Fragmentos para armar

"Como en el protagonista de Las ruinas circulares de Jorge Luis Borges me reconozco un ser soñado que sueña futuros soñadores. Que de eso se trata, al fin y al cabo, la educación".
(Pablo Pineau, compilador de Relatos de escuela)
Relatos de escuela
Pablo Pineau
Paidós, Buenos Aires, 2005
28 pesos

Es muy posible que, de haber tenido que calificar el libro, muchas de las maestras y directoras que protagonizan los textos reunidos en Relatos de escuela no habrían aprobado la compilación realizada por Pablo Pineau: incluye como textos literarios no solo los escritos de autores reconocidos por la academia como Eugenio Cambaceres, Manuel Gálvez o José Pedroni, sino también letras de rock de Attaque 77 y Pipo Cipolatti. Además, aparecen "malas palabras" y otras formas desacartonadas del pensar y el narrar; y los recuerdos citados no solamente dan voz a la autoridad escolar sino a estudiantes que ponen en cuestión esa figura: los "malos alumnos".

-Yo quiero una composición como las composiciones que escriben todos los niños del universo. Composiciones reales, sobre cosas reales -brama la maestra en el texto de Ovide Menin.

-Ah, las composiciones sobre el Rey de España, señora...

Lo que la compilación saca a la luz es, sobre todo, una radiografía punzante y descarnada de la institución educativa, ineludible formadora de la identidad individual y social. Desde el autoritarismo a la inexistencia de autoridad; de la violencia manifiesta y física a una más sutil pero no menos cruel, y esa -a veces larvada y otras, evidente- disputa de poder entre educador y educando. Estos setenta textos, escritos a lo largo de más de un siglo, hacen equilibrio entre lo que cambió y lo inmutable; entre lo que antes no sucedía y lo que ocurría pero no era narrado.

Estos relatos de escuela están presentados cronológicamente (desde un texto de Miguel Cané de 1884, hasta uno de Antonio Dal Masetto de 2003). Además de ese primer ordenamiento, el compilador sugiere -hacía el final- otros posibles itinerarios interpretativos. Así, el libro funciona como un juego de encastre cuyas piezas, fragmentos iniciales, toman la forma que el lector decida darles. Y esa multiplicidad de sentidos es, quizás, la visión de conjunto más eficaz para estas páginas.

Si frente a cualquier obra resulta problemático definir quién es el lector -esa figura inasible, búsqueda esforzada y muchas veces infructuosa del mercado editorial-, la dificultad se profundiza en este caso.

¿Qué pensaría, al recorrer las páginas, la maestra de primero inferior que odiaba a las niñas vivarachas y regordetas en el recuerdo de Eva Giberti? ¿O las abnegadas docentes que quisieron hacerle odiar la literatura al narrador Isidoro Blaisten y enderezar al escritor -zurdo- Osvaldo Soriano obligándolo a tomar la lapicera con la diestra?

¿Qué será del chico -ya adulto- al que no le servía el Teorema de Pitágoras, descripto por Leopoldo Marechal? ¿Habrá logrado finalmente, terminar la escuela Lito, el chico "degenerado" según textuales palabras de "la gorda", la maestra relatada por Haroldo Conti?

Ya se sabe que cada uno lee desde lo que es. Por eso, lo más interesante de este libro es que invita al desafío de repensarnos desde el lugar (vital, sociocultural, del escalafón docente) del otro. Claro que siempre queda el consuelo -no hablo, no veo, no escucho- de que se trata de textos de ficción.

Judith Gociol


   
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