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La escalera de sus sueños
Por Eduardo Dayan*
Paula tiene doce años y es pólvora pura. Dice
que tiene trece, porque "los chinos cuentan
también el tiempo que una estuvo en la
panza de la mamá, y yo no seré china, pero estar,
estuve".Va a entrar a octavo año y, a veces, mira desde
la altura de sus ojos crecidos a los chicos de su
barrio. Este verano todavía irá al cine con papá y
mamá, y en las vacaciones, otra vez los esperan los
tíos en Mar del Plata; pero el "año que viene", se
ilusiona, "me está esperando como si fuera un departamento
nuevo, a estrenar, con vista a la calle".
A Paula le gusta estar sentada en los escalones de
entrada de la casa de la esquina. Es mucho mejor
que pavear en su departamento. Y con algo de tacos
y pantalones, aunque una lleve trenzas de nena,
piensa, puede estar con la barra. Al principio
los más grandes la mandaban a ver dibujitos en la
tele. Paula les aseguró que había completado su
educación, "bueno, ya terminé séptimo", cacarea.
Todos se ríen y Gaby, la dueña de casa, que tiene
quince, la adopta como amiga.
Gaby cree que aprendió a fumar. Le cuenta a Paula
que mucha gracia no le hace tener que sacar desde
adentro el humo del cigarrillo y después luchar
para metérselo en los pulmones, aunque con un
esfuerzo grande espera poder conseguirlo. Practica
con los chicos: tose, escupe, masca chicle, chupa
pastillas de menta para que sus padres no sospechen
nada, se ríe... Siempre al borde de que la pesquen.
Paula observa todo, escucha hablar de motos
y de autos, de perros, de aviones en picada, de
guerras, de sueños marineros, de música, de amor...
De ese tema, ella no opina: sufre por no poder conocerlo.
Es como un dolor dulce al que está esperando
encontrar en una página todavía en blanco
de su diario. "¡Si pudiera mamarrachearla, aunque
sea!", busca consolarse. Por si acaso, todas las noches
se cepilla el pelo, no sea cosa que algún príncipe
azul de sus libros de cuentos venga a visitarla
y la encuentre con las mechas revueltas.
Mamá está enojada con Paula. Le está haciendo
una escena. Es medio escandalosa.
-¡Me vas a matar! ¡Que no se entere tu padre!
¡Qué disgusto se llevaría! ¡Ese Club de Vagos sin Futuro
te está arruinando! ¡Y ese bicharraco de anteojos
es de lo peor! ¡¡¡Hasta tuvo el coraje de hacerse
el fino, saludarme, y preguntar por tu
personita como si fuera un caballero; cuando él,
vos y yo sabemos que deberían ponerlo en remojo
para que se le ablande la mugre!!! ¿No viste que
está sucio como el Río de la Plata en plena sudestada?
Digo yo: ¿no tiene madre?, ¿de qué vive?,
¿qué tiene en la cabeza?, ¿una corriente de aire?,
¿estudia?, ¿trabaja? Seguramente vamos a ver su
foto en el diario, en policiales, en permutas, en objetos
perdidos...
Otras veces la mamá cambia de táctica.
-¿Cómo no te das cuenta de que esos chicos no
te convienen? Y esas chicas, ¡Dios mío!... Las horas
y las horas... decime: ¿de qué hablan?... te juro
que no estoy en tu contra, lo que más quiero es tu
felicidad, pero ese no es el camino que tu padre y
yo queremos que sigas...
Paula ya no escucha.Va a contestar, piensa que para
qué, mira con cariño la uña redonda del dedo
gordo de su pie derecho, observa cuidadosamente
una rajadura en el techo, contempla mortificada el
vacío a través del ruido de las palabras que luchan
por alcanzarla... Se aburre. Se imagina a la madre
cuando tenía su edad, con la piel flamante, no tiene
ni una arruguita junto a los ojos, está riéndose
a carcajadas una noche de cumpleaños, convencida
de que se va a divertir... Paula está viendo
ahora la casa de la fiesta, está excelente, desde el
balcón se ven las luces de la noche... La madre
mira a su hija con un cariño preocupado: su nena
está muda.
