Más cerca de las ciencias

El Proyecto de Alfabetización Científica para Niños y Niñas puesto en marcha por el Ministerio de Educación propone un nuevo impulso para las ciencias; tanto en las aulas -desde el inicio del aprendizajecomo en el conjunto de la comunidad educativa.


Las niñas y los niños pueden iniciar el proceso de alfabetización científica desde los primeros años de escolaridad, si entendemos que esto significa proponer situaciones de enseñanza que recuperen sus experiencias con los fenómenos físicos y naturales, para volver a preguntarse sobre ellos y elaborar explicaciones que tengan como referencia los modelos potentes y generalizadores de la ciencia. El aula es un espacio de diálogo e intercambio entre diversas formas de ver, de hablar y de pensar sobre el mundo en el que los participantes -alumnos y maestros- ponen en juego los distintos modelos que han construido sobre la realidad.

Enseñar ciencias significa abrir una nueva perspectiva para mirar. Una perspectiva que permite identificar regularidades, hacer generalizaciones e interpretar cómo funciona la naturaleza. Significa promover cambios en los modelos de pensamiento iniciales de los alumnos, para acercarlos progresivamente a representar esos objetos y fenómenos mediante modelos teóricos. Enseñar ciencia entonces, es tender puentes que conecten los hechos familiares o conocidos por los alumnos y las entidades conceptuales construidas por la ciencia para explicarlos. Los nuevos modelos científicos escolares, que se van configurando a partir de las preguntas y explicaciones, deben poder servir para aplicarlos a otras situaciones y comprobar que también funcionan; deben ser útiles para predecir y tomar decisiones. En este sentido decimos que son potentes y generalizadores. Utilizar los modelos explicativos de la ciencia es ver, por ejemplo, en la manzana a todos los frutos, saber en qué se diferencia y en qué se parece a otros frutos y comprender el papel que juegan las semillas en la continuidad de la vida.

En este proceso de aprender a ver de otra manera, de articular la mirada científica, el lenguaje juega un rol irreemplazable. En el marco de la actividad científica escolar, el lenguaje permite darles nombre a las relaciones observadas, conectándolas con las entidades conceptuales que las justifican; permite la emergencia de nuevos significados y nuevos argumentos, y se convierte así en la herramienta para cambiar la forma de pensar sobre el mundo. Veamos un ejemplo:

Maestra: -En los últimos días vimos germinar muchas semillas distintas... ¿cómo puede ser que una semilla se transforme en una planta?

Alumno 1: -Lo que pasa es que la semilla se rompe y comienza a sacar de la tierra las cosas que le sirven para alimentarse y convertirse en una planta.

Alumno 2: -Yo creo que la semilla tiene adentro una planta muy chiquita y, cuando la regamos, la semilla se convierte en planta.

Alumno 3: -A mí me parece que tiene algo adentro, pero cuando partimos las semillas que habíamos puesto en agua, nosotros no vimos ninguna plantita, debe ser otra cosa.

Alumno 4: -Tendríamos que volver a mirar...

En este caso la pregunta del docente conduce a los alumnos y a las alumnas a imaginarse qué sucede en el interior de la semilla cuando tiene las condiciones apropiadas para germinar, y constituye un ejercicio intelectual que otorga significado científico a las observaciones que se llevan a cabo en el marco del "experimento". Se necesitarán nuevas observaciones y nuevas acciones para encontrar respuestas a las hipótesis planteadas, pero también nuevas orientaciones. Las preguntas mediadoras del docente irán cambiando, en la medida en que vayan evolucionando los modelos explicativos que se construyen para responderlas. Este ejemplo muestra a la ciencia escolar como una forma de pensar sobre el mundo, que se corresponde con una forma de hablar y de intervenir en el mundo.Y es aquí donde la ciencia escolar encuentra puntos de contacto con la ciencia erudita, aunque ambas son construcciones sociales de orden diferente.

