Los límites
por Rudy


La señorita Silvia se acercó al aula con cautela. "¡Ellos son niños, y yo solo soy una adulta! - se dijo- ¡No me pueden manejar! ¡No tienen edad, no tienen registro, no conocen las señales! ¿Por qué el cinturón de seguridad es obligatorio en los autos pero no en las aulas? "¡Pero bueno, yo también fui niña -reflexionó-, ¿podría apelar 'a mi niña de entonces' para contener a los chicos de ahora?".

Se recordó en clase, rodeada de sus compañeritos, saltando, gritando, saltando, gritando, saltando. Sonrió. Luego evocó a su maestra. la vio como entonces, pero no. No igual, parecida. La incansable, autoritaria, enérgica, vista desde el otro lado del escritorio, ahora denotaba un cansancio precámbrico, ojeras mesozoicas, fobias curriculares; y creyó escuchar, nuevamente de su boca, casi como una fórmula sin sentido, el consabido lema: '¡No hay que confundir libertad con libertinaje!' Y la respuesta, que tanta gracia le causaba entonces:"¡Ya lo sabemos, seño, la tenemos clara, preferimos el libertinaje!". No sonrió más. -Bueno, chicos, vamos a hablar de los límites, ¿alguien sabe lo que son?

-Yo, seño -dijo Joaquín-, ¡es algo que tiene todo el mundo, menos yo y mi hermano Sebastián!
-¿Cómo?
-Mi mamá, siempre que se enoja, nos dice: "¡Ustedes no tienen límites!" ¿Usted no le cree a mi mamá, seño? ¿Quiere que mañana le traiga una nota firmada por ella? ¿O una queja firmada por mi papá, enojado porque mi mamá no nos pone límites? ¿O una notificación del consorcio donde le piden a mi papá que no le grite a mi mamá a las 11 de la noche por no gritarnos a nosotros a las 7 de la tarde?
-¡No seas cuadrúpedo, puntiforme, unimembre, subjetivo, tácito y metodológicamente equilátero! -le gritó Ariel, que quería practicar todas las palabras que había aprendido ese mes en una sola oración-. ¿"Límite" quiere decir "término, confín"?
-¿Limitaste?
-¿Qué?
-¡Que si terminaste! Si "límite" es "término" como decís, entonces "limitaste" es "terminaste", ¿no estudiaste los pronombres, vos?
-Los verbos -quiso decir la señorita Silvia.
-¿Ves, ves? -siguió Ariel-, la seño me da la razón a mí, mis límites son mucho mejores que los tuyos.
-¡No seas criticón! -saltó Gastón- ¡Tus límites terminan donde empiezan los derechos de los demás!
-¡Entonces voy a atravesar los límites de tu cara con los derechos de mi trompada! -este fue Lucas, que no soportaba que otros discutieran sin darle cabida.
-¿Y por qué, yo qué te hice a vos?
-A mí nada, pero con Gastón tenemos un "Tratado de mutua agresión recíproca", lo que quiere decir que si vos le pegás a él, yo tengo derecho a sospechar que tenés armas de destrucción masiva y atacarte hasta que tus pozos de petróleo pasen a ser de mi propiedad.
-¡Pero yo no le pegué, lo critiqué! Además, ¡no tengo pozos de petróleo!
-¡Es lo mismo! ¡Yo respeto la diversidad de las agresiones! ¡Y no trates de engañarme, que mi paciencia tiene un límite! -dijo Lucas, cerrando el puño.
-¡Chicos, paren, una cosa es la libertad y otra el libertinaje!- se oyó decir,muy sorprendida, la señorita Silvia.
-Seño, no se dice "libertinaje", se dice "libertineiyers", como nos explicó la profe de inglés, y nosotros todavía no llegamos a esa edad! -susurró la dulce Julieta mientras jugaba inocentemente con su rulito.

La señorita Silvia dudó entre sonreírle con cierto cinismo, decirles a todos que "la Argentina limita con Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia y Chile", y que lo memorizaran y ya, o iniciarle juicio a la especialista en orientación vocacional que alguna vez le había recomendado seguir la carrera docente.
-¡Ring, ring! -el timbre que le ponía un límite a la clase.
-¡Recreo, seño! -fue el coro unánime, en el que desapareció la diversidad de opiniones y reinó la armonía universal.
O al menos los problemas se trasladaron al patio.
-Los límites son buenos -se dijo la señorita Silvia. Y quizás se escuchó.

   
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