Norma de vida

Lleva casi 40 años en la docencia, casi siempre en zonas pobres, trabajando por una escuela que combata la exclusión. Desde 1989 es la directora del EMEM Nº 4, frente a la Villa 20 de Lugano, donde ha tenido que afrontar, entre otras consecuencias del desamparo, la muerte de dos estudiantes a manos de la policía. Aquí, la historia de Norma Colombato y su lucha para que los sectores populares "recuperen la palabra".


Norma Colombato tenía 17 años cuando, en los inquietos años 60, decidió partir de su Gualeguaychú natal hacia Buenos Aires para estudiar Matemática. Alumna constante, no tardó demasiado en obtener su título universitario y comenzar "a ganarse la vida como profesora". Luego de estar casi 25 años enseñando algo más que sumas y restas, y casi sin proponérselo -"yo no venía pensando en ser directora de escuela, era una profe de Matemática del montón", dice-, accedió a la dirección de la escuela secundaria que actualmente conduce, ubicada enfrente de la Villa 20 de Lugano, en el sur de la Ciudad de Buenos Aires: "Era diciembre de 1989. En ese momento me ofrecieron la posibilidad de elegir entre dos escuelas pero yo preferí esta, ubicada enfrente de la villa porque sabía que me iba a sentir cómoda".

Esto que ella llama comodidad, que para nada es despreocupación o reposo, se remonta a sus veintipico, época en la que además de estudiar en la Facultad de Ciencias Exactas empezó a trabajar en un programa de cultura popular en la Villa 31 de Retiro: "Allí encontré a mis grandes maestros. Fue muy interesante porque me hicieron a nuevo.Yo era muy joven y creía que lo sabía todo", explica Norma, refiriéndose a su experiencia en la villa del padre Mujica.

Estos son los primeros maestros, pero no los únicos, que Norma recordará a lo largo de la entrevista. Una entrevista en la que la Norma educadora popular, la Norma profesora de Matemática y la Norma directora de la EMEM Nº 4 no serán otra cosa que múltiples facetas de una misma Norma, aquella que encontró en la educación la vía privilegiada para interrogar al mundo con la voluntad de transformarlo.

NORMA, EDUCADORA POPULAR

En 1965, además de cálculos y probabilidades, Norma comenzó a estudiar historia "y todas esas cosas que hacían falta para entender bien qué era eso de recuperar la palabra". Esta idea de "recuperar la palabra" venía de Fortaleza (al nordeste de Brasil), desde donde el joven Paulo Freire, por aquellos mismos años, comenzaba a irradiar hacia diferentes partes del globo su praxis político–pedagógica que tenía como eje la educación como práctica de la libertad.

"En la villa teníamos una casita, cuyo título era ‘Cultura Popular’, y nos llamaban ‘Las Culturas’", dice Norma, y agrega: "Trabajé mucho tiempo con un grupo de muchachos que tenían un club de fútbol y pretendían desarrollarlo como un centro cultural, social y deportivo. Ellos fueron luego la generación que cambió la junta vecinal".


Norma cuenta que en la villa hicieron "de todo": ciclos de cine, alfabetización de adultos, recreación infantil; pero un poco antes del golpe de estado tuvieron que irse: "Nos habíamos propuesto que el día en que los de afuera significáramos particiones entre los de adentro, nos íbamos.Y bueno, cuando comenzó el 75, la cosa se puso muy fea y nos fuimos".

NORMA, PROFESORA DE MATEMÁTICA

Un poco después de haber empezado a trabajar en la villa, Norma se recibió de profesora de Matemática: "A partir del 66 comencé a ganarme la vida como profesora en Avellaneda. Era una escuela de chicas, de población muy humilde. Ahí me hice como profesora, porque una tiene que hacerse: una cosa es lo que leíste y otra cosa es tener a los chicos concretamente. Hay un abismo. En esa escuela, hace ya 22 años, conocí a la primera alumna embarazada. Nadie dudaba de que tenía que dejar la escuela y dejó, pero hoy es maestra y su hija tiene 22 años. Con ella aprendí un montón, vi en la práctica cómo la escuela puede decirle a una alumna 'A vos no te conviene quedarte porque vas a tener una bebita, ¿cómo vas a hacer para venir?'. Se hacen cosas para que los chicos se vayan, sin que se den cuenta de que les están diciendo 'andate' y sin buscarles un lugar".

"Después -continúa Norma- empecé a trabajar en escuelas técnicas de la Ciudad de Buenos Aires. En las técnicas es muy fuerte tu posición de género; porque ahora es otra historia, pero hace 20 años, las escuelas técnicas eran de varones y decían que no podían recibir chicas porque no tenían baños". A partir de otro ejemplo, Norma insiste en mostrar al desnudo algunos de los sutiles mecanismos que tienen las escuelas para dejar afuera a los alumnos: "¿Por qué no puede haber chicas en una escuela que enseña mecánica de automotores? ¿Por qué no puede haber alumnas embarazadas? ¿Por qué no tantas cosas..?". Su última pregunta permanece inconclusa, rebotando. Así habrán quedado, por años, dando vueltas en su cabeza, hasta que algunos "por qué no" empezaron a transformarse en propuestas.


NORMA, DIRECTORA

¿Cómo se aprende a ser directora? ¿De qué están hechos esos aprendizajes? "Aprendí con mucha gente. Mi primera maestra fue la directora de la primaria. Me fue diciendo cosas que todavía hoy repito", expresa Norma.

Se aprende estudiando, discutiendo con compañeros, enfrentando problemas cotidianos. Se aprende copiando a los otros, pero también llevando un cuidadoso registro de todas aquellas cosas que una no quiere ser ni hacer: "En la dictadura, yo trabajaba en una escuela técnica y la directora se especializaba en pelear por tonteras con los chicos. Me acuerdo de que la miraba y decía 'yo, jamás en la vida me voy a pelear con un chico por el largo del pelo'".

