Todo empezó con el Quijote

Gracias a una profesora del secundario que nunca olvidará, descubrió que la novela de Cervantes no era solo un clásico impuesto por el programa, sino un texto "lleno de humor y sabiduría". Aquel deslumbramiento terminó de moldear su vocación de escritora. El resto del aprendizaje -eran otros tiempos- se lo debe a las bibliotecas públicas.

Griselda Gambaro nació en 1928, en alguna parte entre Barracas y La Boca. En plena Década Infame comenzó la primaria en la escuela José María Gutiérrez, que todos conocían como "la escuela Rocha" porque daba a la calle del mismo nombre. En ese ámbito aprendió a usar su principal herramienta, la palabra. Su vocación se fue moldeando entre composiciones escolares y una búsqueda infatigable en los estantes de la biblioteca pública. Hoy es una escritora reconocida en el país y en el exterior, cuya producción abarca principalmente obras de teatro, además de novelas y relatos infantiles. Recuerda su paso por el aula con sensaciones encontradas: desde aquella profesora de Literatura que la fascinó con su lectura del Quijote, hasta su primer encontronazo con la censura. Luego de que su novela Ganarse la muerte, fuera prohibida durante la última dictadura militar, se exilió en Barcelona. Semejante atropello tuvo una reparación tardía: el año pasado, la Biblioteca Nacional incluyó Ganarse la muerte entre sus tesoros más preciados. Dice Gambaro: "No fue solamente una satisfacción para mi ego, sino que también sirvió para marcar la inutilidad de las prohibiciones en el campo de la cultura. Lo que se prohíbe vuelve a surgir, como una planta que se resiste a morir. Se ha visto tantas veces a lo largo de la historia: con Madame Bovary o Las flores del mal, lo mismo que con los libros quemados por el nazismo. El libro es una de las cosas más difíciles de destruir, porque renace de las cenizas".

-¿Cómo era una escuela de barrio en sus tiempos de alumna?

-Competente. Muy contenedora. Se respetaba mucho a los maestros. Una iba a aprender, y aprendía. Tal vez era demasiado autoritaria, un signo de la época. Podría reprocharle todas las pequeñas formas de la autoridad que se imponían a los alumnos, como estar en la fila sin moverse, bien alineados. Pero las maestras llenaban ampliamente el cometido de enseñar, de interesarse por el alumno. Incluso, con algunas tuve lazos profundos.

-¿Con cuál, por ejemplo?

-Con mi maestra de primer grado, no recuerdo su nombre. Era una persona muy cálida, muy afectuosa. Y a esa edad, una lo agradece mucho. Era capaz de poner la mano en el hombro, de tener un contacto menos profesional, diría, con los alumnos. No era exigente de una manera dura, sino más flexible. Son cosas que no se olvidan. Y después, en los primeros años del secundario -en un viejo colegio de Barracas que todavía está, en la calle Arzamendia, el Liceo Número 3- tuve una profesora de Castellano, Sofía Sierra Victorica.Todavía recuerdo su explicación del Quijote.

-¿Por qué la recuerda?

-Porque hacía del Quijote un texto único, lleno de humor y sabiduría. A veces, las profesoras de Castellano eran un poco académicas. Esta mujer, en cambio, daba vida a los textos. Además, siempre me gustaron las composiciones escolares. Y esta profesora tuvo una importante influencia en mí, alentándome cuando escribía sobre la lluvia o cosas así. Es maravilloso, una virtud o una cualidad que los maestros a veces olvidan: el tipo de influencia benefactora que pueden ejercer sobre sus alumnos. Y cómo pueden incidir en la vida de una persona con un pequeño gesto. El entusiasmo de esta profesora por el Quijote era tal, que una decía: "Bueno, hay otras cosas". El colegio no significa solo estudiar los teoremas, francés o física. Sino también eso otro, que lo conecta tanto con la vida.

-¿Qué otros contactos mantenía, fuera de la escuela, con el mundo de las letras?

