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Carta de los ultimos días
María Cristina Alonso*
Somos los extranjeros de un lugar que era nuestro.
Jorge Boccanera
El perdido se recorta sobre el cielo rojo y violeta
del amanecer. Me basta echar una mirada
por los vidrios rotos del aula, para saber
que es uno de esos tantos que andan de ciudad
en ciudad buscando señales de vida.
Pablo y Lucía están sentados sobre unos viejos
cajones de embalaje y parecen todavía dormidos
aunque con frecuencia están mustios y silenciosos.
Casi no hablamos desde que comenzó la clase. Sé
que hoy será más difícil que en días anteriores. No
hubo reparto de comida ayer, y todo hace suponer
que nos hemos consumido los últimos envíos. El
hambre nos quita las ganas de hablar.
Hago, sin embargo, un esfuerzo. La ropa superpuesta
vuelve torpes mis movimientos. Escribo con
un carbón unas palabras sueltas en el pizarrón, para
que los chicos las reproduzcan en los huecos en
blanco de viejos periódicos. Casi no puedo recordar
cómo era dar una clase de verdad con muchos
alumnos, entre el bullicio, con papeles y libros desperdigados
por los bancos. O lo recuerdo, pero desecho
esa imagen inmediatamente. Me preocupa ese
hombre que viene caminando desde el fondo de la
calle en dirección a la escuela, pero por el momento
miro a mis dos únicos alumnos -a veces llego a
tener cinco, no quedan muchos más en la ciudad-
y les pido que se despierten.
Ellos se acurrucan aún más, en las mantas que
traen para hacer frente a las ráfagas heladas que entran
por todos los huecos de las ventanas rotas.
Lucía mira también en dirección a la calle.
-Un perdido- me dice.
No le contesto, lo había visto un rato antes camino
a la escuela tirado, dormitando, junto al mostrador
del banco de la provincia que tiene las puertas
vencidas y está tan vacío como todos los edificios
públicos.
Los perdidos son fáciles de reconocer. No son
como nosotros los que nos hemos quedado a resistir,
ni como los mendigos que se tiraron a morir en
el atrio de la iglesia o dentro de los confesionarios.
Los perdidos son viajeros obstinados. Creen que,
todavía, en alguna de las viejas provincias, acaso
quede un resto de organización. |
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-"Comida", escriba la palabra "comida"- me pide
Pablo.
Me pregunto por qué sigue viniendo a la escuela.
Tal vez estar conmigo le resulte más entretenido
que vagar por las calles buscando papeles y latas
oxidadas ya tan difíciles de encontrar. Casi todos
los desperdicios han sido metidos en bolsas y despachados
a algún incierto lugar del que nadie tiene
noticias.
El carbón con el que escribía se ha desmenuzado.
Busco un lápiz en el fondo de mi bolso. Es un
lápiz blando que conservo de los
antiguos tiempos, como algunas
otras cosas que, lentamente, van
perdiendo utilidad. Mientras lo
busco, toco el teléfono celular
que ahora es como un escarabajo
disecado que ya no emite luces
ni sonidos. No lo tiro.Tocarlo
de vez en cuando en el fondo
de mi bolso, junto con pañuelos
deshilachados y cajitas vacías me
hace recordar una época que
ahora parece feliz.
No me acuerdo si fui feliz
cuando hablaba por ese aparatito.
Voy perdiendo la memoria
acerca de los objetos que eran
cotidianos e imprescindibles.
Al fin, encuentro una hoja
de un cuaderno escolar y escribo
la palabra pedida. Se la muestro.
Los chicos la miran pero
desvían los ojos hacia la silueta
del hombre de espaldas muy anchas
que se va acercando. Lo vemos
más claramente.Tiene el pelo
enrulado, una barba blanca y
lleva una mochila que parece pesarle
en exceso.
-Miren- les digo-, con cada
letra podemos formar otras palabras-.
Y escribo: cielo, olor,mirada,
invento, deseo, aire.
-Si escribimos muchas veces
la palabra "comida" por ahí aparece
algo sobre esta mesa.
No sé si lo dice en broma o si
realmente lo cree. Una de las primeras cosas que
hemos perdido desde los primeros éxodos fue el
humor.
-Las palabras no son las cosas- digo- solo las
nombran, las representan.
-No sirven, entonces, las palabras- dice Lucía,
y se pasa la manga por la nariz. El viejo pulóver
queda brillante de mocos.
-Pero igual son lindas. Muchas palabras hacen
una historia. Podemos ir armando una- propongo.
El perdido se ha parado contra
la columna de la puerta de
entrada y parece descansar. Por
más que busco en mi cabeza, yo
tampoco soy capaz de contar
una historia. Cuando la mayoría
hizo las valijas y se marchó,
nos entró miedo a soñar.Ya no
nos queda ni un mapa, ni una
brújula, ni una mísera guía para
andar en estas tinieblas.
Vivimos en una ciudad opaca
y gris. Desde el salón de clases
se escucha el viento que golpea
las persianas de las casas deshabitadas,
que entra y sale por
las puertas arrancadas. Por toda
la ciudad quedan las ruinas
de la anterior organización.
Quioscos de revistas que son solo
un montón de hierros retorcidos,
negocios de ropa o de
alimentos con las vidrieras apedreadas
por los saqueos.