Norma discute mucho con sus alumnos, pero por motivos bien distintos: "Me la paso hablando con ellos sobre temas ideológicos. Por ejemplo, cuando un chico se enoja con el Centro de Salud porque tiene que ir a las 6 de la mañana, yo le digo: '¿Con quién te estás peleando?, ¿con el médico, porque está atendiendo desde las 8 de la mañana cada 15 minutos a una persona? Tené cuidado y pensá con quién te vas a pelear'". Y continúa Norma: "Esta es una de las cosas que aprendí en Retiro: salir a buscar a los que están en tu mismo camino".

"Yo venía del centro de cultura popular con esa formación que hace que una abra para afuera", dice Norma, y a partir de ahí relata cómo fue que estudiantes de Psicología y del profesorado de Ciencias Jurídicas comenzaron a realizar prácticas en la escuela, así como el surgimiento de la experiencia que están realizando alumnos de la Carrera de Ciencias de la Comunicación: "Este grupo de chicos estaba haciendo un taller cuando lo mataron a Ezequiel (Demonty), entonces nos propusieron realizar una jornada, que seguimos haciendo todos los años, que se llama 'Juntos por la vida'. El diario mural 'Puente Informativo' también lo propusieron ellos el año pasado".

Dos jóvenes que ocuparon durante varias semanas los titulares de los diarios, Ezequiel Demonty -el chico arrojado al Riachuelo por efectivos policiales en septiembre de 2002- y Camila Arjona -la joven de 14 años, embarazada, que murió en 2005 por una bala que salió del cargador de un policía- iban a la EMEM 4. La muerte precoz, las injusticias, la sensación de desamparo respecto de las instituciones que deberían proteger, y mucho dolor son, en esta escuela, parte del día a día. ¿Qué puede hacer la institución escolar ante esto? "Cuando comenzaron estas cosas horribles, los pasantes de Psicología me enseñaron mucho, me dijeron que había que hacer un espacio para el dolor", recuerda Norma. La escuela de Lugano, al mismo tiempo que trata de ofrecer algún alivio y contención ante las muertes, las interroga con mucha bronca, ofreciendo además otros nombres para hablar de ellas: "En 1998 mataron a un chico y escribimos una carta donde contábamos quién era Raúl para nosotros: era un estudiante que trabajaba. Después llegaron comentarios de lo que el volante había significado. Nos decían: "Es la primera vez que cuando alguien muere se menciona que era un trabajador y un estudiante".

PUENTES

La escuela está unida y a la vez separada de la villa por tres puentes. Tanto lo que pasa por estos puentes, como aquello que esta palabra evoca, están presentes en la escuela desde el inicio. Cuenta Norma que, en 1994, la primera promoción de egresados realizó una investigación sobre las causas de deserción escolar: "Estos chicos sabían que habían empezado el camino hacia la escuela. Al principio cruzaban con la carpetita, y los otros pibes les decían '¿qué hacés, adónde vas?'. El preceptor, un vecino de la villa egresado del Lola Mora, me dijo una vez: 'Usted no sabe, Norma, lo que cuesta cruzar este puente para venir a la escuela'".

Puentes hechos de palabras transitan sobre los de cemento para que esta escuela, en el imaginario del barrio, tenga peso. Norma no niega que esto sea dificultoso: "A veces, alguna mamá o algún papá me dice 'Usted lo que tiene que hacer...', y yo le contesto: 'Yo no le dejé el cargo de directora. Conversemos de igual a igual, pero usted no me puede decir lo que tengo que hacer, porque yo no le voy a decir a usted lo que tiene que hacer; además, no me lo permita".

¿Y cómo se hace, Norma, para conversar de igual a igual, pero cada uno conservando su lugar? "Yo creo que una tiene que tener la convicción absoluta de que lo que viene del otro es digno de ser escuchado", reflexiona.

Aunque Norma no lo destaque todo el tiempo, siguen retumbando en Lugano los ecos freireanos de Retiro, aquellos que dicen que el sentido de la educación de los sectores populares pasa por "recuperar la palabra": "Nosotros seguimos pensando que a los chicos les falta apropiarse de su palabra. Y el arte es el camino para que se puedan ver a sí mismos y expresar aquello que no pueden poner en palabras. Hace unos años, en un taller que se llamaba 'Expresarte', un alumno le dijo a la profesora: 'A mí nadie me había dicho que yo me podía expresar', y la primera obra que hizo, con un crayón negro, fueron rayas y rayas, toda la hoja negra. Después pudo hacer otras cosas, pero lo primero fue eso".

Pero Norma reconoce que la tarea en el aula es muy ardua. "La reflexión con los chicos es muy interesante, pero cuando llega el momento de escribir, les cuesta. Una cosa es lo que vos recogés en una conversación y otra el conocimiento que los chicos van adquiriendo.Y cuando ingresan a los terciarios es difícil que puedan sentarse a estudiar tantas horas".

Las ganas de acompañar más de cerca a los egresados en sus estudios terciarios -"los chicos vienen a la escuela a pedir ayuda, pero tenemos solo 5 minutos para ellos", cuenta- hacen que Norma no vea como un "cambio traumático" su vida a partir del año que viene, ya jubilada y alejada del despacho de la dirección: "Me gustaría ver un poco más qué pasa en el mundo de los terciarios", comenta con expectativas. Cuesta imaginarla todavía abandonando el barrio, la escuela, los chicos, y esa suerte de comodidad que supo construir en casi 40 años dedicados a la educación.

Ana Abramowski

   
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