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Canciones que preguntan
Judith Gociol
Para esta cantante y docente de filosofía, no hay
grandes diferencias entre una baguala y un libro
de metafísica: ¨todos son textos que permiten
interrogarnos acerca de un legado cultural y a los
que hay que hacer estallar¨. Pero es necesario,
según ella, entender la lectura como un largo y a
veces doloroso aprendizaje.
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Liliana Herrero -nacida en
Entre Ríos, criada en Rosario
y radicada en Buenos
Aires- es música y licenciada en
filosofía, y quizás sea ese ensamble
el que les da a las palabras que
pronuncia una doble dimensión,
a la vez poética y social. Es preciso
seguir su charla con la misma
tensión que a ella le gusta generar
mientras canta o da clases en
la universidad. La búsqueda -según
dice- es la misma en las dos situaciones: hacer
estallar la polisemia hasta lograr que se hable
del mundo contemporáneo.
-¿Qué resonancias tiene en vos la palabra maestro?
-Pienso en alguien que pueda decir palabras interesantes,
que me enseñe sin planteárselo,
que sin intención didáctica me haga pensar
las cosas de otra manera. Para mí, (Gustavo)
Cuchi Leguizamón es un maestro y no porque
se haya puesto a enseñarme algo. Pero entre
las empanadas que nos comimos, los vinos y
los cafés que nos tomamos, he aprendido mucho.
Que un texto puede ser repensado en este
mundo contemporáneo, me lo enseñó el Cuchi
sin decírmelo nunca. Además, para mí era
ya un maestro antes de conocerlo personalmente.
Había inventado el dúo salteño, que es
una novedad absoluta en términos armónicos.
Desde entonces no se puede cantar como si
eso no hubiera existido, como si Atahualpa Yupanqui
no hubiera existido, como si Dino Saluzzi
no existiera. Es decir, no es que no se
puede; no se debe.
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-¿Qué lugar ocupa la escuela en la formación?
-La escuela es muy importante. Pero nunca es la
escuela sola. Con la escuela solamente no alcanza.
Hay que recibir estímulos simultáneos,
de distintas procedencias. Tengo buenos recuerdos
de mi experiencia con las profesoras
de música de la primaria y también de la secundaria.
Eran profesoras muy abiertas, que
no estaban pendientes de la afinación, de definir
si ponían o no a alguien en el coro. Yo
siempre fui afinada, pero nunca tuvieron hacia
mí una actitud de privilegio y eso me gustó,
porque ellas comprendían que las multitudes
afinan, siempre cantan afinado. Por eso me
gustaría que la educación institucional se encontrara
inscripta en marcos de libertad y no que sólo de vez en cuando apareciera algún
profesor así.
-¿Por qué las multitudes siempre suenan afinadas?
-No sé por qué, pero es así. El himno nacional
nunca suena desafinado. Será porque todas las
voces se confunden en una sola y aparece la
nota que tiene que ser.
-¿Cómo te parás vos frente a una clase?
-En la universidad, trato de desdibujar la idea de
enseñanza. Cuando uno comprende que enseñar
es aprender, entonces el eje se coloca en
otro lado: el docente ya no tiene la obligación
de ser un genio, ni los alumnos de volverse
eruditos.Yo creo que hay que hacer el esfuerzo
de evitar la relación de poder. Si por mí fuera,
les daría a los estudiantes el título de entrada
y luego les diría: "Bueno, ahora vengan
conmigo a leer". Lo que pasa es que yo no soy
buena para las instituciones, me atan, no me
dejan pensar, me angustian. La angustia, producto
del apasionamiento que siento durante
la clase, me gusta. Es justamente lo que me impulsa
a cantar y a pensar. En cambio, la angustia
de los alumnos frente a los exámenes, me
paraliza.
-¿Cómo se desdibuja la idea de la enseñanza?
-Yo no tengo fórmulas, sino lecturas que me emocionan
e intento transmitir. Se trata de dar algunas
indicaciones en relación a qué hacer con
ciertos textos. Un estudiante de una carrera humanística
equivale a unos cuarenta libros leídos;
después de recibido debe empezar a leer
en serio. Porque sumergirse en un texto es doloroso,
no es fácil; leer es un largo aprendizaje,
cotidiano, lento. A veces un texto se entiende
y a veces no, y hay que saber que es así
porque el mundo es una trama compleja, de la
que no se comprende todo. La cultura de los
pueblos son libros que pueden estar escritos
o no: cuerpos de textos en los que hay que encontrar
qué sentido tienen en la actualidad.
