Vidas privadas, ficticias y residuales

Horacio Convertini
Periodista, editor del Diario Clarín


Las pestañas postizas suben y bajan pesadamente, como persianas de almacén, en lo que pretende ser un parpadeo sensual. Una maraña frondosa de bucles negros y brillantes, elevados por un tocado discreto, le pone un marco barroco a su rostro blanco, blanquísimo, como si fuera una María Antonieta morocha, anacrónica y masculina. Pequeña P, vedette y travesti de un boliche queer de Gualeguaychú, se siente una reina: un programa de la TV porteña la rescató de su destino pueblerino, y la pone en las pantallas de todo el país a las dos de la tarde para que diga lo que quiera. Sobre todo de la travesti más famosa: Florencia de la V, su inspiración, su antigua amiga, un alma gemela con quien se peleó por una infidencia.

A mitad de camino entre el vodevil barato y el ejercicio periodístico, los programas de televisión dedicados a los chimentos -también llamados "tevé basura"- sobreviven a la mala fama y, como las ficciones más eficaces, han creado un mundo autosuficiente, con una legalidad propia. La fórmula: estrellitas fugaces, escándalos inverosímiles y bajo presupuesto.

Un periodista del mismo programa dijo hace poco que Pequeña P había tenido un romance con el novio de Flor, lo que provocó la ira pública de la diva de Los Roldán. Bingo. Pequeña P no rectifica ni ratifica. Sonríe, definitivamente ambigua, mientras lleva semanas en la calesita de la fama mediática. Cuenta intimidades ma non troppo, genera reacciones, las responde y vuelta a empezar. La sinergia perfecta.

Así funcionan los ciclos de chimentos como Intrusos o sus parientes cercanos, los talk show tipo Mauro Viale, productos etiquetados por sus detractores como "tevé basura". Así llenan los segundos de aire que median entre un chivo de jarabe para la tos y otro de crema contra los hongos de los pies. Ya no se trata de espiar bajo las sábanas de las grandes estrellas del espectáculo (o del deporte, o del jet set). Si se puede, mejor, pero resulta cada vez más difícil: las celebridades (que encima no son tantas) se han vuelto ariscas, no dan notas a programas de siete puntos de rating y han blindado sus vidas privadas. Ser reservado y tener perfil bajo, es cool. A veces se filtran algunas perlitas, como el nuevo novio de Susana o la enésima denuncia de Andrea del Boca contra el padre de su hija, pero el programa sale todos los días y hay que vestirlo. Con lo que sea. Adelante, pues, Pequeña P.

"El abecé del género es muy simple. Interesan los romances que empiezan o terminan, las historias dramáticas y las peleas o los escándalos. No interesa el actor hablando del personaje que hace en su nueva obra de teatro. Antes de cubrir un estreno, se negocia con el agente de prensa o, incluso, con el artista mismo, para que se toquen otros temas más vendedores", cuenta Carmen Ercegovich, productora de televisión que trabajó en el rubro del espectáculo en la Argentina y en México.

La cuestión es detectar qué "garpa" (es decir qué rinde, según el verbo más utilizado de la jerga televisiva) y qué no. ¿Cuál es el método? "Primero, uno se guía por la experiencia. Se sabe, por ejemplo, que los embarazos y los casamientos siempre garpan bien. Después, hay cierto feeling que se da en el momento mismo de emitir la nota. Uno intuye si algo pega, por las reacciones que genera entre la gente del canal. El tercer termómetro es el rebote en otros medios de prensa: si empiezan a llamar pidiéndote el teléfono del Fulano que acabás de presentar, es porque tuvo impacto. El fallo definitivo es a la mañana siguiente, cuando recibís la planilla de rating: si en el cuarto de hora en el que salió esa nota superaste la media de tu audiencia, gustó y hay que seguir con el tema. Si todavía hay tela para cortar, fenómeno.

Si no, se busca el modo de sacarle leche como sea", cuenta Damián Rojo, periodista y productor de los últimos tres ciclos de chimentos que tuvo Canal 9: Los profesionales, Rumores y Contalo contalo.

En esta búsqueda del impacto, todo puede llegar a ser impostura. Incluso, el formato periodístico. El chimentero suele desoír ciertas máximas de la profesión, como chequear la confiabilidad de las fuentes o no darle rango de noticia al simple rumor. Un caso: el año pasado, cuando vino el cantante Robbie Williams a la Argentina, el Watergate era descubrir con qué chica había pasado sus noches. ¿Luciana Salazar, Pamela David, Silvina Luna? En eso estaban los especialistas del rubro cuando una persona, presentándose como periodista del diario La Unión de Lomas, llamó a distintos productores y ofreció la primicia: la afortunada había sido una modelo desconocida, Amalia Granata, y él sabía cómo contactarla. Intrusos, el programa de Jorge Rial, picó en punta. La muchachita no tenía nada que probara su noche de amor con el cantante británico, ni siquiera un autógrafo con dedicatoria hot. Era su palabra contra la nada. Y se le creyó, no por ingenuidad, claro, sino porque era el dato justo en el momento indicado. Como América le había arrebatado la "primicia", su competencia directa por ese entonces, Canal 9, tomó la decisión de ofrecerle un contrato en exclusividad a Granata para que trabajara todo el verano como notera. Así logró sumarla a sus filas. Finalmente fue plata tirada: la chica casi no hizo nada, porque no podía decir dos palabras sin que se le trabara la lengua y el batifondo de su supuesto affaire con Williams duró lo que un suspiro.

