El milagro
Daniel Moyano*

Mientras se paseaba por la habitación trataba de recordar: No es que recurramos a vos porque te creamos obligado hacia nosotros, pero en estos momentos no nos queda otro remedio porque nuestra situación ha llegado a un límite insoportable.

Después pensó: "límite insoportable". Encendió otro cigarrillo y se dijo que la carta aquella lo molestaba mucho, no porque le pidiesen dinero sino porque significaba que hacía mucho tiempo que no veía al amigo. "Fue mi único amigo durante años y me mató el hambre varias veces", se sorprendió pensando con palabras y expresiones que no usaba siempre. La carta que acababa de leer y que había guardado en un bolsillo se le reconstruía ahora fragmentariamente y él mismo tendía a deformarla: acordate que nosotros nos despojamos de lo poco que teníamos para ayudarte; no se trata de recordar cosas pasadas, pero ahora que sos rico podrías tendernos una mano y ayudarnos un poco. No, la carta no decía tales cosas, pero ese era sin duda su significado.

Enrique no era capaz de decir cosas semejantes, pero podría decirlas. Llevó una mano al bolsillo como para sacar la carta y volver a leerla, pero se sentó en un sillón y, con abatimiento, pensó que todo lo que tenía, hogar, mujer, alimentos, comodidades, posibilidades, era un simple regalo de las circunstancias, algo que verdaderamente no le pertenecía. Al fin había conseguido un lugar en el mundo, hacia la mitad de su vida, pero quizá todo pendiese de un hilo, de un simple cambio en la política, por ejemplo. La carta de su gran amigo de otros tiempos le recordaba profundamente cosas que hubiera sido necesario olvidar. Para evitar este pensamiento resolvió ir ese mismo día a la casa de Enrique, en aquel barrio extremo. Llevaría cuatro o cinco mil pesos y se los daría. Quizá así su conciencia quedase tranquila, aunque sabía que no del todo. "Yo te debo muchos favores, hermano", le diría. "Esto no significa que quiera pagar todo lo que vos y tu mujer hicieron por mí en aquellos tiempos, y te ruego que no lo tomes como un reconocimiento sino más bien como una ayuda momentánea, ya que, por supuesto, a vos te sobra capacidad para superar circunstancias como ésta". En eso entró su mujer.

Habían proyectado ir al cine ese día y venía a recordárselo. "De Enrique", le dijo él después, y cuando ella caviló un momento para exclamar luego casi con alegría: "¡ah, claro, tus viejos amigos!", él le dijo que iría ese mismo día porque necesitaban su ayuda. A Enrique le había ido mal últimamente en los negocios y necesitaba sus consejos y quizá su dinero. "Hacés muy bien; él te ayudó mucho", dijo su mujer como si ella misma hubiese averiguado ese hecho y no lo supiese por boca de su esposo.

La mujer salió y él pensó que le había mentido otra vez sobre Enrique. Se levantó del sillón y volvió a pasearse por la habitación. Sin duda alguna no había llegado todavía a lo que él llamaba el nivel normal. Había varias mentiras, varias cosas oscuras en su vida, que alterarían, de tanto en tanto, la paz que había logrado finalmente. Era bueno sin duda para pasearse por el centro de la ciudad hacia las diez de la mañana sin tener que estar encerrado en alguna oficina, y mirar los escaparates despaciosamente, con indiferencia, mirar tantas cosas que ya poseía y olvidaba, como el televisor por ejemplo, o comprar los diarios y mirar con perfecta indiferencia las columnas de avisos de empleos, que en otra época leía ávidamente para encontrar allí alguna posibilidad de salvación. Eran avisos de los demás, del mundo perfecto y concordante donde los dueños de lo normal ofrecían alguna posibilidad a los desposeídos como había sido él. Sí, era hermoso todo esto, ahora que él parecía pertenecer al mundo de los que podían solicitar los servicios de alguien en las columnas de un periódico, pero aquello estaba cubierto, en su caso, con algunas mentiras que le servían de trampolín para poder pasearse una mañana a las diez en punto por las calles de la ciudad sin obligación ni temores.