Somos tres los profesores
que venimos todas las mañanas
a la escuela solo por costumbre.
Nadie nos obliga ni nos paga,
ya no hay circulares ni órdenes
del Ministerio de Educación
que ha dejado de funcionar como
todas las dependencias del
Estado. No somos altruistas ni
la reencarnación de Sarmiento.
Venimos porque es lo único que
sabemos hacer.Y no es poco en
esta soledad.
No puedo contar una historia, pero todavía conservamos
los libros. No hay electricidad, ni gas, ni
teléfonos, ni televisión. Pero para leer solo nos basta
con la luz del día. Cada vez que los abro y leo algunas
páginas, Ulises reinicia su accidentado viaje
a Ítaca, Don Quijote arremete contra los molinos
de viento, Gregorio Samsa se levanta convertido en
insecto, y el descorazonado Gulliver llega a Liliput
o a Brodignac para descubrir cuán estúpida es la
raza humana.
-No estamos solos- les digo a los chicos-. Nos
quedan los viajes de la imaginación.
El perdido vuelve a cargar la mochila sobre el
hombro y comienza a caminar hacia nosotros. El
sol hace brillar su hermosa barba. Lleva unos pesados
zapatones de nieve y un sobretodo gastado.
No quiero que mis alumnos hablen con los perdidos,
ellos están llenos de falsas ilusiones, van de
ciudad en ciudad, atraviesan campos, valles y ríos;
y en todos lados encuentran el mismo silencio. Los
perdidos aún creen que llegará el famoso día de
gloria. Nosotros, los que nos hemos quedado, solo
sabemos resistir sin esperanzas.
Cuando el hombre irrumpe en el aula, su cara
se ilumina. Sonríe como antes sonreíamos todos en
los tiempos de la prosperidad.
-No queremos escucharlo- le digo-, ya todo se
acabó. No hay nada en ningún lugar.
-Le traigo una carta- dice mientras revuelve en
su mochila.
Los perdidos son peligrosos, hay que cuidarse
de ellos. No creo en su carta. Nadie escribe cartas,
por lo menos no se han tenido noticias de que alguno
de los que nos hemos quedado recibiera una.
Mis amigos, mis parientes se fueron todos. No conozco
a nadie en otras ciudades porque no sabemos
qué está pasando más allá de nuestro territorio.
No quiero pensar en aquella computadora que
me permitía mandar mensajes instantáneos a todas
partes del mundo. Esa maravilla también se extinguió,
como todo.
Afuera se ha levantado viento, por los vidrios rotos
entra el aire endureciéndonos las manos.Tengo
mucho frío, ver al perdido me ha dado también cierta
tristeza, añoranzas de personas que no extrañaba
porque todos hemos andado como muertos estos
meses.
El perdido saca un sobre. El sobre blanco escrito
con letras azules aletea en su mano.Tiemblo. Lucía
y Pablo aplauden. No saben por qué, pero el hombre
parece un mago sacando un conejo de la galera.
Pone la carta en mis manos y se sienta.
-Traigo algo de comida y un poco de agua para
beber.Tomen- dice mientras desparrama sobre uno
de los cajones unas frutas mustias, un pan oscuro,
una botella con agua turbia.
La carta entibia mis manos. Inexplicablemente.
Toco la trama del papel; siento que, antes de leerla,
se van escapando de ella los caminos abandonados,
las lluvias interminables, las soñadas máquinas
del tiempo, las islas lejanas donde otros Robinsones
como nosotros todavía reinventaban la vida.
-En la última ciudad que dejé atrás también había
una escuela- dice el perdido y corta el pan con
las manos, nos da un trozo a cada uno-. En todas
las ciudades hay escuelas con uno o dos maestros,
con algún profesor cansado.Tienen pocos alumnos
como usted, pero dos o tres son demasiado en estos
tiempos.A todos les pido que escriban una carta
para el próximo maestro que encuentre, y así tejemos
de nuevo la trama, así armamos de nuevo la
historia.
Leo la carta. Es de un profesor de Historia, del
sur, que antes había recibido la de una maestra del
norte. Es una carta triste porque habla de un país
muerto, habla de la oscuridad, habla del silencio.
La doblo en cuatro y la guardo en el sobre. Le digo
al perdido que espere.
Saco mi viejo lápiz y escribo, al dorso de un volante
de supermercado de otros tiempos: Seguir como
si de nosotros dependiera la persistencia de los libros,
la continuidad de la cultura, la recuperación del
país.
Firmo, y se la doy al perdido para que siga urdiendo
el provisorio tejido de la esperanza.
* María Cristina Alonso nació en Bragado, provincia de Buenos Aires, en 1955.
Es profesora en Letras y escritora. Enseña Lengua y Literatura en el Polimodal
de la Escuela Normal Superior y en la Escuela Media Nº 2 de Bragado, e
Historia Social y Cultural de la Literatura en el Instituto de Profesorados
ISF78. Ha publicado las novelas Tías de infancia, Club de Estudio, 1994; Aventuras
en borrador, Colihue, 1998; y Tierra de lectores, libro que reúne artículos
periodísticos sobre Literatura, edición de la Municipalidad de Bragado. |