Hermenegildo Sábat

Un periodista que dibuja
Judith Gociol


Por trayectoria y talento, Hermenegildo Sábat -artista plástico o "periodista que dibuja", como le gusta definirse- se ha ganado el título de maestro. Sin embargo, desconfía de los rigores de la docencia cuando se trata de expresiones artísticas. Para él, enseñar es ayudar a desarrollar la paciencia.

"Todos nacemos artistas; después nos enseñan", dice el dibujante Hermenegildo Sábat y se ríe, aunque habla en serio. Está sentado en una de las enormes mesas de trabajo que utilizan alumnas y alumnos de su taller. El espacio es alargado, luminoso, y una de las paredes está tapizada con imágenes: Armstrong, Borges, Cortázar, Fontanarrosa, Quino, Serrat, Pugliese, un refrán escrito a mano, titulares en letras catástrofe recortados de los diarios y algunos trabajos suyos, que no son muchos ni son todos. Menchi -como lo bautizaron de pequeño sus hermanos- se define a sí mismo como un "periodista que dibuja" y es, además del histórico caricaturista del diario Clarín, pintor, fotógrafo, poeta y aficionado al clarinete. "No puedo trabajar con las paredes vacías", puntualiza. La lección de este maestro está, entonces, en exhibición: una formación que se nutre de fuentes diversas.

-¿Qué significa eso de "después nos enseñan"?

-Lo que pasa es que no se trata de dotes sino de que las criaturas, básicamente incontaminadas, se expresan; y cuando lo hacen son sorprendentes. Ya lo dijo Picasso cuando tenía 90 años: "A mí me gustaría dibujar como un niño". El punto es que después, tanto en la escuela primaria como en la secundaria, comienza cierto tipo de rigores, debería más bien decir rigurosidades: "Tenés que hacer este cilindro"; "Tenés que hacer esta cafetera..." Y aparte, aparece la idea de que hay un tiempo fijo para terminar eso y que si uno no lo cumple, lo bochan. Acomodar prismas y esas cosas no te enseña a expresarte. Yo creo que ese tipo de labor que se impone con las criaturas es lo que hace que después no quieran saber nada más con el dibujo y la pintura.

-¿Y qué se puede enseñar?

-Enseñar, en arte, se pueden enseñar muy pocas cosas. Porque se pueden aprender muy pocas cosas. La mayor parte de este proceso tiene que ver con correcciones de información: mostrar cómo tomar el lápiz, las posibilidades que dan los materiales, su reconocimiento... Hay que dar esa información para que la gente esté tranquila a la hora de resolver ciertos aspectos.

-¿Está en contra de la academia?

-No, en contra de la academia, no; porque hay cosas que pueden servir. Más bien estoy en contra de ciertas cosas que sí han hecho ciertas academias. Creo que la vida no está hecha con conos, con prismas y con pirámides; pero para un profesor son muy cómodos para enseñar, porque tiene siempre los mismos conos y las mismas pirámides, de modo que no genera ninguna dificultad.

-¿Qué enseña usted en su taller?

-La gente quiere respeto y también quiere expresarse. Pero el camino no es venir al taller y pensar que en tres años van a exponer y en cinco van a recibir un premio. Siempre les digo a quienes vienen: "Las mejores cosas no las van a hacer acá". Las van a hacer consigo mismos, a solas. Tampoco es que entran por una puerta y salen convertidos en Velázquez.

-Si no les promete convertirlos en Velázquez ni les da un lugar donde hacer los mejores trabajos, ¿qué les ofrece?

-Lo que se pauta es cierto tipo de paciencia, nada más.

Hermenegildo nació en Pocitos, Uruguay, en 1933. Le tocó una familia de dibujantes, así que heredó su arte por "determinismo genético", según dice. Lleva el mismo nombre que su abuelo español, un dibujante y caricaturista que se dedicó a la docencia y sucedió al pintor Pedro Figari en la dirección de la Escuela Nacional de Artes y Oficios de Uruguay. Hermenegildo nieto -hijo de Juan Carlos Sábat Pebet, también dibujante, periodista, docente y ensayista- no conoció personalmente a su homónimo, pero creció entre sus caricaturas y pinturas. Por eso fue su maestro.

"No puedo negar que, desde los primeros años de mi vida, ese individuo que tenía mi mismo nombre me despertó una enorme curiosidad. ¿Quién era esa persona de nombre tan largo que, a pesar de haber muerto, estaba tan presente en la casa paterna? Después empecé a conocer sus obras y también conocí su historia", recuerda Menchi.