Hablando tantas veces con su mujer él había descripto a Enrique y a la esposa como una familia pudiente que lo ayudó con cierto capital para iniciarse en los negocios. Les atribuyó costumbres refinadas, vacaciones en los lagos del sur y riquezas apreciables. Él no era cualquiera y tenía amigos de esa clase y con esto ofrecía a los ojos de su mujer un pasado acorde con la posición que, por un verdadero milagro, había obtenido finalmente. La mentira dejaba todo perfectamente ordenado y lo convertía a él en un legítimo poseedor de los bienes del mundo.

Se dijo firmemente que para ser un cabal poseedor de los bienes del mundo se necesitaba valor.Y él lo había tenido muchas veces, claro que sí, salvo aquellas dos o tres mentiras necesarias. Con un súbito valor sacó la carta del bolsillo y la leyó otra vez.

De la casa, que tantos sacrificios nos costó, debemos una barbaridad al Banco y es posible que nos la remate si no pagamos pronto. Me deben una retroactividad y si Dios quiere y la cobro en término tendremos tiempo de levantar esa deuda.

Se detuvo en este párrafo, decidido a solucionar uno por uno los problemas del amigo. Era una tarea difícil, pero él encontraría la solución para cada caso. De esta manera, si lograba moverse con rapidez y hallar las soluciones adecuadas, podría todavía ir al cine con su mujer, tal como lo habían proyectado. Pensó que la retroactividad que le debían a Enrique en la oficina pública donde trabajaba era un negocio problemático. Siempre había oído hablar a su amigo de fabulosas retroactividades que no se concertaban nunca. Había que encontrarle una casa. Instintivamente alzó los ojos hacia el techo y pensó en los inquilinos del piso de arriba. "Puedo desalojarlos cuando quiera; el contrato está vencido", se dijo. Sin embargo, al imaginarse a Enrique con su mujer y sus hijos allá arriba, casi en su misma casa, obligándolo a una intimidad que no deseaba, desistió de tal propósito. Además sería como volver al pasado.Trató de imaginar una cifra que alcanzara para salvar la casa del amigo, pero no se le ocurrió ninguna. Miró el televisor, que desde hacía algunos meses le parecía un artefacto inútil, pues ya lo había aburrido, y pensó que con el valor de ese aparato su amigo podría evitar el remate de la casa. Pero era absurdo. El televisor ya estaba allí y aunque fuese innecesario no veía una razón adecuada para despojarse del mismo. Recorrió con la vista otros objetos de valor y finalmente los ojos llegaron a la caja fuerte empotrada en un muro. Allí había dinero en efectivo, tanto como para solucionar todos los problemas de su amigo. Pero el dinero era tal vez el mejor de los objetos y había que pensar muy bien antes de despojarse del mismo.



Los chicos ya van todos a la escuela y no te imginás lo que cuesta esto. La maldita manía de cargarse hijos. Pero en todo caso, este problema no demandaría una inversión muy grande y bastarían unos pocos pesos para comprar centenares de cuadernos y de libros. Este tipo de solución parecía ser la clave de todo. Se trataba simplemente de tirar algo de plata solucionando así los distintos menesteres. Pero entonces vaciló: los chicos seguirían yendo a la escuela durante algunos años todavía; a la casa había que seguir pagándola, después de amortizar las cuotas atrasadas; la familia tendría que seguir comiendo y era seguro que Enrique seguiría contrayendo deudas. Miró la caja de caudales y pensó, como remotamente, en el dinero que además tenía en el Banco, sintiendo, como una certeza terrible, que todo eso no alcanzaría para cubrir la necesidades de su amigo. Ningún dinero del mundo servía para nada.Y los que poseían el dinero del mundo no podrían jamás socorrer a los necesitados.



Pienso que cuando me jubile podré iniciar alguna otra actividad más lucrativa y solucionar así el problema económico. Una vez me dijiste que con mi capacidad me convenía dejar el empleo e intentar otro tipo de actividad, pero figurate vos que esto resulta difícil porque ya llevo veinte años en la Administración Pública y en realidad me falta poco para jubilarme. Mi esposa me dice que para entonces ya seré demasiado viejo como para iniciar algo nuevo, pero.

