Nada que decir (con palabras)

Actor, mimo y director
de una escuela de circo, Gerardo Hochman ha renunciado voluntariamente al texto, en sus emprendimientos artísticos. Aquí habla del sutil lenguaje corporal,
de su importancia en la educación escolar y de
las diferencias cruciales entre un cuerpo mecanizado y uno inteligente y sensible.

Gerardo Hochman -actor, mimo y director de la escuela de circo La Arena- hizo arte callejero en los años 80, con el mismo espíritu que aplica en la actualidad: el trabajo en equipo, la autogestión, la producción independiente, la libertad creativa y la ausencia de texto teatral. Llegó a la acrobacia con la intención de encontrar más recursos para plantarse en el escenario y, poco después, descubrió que no se trataba de una simple disciplina de entrenamiento sino de un lenguaje, de su lenguaje: "Es como un abecedario; descubrí que así podía armar mejor mis oraciones, comunicarme mejor que con la palabra, donde me sentía más torpe". Así construyó su propia "escritura": espectáculos como Gala, Bellas Artes, Vibra, Ronda y Fulanos, que resignifican el concepto tradicional del circo, una disciplina que Gerardo conoció cuando era chico y su padre -socialista él- lo llevaba a las funciones del circo de Moscú, de gira por Buenos Aires. En esta entrevista, Hochman no habla casi de la educación formal, un ámbito que ya no frecuenta; sin embargo, muchas de sus definiciones artísticas permiten ayudar a repensar la experiencia escolar.

-¿Qué se puede expresar con el lenguaje corporal?

-El cuerpo es un buen canal para expresar emociones, estados de ánimo y situaciones. A través de relaciones físicas que establecen los cuerpos, se pueden contar relaciones humanas. El cuerpo es un buen vehículo para expresar estas cosas; para explicar otras, quizás haya vehículos mejores: la palabra, por ejemplo. Es como si nosotros trabajáramos con el hemisferio derecho del cerebro, que es el más intuitivo, el más sensible.

-¿Qué ventajas y qué limitaciones tiene la expresión del cuerpo en relación con la palabra?

-Y... yo nunca haría un Shakespeare con el cuerpo, porque Shakespeare fue escrito para ser dicho. El cuerpo, sobre todo usado como se usa en el circo, es muy limitado en algunos aspectos. En cambio, hay cosas que es mejor decirlas con el cuerpo, porque es como mejor van a llegar a los lugares donde queremos ir, como la emoción. Pero el cuerpo resulta malo para contar historias, porque cuando necesita apoyarse en la literatura o en otro lenguaje, ya no es tan rico.

-¿Sentiste alguna vez esas limitaciones?

-Sí, algunas veces sentí limitaciones para contar cosas y cuando fue así, aunque no me lo propuse a conciencia, recurrí a la palabra. En mi espectáculo Bellas Artes había una guía que iba hilvanando ideas cuando hablaba, y en Fulanos hay una voz en off. Es una yuxtaposición de lenguajes.

-¿Qué hay que saber para poder leer los signos del cuerpo?

-El lenguaje del cuerpo es complejo, sus signos son infinitos... Hay que mirar la relación del cuerpo con el espacio, cómo se ubica ese cuerpo en el espacio, cómo lo usa, las calidades de los movimientos, la tensión que tiene el cuerpo, las velocidades... todo eso da la pauta de lo que se está expresando.

-¿Se puede formar ese lector, ese espectador?

-Pienso que sí, que es posible formar un espectador, pero lleva tiempo, hay que estudiar o hay que desarrollar una sensibilidad; hay que ser habitué, aunque, en realidad, uno puede ser muy habitué y tampoco terminar de entenderlo.

-¿Temés que tus trabajos puedan no ser comprendidos por desconocimiento del lenguaje?


-Creo que lo que hago es bastante popular, en el sentido de que, para disfrutarlo o para digerirlo, no hace falta ninguna formación intelectual previa, y creo que es también bastante universal en el sentido de que cualquier cultura puede decodificarlo. Y también cualquier edad. No es que haya que tener determinado bagaje cultural para saborearlo. Es una cuestión de sensibilidad...

-¿Tenés en mente un espectador, un lector, tipo?

-A decir verdad, yo no pienso mucho en el espectador, más bien me conecto con lo que tengo ganas de decir y de hacer: con alguna imagen, una atmósfera, alguna relación que tengo ganas de contar... Pero las veces en que me imagino un espectador, lo creo un espectador inteligente, que puede captar esas ideas... No me gusta darle todo servido, ni explicitado, ni obvio; me gustan las cosas metafóricas, abiertas, con más de un nivel de lectura.

-¿Y esa inteligencia sí tiene alguna relación con la edad?

-Cuando apunto a esa parte sensible, emotiva e inteligente, se me hacen iguales chicos que grandes. Tampoco es que pienso espectáculos especiales para chicos, con temas que ellos puedan entender o digerir, como se dice habitualmente. Apunto al lugar de la emoción, la diversión, la sorpresa, y eso no tiene edades.

-¿Espectáculos como Bellas Artes, por ejemplo, tenían alguna intención didáctica?

-No, eso fue fruto de la conexión con un mundo que a mí mismo me emociona, como es el de las artes plásticas, y con ciertas obras que mí me gustan... Creo, sí, que resultó didáctico pero eso no estaba en mi intención. El tratamiento no era didáctico; a nadie le decíamos: "Mirá el azul en Picasso...". Casi nunca tengo intención didáctica. Si lo didáctico aparece, viene después y por un lado inesperado, de otro modo resultaría contraproducente. Una cuestión es que un espectáculo te estimule o te despierte cosas desde un lado tangencial, y otra es decir: "Mirá acá, porque esto es lo que ahora vos tenés que captar, estás en el momento justo para captar esto...". ¿Quién puede decir eso? Las fichas caen cuando caen, son procesos personales.

