La isla del tesoro


La Isla de los Inventos, en Rosario, es un enorme espacio recreativo/educativo donde las chicas y los chicos –codo a codo con los adultos– pueden pintar, leer, disfrazarse y hasta fabricar objetos, entre muchas otras actividades. Un mundo en el que el placer del juego está asociado al desarrollo creativo –de inventar se trata– y al ejercicio de la memoria.

Miro jugar a un niño. Se demora en uno de esos juegos que a los mayores nos parecen tontos. La escena, de la que no puedo apartar la vista, desencadena en mí complejos pensamientos sobre la infancia y los juegos. Para el niño, en tanto, las cosas son más simples: él juega. Juega sin saber, ni está interesado en saberlo, qué es la infancia y qué son los juegos” (Alberto Giordano, 1988).

Niños y niñas que simplemente juegan, viviendo su infancia sin ningún interés por develar su misterio; y adultos que los miran —como el rosarino Alberto Giordano—, sin poder apartar la vista, evocando recuerdos de la propia niñez. Esta escena se multiplica en los distintos rincones de La Isla de los Inventos, un espacio recreativo–educativo de 5.140 metros cuadrados cubiertos, pensado para el encuentro de chicos y grandes, tal como señala el logo del lugar.

La Isla de los Inventos fue inaugurada por la Municipalidad de Rosario en septiembre de 2003, y está bajo la coordinación general de María de los Angeles “Chiqui” González, directora de teatro y docente. Concebida como un lugar para ser visitado por contingentes escolares pero también por el público en general, recibe cada semana alrededor de 1.200 chicos (sin contar los sábados y domingos).
La Isla no es un centro cultural, una biblioteca, un taller de plástica o un club. No obstante, allí las chicas y los chicos juegan, trepan, leen, escriben, dibujan, colorean, fabrican objetos, se disfrazan, miran, piensan, preguntan, responden y, haciendo honor al nombre del lugar, inventan. Y los adultos, mientras tanto, los acompañan, miran, cuidan, retan y, si tienen ganas, también pueden ponerse a jugar. Para que todo esto suceda, este lugar espera a sus visitantes con muestras itinerantes y visitas guiadas. Pero también es posible –y recomendable— perderse un poco y ensayar recorridos incompletos, desordenados, como el que a continuación se presenta.

EL TREN SE VA

La Isla de los Inventos está emplazada en la vieja Estación Rosario Central, construida en 1870. Gracias al furor del reciclaje, la antigua estación de trenes conserva los altísimos techos, las columnas de hierro y las arcadas; así como las boleterías y los andenes, convertidos estos últimos en territorio de muestras, exposiciones y juego. El típico verde inglés de las boleterías convive con naranjas, amarillos, rojos y azules, que sirven para confirmar que La Isla de los Inventos es de esos lugares intencionalmente pensados para que entren por los ojos.

En el 2003, La Isla fue inaugurada con una exposición interactiva llamada “Trenes de agua y barcos de riel”. Los trenes, pero sobre todo los barcos —y más aún los granos que llegaban sobre rieles y salían por el agua—, dieron a Rosario la fisonomía que la hizo merecedora del seudónimo de “Chicago argentina”. La versión oficial indica que este apodo tuvo que ver con que la bolsa de cereales rosarina llegó a fijar cotizaciones a nivel mundial. Pero el relato popular recuerda que se trataba de una “mini Chicago” por el florecimiento de los burdeles, la mafia y el rufianismo. Recuperando estas historias, y en diálogo con aquel mito que dice: “Los argentinos bajamos de los barcos”, los coordinadores de aquella exposición, vestidos con gorras de guarda y silbato en mano, invitaban a los chicos a hacer un viaje al pasado.Valijas, fotos, vestidos, catres, perchas, cuadernos de viaje, siluetas y los más variados objetos permitían algo así como jugar a los inmigrantes; evocando, entre otras cosas, la vida en los conventillos de los abuelos y bisabuelos españoles, italianos y judíos.

CRUCE DE LENGUAJES

La idea rectora de La Isla de los Inventos es el cruce de lenguajes, y quienes están a cargo de diseñar los dispositivos lúdicos y educativos, se enfrentan una y otra vez con el desafío de combinar letras, ciencias, artes, oficios y tecnología. “Es bastante complicado armar las muestras, porque las disciplinas suelen concebirse de manera separada; el cruce de lenguajes es todo un esfuerzo”, comenta una de las coordinadoras generales, Yanina Zonni.

La Isla propone inventar involucrando al cuerpo –históricamente negado, vigilado y reprimido por la educación escolar, al igual que los inventos–, oliendo, tocando, escuchando, probando, podrán decir los adultos. Pero los niños y las niñas, a simple vista, no hacen otra cosa que jugar y pasarla bien.

En uno de los módulos, llamado “El color del sentido”, un nene acaba de escribir/pintar con témpera violeta un nombre —tal vez el suyo— y se dispone a colgar su obra con un ganchito en una reja para que se seque. Una de las consignas de este espacio es escribir palabras eligiendo colores. “La figura del coordinador es importante porque puede sugerir algunas operaciones un poco más arriesgadas. Por ejemplo, en este módulo, los chicos tal vez pintarían la palabra sol con amarillo. El coordinador no va a intentar que el sol sea de otro color, pero sí va a sugerir que piensen qué color tiene la palabra mamá, la palabra vacaciones, el propio nombre. Con un mismo dispositivo se pueden hacer muchos juegos, y lo que intentamos es que la consigna los lleve por un lugar más interesante, más creativo”, dice Yanina.