El problema de Enrique era realmente difícil, pero se había propuesto resolverlo. "Hay que darle una oportunidad, eso es todo", opinó, y en el acto pensó: "parezco el dueño del mundo". Este último pensamiento le dio la sensación de hallarse en un callejón sin salida. Y en circunstancias semejantes lo mejor era la acción. Se levantó resueltamente y, pese a la tacañería que detestaba pero que tenía en el fondo, abrió la caja de caudales. "Cinco mil", pensó. Se acordó de pronto de la deuda de la casa y vaciló. Como entonces la cifra se elevaba mucho en su mente, se dijo que aquello se arreglaría con la retroactividad. Él solucionaría otro tipo de necesidades. "Diez mil". Salió de allí y cuando entró al garaje y vio el automóvil, volvió a vacilar. Le pareció una crueldad presentarse con el auto. Enrique quizá no supiera que lo tenía.Volvió a la habitación y abrió la caja fuerte. Estaba nervioso y decidido. "Veinte mil". Después le dijo a su mujer: "Vuelvo enseguida; arreglo la situación de Enrique y vuelvo; a lo mejor todavía podemos ir al cine". Explicó que no iba en el auto porque no andaba bien y temía quedarse empantanado por allí. "Te espero", dijo ella. "Otra mentira", pensó él, subiendo al ómnibus.

Durante el viaje pensó muchas cosas. "Me da vergüenza. Tanto tiempo sin verlos y caer ahora con la plata". La mujer de Enrique lo invitaría a comer.
"No puedo", diría avergonzado. Hablarían de cualquier cosa y menos del dinero. Y después tendría que sacarlo del bolsillo y entregarlo. Lo obligarían a quedarse a comer. "Pero es. dentro de nuestra pobreza, de nuestra humildad.", diría ella, según su maldita costumbre. ¡Ah!, la conocía muy bien. Enrique obraría con sinceridad, para eso eran amigos. Pero ella lo miraría como esquivando escollos, con esa mirada que parecía surgir más de las cejas que de los ojos, y él recordaría, a través de esa mirada, la época anterior, los tiempos en que se quitaban el pan de la boca para dárselo. No, no hablarían del dinero. Enrique contaría sus proyectos fantásticos, expondría varias fórmulas de enriquecimiento, todas infalibles. Claro, siempre que le pagasen la retroactividad. Hablarían de cosas normales, en un nivel normal, y solo cuando él sacase el dinero del bolsillo, apurado por irse y siendo ya tardísimo, Enrique y ella empezarían a agradecerle y a contarle miserias. Y él estaría apurado y no lo dejarían salir. Estaba seguro de que Enrique le diría, por ejemplo: "Bueno, te recibo esa plata pero tené en cuenta que te la debo". O quizá, pensativo y guardando los billetes: "Menos mal que pronto me pagarán la retroactividad, de lo contrario no podría recibir esto". Enrique hablaría sinceramente, convencido de que todo podría arreglarse más tarde, pero ella, desde las cejas, le diría que era bueno que pagase por fin lo que ellos le habían dado antes. Y si por fin lograba salir de allí hacia la libertad, Enrique todavía le diría desde la puerta: "Vení a vernos cuando quieras; si en algo puedo ayudarte, ya sabés", como si todo fuese normal y viviesen en el mejor de los mundos. Y pensar que en distintos huecos de la memoria había muchos amigos más, muchos Enriques que aparentemente reposaban en el olvido.



Miró los edificios, las calles, y pensó que el barrio había progresado.Y advirtió también que juntamente con todo lo anterior, había estado pensando también en un cambio político. Y se decía que no podía ser, aunque sabía que era posible. El ómnibus dobló y él vio la casa amarillenta, cerca de la esquina.Tenía que bajarse y todavía no había elegido las palabras que diría al llegar. Ante la puerta, al levantar el puño para llamar, pensó, como desesperado: "Treinta, treinta, ¿cómo no traje treinta mil?". Treinta mil era una suma bastante elevada, pero habría servido para anticiparse a cualquier situación que pudiera plantearle el amigo.Y en realidad pensaba esto para evitar que llegase a su mente una certeza que había presentido en la casa, poco antes de salir: la de que todo pendía de un hilo.

   
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