A Paula le da un poco de vergüenza que su
hermano la venga a buscar cuando está con
sus amigos.
-Dice mamá que vayas, que la comida está
lista y está por venir papá.Yo hago unas
compras en el supermercado y voy.
Los chicos le dicen de todo a Paula.
-¡Andá Paula, que se te pasa de punto el
bife y si no es jugoso no alimenta!
-¡Andá, Paula, a ver si te mejorás y dejás
de juntarte con esta banda de delincuentes
juveniles!
El de anteojos la mira.
-Paula, ¿volvés para jugar a las visitas?
Uno, serio, como si estuviera interesado,
le pregunta al hermano:
-¿Aprendiste solo a manejar el changuito
o fuiste a la academia?
Paula tiene ganas de llorar. La voz se le
quiebra:
-¡Bruto! ¡Con Mariano no te metas!
El chico la mira.
-¿Qué mosca le picó?- pregunta inútilmente
a nadie.
Alguno quiere hacerse el gracioso.
-Yo, lo más parecido que tengo a un hermano,
es un perro.
Nadie se ríe. Paula se va, llena de rabia. Si
hubiera estado por lo menos Gaby para defenderla...
Los ojos le oscurecen el cielo. Ni
le importa que la vean lagrimear.
-Paula está insoportable- dice la madre.
El sol quema. Parece que estuvieran friendo el
planeta. El papá viene sucio, cansado, chorrea sudor.
Quisiera correr por la playa, comerse el agua,
mecerse en una hamaca paraguaya, estar en el Náutico
mirando el río Paraná, ir hasta Nueva York a
ver si hace frío o a un lugar donde nadie le hable,
le gustaría poder dejar de fumar, ser más flaco, estar
ya de vacaciones, bañarse, que lo abaniquen,
sentirse mago, ganar más, no trabajar los sábados,
tomar un café, un whisky, una gaseosa, un té de tilo
y una aspirina, todo junto.
-In- so- por- ta- ble- recalca la madre.
-Y sí- murmura el padre.
Es sábado a la tarde. No se ve a nadie por la calle.
Mamá tuvo que ir a atender a su hermana enferma
y Paula preparó y sirvió el almuerzo para su papi,
para su hermano, para ella. No dejó a papá lavar la
cocina y lo mandó a hacer la siesta. Al padre le encanta
que lo manden.
No sabe por qué, a Paula le ha dado por recordar
cosas de cuando era chica. Ahora, mientras limpia
la cocina, le vienen imágenes de sus cuatro o cinco
años. Abre la caja del tesoro de los recuerdos y
se mira.
Está comiendo. En un instante, tira un plato al suelo,
otro y otro más. Mira contenta el piso de la cocina.
Mientras barre, la mamá la reta; papá ayuda.
-¡Que no se me caigan ahora!- dice mientras
seca los últimos platos.
Después recita en voz baja. Sandía, sandía, sandía,
tú serás policía. Melón, melón, melón, tú serás ladrón.
Terrome, terrome, tesín, tesán. Terrome, terrome,
tepún, bajá. Pan, queso, pan, queso.
Gaby le cuenta, y a Paula le parece estar viendo
una serie de televisión.
-La casa estaba en silencio -dice-; todos dormían.
En mi cuarto, yo me esforzaba en practicar
el arte de fumar con naturalidad. De golpe, en la
puerta, así de grandote, mi papá me miraba.
-Tosí, disimulé, escondí el cigarrillo. Igual se dio
cuenta, obvio.
-¿Y? - se interesa Paula.
-Me preguntó si me mareaba. Yo estaba roja. Él
se reía. En ese momento me animé.
-¿Querés probar? - le ofrecí.
Paula escucha. Se pregunta cómo va a seguir esa
historia. Sabe que cada familia es un misterio.
-Entonces dio una larga pitada... hizo un anillo
de humo, apagó el cigarrillo, me dio un beso, me
miró fijo.