-El que me daba la biblioteca pública, como la biblioteca socialista del barrio de Barracas, la Sociedad Luz. De ahí sacaba todo lo que me interesaba para leer, sin otra guía que mi propia curiosidad por un título o por el nombre de un autor. Además el bibliotecario, que era un hombre muy severo, me dejaba sacar dos o tres libros a la vez, cuando lo habitual era prestar uno solo. Me acuerdo de que una vez me llevé un libro de Nietzsche. Había un fragmento que trataba sobre el poder, que me interesó y lo anoté. Lo guardé en el libro de matemáticas y, cuando en la clase la profesora pidió un ejemplar, le acerqué el mío. Lo abrió y justo se encontró con ese texto. Y rezongó muchísimo. Que no era un texto para el colegio, que era transgresor. Fue la primera vez que me tropecé con la censura explícita.

-¿Cómo era usted como alumna?

-Buena. Pero en el secundario me fui aburriendo, a medida que pasaban los años. Cuando hice quinto, ya estaba un poco harta de lo que la enseñan za tenía para ofrecerme. Esa formalidad académica... Una enseñanza muy petrificada, en un cierto sentido, donde no se discutía ni se opinaba sobre nada. Hay mucho para recibir a esa edad, está bien. Pero una tiene que hacer también una evolución dinámica. Y eso no se producía. Bueno, lo que podía ser útil era la herramienta. Y la escuela, desde la primaria, me dio la herramienta para tener un oficio. El oficio de escribir. Después fue trabajo, obstinación y horas. Pero ya tenía la base. Por eso le agradezco a la escuela, porque me enseñó a leer y a escribir correctamente. Me hizo ganar una letra que todavía hoy es buena. Tenía Caligrafía, una materia que no sé por qué se ha suprimido. Nos enseñaban a dibujar la letra, a tratarla con amor. Eso se ha perdido. Muchas veces recibí cartas de jóvenes, y están escritas con mayúsculas. Y si están en cursiva, es una letra indescifrable. Se ha deteriorado la palabra, como ha pasado en la vida cotidiana. Cuando subís a un ómnibus y escuchás la terminología que usan los chicos del secundario: es de una pobreza apabullante. La calidad de vida de la gente ha bajado.Y la educación. Y el lenguaje, también.

-Hace poco, en una entrevista, usted dijo: "Hoy la utopía de los jóvenes es subsistir".

-Para la mayoría de los jóvenes, es así. Los que han podido acceder a una educación secundaria o universitaria, tienen la preocupación de insertarse en el mercado laboral. Y de los otros ni hablemos: trabajan en negro o esporádicamente, recogiendo cartones o botellas. Antes había pobreza, pero no era una pobreza degradada y degradante como sucede ahora. Una sabía que valía la pena esforzarse porque podía tener movilidad social, había otra cultura del trabajo. Por ejemplo, yo hice el secundario casi sin comprar libros de texto, porque en mi casa no había dinero para eso. Pero bueno, los conseguía en la biblioteca o me los prestaban mis compañeras.Y no hice la universidad porque quería escribir y pensaba, equivocadamente, que si seguía una carrera universitaria como Letras me lo iba a impedir. Ahí no tuve maestros, más que los que venían en los mismos libros. La frecuentación de los grandes escritores. Porque leí mucho, y de todo: lo bueno y lo malo. Eso me dio una especie de panorama de la literatura y después pude ir seleccionando. Además tenía conversaciones con ciertas amigas, a quienes también les gustaba la literatura. Y leía revistas o iba a las librerías de viejo.


-Una formación autodidacta.

-Sí, pero no autodidacta por completo, porque los maestros fueron esos escritores que fui conociendo a lo largo del tiempo. Siempre leo tratando de aprender, aunque sea una novela policial. Me fijo cómo está escrita, cómo se desarrolla la acción, cómo son los personajes. Es como un segundo segmento de mi cabeza. Con el primero tengo el placer de la lectura. Con el segundo, estoy leyendo como escritora. "¿Qué me sirve de esto". Así leí teatro, por ejemplo. Porque no vengo del escenario, de la práctica teatral, como muchos autores.Vengo de los libros, de la literatura dramática.

-¿Y cómo fue ese pasaje de la literatura dramática al escenario?

-Primero era leer, disfrutar de esa lectura.Y después mirar cómo se desarrolla y cómo son los tiempos de una determinada escena. Eso se va incorporando cuando se lee a los grandes autores de teatro. En mis primeras obras, si tenía alguna dificultad con una escena y recordaba que había algo parecido en la obra de un gran autor, iba, la recorría y eso me daba aire para encarar el problema.

