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Petróleo
Héctor Tizón*
(A mi tío Agustín, por si algún día para de andar
y alcanza a leerlo) |
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Un alargado grito, un llamado; algo que se
escuchó con toda claridad desde el viaducto
hasta el vaciadero municipal de basuras,
y aún más allá, interrumpió la sosegada siesta de
los ranchos. Nosotros, que desde el mediodía estábamos
tratando de pescar algunas viejas, levantando
con la parsimonia necesaria las piedras de la
costa luego de haber enturbiado el agua, también
lo oímos. Prestamos atención entonces y volvimos
a escuchar:
-¡Eh! ¡Julián, Segundo, Gertrudis, Gabino, doña
Trinidad! ¡Vengan todos!
Buscamos al autor de los gritos y enseguida lo
distinguimos. Nicolás agitaba los brazos y volvía a
repetir sus alaridos, desde la copa inmensa de un
sauce.
-¡Petróleo! -exclamó-. ¡Es petróleo!
Sinceramente creo que aunque había escuchado
alguna vez esa palabra no conocía exactamente
su significado. Por eso quizás El Laucha y yo, a pesar
de los gritos, no prestamos mayor interés al
asunto. Por el momento nos preocupaban las viejas;
alguien había ofrecido comprárnoslas a razón
de dos por quince centavos y además nos gustaba
meter los pies en el agua. Eso era bueno. Incluso
creo que El Laucha, o yo mismo, no recuerdo bien,
dijimos:
-Nicolás ya está machao de nuevo.
Nos encogimos de hombros. El agua estaba buena
y si juntábamos unas veinte viejas más ya alcanzaría
para algo: una camiseta de Boca Juniors que
quería El Laucha y también para esa careta de burro
que a mí me gustaba para Carnaval. Era una
linda careta la que había visto, grande, de largas
orejas suaves y a la que creo, por añadidura, vendían
con un pito, para Carnaval.
De modo que seguimos tratando de sacar el mayor
número de viejas posible, por la costa, aguas
abajo.
De vez en cuando pasaba un tren y la vibración
de su marcha, el torvo sonido de la locomotora llegaba
hasta donde estábamos. A veces ni siquiera
levantábamos la cabeza para mirarlo, pero cuando
lo hacíamos alzábamos la mano saludando a los lejanos
pasajeros que miraban tristes o indiferentes
desde las ventanillas.
-Raúl -me dijo por ahí El Laucha-, ¿vos sabés
lo que es petróleo?
Deploré, no lo niego, no estar al tanto lo suficientemente
sobre petróleo. Pero dije:
-Sí.
-¿Es eso que les echan a las máquinas? -volvió
a preguntar.
-Sí.
-¿Para qué sirve?
-Andá a saber -dije yo.
El sol se había ocultado hacía un buen rato. El
agua estaba turbia y ya casi no distinguíamos nuestras
propias manos.
-Vamos -dije entonces-. No se ve.
Fue un trabajo duro llevar entre los dos la bolsa
con el pescado a cuestas.
Atravesamos la playa del río, subimos al terraplén
del ferrocarril y nuevamente bajamos. Entonces
distinguimos las luces del caserío; había más
que de costumbre. Escuchamos el sonido de fuegos
artificiales y el loco ladrar de los perros; desde
más cerca ya el viento traía con intermitencia
voces, gritos, risas y después nuevamente los estampidos,
carcajadas de pobre gente alegre. Hasta
que llegamos al descampado, junto a la playa, desde
donde comenzaba el rancherío que se extendía
barranca arriba. Casi hasta el borde del alto terraplén
de las vías ferroviarias.
Aparecimos por el patio del fondo arrastrando
nuestra bolsa de pescados. Todo estaba de fiesta.
En la casa de Nicolás se bailaba al compás chillón,
desafinado, monótono de una ortofónica. Allí estaban
todos, habían abandonado sus propias chozas
para venir a juntarse aquí, a escuchar la música de
la ortofónica y a reír, como cuando llegaba el Carnaval.
Me acordé de pronto de la careta de burro
y dije:
-Miren. Son ochenta y tres.
