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Del lado de los malos
María Alicia Demársico*
El calor sofocante de la noche de enero no
me impedía sacarles chispas a las estrellas
del horizonte, de tanto mirarlas fijo para
avizorar la llegada de los Reyes Magos. Bocanadas
de aire caliente se movían como fantasmas pero
yo no cejaba en mi tozudez por ver aparecer a esos
misteriosos viajeros.
Mi padre me había llamado la atención varias veces
para que fuera a acostarme, pero yo insistía en
quedarme levantado, aun a riesgo de que algún rebencazo
me cayera por la espalda.
-Cómo se nota que no tenés que levantarte a la
madrugada para ir a trabajar -me había gritado él,
desde su jergón echado sobre el piso de tierra mal
barrida.
Cuando escuché sus ronquidos desacompasados,
me animé a colocar al lado de la puerta de entrada
el único tazón sano que nos quedaba en la alacena;
y con un poco de tierra colorada disuelta en
un agua que se empecinaba en no estar limpia, inventé
un chocolate para convidar a los sedientos
reyes.
Sabía que algunos de mis compañeros de la escuela
habían escrito cartas pidiéndoles regalos, y
que el seis de enero, al levantarse, los habían encontrado
junto a sus zapatos. Yo les había escrito
en la única hoja limpia que me quedaba del cuaderno
de clases, tratando de hacer una letra pareja
para que pudieran comprenderla, pero, por lo
visto, no la habían entendido porque al día siguiente,
mis alpargatas de lona aparecieron vacías. Mis
diez años me decían que no tenía que llorar; en
silencio dejé escapar algunos sollozos que más se
parecieron al silbido de una víbora que a un llanto
humano. Me repetí entonces que la maestra tendría
razón al darme punterazos sobre la cabeza y
gritarme que era un burro porque tenía mala letra
y hacía manchones sobre mis papeles.
Esa tarde no salí a jugar al campito. Tomé el atajo
que llevaba a la estación de trenes para no pasar
entre mis amigos que estaban estrenando botines
nuevos y juguetes. Al llegar a la vieja oficina
de madera arranqué una de las hojas del libro en
las que se anotaba el horario de los convoyes, y me
largué a correr con ese tesoro escondido adentro
de una media. Como acababa de llegar un tren procedente
del norte, en el revuelo de transeúntes el
guarda -es decir, mi padre- no había notado el
hurto. Al llegar a la calle principal decidí que para
disimular tenía que caminar por la calzada empedrada
como si nada me estuviera sucediendo,
sin embargo la media en la que escondía la página
en blanco me pesaba tanto que me hacía renguear.
Por eso me senté en el cordón de la vereda
del boliche y la doblé con cuidado para meterla
en mi bolsillo. A lo lejos se oían los sones de una
batucada. Los muchachos del pueblo estaban preparándose
para las comparsas de carnaval mientras
yo aún esperaba a los reyes magos. De haber
sido más intuitivo, ya en ese entonces, hubiera vislumbrado que en mi vida iba a estar todo siempre
fuera de momento.
Empecé a abanicarme con una rama de fresno
que alguien había desgajado y tirado al suelo, mientras
mi imaginación redactaba diferentes modos
de pedirles a los reyes algunos juguetes.Yo estaba
cansado de los autos sin rueditas que me mandaba
el hijo de los patrones de mi tía y que eran el
hazmerreír de mis compañeros. Ya bastante que
llevaba toda la ropa que él dejaba, incluso aquella
que me quedaba grande.
Una mano anónima me tocó la cabeza y me colocó
unas monedas adentro del bolsillo que ocultaba
la página blanca. Un súbito terror de ser descubierto
me llevó por instinto a pegar un grito y
a tirar las monedas contra el piso.
-Así agradecés. -me recriminó una señora de
pelo colorado que siguió su camino taconeando
sobre la acera. Ante el llamativo mover de sus caderas
la observé irse y pude comprobar que no era
del pueblo. A nadie se le hubiera ocurrido llevar
medias negras de nylon en una siesta de verano.
Supuse que la mujer habría bajado del tren.
Con las monedas en la mano corrí hasta el almacén
de ramos generales. La cortina metálica aún
estaba baja. Si el gaucho Amancio, el almacenero,
había tomado mucho vino en el almuerzo prolongaría
la siesta hasta casi la caída de la tarde. ¿Cómo
compraría entonces la tinta para escribirles a
los reyes? Mis pasos me llevaron de regreso hasta
la puerta del boliche; gruesas risotadas y gritos salían
de ahí adentro. Algunos parroquianos jugaban
al truco mientras otros bebían en silencio. El
viejo que solía pedir limosna los domingos en la
puerta de la iglesia hacía un tenue equilibrio sobre
su bicicleta sosteniéndose de tanto en tanto
contra la pared que anunciaba -en un cartel oxidado
apenas legible- que allí se vendía Bidú. El
calor y el alcohol lo habían adormecido.
Titubeé un poco entre entrar o no al salón hasta
que por fin me decidí; caminé trémulo entre las
mesas aspirando el tabaco y la humedad del ambiente.
Al pasar me miré en un espejo manchado
que me devolvió, en la tosquedad de su azogue,
una figura que ya no reconocía. Se me había hecho
más angulosa la cara y un incipiente bozo la
manchaba debajo de la nariz. Por reflejo me miré
las piernas flacas y peludas como piolín ordinario.
