La circulación de la palabra

Luis Cabeda*

Hacía varios años que yo era director de una institución de enseñanza media, cuando decidimos invitar al filósofo Carlos Cullen para que diera una charla en el marco de la cátedra abierta que llevábamos adelante en la escuela. El tema que le habíamos propuesto era "La escuela y la construcción de lo público".

La charla fue sumamente amena y esclarecedora. Cuando ya iba cerrando la ronda de preguntas, quise saber cómo podíamos estar seguros de que aquello que hacíamos iba en el sentido de la construcción de lo público, qué debíamos mirar, qué indicadores tener en cuenta para confirmar que en efecto trabajábamos en forma coherente con nuestro propio discurso. Cullen pensó un momento y luego sugirió: "Estén atentos a cómo circula la palabra".

Ese consejo acompañó gran parte de mi gestión al frente de la escuela. Algo de esto ya venía pasando y la propia cátedra abierta era una muestra fehaciente de la necesidad que sentíamos de abrirnos a otros discursos que, sin desconocer la necesidad de la indagación disciplinaria y metodológica, pudiera abordar otros debates menos presentes en la formación de los docentes de la escuela media.

La circulación de la palabra fue la medida que organizó nuestras prácticas cotidianas y alimentó, en el disenso y en la conflictividad, las mejores propuestas nacidas de los distintos hacedores de la institución.

La palabra pensada como posición y la acción transitada como palabra, entramaron las apuestas más audaces y sostuvieron teóricamente lo que intentábamos demostrar que podía hacerse o que al menos valía la pena intentar. Era palabra el discurso colectivo de las fiestas de egresados, al que llamábamos de "micrófono abierto" y que consistía en habilitar el micrófono para que cada uno que quisiera hablar pudiera hacerlo, incluso a sabiendas de que ese momento ante la comunidad reunida era propicio para presentar reclamos y enojos (es un hecho que algunas veces esto ocurrió). Y eran palabra las discusiones por las paredes permanentemente escritas con las palabras incorrectas, con las no autorizadas; y también circulaba la palabra cuando la norma escrita podía ser leída en la mejor clave para facilitar la permanencia de los pibes y las pibas dentro de la escuela. Eran palabra los campamentos y la guardería, el nodo de trueque y los murales, las guías para los que llegaban, las jornadas de juego para profesores, y los tutores del proyecto "repetir sin repetir".


¿Cuándo una escuela es una buena escuela?, ¿qué hace que una escuela haga diferencia? Sin duda no hay respuesta única. Pero aun a riesgo de cometer esquematismo, me animaré a decir que son aquellas que ponen en el centro del debate la necesidad de enseñar e intentan garantizar por los medios a su alcance que los chicos estén allí, como condición básica para aprender. Son las que pueden soñar nuevas inclusiones y permitirse el lujo de discutir con lo establecido, porque están seguras de que las formas de acceder al conocimiento son múltiples y es bueno probarlas todas (o al menos la mayoría). Son las que piensan que el disfrute no es malo; y que también vale sentarse a leer hasta entender, aunque no suene divertido. En definitiva, son las que creen que no se puede enseñar si no confiamos en los chicos y si no recuperamos la certeza de que tenemos algo para decirles a los que vienen, si no recuperamos la alegría de enseñar.

Hace unos días, paseaba por Parque Lezama y una artesana se acercó para preguntarme si seguía siendo director. Me recordó que había sido alumna hace unos cuantos años y me dijo:"Qué suerte que lo encuentro, me había quedado con ganas de decirles que esa era una escuela con onda, que en esa escuela fui feliz.".

* Ex - Director de la Escuela de Enseñanza Media Nro. 12, La Matanza. Coordinador del Programa de Centros de Actividades Juveniles, MECyT.

   
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