Mi tía, que iba y venía, riéndose a carcajadas,
sin prestar mayor atención a nuestra bolsa, dijo:
-¿El qué?
-¿Cómo el qué?... ¡Esto!, las viejas.
-¡Bah!... ¿Para qué eso ya?
-Son más de diez pesos. Sacamos la cuenta uno
por uno. Este se comprará una camiseta y yo una
careta de burro, cuando las vendamos.
-¡Ja, ja, ja! -se rió mi tía- . ¿Para qué ya eso? ¡Hay
petróleo, vengan y vean!
Un poco decepcionados dejamos la bolsa en un
rincón y fuimos detrás de mi tía.
Bertoldo, un viejo ferroviario inválido, había descubierto
el petróleo.Yo y los demás y todas las cientos
de personas que llegaron después escuchamos
su historia. Y a cada uno que llegaba a preguntar,
Bertoldo, limpiándose una supuesta mugre de la
boca y escupiendo luego hacia un costado, le contaba:
se había levantado esa mañana y después del
mate decidióse a plantar unas calas.
-Traeme la pala que voy a poner una fila aquí, al
lado de esta barranca -le había dicho a su mujer.
La mujer le llevó la pala, y luego de quince minutos
de afanoso trabajo, mirando el fondo del pozo
que había abierto, dijo:
-Aquí hay un barro podrido, negro y hediondo.
Siguió cavando, pero después el barro se hizo menos
denso y al cabo todo el fondo estaba cubierto
por una superficie negra y líquida. Entonces cesó de
trabajar, consultó a su vecino y luego a otro y a otro.
Comenzaron a cavar nuevos pozos y el resultado se
fue repitiendo. Hasta que Nicolás dio el aviso con
aquellos alaridos que a todos les volcó el corazón.
Esa noche, mientras algunos bailaban y reían a
carcajadas alrededor de la ortofónica, el resto recorría
la zona desde la playa hasta la falda de la barranca
husmeando los rincones. De lejos se dis-
tinguían las luces de los faroles encendidos moviéndose,
deteniéndose, volviendo a andar de un
lado para el otro.
Nicolás ahora vagaba por las vías como un loco,
llamando a gritos a los desconocidos e invitándolos
a que vinieran a nuestra casa:
-¡Vengan, vengan! -decía-. ¡Todos seremos ricos!
Al cabo llegaron dos linyeras, un mendigo y un
viejo ciego guiado de la mano por un niño que tenía
un manojo de diarios debajo del brazo.
Toda la noche duró la alegría; las risas continuaron
hasta el amanecer, interrumpidas tan solo por
el estrépito de los trenes que pasaban.
Al día siguiente, desde temprano, todos estaban
de pie, y cuando regresamos con El Laucha luego de vender las viejas, sorprendimos a un centenar
de personas cavando pozos, hachando árboles, destruyendo
los pequeños jardines, sumergiendo palos
en los charcos; todos se ayudaban mutuamente.
Al mediodía, cuando llegó el cura, aquello parecía
un campamento en actividad. Algunas mujeres
habían cocinado en la playa y repartían la comida
a los que trabajaban y también a los curiosos.
Mi tía carneó la única gallina que teníamos y uno
de los linyeras repartía las presas entre la gente.
El cura llegó cubriéndose con una negra sombrilla
y después de conversar con algunos de los
hombres se encaramó sobre una piedra y entre otras
cosas dijo:
-No nos vanagloriemos, hijos, y demos gracias al
Señor. Él les ha mandado esto porque quiere a los
pobres.
Después recorrió todo el rancherío echando
agua bendita sobre el suelo y pronunciando en voz
muy baja y con rapidez, ininteligibles palabras. Luego
aceptó unas empanadas. Algunos perros ladraron
frenéticamente al cura durante la ceremonia.
El ciego, de la mano del niño, permanecía sentado
en un tronco en medio del alboroto y de vez en
cuando mordía un choclo asado, mirando a lo lejos
con sus ojos vacíos.