-No está mal, pero yo prefiero algo fresco -comentó
antes de irse a la cocina.
Gaby cuenta bien. A Paula le parece que mueve
los personajes como si fueran títeres. Ella le presta
toda la atención del mundo.
-Todos los varones se creen muy vivos. Se pasan
las palabras entre ellos o las aprenden de las novelas
de la tele, te las dicen y fingen ser originales,
que vos sos única, ¿te das cuenta, Paula? -está llena
de rabia y la sigue-. A vos también se te van a
declarar como a mí, ya vas a ver cuando te digan:
"¿Te acordás cómo nos conocimos? Estábamos en
una reunión muy aburrida, nos miramos a los ojos
y pasó algo mágico, me di cuenta de que te quería...".
Paula piensa que Gaby debiera actuar en la tele,
en un teatro, en el zoo, seguro ante un público, porque
nadie como ella para poner los ojos en blanco,
imitar la voz de alguien que canta boleros y
amontonar las sorpresas en sus ojos.Aunque se ve
que está dolorida, que su última conquista se le fue
al tacho. Y que debe ser lindo tener un novio fijo.
-¿Y vos qué le contestaste?
-¡Qué podía contestarle a un enamorado que de
golpe te dice que está confundido, que no sabe si
te quiere, que necesita pensar a solas...! Ese truco
ya lo usaban antes de la Primera Guerra Mundial...
Yo no lo quiero ver ni en figuritas; para mí, murió.
¡Me había jurado amor eterno! Le dije que habíamos
sido un buen equipo que se había ido al descenso,
que se despidiera de la idea de que podíamos
seguir como amigos.
-¡Muy bien dicho!
-Y que lamentaba que mis labios "suaves y dulces
como los pétalos de una rosa", como él había
aprendido a decir, hubieran desperdiciado algunos
besos en él. Y que éramos parecidos en algo: él me
quería a mí y yo también me quería a mí. Por eso,
conmigo se acabó, que siga como siempre. Haciendo
el ridículo. |
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El calor no se termina más. Paula ha ido a hacer
las compras para la noche. Ya hace rato que tiene
el agua preparada, así que cuando viene la mamá,
triste, deshecha, le da de entrada un mate, agua fría
con limón, le tiene el baño listo, el beso fresco.
A Paula le pesa ver tanta preocupación en la cara
de su madre. Quisiera alegrarla, pero no sabe
cómo. Le haría payasadas, le contaría las pavadas
que se dicen en la esquina... pero ella ni se ha dado
cuenta de que la casa está limpia y ordenada... Sentada,
mira la calle, casi no habla. Papá va, viene. Paula
no sabe qué hacer. Se sienta quieta junto a mamá,
se queda a su lado, le acaricia las manos.
A veces, frente al espejo del baño, Paula mira con
sospecha el rostro que la mira. Le gustaría burlarse
del espía de vidrio. Es inútil. Paula no tiene respuestas
para esa mirada que pregunta: "Y, ¿cuándo
empieza tu primer amor?¨.
-¡Y qué querés!- le reprocha al silencioso espejo
que sigue con los ojos fijos en ella-. ¡Y qué querés
vos con las adolescentes!
Paula quisiera decirle a su hermano que no tiene
ganas de que le muestre su colección de estampillas.
Desde la ventana, ve que no hay nadie
en la esquina. El hermano es cuidadoso, le muestra
sus tesoros, le pregunta si se va a morir la tía,
le regala una foto de Tarzán. Después le pide a
Paula que le haga papas fritas, está dispuesto a
pagarle con sus ahorros con tal de poder saborearlas.
El hermano se chupa los dedos mientras come
gratis y lee una revista. Su hermana lo mira, callada.
Parece una mamá.
Paula se anima y cuenta en la esquina que fue a
estudiar a la casa de un compañero de Inglés. "Él
me iba a acompañar hasta mi casa, a la vuelta", aclara.
La escuchan, atentos.
-¿Y qué pasó?- pregunta alguno, se interesan
muchos y ya están opinando todos.
