Sobre la generosidad de enseñar

Fines de octubre de 19......

He empezado a pensar que trabajo demasiado en la escuela. Y ¿para qué?

El mismo resultado. ¡No! Mejor resultado pedagógico inmediato obtiene la maestra de viejos moldes clásicos, que se sienta y toma la lección.

En vano el rinconcito lírico me grita: pero ese resultado de la maestra clásica ¿qué puede importarte? Lo esencial es el resultado mediato, el lejano, el que no se palpa en la escuela tomando las lecciones sino en la existencia futura cuando estos alumnos sean hombres y estén frente al tribunal de la Vida, enunciadora de problemas cuyas ecuaciones no se despejan con las matemáticas.

Lo esencial, no es que sumen decimales con rapidez, sino que sepan comportarse con altura ante el dolor de los fracasados y los humildes y el martirio de los pordioseros y los huérfanos.

Pero he desoído este razonar empírico de mi corazón alocado, y he pensado seriamente en ahorrar energías físicas, en no prodigarme tanto, en mezquinar mi palabra otrora exuberante de explicaciones, en restar esfuerzos, en ser, en fin, una maestra más, una correcta y cumplidora maestra más en el montón de maestras cuya foja de servicios es intachable.

Para ensayo me propuse desde hoy no prodigarme: En vano varias veces se me iba de los labios la explicación humana de un tema tratado históricamente, de un pasaje literario, de una biografía escueta y solo esas fechas de algún hombre cuyo mérito no radicaba en el número de batallas ganadas sino en su fuerza de voluntad o en la austeridad de sus costumbres.

En vano la modalidad de poner mi palabra a nivel de mi corazón y ofrecerla a mis alumnos me empujaba a hablar: yo habíame propuesto ahorrar palabras, no prodigarme, no prodigarme: ¡y callaba!

Es probable que todos estos chicos que han repetido por su esfuerzo y como loros las lecciones, saben más de esas lecciones que si yo las hubiera explicado alejándome muchas veces del tema, solamente para inquietarlos con algunas de esas preguntas que ni yo misma sabría responder, pero que les darán la noción de la inmensidad de la Naturaleza y de la pequeñez del hombre...

Mas, no estoy conforme de este ensayo. He defendido, como un avaro, el caudal de mis conocimientos, y he tapado con ambas manos el rayito de luz con que pude iluminarles la conciencia. He negado expandirme por el egoísmo de no gastarme, de cuidar mi garganta, de ahorrar todo esfuerzo.

Quiere decir entonces que empiezo a pensar en mí para olvidarnos de los otros, y yo que soy maestra y que me creo maestra de verdad, no tengo derecho a mezquinarme, so pena de secar en mí esta fuente perenne de energía, este altruismo que me hace diferente a los demás, porque crea en mí una fortaleza casi rayana en la heroicidad.

He negado expandirme y este egoísmo es signo de decadencia, pues todo egoísmo implica una inferioridad.

¡No! ¡no quiero envejecer! Si empiezo a cuidarme, a pensar en mí con preferencia a los otros, significa que ya no me siento joven, y me alarmo.

Quiero volver a ser yo, de una pieza, sin temores pueriles, y enseñar a mis alumnos a mirar la Vida de pie y a prodigarse, a prodigarse, ¡que es la única manera de no agotarse jamás!

"Prodigarse", Herminia Brumana, en Obras completas, Edit. Claridad, Buenos Aires, 1958, p. 109-110.

   
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