés recibir de médico, de ingeniero, de arquitecto, porque rendís exámenes. Pero qué examen rinde un director de cine. Su película, ese es el examen. Lo que yo aprendí son cuestiones técnicas y ciertas filosofías de tipos que me transmitían cosas. Tomé de algunos, algunas cosas; de otros no aprendí nada, y de otros aprendí lo que no tenía que hacer... -¿En qué maestro reconoces la filosofía que vos tomaste? -En Leonardo Favio. Aunque no lo conozco personalmente, para mí es un mito. Es un tipo muy sensible, que sufre y que se emociona con sus películas, pero este sistema es tan perverso que no produce a Favio. Porque el sistema prefiere al obediente y no al artista, y eso es un disparate porque así no se construye ninguna cultura. En cualquier país sería el niño mimado, sería Tchaikovsky en Rusia, un tipo que no pararía de filmar y al que el Estado no dejaría de financiar... Cuentan que para Crónica de un niño solo, Favio vio a un chico y dijo "es ese". Hoy un productor le diría: "Hagámosle un casting, veamos si puede actuar", y con eso mata toda inspiración. Para mí, de Favio debemos aprender. Lo que no hay son reglas para aprender, lo único es la pasión por el cine. En otro sentido, reivindico a Juan José Campanella; a mí sus películas me gustan, más allá de que no tenga nada que ver con lo que hago yo. Me parece que es alguien que quiere comunicar algo, que tiene un mensaje aunque uno pueda decir que es naif. Es honesto y al público le interesa saber qué piensa él y ver que tiene esperanza. Campanella posee ese gran talento: comunicarse con la gente. -¿Se puede educar al espectador? -Más que educar, yo diría que hay que darle opciones nuevas al espectador, un abanico para que pueda elegir. Hay que permitirle que elija, para uno también aprender lo que quiere el espectador. Si tomás la cartelera de Clarín ves que, al final, chiquitito, aparece alguna opción de cine alternativo; las páginas del diario están llenas de películas del mainstream1. Es eso lo que hay que subvertir. -¿Y a los chicos? -A los chicos habría que darles cámaras, ver qué filman, qué enfocan. Tengo tres hijos chiquitos a los que les doy mi cámara de video a ver qué filman, qué es lo que les gusta ver. Se divierten. Y eso es básicamente lo que tiene que enseñar una escuela.Tiene que enseñar a hacer, más que a ser. Porque las personas en general quieren ser médicas, no quieren curar enfermos; quieren dirigir, no filmar películas. Entonces están pensando dónde van a colgar el diploma de médico antes de pensar a quién van a curar, o dónde van a ir los títulos del director, antes de rodar. -¿Qué ven tus hijos a través de la cámara? -Son niños: buscan, buscan, buscan; se asombran, se divierten... Es una búsqueda constante y la búsqueda es vertiginosa, pero es más que productiva para una sociedad. Es una revolución constante, todo el tiempo preguntarse, todo el tiempo renovarse, todo el tiempo aprender. Judith Gociol 1 Circuito comercial |
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