Llaman la atención, sobre el piso negro, unos senderos hechos con piedras grises que transmiten algo de frío y contrastan, a propósito, con el resto de los espacios de La Isla. Un cartel dice que este lugar se llama “La palabra clandestina” y que se trata de un “Homenaje a los que sufrieron persecución, cárcel o muerte por motivo de sus palabras o acciones”. La consigna es retirar las piedras y desocultar las escrituras que hay debajo para luego, con esas mismas piedras, construir una “instalación sensible” con la finalidad de recordar. La operación de rescatar palabras censuradas por la dictadura militar involucra al cuerpo y permite concebir la memoria como un acto que excede lo estrictamente intelectual: para poder leer “Los dinosaurios pueden desaparecer”, “Cómo gasto paredes recordándote”, “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí” hay que agacharse, recoger una piedra, y luego decidir qué hacer con ella. Pero para que los chicos conviertan esta especie de cementerio de palabras en pequeños monumentos recordatorios, seguramente harán falta algunas palabras adultas explicando quiénes son los dinosaurios, o quién dijo alguna vez “Algo habrán hecho” (¿quiénes?) o “Por algo será”. El encuentro entre chicos y grandes deja de ser un eslogan para convertirse en una necesidad.

LA FÁBRICA

Al costado de los andenes está “La fábrica”. Su programa inaugural fue “Nace un juguete”; y con tornos, serruchos, lijas y pinturas se elaboraban motitos y autitos de madera. En las mismas mesadas largas, ahora está instalada la muestra “Homenaje al mundo del papel”. “La idea es humedecerse un poco las manos y entrar en el tiempo del proceso de construcción de una hoja de papel”, dice Andrea, otra de las coordinadoras. Y agrega: “Los papeles tienen un tiempo de secado, entonces los chicos no van a jugar con la hoja que hicieron. Ahí es donde la producción de la fábrica se vuelve colectiva, porque los chicos trabajan con papeles que hicieron otros y, al mismo tiempo, saben que otros van a jugar con los papeles que hicieron ellos. Nos interesa promover la construcción con otros, la posibilidad de sentarse en la misma mesa con alguien desconocido, pasar un rato, encontrarse con gente”.

En “La fábrica”, además de papel reciclado, los chicos pueden hacer tacos de madera, grabados y tarjetas.También está “El mundo del papel”, que es un gran bosque donde se utilizan papeles, tijeras y clips para realizar figuras, móviles, objetos. “No trabajamos con un lineamiento. Por ahí los chicos ven el agua y dicen ‘Yo no me quiero mojar’, entonces se van a hacer tacos, o van a ‘El mundo del papel’. El recorrido lo inventan ellos y la idea es tratar de no dirigir su mirada, que ellos observen y jueguen a lo que tengan ganas de jugar”, finaliza Andrea.

¿Por qué se decidió que todo esto sucediera en un espacio llamado isla? Las islas remiten principalmente a la desconexión, y esta metáfora ha sido por años uno de los descalificativos preferidos para nombrar a aquellas escuelas que cerraban sus puertas a la realidad de todos los días, negando el entorno circundante.

Pero las islas, en el imaginario, son también la promesa de salvación en un naufragio, y tal vez sea este el significado predominante en estos tiempos tormentosos. La Isla de los Inventos es un lugar desconectado a propósito, sí, pero no por falta de compromiso sino con la voluntad de promover, desde allí, invenciones renovadas.

UN LUGAR PARA OTRAS INFANCIAS

Para explicar qué es la infancia, no alcanza con decir que es un tiempo cronológico de la vida. No solo por aquel viejo dicho que afirma que la edad se lleva en el alma, sino porque la realidad cotidiana muestra todos los días que la niñez ya no es lo que era. Así como hay chicos y chicas que parecen dejar de serlo demasiado rápido por llevar una vida de adultos (porque trabajan, se cuidan solos, cuidan a otros), hay otros que también se desconocen como niñas y niños porque desafían con su “saber demasiado” los saberes de los grandes.

¿Qué espacios y tiempos pedagógicos y recreativos ofrecer a estos nuevos niños? Por ejemplo, ¿qué significa para un niño o una niña una fábrica, en un país con tantas fábricas cerradas? ¿Cuál es el sentido de hacer vivenciar a los niños el carácter colectivo de la producción? “La fábrica” de La Isla de los Inventos es uno de los espacios que más entusiasma a los chicos, ¿por qué será? ¿Porque se pueden conectar con el trabajo de transformar la materia, de hacer de algo otra cosa diferente? ¿O porque la angustia del desempleo se desmiente por un rato? ¿O será sencillamente porque es uno de los juegos más divertidos y nada más?

La Isla de los Inventos no se propone romantizar la etapa infantil, pretendiendo volver a un tiempo pretérito de supuesta inocencia y no saber. Por el contrario, se trata de un espacio que incita a la emergencia de preguntas más o menos incómodas, inquietudes, tal vez temores; y los adultos son los encargados de poner algunas de las palabras que a veces no están y hacen falta. La Isla permite que los chicos puedan ampliar el abanico de respuestas ante la vieja pregunta ¿qué querés ser cuando seas grande?, expandiendo las contestaciones pero también, ojalá, las posibilidades de llegar a serlo.

Ana Abramowski
   
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