Y sobre su larguísimo nombre tiene también otra anécdota: "El día en que conocí a Blanca, mi mujer, en una fiesta, la acompañé de regreso a la casa de uno de sus hermanos, donde iba a dormir. Habíamos bailado y conversado.Y al despedirnos, me preguntó cuál era, además del apodo, mi verdadero nombre. Yo vacilé.Y ella agregó enseguida: 'Decilo, peor que Hermenegildo no va a ser".

Cuenta Sábat que desde chico fue siempre muy fisonomista y que, si bien esa es una de las bases de su oficio, "mirar es peligroso, está probado que es peligroso mirar".

-¿Es una ventaja ser autodidacta?

-Ser autodidacta tiene límites. Es decir: un tipo serio es capaz de corregir cosas y avanzar, pero eso le lleva una cantidad de tiempo. En cambio si alguien le puede señalar esos problemas, los resuelve rápidamente. Pero, además, existe el riesgo de que un día uno descubra una cosa y crea que es un avance interior, cuando otros ya lo han encontrado antes.Yo mismo soy víctima de eso, lo que pasa es que ya soy grande. Además, yo quise aprender. En Uruguay, había un tipo que fue alumno de Torres García, que vino a casa y le pintó un retrato a mi viejo. Yo tendría unos 15 años y mis padres le hablaron del nene y fui a verlo. Lo primero que me dijo fue: "Tenés que olvidarte de todo lo que hacés". Entonces no fui más. Es exactamente lo contrario de lo que yo creo que hay que hacer.

-¿Cómo fue su experiencia escolar?

-Con los años, uno empieza a recordar a las personas que ayudaron a que uno sea quien es. Yo me acuerdo de una maestra que me enseñó caligrafía en esos cuadernos de doble raya, en tercero y cuarto año de la escuela, en la primaria. Esa mujer me enseñó a escribir, a dibujar las letras... Y la escritura es una aproximación a nuestra personalidad. Esa mujer fue uno de los cimientos de mi persona.



-¿Justamente caligrafía, que ha sido una especie de karma de la escolaridad?

-Yo no sé por qué se dice eso, hay cosas peores.

-¿Cómo le enseñaron dibujo en la escuela?

-En la escuela tuve dificultades, pero eso fue producto de mi manera de ser. En Uruguay existían los preparatorios: después de cuarto año del secundario uno ya elegía una carrera. Yo elegí arquitectura. Para esa época ya publicaba dibujos y era conocido; y en primer año tuve un profesor de dibujo, que me llamó y me dijo: "Usted tiene que ser el mejor de la clase". "Eso se está por ver", le contesté; fui muy rebelde con él y a fin de año me bochó, cosa que me quebró. Me bochó porque no fui el adulón de él, para hablar pronto y bien. Bah, no sé si bien pero pronto, sí. Una persona que había sido medalla de oro en la Facultad de Arquitectura y nunca construyó nada.

Sábat publicó su primer dibujo a los 15 años en el diario Acción, de Montevideo, donde también fue periodista, fotógrafo y diagramador. Entre sus compañeros de trabajo estaban el escritor Juan Carlos Onetti y los políticos Zelmar Michelini y Julio María Sanguinetti.

Antes de dejar Montevideo, en 1965, le ofrecieron ser secretario de redacción de El País, cargo que rechazó para dedicarse -desde entonces- a ser un "periodista que dibuja" porque, según sostiene, el periodismo es la forma que necesita para entender lo que pasa.

-¿Por qué no aceptó ser secretario de redacción?

-Porque me di cuenta de qué tipo de vida llevaría. Iba a ser el hombre de confianza del diario, me iba a estresar... Y además otra cosa: cuando uno acepta un cargo como ese, sabe que puede tener que echar gente y yo no sirvo para eso. Hay quien puede echar a otro, y no se le mueve nada... yo no puedo. Este tipo de cosas, y voy a usar un término que a veces aparece en las palabras cruzadas, está ínsito en el cargo, viene adentro.

-¿Qué diferencias encontró entre ser un periodista que escribe y uno que dibuja?

-Inicialmente significó un esfuerzo grande acompañar las noticias con dibujos porque, además, son dibujos en los que no intervienen las palabras.

-¿Qué ventajas tiene no recurrir a las palabras?