-¿Cómo se trabaja con el cuerpo en la escuela, que es una institución apoyada en la palabra?

-Podría encararse una disciplina corporal como parte de la currícula. Habría que ver cómo se integra y se fusiona con toda la otra información que da la escuela, porque no las siento antagónicas, sino complementarias. Incluso porque nosotros, a pesar de que trabajamos con todo lo sensible, nos movemos con construcciones muy matemáticas como la construcción coreográfica, y el uso rítmico de la música que tiene mucho de cuenta, de precisión, de rigor. Aunque por supuesto no es solo matemática, lo que buscamos es transmitir un equilibrio entre el cuerpo y la mente. No se trata de la repetición física de algo, buscamos que sea un cuerpo inteligente también. Un cuerpo que puede recurrir a movimientos cuando se lo propone, no por mecanización, sino por imagen, por incorporación de sentido. Justamente lo interesante es la combinación de esas dos cosas: lo expresivo con lo riguroso, por eso creo que podría integrarse a una escuela.

-¿Cómo recordás tu propia experiencia educativa, en este sentido?

-No la recuerdo contrapuesta con lo que estoy contando, pero tampoco especialmente estimulada. Yo hice la primaria en la Rubén Darío -escuela Nº 1, distrito escolar 14-, un colegio público del barrio de Chacarita. Iba caminando desde mi casa, que estaba en Juan B. Justo y Honorio Pueyrredón, porque parece que en esa época era una escuela modelo, aunque no sé muy bien qué significaba que fuera modelo, si era por el edificio, o por los programas, o por el director, pero parece que por algo se destacaba. La secundaria la hice en el Nacional 17, de Rivadavia y Acoyte. Me acuerdo de la educación física de la escuela primaria, que era una formación deportiva, o predeportiva.Yo creo que, en el punto en que era juego, se ligaba con lo que estamos hablando; en el punto en que era solo preparación física, repetición y mecanización de movimientos, se tocaba menos. Pero no era mucho más que lo físico; lo otro, recuerdo haberlo encontrado en el club, el Scholem Aleijem, con cosas que se despertaron allí.

-¿Qué hacías en el club?

-Por un lado, deporte. Jugaba al vóley profesionalmente, estuve federado... Y ese entrenamiento se me hizo carne: la disciplina, el sistema, el juego en equipo, la relación con esa autoridad que es el entrenador; el hecho de que el deporte es un espectáculo, con reglas pero también con improvisación... Todo eso lo reconozco incluso hoy en mi tarea, yo no hice un corte entre lo deportivo y lo artístico. Pero en el club tuve también la posibilidad de tomar clases de teatro, y otros talleres que antes no había en la escuela. Ahí algo se despertó.


- Las clases de gimnasia de la escuela -los abdominales, el Test de Cooper*- son una especie de karma para los que no tienen facilidad para la actividad física.

-Pero hay que hacer el Test de Cooper...

-¿Para qué?

-Y... es poner el cuerpo en movimiento de determinada manera, es un aspecto.Y el que lo sufre, bueno. Es como aquel al que no le gusta la historia. También podríamos tener una disciplina no formal y que a alguien no le gustara. No es una ley el hecho de que lo no formal sea disfrutable por todo el mundo y lo formal, no... Claro que la diferencia es que lo no formal, uno lo elige. Porque si yo voy a enseñar acrobacia al colegio, me voy a encontrar con un montón de pibes y pibas a quienes les encanta, y con otros que no quieren doblarse o a quienes les duelen las manos... Y está bien, no todo el mundo tiene que poseer el espíritu necesario para la acrobacia. Es decir: a mí me parece bien la educación física, aunque no con los rasgos militares que por ahí arrastró, porque inicialmente el Instituto de Educación Física era llevado adelante por la instrucción militar. Pero eso creo que cambió mucho. Uno de los profesores de acá da la materia Circo en un Instituto de Educación Física así que, aunque a mí no me interesan los reconocimientos oficiales, es evidente que se ganó un lugar interesante. Es probable que sea porque se mete con temas que no trabaja el handball, por ejemplo, por eso vale la pena incluirlo. Te hace pasar por algunas vivencias o experiencias que no se trabajan en otras áreas de la educación física.

-Todo depende también de cómo esté dada la clase de gimnasia...

-Por supuesto, y en el circo pasa igual. El circo como disciplina también tiene antecedentes de formas muy repetitivas, castigadoras, malas para el cuerpo... El circo también depende de cómo se lo haga. No es el circo contra todo lo demás; se trata de una versión de hacer las cosas, contra otra versión de hacer las cosas.

-Te referís al circo más tradicional, heredado de padres a hijos...

-A ese circo: la familia, el carromato, los animales, la carpa, el saber que se pasa de generación en generación... Pero también pienso en la gimnasia deportiva, de competición. Nosotros en cambio tenemos una filosofía particular, trabajamos respetando el diseño de cada cuerpo, tratando de encontrar la energía justa para accionar, sin empujar ni trabajar la disociación de tensiones, todo con conciencia de lo que se está haciendo... También se podría enseñar de una manera mecánica. Pero también se podría enseñar a jugar al fútbol así. Nosotros tenemos la imagen del alumno como la de un ovillo, y lo único que el profesor tiene que hacer es desenrollarlo. Pensamos que tanto los chicos que vienen a la escuela como los grandes tienen adentro ya lo que nosotros queremos, nuestra tarea es desmalezarlo, tirar de una punta. El alumno no es un vaso a llenar, sino un ovillo a desenrollar, algo a desplegar.

Judith Gociol


   
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