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La falsa antinomia
entre enseñanza y asistencia
Estanislao Antelo*
Se ha vuelto un lugar común describir cierta indisposición
escolar recurriendo a la antinomia entre enseñanza
y asistencia. Puede ocurrir que terminemos por agregar
a la lista (la larga y educativa lista) una nueva, extorsiva
y poco feliz oposición.
Extorsiva porque, en el idioma educativo de los argentinos,
la antinomia suele ser una descalificación manifiesta
de la idea de asistencia, sumada a la obligación de
optar por lo que podríamos llamar una enseñanza desafectada,
profesionalizada.
El artificio que sostiene la extorsión es el siguiente: quien
asiste no enseña. En este caso, sus usuarios (diligentes)
bien harían en sincerarse: enseñar es un verbo de mayor
jerarquía (y no contradictorio) que asistir. No se trata entonces,
de antinomia alguna. El malestar no es más que
pérdida de prestigio (prestigio que en rigor nunca fue tal)
del educador escolar cuando su función se equipara con
la de un mucamo, ayo, señora que cuida (como el progresismo
vernáculo, amigo de la higiene y la moderación
lingüística, denomina a las empleadas domésticas).
Poco feliz, en tanto ignora la fértil sociedad que la enseñanza
ha tenido (y aún tiene) con las ideas de asistencia,
cuidado y amparo. En la notable Pedagogía de
Kant, no bien iniciado el trayecto de su argumentación,
se define la acción educativa como cuidado. No se entiende
casi nada de las consecuencias de la acción educativa
sin el desamparo inicial de la cría humana y el ulterior
auxilio ajeno que llamamos asistencia, crianza o
educación.
Dos usos conocidos de la antinomia sobresalen en el
conjunto:
El progresista y gremial que denuncia la superposición
de tareas (enseñar-asistir): si bien admite y se atribuye
la dignidad de no renunciar a la urgencia que al parecer
causa y empuja a la asistencia, a la vez responsabiliza a
los poderosos de siempre, es decir a nadie, sobre la superposición
misma y los trastornos subsiguientes. La opción
por priorizar la asistencia (que se acompaña con expresiones
del tipo "con chicos con hambre no se puede
enseñar") nos aleja de lo pedagógico. Dicen.
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El liberal, un poco escandalizado, que acusa a los maestros
(a menudo, para un liberal los maestros y pedagogos
son unas señoras que cuidan, esclavos modernos
de a pie, un poco reacios al trabajo, que transportan niños)
de abandonar la ilustrada tarea de sacar un poco de
lustre -lustrar, para usar un siempre actual ramosmejianismo-
a los craneotas contemporáneos, que escuchan
cumbia y miran tevé.
En ambos casos, no se consigue sortear la dificultad que
emerge cuando se presentan proposiciones, ideas o prácticas
como necesariamente contradictorias o excluyentes.
Ahora, ¿qué sucede si disolvemos la antinomia? ¿Qué
queda por ver? La conexión, la conexión siempre móvil
entre los términos. Optamos, en esta ocasión, por la vía
que liga la asistencia -entendida como cuidado- al conocimiento,
entendido como aquello que pretende ser objeto
de una enseñanza.
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Virtudes cotidianas
Tzvetán Todorov, en su libro sobre situaciones límite, localiza
virtudes distintas de las heroicas. Las llama cotidianas,
despojadas de grandeza. Si es el cuidado la virtud
cotidiana que nos interesa es porque requiere del otro,
de un asirse a otro ser vivo. El destinatario del cuidado, a
diferencia del héroe, no es una abstracción sino un individuo
concreto. El que cuida cotidianamente no recibe aplausos,
no tiene monumentos, no es un ciudadano ilustre o digno.
El cuidado es una práctica sin espectacularidad.
Todorov define la responsabilidad como una forma particular
del cuidado. Las formas del cuidado que le interesan
surgen de su estudio sobre el funcionamiento de los
campos de concentración, a los que llama (conviene prestar
atención) laboratorios de la transformación de la materia
humana. En un estado de excepcionalidad, aparentemente
permanente, se pierde de vista el valor del
cuidado silencioso, cotidiano, no pomposo. Es cierto que,
en un extremo, cuidar puede ser morir con (y no por) el
otro o darle muerte. Procurar al que va a morir un último
pero minúsculo deseo. Pero lo común es el cuidado
discreto. Compartir alimento, vestido, fatiga. Alterar una
planilla, corresponder una mirada. Cuidar tampoco es sinónimo
de caridad o sacrificio.