La invención deliberada de conflictos y personajes les da a estos programas un carácter ficcional más que periodístico.Y el epítome fue Zap, un ciclo conducido por Marcelo Polino en Canal 9 durante 2002. Rejuntó a los llamados mediáticos del momento -gente cuya especialidad era tener mucho tiempo libre y poco pudor para protagonizar escándalos en la televisión, como el empresario Jacobo Winograd- y les hizo desarrollar conflictos truchos que, por lo general, se resolvían con insultos y golpes ante cámara. Llegó a medir unos 10 puntos de rating a las tres de la tarde, pero fue levantado del aire porque no tenía avisos, afectaba la imagen del canal y había cosechado 4,5 millones de pesos en multas del COMFER (Comité Federal de Radiodi-fusión), por violaciones a las leyes en vigencia.

Una encuesta realizada en marzo de este año por la Universidad Nacional de Tres de Febrero sobre la calidad y los contenidos de los programas de la tevé abierta, arrojó resultados lapidarios para los ciclos de chimentos. Están en el anteúltimo lugar entre las clases de programas más vistos (2,8%), pero en el tercero (17,5%) entre los géneros que los encuestados desearían eliminar de la pantalla. Más allá de que todo sondeo sobre consumos culturales está en parte teñido del "deber ser" (no contesto lo que pienso o hago, sino lo políticamente correcto), hay un dato de la realidad que encaja con esta evaluación negativa: los dos canales con mayor rating del país,Telefé y Canal 13, no tienen programas de chimentos o talk shows "picantes". Y Canal 9, que con la llegada de Marcelo Tinelli al prime time se sumó a la pelea por el liderazgo, de manera sorpresiva este año levantó del aire a Contalo contalo, el ciclo que competía con Intrusos. Parece que el género conspira contra la imagen de un canal que es -o desea ser- una potencia.

"El chimento, definitivamente, es para canales chicos. Telefé lo abandonó hace más de una década cuando contrató a Susana Giménez y despidió a su enemigo de entonces, Lucho Avilés. Canal 13 tuvo un par de intentos light, pero enseguida desistió porque no rindieron. Y lo primero que hizo Tinelli al llegar a Canal 9 fue borrar a Contalo contalo. Es lógico: el chimento, para que funcione, necesita una dosis de mala fe.Y si vos tenés en tu empresa a las principales figuras de la televisión, no vas a cometer el error de tirarte contra ellas", cuenta un veterano periodista del rubro.

Ercegovich trabajó en el cuartel general que la cadena estadounidense Telemundo tiene en México, como productora de un programa de espectáculos destinado al público hispano de EE.UU. Allí notó dos grandes diferencias respecto al modo en que se desarrolla la especialidad en la Argentina: hay más presupuesto y más rigor periodístico. "El género de los chimentos no está tan desprestigiado y en él se invierte muchísimo dinero. No olvidemos que allá se encuentra Televisa, una de las mayores productoras de telenovelas del mundo y una auténtica fábrica de estrellas. Si hacen una investigación sobre los misterios de Luis Miguel, mandan enviados especiales a Madrid para verificar si es cierto que su madre está internada en un neuropsiquiátrico; y a Italia, para contar la historia de su abuela. No transforman automáticamente el rumor en noticia. Y tratan de documentar todo lo que dicen para no ser demandados, un riesgo que aquí no se corre tanto".

La ecuación ideal de la llamada tevé basura es: rating aceptable más bajo presupuesto. Rojo cuenta que Contalo contalo tenía entre siete y ocho puntos de rating y un costo total de unos 120.000 pesos mensuales, que se cubrían con los avisos de la tanda y la PNT (publicidad no tradicional, vulgarmente conocida como "chivos"). "A Canal 9 le dejaba una ganancia neta de 30.000 pesos. Hoy, en ese horario, presenta una telenovela mexicana, Anita no te rajes, que tiene el mismo rating pero no recauda nada en publicidad. Pura pérdida", agrega. Y para dar una idea relativa de costos, Rojo afirma que el presupuesto mensual de Contalo contalo apenas alcanzaría para pagar el cachet de una estrella como Moria Casán, puesta a protagonizar un programa diario de ficción como Doble vida.

Siempre a medio camino entre el vodevil barato y el ejercicio periodístico, desafiado por la necesidad de hallar personajes que "garpen" cuando la actualidad no ayuda, condenado a transitar el negocio televisivo sin el bastón de los grandes anunciantes, el chimento sobrevive más allá de las modas y la crítica general. Lo sigue un público no masivo pero fiel, que acaso tampoco se tome demasiado en serio lo que ve.

En este juego en el que todos "hacen como si", le llega el turno a Pequeña P. Ahora hace como si no supiera que le dejaron una cámara encendida en el camarín y confiesa, en una intimidad mal impostada, lo que ha callado durante tanto tiempo: "Sí, con el novio de Florencia pasó algo...". La imagen mal encuadrada y con poca luz, más el subtitulado de rigor (aunque el audio sea perfecto) completan la fantasía voyeurista.

Esta historia continuará.
   
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