Nicolás, que se había comprado un traje nuevo
invirtiendo de un solo golpe sus ahorros, paseábase
auscultando la superficie de la tierra.
Al día siguiente fue convocada toda la gente a
reunirse debajo de un gran ceibo. Nicolás habló
imponiendo silencio. Hombres y mujeres, bien peinados
y vestidos, como cuando iban al pueblo, escucharon
atentos.
-Señores -dijo Nicolás-.Vamos a ser ricos. Tendremos
casas de dos pisos, y también tendremos
zapatos y podremos andar en autos de alquiler.
¿Comprenden ustedes lo que es ser ricos?
Nadie contestó y entonces Nicolás continuó hablando.
-Todos podrán comprarse una radio y un sombrero
y tal vez un caballo y muchas gallinas y chanchos,
¿comprenden? Y también podremos guardar
dinero para cuando seamos viejos y no como ahora;
y comprar remedios para no andar muriéndonos
por ahí como unos podridos. Seremos ricos.
¿Comprenden lo que es ser ricos?
-Rico es el que jode al pobre- dijo entonces alguien.
-No solo eso -contestó Nicolás sin prestar mucha
atención-. Vamos a envasar el petróleo y entonces
nos mandarán el dinero y podremos tener
todo eso y tal vez un pedazo de tierra, ahora sí.
Después de la reunión debajo del ceibo, todos
volvieron al trabajo de la búsqueda; ya algunos empezaron
a juntar el líquido dentro de unos tachos,
para envasarlo.
Así pasaron uno y dos días. Alguien había dado
alojamiento al ciego y al niño y los linyeras se instalaron
en casa de doña Gertrudis.
De sol a sol la gente trabajaba moviendo las piedras
y tratando de cavar más pozos, o mirando horas
y horas los que ya estaban abiertos.
Cuando pasaba algún tren, todos hacían un alto
para saludar a los pasajeros, con los brazos levantados,
agitando los sombreros.
También nosotros abandonamos la pesca, porque
debíamos ayudar a repartir la comida -que ya
era escasa- entre todos.
Al quinto día los linyeras se fueron y llegaron
los técnicos. Eran tres hombres rubios; apenas si
hablaron; miraron en derredor, caminaron de un
punto a otro, seguidos por la gente que los miraba
emocionada, tratando de escuchar alguna buena
palabra. Pero nadie entendió nada.
Al día siguiente volvieron a venir los hombres,
acompañados de otros. Subieron hacia el borde de
la barranca, traspusieron las vías ferroviarias y luego
regresaron. Después se llevaron tres grandes botellas
llenas de petróleo.
Y no volvieron. Pero al cabo lo supimos: el yacimiento
no existía, sino que era una pequeña acumulación
subterránea escapada de la cisterna rota
del ferrocarril.
Después nada sucedió. Con El Laucha decidimos
volver a pescar, sobre todo porque ya era inminente
el Carnaval y debíamos tener dinero para
comprar serpentinas.
Los trenes seguían pasando, velozmente, haciendo
vibrar el suelo.
Pero desde aquel día Nicolás había tomado la costumbre
de encaramarse al sauce y pasar allí largo
tiempo atisbando, para de vez en cuando bajarse, cavar
con dramático entusiasmo un pequeño pozo, hundir
un palo en el blando fondo humedecido y quedarse
por último mirando largo tiempo el extremo
del palo. Sin decir una sola palabra. Soñando.
* Héctor Tizón nació en Yala, Jujuy, el 21 de octubre de 1929. Finalizó su
carrera de Abogacía en 1953, en la Universidad de La Plata. Su obra evoca
zonas del noroeste argentino, y parte ha sido traducida al francés,
inglés, ruso, polaco, ucraniano, alemán y holandés. Además de cuentos,
ha escrito novelas; algunas de ellas son: Fuego en Casabindo (1969), El
cantar del profeta y el bandido (1972), Sota de bastos, caballos de espadas
(1975), El hombre que llegó a un pueblo (1988), El viaje (1988) y La
mujer de Strasser (1997).
Ilustraciones: Daniela Kantor |