A mi alrededor se hizo un silencio que de a poco
se convirtió en un murmullo, mientras yo me dirigía al mostrador con la idea de pedirle a Don
Pascual, el bolichero, que me prestara su lapicera fuente para escribirles a los reyes.Ya me estaba haciendo
hombre, por qué no iba a poder entrar al boliche. ¿Qué susurraban esos tipos que de pronto
abandonaban sus partidas de naipes para observarme?
Alcé la vista entre asustado y desafiante. De pronto
cayó sobre mí la imagen de mi madre, arrugada
y enturbiada por la distancia. Ella le cebaba
amargos a papá en las tardes de verano.Yo jugaba
con la tierra, con los palos y piedras que encontraba
por el piso mientras ellos conversaban, reían
o escuchaban chamamé por la radio. En aquel tiempo
no me importaba que los Reyes Magos no vinieran,
porque mi vida se encaramaba a los troncos
más altos de los árboles para florecer salvaje y bellamente
como las orquídeas en el monte.
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Al verme, papá empujó a la mujer de medias negras
contra el mostrador, al tiempo que la imagen
de mi infancia se esfumaba. Volví a sentir la violencia
que me había llevado, una hora antes, a estrellar
en el piso las monedas de la pelirroja. Papá
no me preguntó qué había ido a hacer al
boliche, me mostró la empuñadura de su rebenque
y yo, que ya conocía bien ese lenguaje, le expliqué
que sólo buscaba una lapicera prestada para
escribirles a los reyes. Los parroquianos
siguieron sus partidas. Don Pascual puso su pluma
en mi mano. Las carcajadas de la señora de
medias negras rasgaron el aire sucio por el humo
de cigarros.
Hubiera querido subirme al eucaliptus más alto
para colocar allí mi carta porque ya se acercaba el
carnaval y los reyes no venían por ella. De día la
dejaba sobre una mesa y por la noche, cuando mi
padre regresaba, la escondía para que no supiera
con qué clase de hoja había sido escrita.
Una mañana de las que ya comienzan a amanecer
frescas porque se está alejando el verano, busqué
mi carta debajo del asiento de la silla de paja
donde la había ocultado antes de irme a dormir.
Di vuelta la silla, escudriñé entre la paja para comprobar
que no estaba enganchada allí, revisé con
detenimiento toda la habitación temiendo haberme
confundido de escondite, pero nada. La nota había desaparecido. Un sapukay estentóreo se escapó
de mi garganta y me fui corriendo sobre el
sendero de tierra colorada imaginando que al día
siguiente dentro de mis alpargatas, cada vez más
raídas por el uso, aparecerían los soldaditos y las
bolillas de vidrio. Mis pasos me llevaron a la estación
de trenes por el impulso que me daba la alegría.
Mientras iba arrojando guijarros contra los
árboles, me preguntaba si debía compartir con mi
padre la noticia.
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A través de una ventana con el cristal roto distinguí
su silueta. Escribía en su libro sólo levantando
la vista para mojar la pluma en el tintero.
Su perfil se recortaba nítido en el resplandor de
la mañana. Ahora que soy más grande de lo que
habrá sido él en ese entonces, comprendo que era
casi un muchacho ese hombre al que yo veía tan
duro y lejano. De pronto sacó un pañuelo del bolsillo
y se sopló la nariz, después de enjugarse los
ojos. Antes de que me descubriera, me fui.
El resto del día transcurrió dentro de un aluvión
de curiosidad y de ilusiones. Decidí lavar las ollas
de la cocina para matar el tiempo que llevaba hasta
la noche, estaban ennegrecidas por el hollín. Papá
me había pedido muchas veces que las puliera
pero el pájaro inquieto de la infancia nunca me
dejaba, siempre tenía que volar hacia algún juego.
Saqué las ollas del ropero de tablas mal lijadas y,
dentro de la sartén que se hallaba en el ángulo
más difícil de alcanzar, la encontré. Enseguida me
di cuenta, era mi carta. Me senté sobre el catre con
la cabeza entre las manos.
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Ya no vendrían.
Dejando las ollas tiradas por el piso, salí con mi
gomera. En el camino hasta los albores del monte
me fui llenando los bolsillos con guijarros que
no dudaría en descargar sobre el lomo de los perros
vagabundos que me salían al encuentro. Les
disparé a cardenales y benteveos. La noche me alcanzó
más rápido de lo que yo esperaba. Desandé
el camino casi a tientas, observado por ojos brillantes
que desde la espesura me interrogaban acerca
de por qué me había pasado al bando de los
malos. A lo lejos, surgió la luz de nuestro rancho.
Me acerqué en silencio, preparado para esquivar
algún cintarazo de mi padre. Él me esperaba sentado
en la silla de paja con su mate de calabaza en
la mano; para mi sorpresa había levantado del suelo
el desbande de cacerolas. Papá me sonrió y me
enseñó con la cabeza una nota que había hallado
al llegar a la casa, allí sobre la mesa. En papel del
ferrocarril y con tinta oscura, los reyes de letra caligráfica
me pedían disculpas por la demora prometiéndome
que, apenas juntaran unas monedas,
me las darían para comprar algunas bolillas de vidrio
en el almacén de Don Amancio.
Papá esperaba mi alegría y tuve que simularla para
no decepcionarlo. Cómo iba a decirle que en
los reyes magos, no creía más.
* María Alicia Demársico nació en 1960. Se desempeña como profesora
de Castellano, Literatura y Latín en el Instituto María Auxiliadora
de Curuzú Cuatiá, Corrientes. Publicó dos nouvelles para chicos: El
extraño enigma de Aristarco (2001) y El regreso de Aristarco (2004).
Su cuento Del lado de los malos está basado en hechos reales.
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