Los Roldán contra la exclusión

Sandra Russo

Hace poco le escuché decir a Gerardo Sofovich, refiriéndose a Los Roldán, que "los éxitos no se critican. Los éxitos se interpretan". Aunque agregó:"yo solamente señalaría algo que me parece delicado, haría una crítica sobre algo en lo que no sé si la producción ha reparado: hacen quedar a los ricos como malos y a los pobres como buenos".

Me llamó la atención, porque los reparos que había escuchado hasta ese momento acerca de la tira con más éxito este año siempre habían merodeado la pareja que poco a poco -y sin previsiones demasiado puntuales del guión- fue convirtiéndose en la de mayor protagonismo: la integrada por Gabriel Goity -en la ficción, el empresario Emilio Uriarte de la Casa- y por Florencia de la V -ex Raúl Roldán, actual Laisa Roldán-, travesti en apuros porque su enamorado tarda demasiado en advertir lo que para cualquier cristiano es evidente a una cuadra de distancia: que Laisa es exactamente lo que parece, alguien que una vez se llamó Raúl.

Esos reparos replicaron las polémicas desatadas en la Capital Federal hace un par de años, resucitadas recientemente cuando se volvió a discutir el Código de Convivencia, aunque ha pasado mucha agua bajo el puente (inversamente proporcional a la mugre que se esconde abajo de la alfombra). Cuando irrumpieron las travestis en la escena pública, lo hicieron pegadas a la oferta callejera de sexo, el trabajo al que, según decían ellas en los programas televisivos a los que eran invitadas (porque lo que revuelve las tripas en la esquina de la casa, entusiasma y da rating en la pantalla del living), estaban condenadas: ¿Quién iba a darle trabajo de otra cosa a una travesti?

Claro que no hay cajeras de supermercado travestis, ni empleadas bancarias travestis, ni preceptoras de colegio travestis, ni vendedoras de seguro travestis.


Y eso es algo en lo que, parafraseando a Gerardo Sofovich, acaso la producción de Los Roldán no haya reparado, y que constituye indudablemente un mérito de la tira: Laisa Roldán está muy lejos del universo de la prostitución, y ya lo estaba cuando su familia era pobre y sobrevivían todos a los tumbos, gracias a un puesto de fruta y verdura en el Mercado Central. Laisa siempre estuvo muy lejos del universo de la prostitución porque siempre fue aceptada por su familia, porque los suyos, aun "soportándola", nunca cuestionaron su identidad sexual.
El guión de Los Roldán nunca subrayó este aspecto, simplemente lo mostró. El guión expone otras "virtudes" de esa familia pobre premiada por un golpe de suerte: son familieros, buenos amigos, leales, honestos, sinceros, en fin, encarnan toda esa gama de adjetivos que recorre el abanico de "los buenos", pero de entrada Laisa fue una más, una tía para sus sobrinos y sobrinas, una hermana para el hermano que solamente cuando está fuera de quicio vuelve a llamarla "Raúl". Laisa es una travesti incluida en su familia, una persona con derechos. Y es en este sentido que el personaje opera de un modo reivindicatorio, y de la mejor manera: no explicando las buenas intenciones sino sencillamente poniéndolas en acto.

Hace algunos años las travestis, al menos en la Capital Federal -donde proliferaron no solo en las zonas rojas sino también en marchas y manifestaciones- todavía llamaban la atención de los chicos y ponían en apuros a padres y madres con cierta dificultad para explicar la variopinta gama de posibilidades de la especie humana. Hoy cualquier chico llama travesti a una travesti, y ha quedado reservada la toma de posición sobre la identidad sexual de esta minoría apenas en el artículo, femenino o masculino, que se le ponga. Quien enfatiza que Florencia de la V es "un" travesti "lo" mira con malos ojos. Quien le regala el femenino que ella desea para sí, la acepta.

Más allá de estas consideraciones, Los Roldán es una tira que pasará al olvido apenas los picos de audiencia comiencen a declinar. El concentrado de ignorancia y de brutalidad que se reserva la familia Roldán, más el concentrado de cinismo y malas artes que practican los Uriarte, el clima chillón permanente y el griterío sin respiro no la hacen soportable para muchos mayores de quince. Si a eso se agregan las nuevas invasiones bárbaras, que son las Publicidades No Tradicionales insertadas en el propio guión y que convierten a los personajes en locutores y a la tira misma en una tanda publicitaria, somos muchos los que optamos a esa hora por ver a Pettinato. Pero quizás, como balance, debería dejarse constancia del mérito de haberle encontrado un lugar digno a un personaje como Laisa, y lo deseable que sería que esta sociedad les encuentre lugares así de dignos a todas las Laisas que habiten el suelo argentino.

   
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