Los textos nunca se ponen viejos, siempre nos
están esperando, siempre pueden hacer algo
con la complejidad de nuestro presente. Por
eso hay que preguntarse qué nos dice un texto
antiguo, pero también qué nos dicen Leo
Masliah, Fito Páez, Charly García... La famosa
asepsia del docente no existe. Yo elijo ver en
qué textos se puede encontrar algo nuevo. En
ese gran monólogo que se establece en una clase,
lo que trato de enseñar es menos el texto
que les leo y más la pregunta sobre lo que significa
aprender, enseñar, leer... En síntesis: yo
me paro frente a una clase del mismo modo
que sobre el escenario: a ambos públicos trato
de transmitirles lo que me pasa a mí con un
texto.Y también trato de desviar, en los dos casos,
la fuerte voluntad de reduccionismo que
tenemos para explicar las cosas a partir de una
sola causa. Por eso me gusta mucho la idea de
tensión, de choque...
-¿Qué es un texto?
-Un texto es un universo de sentido, es el material
con el que contamos para preguntarnos
por lo que somos.Y en esto no hay diferencias
de formato. Textos son tanto el Plan de Operaciones
de Mariano Moreno, una canción de
Atahualpa, Operación Masacre de Rodolfo Walsh
o un verso anónimo. Si canto "yo estoy nomás,
me va tapando los ojos, la eternidad", eso es
filosofía pura, en forma de baguala. Cualquiera
de estos textos lo que permite es la posibilidad
de interrogarnos acerca de un legado cultural.
Y con esa interrogación yo me paro, tanto
frente a una canción como a un ensayo. A ambos
quiero hacerlos estallar. Porque si la filosofía
es un modo de armar y rearmar un lenguaje,
de poner los lenguajes antiguos en
choque con los contemporáneos, entonces es lo
mismo que la música: son preguntas siempre
abiertas. El Cuchi Leguizamón, y muchos otros
músicos y poetas de esa generación, tenían una
idea panteísta del mundo, creían que los ritmos
básicos de la música estaban en la naturaleza.
-¿Y el público lo comprende así?
-Y... a veces sí y a veces no. Hay veces en que, en
medio de una emocionada clase, un alumno levanta
la mano y pregunta cuándo es el parcial.
O en la mitad de un recital alguien me grita
que cante una chacarera.
-Alguna vez dijiste que los sonidos tienen texturas...
-El pasado tiene sonidos, tiene la textura de recuerdos,
añoranzas, pérdidas irremediables, viejas
memorias... Creo que en las texturas musicales
está la infancia, la mujer en la canoa, el
arroyo, el olor del campo, la plaza, los novios...
Ahí hay un mundo y una vida. Pero eso es una
búsqueda inacabable. Siempre he pensado que
los recuerdos suenan. La textura organiza la
música porque trae al recuerdo misterio y cosas
inexplicables. Yo, que soy entrerriana, tengo
el sonido del agua, me quedé entre los ríos
buscando esos sonidos. Entre otros poetas, me
encontré con Carlos Mastronardi: "Un fresco
abrazo de agua la nombra para siempre".Y también
con la literatura de Juan L. Ortiz, ese poeta
que desentrañó el enigma del río. Pero la búsqueda
sigue, aparece y desaparece, y es una
búsqueda desesperada. Porque la voz tiene su
raíz y tiene un territorio, pensado como un espacio
de combate y de lucha, y como la memoria
de esos combates. No por nada Atahualpa,
que se llamaba Héctor Roberto Chavero, tomó
una voz aimará para nombrarse, tomó un hilo
de la historia que le interesaba pensar. Finalmente
todo se reduce a la cuestión de las voces,
la voz es una enorme metáfora cultural de
este país. Se dice "voz de locutor", "los que no
tienen voz", "la voz del pueblo".
-¿Cómo recuperás el sonido del agua en la ciudad?
-En la ciudad llevo esos sonidos con sufrimiento.
No me gustan las ciudades. Pienso el sonido
del agua con añoranza. Es como dijo Borges
sobre el libro de Mastronardi: Luz de provincia
habla menos de Entre Ríos que de la nostalgia
sobre Entre Ríos.
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