-Me dijo que cuando termináramos la tarea íbamos
a tomar algo./ Eso es bueno./ Pero después
lo que tomamos fue el colectivo./ Eso es malo./
Pero era un diferencial y viajamos sentados y con
aire acondicionado./ Eso es bueno./ Pero lo tomamos
al revés./ Eso es malo./ Pero nos dimos cuenta
a las dos cuadras, nos bajamos enseguida y tomamos
otro, al derecho./ Eso es bueno./ Pero como
él ya no tenía más plata, tuve que pagar yo./ Eso
es malo./ Al final me acompañó hasta la puerta de
entrada de mi "residencia"./ Eso es bueno./ Pero
como no tenía plata para la vuelta, le tuve que
prestar, porque si no tenía que irse a pie. / Eso es
malo.
-¡¡¡Basta!!!- grita el de anteojos y terminan a
carcajadas. Y eso es bueno, piensa Paula.
-¿Me acompañás al cine, Paula? Dan una de terror...
Pero yo más quiero ir porque me invitó un
chico que conozco... y viene con su hermano un
año menor... Es en el shopping. ¿Qué decís?
A Paula le dan permiso para ir al cine con su amiga,
pero lo que ella no calcula es que a la salida los
cuatro van a ir a comer algo, que se quedan charlando,
que vuelven a pie... Llega feliz, sólo para enfrentarse
con las caras largas.
-¿Por qué?- pregunta la madre- ¿Por qué llegaste
tan tarde? ¡Ya íbamos a ir a la policía a ver si
te había pasado algo..!
-¿Cómo no avisaste por teléfono si te ibas a demorar?-
se preocupa el padre. ¡Con todas las cosas
que uno escucha..!
-¿Era de miedo la película?- quiere saber el
hermano.
Paula los mira a los ojos. Le da rabia tener que
reconocer que fue una estúpida al no avisar que
iba a llegar un poco más tarde. No habla. "Volvimos
caminando", alcanza a decir, colorada de vergüenza,
y no oye ni quiere oír más quejas ni reclamos.
Aunque tengan razón. Quiere recordar todo
lo que se ha divertido... No ha hecho nada malo...
solo que no se dio cuenta de que se le hacía tarde...
todos tenían hambre de hamburguesas...
-¡Y por ahora, basta de cine y basta de salidas!-
escucha-. ¡Yo no sé por qué querés salir con esa
mocosa que se hace la mosquita muerta!
-Quiero salir con esa mocosa que se hace la mosquita
muerta porque es mi amiga- explota Paula,
pero después sonríe, con la Santa Paciencia, como
para que no se agrande la discusión.
Algún día, piensa Paula, la vida de Gaby se verá en
las pantallas de los cines: le va a gustar verla. Sobre
todo, si gana el Oscar a la mejor película extranjera.
Al fin, a la noche, afloja un poco el calor. De a
ratos, el aire es una caricia de palomas en vuelo.
Paula no ve la hora de acostarse, de repasar las
escenas, las de la pantalla, las de la platea, las de
la calle... ¡Si les contara cómo se rió todo el cine
cuando Gaby, del susto que se pegó en mitad de
la película, saltó de su butaca y fue a parar encima
de las rodillas de su amigo! Mira el cielo por
la ventana, llena de luna sus ojos, quiere volver a
sentir con fuerza el barullo de las impresiones que
la tienen alterada. ¿Quién piensa en dormir? Quisiera
olvidarse de que debió haber pensado que
sus padres se iban a asustar si no llegaba a horario...
Puede más el deseo de no recordarlo, provisoriamente...
Se acuesta. Y empieza a ver las imágenes
de hace un rato, y acomoda los diálogos de
su propia película y sube feliz la escalera de sus
sueños.
Ilustraciones: Martín Eito
* Eduardo Dayan, porteño, nació en 1937. Es profesor de Lengua y
Literatura en la Escuela Normal Superior nº7 y en la Escuela
Normal Superior nº9 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
Publicó, entre otros, el libro de cuentos infantiles y juveniles
Amor con todas las letras y la novela Paloma son tus ojos.
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