-Estar vivo. Si a alguno de esos dibujos le hubiera puesto palabras, habría sido boleta. Sobre todo, en la dictadura. Una sola vez me hicieron escuchar un mensaje amenazador que decía que si yo seguía con los dibujitos, me iban a tirar de un avión... De todas formas, pasaron dos años y tres meses del Golpe hasta que publiqué el primer dibujo de algún militar de la Junta. No había escrito nada, pero decían que no se podía... Después hice algunas cosas, aunque tampoco fui un francotirador.Tengo un fotógrafo amigo, muy talentoso, que dice: "Yo cuido mis ojos, mis manos y mi picardía". Y es así.

Ya instalado en Buenos Aires, el dibujante trabajó en editorial Abril, en Primera Plana, en la revista Crisis y en el diario La Opinión. Desde abril de 1973 ilustra las páginas de la sección Política del matutino Clarín. "Mi trabajo -reconoce- me lleva a una exposición pública muy dificultosa que yo tolero únicamente porque después vengo a la Fundación donde doy clases o voy a mi casa. Yo ya no sé qué parte mía no he expuesto. Ya mostré todo, incluso las partes pudendas..."

-... las partes suyas, pero las de los otros también...

- No... las de los otros no, partes mías. Por eso hay que compensar, porque si uno vive pendiente del resultado o del eco que tiene lo que hace, está frito. Otro elemento que también hay que tener en cuenta en este trabajo es que uno tiene que mantenerse siempre lejos de la zona del poder. Y la gente adora el poder. Yo no frecuento esas zonas: yo no voy a la Casa Rosada, no voy al Congreso, no voy a la Corte Suprema de Justicia, no voy al Gobierno de la Ciudad. Hay ciertas cosas con las que no se puede jugar. La verdad es que me sentí emocionado con mi trabajo una sola vez, cuando vi publicado mi primer dibujo. Ahora miro para ver si lo que quedó es lo que yo quise hacer.

-¿Y?

-Mayormente, sí... Pero después pasa el tiempo... A lo mejor los errores no los perciben los otros, pero los percibe uno, que ya es bastante. Con los años es interesante mirar lo que uno ha hecho, mirarlo y preguntarse en qué estaba pensando cuando lo hizo. No es un espejo, porque obviamente vamos siendo muchas personas con los años. Pero es un ejercicio con uno mismo: si uno se mira al espejo y no se ve lindo, tiene que reconocerlo. No es hacer un solitario y mirar las barajas para ver si van a dar bien o hacer palabras cruzadas y espiar el resultado para ponerlo. Hay que hacer un juego limpio.

-¿Qué le dijo a usted el espejo?

-En general, es muy duro y hay veces, de cuando en cuando, uno se topa con cosas que se da cuenta que ya no puede volver a hacer. A veces porque están hechas en momentos en que uno ignora otras, y entonces surgen cuestiones que después no se pueden repetir.

Menchi trabaja con música de fondo, incluso cuando sus alumnos están en el taller. Además, toca el clarinete. "Me pongo los discos y toco con ellos. Tocar ese instrumento no solo me permite tener contacto con la música, sino también meterme en la cabeza de los instrumentistas". Asegura que ha estado dentro de la cabeza de Benny Goodman y Pee Wee Russell, entre otros.

-¿Qué le da la música mientras trabaja?

-Hace algo muy importante: te impide pensar en vos mismo. Claro que hay música que no se puede poner cuando se trabaja. Hay piezas que te llevan a una tensión absoluta y te inhiben.

Clemente, el personaje de Caloi, dijo una vez en una tira que Carlos Gardel nunca existió sino que es un dibujo de Sábat. Y debe ser cierto porque el dibujante dio vida de papel a infinidad de personas: desde Duke Ellington y Marilyn Monroe, hasta Juan Domingo Perón, el Che, Galtieri -trago en mano, por supuesto- y Menem con el sillón presidencial siempre a cuestas, entre otros cientos de habitantes más o menos memorables de la realidad. Algunos con alitas, otros con una aureola de santo, con un tomate estampado en la frente o con un leoncito caminándole por el cuerpo. El formato de sus trabajos es igualmente variado: caricaturas, cuadros, tapas de discos, libros, estampillas y hasta un mural en el subte.

El abanico temático de su obra se nota también durante la charla. Sábat habla lenta pero sostenidamente y en esa charla sin rumbo fijo puede citar a un escritor, un tanguero, el I Ching o el refrán escrito en la parte trasera de un camión: "Si hubiera sabido que los nietos eran lindos, los habría tenido primero".

-¿La diversidad de su formación lo ayuda en su trabajo?

- Sí, claro. No molesta para nada.

-¿Pero agrega?

-No sé, pero no molesta y eso ya es suficiente garantía.

   
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