Palabras y significados se construyen y reconstruyen mutuamente. En las clases de ciencias, los alumnos tienen que aprender a usar en forma paulatina los modelos científicos escolares y las palabras que forman parte de dichos modelos. Así se generan nuevos conocimientos en el proceso de preguntar, observar, experimentar, hablar, leer y escribir. Por esta razón, las ciencias tienen un papel específico también en el desarrollo de competencias cognitivo lingüísticas. Para ejemplificar esta idea, veamos la carta que escriben alumnos de tercer grado a una compañera que está enferma, intentando explicarle las causas de la muerte del insecto palo que tenían en el terrario. En este informe se ponen en juego las variables que intervenían en la experiencia y los datos recolectados. Se eligió el formato de carta para comunicar los resultados y la interpretación hecha por la clase:

"Querida Gaby: tenemos una noticia muy triste, el insecto palo se murió. Pensamos que tal vez le faltaba aire o por una enfermedad. A lo mejor le dio mucho sol y lo quemó, vamos a cambiar el terrario de lugar. Lo enterramos en el jardín. Que te cures pronto para volver a la escuela. Nosotros".

Si las razones mencionadas no fueran suficientes para aceptar la necesidad y la importancia de enseñar ciencias a todos los alumnos y las alumnas, podríamos agregar que no podemos privarlos -desde una perspectiva educativa para la inclusión social- del derecho a conocer un área de la cultura humana, socialmente construida, que proporciona elementos para comprender y situarse en el mundo y contribuye con aportes educativos propios e insustituibles a la alfabetización básica y a la formación ciudadana. Pero también es cierto que hace falta que la ciencia se acerque más a los ciudadanos: a los papás y a las mamás, a los maestros y a los alumnos, para que puedan valorar de manera adecuada el lugar que podría tener en la escuela, desmitificando la idea de que es difícil y accesible solo a unos pocos.

A partir de las necesidades identificadas, tanto educativas como sociales, consideramos que no puede postergarse más la presencia efectiva de la enseñanza de las ciencias en la escuela, ya que es necesario otorgarles un lugar de relevancia, en el horario y en las actividades escolares.

Para concretar este propósito, desde el Ministerio de Educación elaboramos el Proyecto de Alfabetización Científica para Niños y Niñas, que constituye un marco amplio de referencia, pero que se concreta en el ámbito de cada jurisdicción a través de un trabajo conjunto, que apunta a la creación de redes de recursos locales que se organizan alrededor de las escuelas. Su puntapié inicial fue en Corrientes, en un encuentro en el mes de septiembre con los docentes de las escuelas del Programa Integral para la Igualdad Educativa (PIIE) y la participación de otros actores del Proyecto.

Una idea central del Proyecto es aportar a que las escuelas primarias (EGB 1 y 2) sean centros de promoción, divulgación y valoración de la ciencia, y recuperen su potencial educativo. Este proyecto contempla dos dimensiones: la ciencia como actividad cultural a comunicar y la ciencia en el aula, que se integran en la nueva agenda escolar. Estas dimensiones tienen funciones complementarias. Por un lado, contribuir desde la escuela a hacer la ciencia más amigable, más próxima a todos los miembros de la comunidad educativa, para que los conecte de modo significativo con sus experiencias, interrogantes y necesidades; y al mismo tiempo, mostrar que puede enseñarse desde que los niños son pequeños. Asimismo, se asientan en la posibilidad de las personas de construir explicaciones científicas sobre la realidad, entendiendo los alcances y limitaciones de estos modelos y que son una de las posibles perspectivas para mirar, pero no son la realidad.

Otro aspecto interesante es que la escuela no está sola para llevar a la práctica este proyecto, porque contempla la articulación con personas e instituciones de la comunidad que colaboran en esta tarea desde perfiles profesionales diferenciados. Se trata de los padrinos científicos (investigadores en actividad) y los profesores de los Institutos de Formación Docente, que aportan los conocimientos y las experiencias construidos en la tarea de producir nuevo conocimiento en el ámbito de la Ciencia y la Didáctica de las Ciencias. De esta forma, el proceso de hacer ciencia y las personas que la hacen se constituyen también en prácticas sociales de referencia para los niños, las niñas, los docentes y la escuela.

Nora Bahamonde


Para consultas: www.me.gov.ar/curriform/cierr_sem.html
     
   
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