La diferencia entre cuidado y sacrificio es importante
para los educadores. El que se sacrifica, se priva de, y como
en la caridad, excluye la reciprocidad. Por el contrario, el que cuida se consagra al otro y goza de ello: uno
se encuentra al final de la acción más rico, no más pobre.
En este sentido, cuidar es lo contrario de la actividad de
apóstol (que se empobrece para que los otros sean ricos).
Norbert Elías, en una larga entrevista sobre las relaciones
entre el poder y el conocimiento, define a este último
como una forma particular del cuidado. Conocer es
poseer medios de orientación de los que se carece al nacer;
y enseñar es dotar a los recién llegados de guías e
instrumentos orientadores, sin los cuales vivir entre semejantes
se vuelve una tarea ardua.
Dos ideas están en la base de la descalificación de la
asistencia, el cuidado o auxilio ajeno.
Una es la común convicción de que el otro, su proximidad,
es amenaza y/o estorbo; y su cuidado, una pérdida
de tiempo o un obstáculo para concentrar la fuerza en
los propios logros. Y la otra, atada a la prescindencia del
semejante, es que la heteronomía, en tanto ley que regula
el intercambio entre los seres humanos, se ha convertido
en un disvalor. Depender de alguien es señal de
debilidad, un déficit. Por el contrario, el manual del buen
vivir lanza a rodar su autómata celebración del prefijo
preferido: autoestima, autonomía, autosuficiencia. El diseño
de sí contemporáneo, el self made man de los tiempos
que corren, que solo reconoce como autoridad y agente
de sus acciones a un incauto sí mismo, es el héroe de
una épica neonarcisista, campeón mundial del goce y el
aguante solitarios. No debería sorprendernos que en un
mundo regulado por lo que ha sido llamado la individualización
de la acción, la idea de cuidado haya sido
puesta en discusión. Pero permítanme preguntar: ¿hacia
dónde va un mundo de gente que (al parecer) se cuida
sola? ¿Hacia dónde van los educadores desconectados
del valor del auxilio y la asistencia?
Daremos un buen paso adelante si conseguimos amplificar
la evidencia de que la escuela (que también ha
sido y es un laboratorio de transformación de la materia
humana, pero no concentracionario) es uno de los pocos
y últimos lugares que acoge muchedumbres, produce
aglutinaciones, admite y promueve dependencias y libertades,
instaura cuidados, asistencias, comunidades y
egoísmos, tierra de reciprocidades; sitio donde la gente está
junta de alguna forma, haciendo alguna otra cosa que
no sea consumir o lincharse. Y los docentes, ni héroes ni
santos, ni sacrificados ni profesionales, últimos asistentes
más o menos afligidos y obcecados artesanos repartidores
de orientación, atletas de la reunión. Enseñanza
y asistencia no solo no se enfrentan, sino que se requieren
mutuamente. Se olvida con facilidad que asistir es
responder, estar en algún lugar. El que asiste, está presente.
No es aislando la enseñanza de la asistencia como
podremos abrir un camino. Nuestra fuerza podría utilizarse
en mostrar el valor que termina por tener en la
cultura el cuidado del otro, a través de la enseñanza sistematizada
de conocimientos. Claro que otra chance es
pensar en la posibilidad de un mundo sin cuidadores, atiborrado
de descuidados, colmado de ausentes. Un mundo
en el que no se termina de ver la utilidad de escuelas
y maestros.
* Pedagogo, integrante del Centro de Pedagogía Crítica de
Rosario.
Un texto similar se publicó en el suplemento de Educación
del Diario La Capital de Rosario, el sábado 11 de junio de
2005. El autor agradece a Marcela Isaías la autorización para
publicarlo nuevamente.
http://www.lacapital.com.ar/2005/06/11/educacion/noticia_202244.shtml |