-¿Ese aprendizaje se puede transmitir?

-Claro. Hay cursos de dramaturgia, de los que han salido buenos dramaturgos. Pero es un camino inevitablemente personal, que depende también del talento de cada uno. Mucho trabajo, mucha lectura. Creo que si una no tiene capacidad de aprender constantemente, se muere. O ya está muerta. Por eso hay que tener curiosidad o interés en las cosas que pasan, en los libros y en todas las actividades humanas.

-Con una carrera tan prolongada y reconocida, ¿puede haber algo de docencia en su obra para los autores más jóvenes?

-Para mí es difícil saberlo.A veces puedo sentir, porque se me acerca gente o por una carta que recibo, que lo que he hecho ha tenido cierto eco. Ha servido. Pero la docencia posee una cualidad que no tiene el arte: es para enseñar, para que resulte útil, formativa. La literatura es formativa, pero en otro sentido. No tiene esa obligatoriedad de la docencia.

-Frente al avance de la cultura audiovisual, ¿qué lugar ocupa el libro?

-Son formas de comunicación distintas. El libro permite una conexión autor-lector que no se da con los medios electrónicos. Permite otra manera de razonar, de instalarse en el pensamiento del autor. Podrá disminuir, pero es una necesidad de intercambio que va a estar siempre allí. El libro es un objeto que tenemos en nuestras manos, que leemos en nuestra casa. Permite estar en soledad y acompañados, al mismo tiempo. Es muy distinto que instalarse frente a la computadora.

-Para muchos chicos y chicas parece estar más a mano la computadora.

-Sí, pero creo que no tendría que haber tanto acceso a los juegos en red. No se puede ir contra la época en la que se vive, pero habría que poner algún límite. O, quizás, incitar más a la lectura; pero como placer, no como obligación. Enseñarles a los chicos que resulta más rico y placentero leer un libro que, a veces, estar horas frente a una máquina.

- Los chicos y la lectura es un tema que le preocupa, porque también ha escrito libros para el público infantil.

-Sí. Ahora sale La bolita azul, que es la historia de un juguete, pensada para chicos de ocho en adelante. Y después saldrá El caballo que no sabía relinchar, que son cuentos para chicos de menor edad. Una puede olvidarse de los grandes dramas de la humanidad escribiendo para chicos y chicas. No me representa ningún esfuerzo especial cuando lo hago. Simplemente, en un momento dado, se me ocurre una idea que sé que es para chicos y la escribo, sin disminuirme. En un estado de inocencia infantil, te diría. El mundo de los adultos es mucho más complejo. El de los niños y las niñas, en cambio, es una dimensión más fresca, espontánea, en donde pueden pasar cosas que los adultos tendemos a arruinar.

-Este año pronunció el discurso inaugural de la Feria del Libro, que a su vez estuvo dedicada al teatro, ¿tuvo algún significado especial?

-Era una deuda de la Feria con el teatro, como la que tiene con la poesía. No son géneros menores. No son parientes pobres. Hay una especie de confusión general al respecto. Incluso algunos autores ayudan a instalar el viejo dilema: "¿Es literatura o teatro?". Es una discusión ociosa: no tenemos por qué renunciar a los buenos textos. Estar en la Feria es un incentivo, por lo depreciada que está la literatura dramática. Y todos esperamos que no haya sido algo esporádico, sino que se le siga prestando a esa literatura la misma atención en la cultura del libro.

-¿Se puede trazar alguna analogía entre el teatro y el aula?

-Todos vivimos en un escenario, donde actuamos. Y una desea que, en esa actuación, pase lo mismo que con los buenos actores: ser sinceros, que lo que suceda ahí sea auténtico, rico, estimulante. Pienso que el teatro tendría que estar más presente en la clase. Porque el teatro es un juego, tiene un aspecto lúdico que es muy útil para la enseñanza. Y también para que los chicos descarguen sus problemas. Algunas de mis obras fueron leídas en el secundario, como Decir sí, por ejemplo. Importa que fuera actuada, más allá de si estuvo bien o mal hecha. El teatro es importante para los chicos. Tendrían mucho placer y aprenderían mucho si pudieran jugar a ser otros.

Juan Andrade

   
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