El buscador de abrazos

Dice haber sido un alumno disperso, inconstante y rebelde. Solo Mabel y Blanca, sus maestras de tercero y cuarto grado, lograron torcer su indiferencia por la escuela, gracias a un recurso pedagógico que se grabó a fuego en la memoria de Gastón: los abrazos y la contención que en ese momento le hacían falta. Valora la escuela como transmisora de conocimientos, pero sobre todo como lugar de encuentro con los otros.

Cuando evoca su escuela primaria, los ojos se le achican todavía un poco más, como si miraran para adentro. Gastón Pauls deja discurrir los recuerdos sin organización aparente: afecto, abrazos, amigos, arte, se mezclan con química y matemática, malas notas, rateadas, retos.

 

Actor y conductor de televisión, en la actualidad al frente del programa periodístico Ser Urbano, Pauls cuenta que las escenas más entrañables que almacena su memoria escolar transcurrieron en una escuela pública del barrio porteño de Almagro. "En esas aulas aprendí a curtirme desde otro lado, a salir de la burbuja, a relacionarme con mis compañeros. Eso es para mí, en definitiva, lo más importante que me dio la escuela; más allá de la instrucción necesaria".

Pauls nació en 1972; terminaba la primaria al mismo tiempo que el país volvía a la democracia. Su educación media fue en un colegio secundario privado con orientación deportiva, también en la Ciudad de Buenos Aires. "La secundaria la elegí yo porque me interesaban los deportes. Quería ser jugador de fútbol y de tenis. Finalmente empecé a estudiar teatro, pero no porque pensara en ser actor sino porque tenía necesidad de expresarme, por timidez. Y me hizo bien".

Hoy, a los 32 años, además de auscultar tras una cámara el corazón de Buenos Aires, Pauls -que confiesa odiar los Martín Fierro y que considera "experimentos nazis" los realities shows- trabaja con entusiasmo en fundar un hogar para chicos que viven en la calle. La idea es ayudarlos a través del arte. Su forma, dice, de hacerse cargo de algo que siente como lo más doloroso del mundo.

-¿Cuál es la experiencia más fuerte que recordás de la escuela?

-Hace poco tuve una experiencia increíble, creo que es lo más bello que me pasó en la vida. Fue después de un reportaje para un programa de cable en el que nombré a las dos maestras que más recuerdo: Mabel y Blanca. A los 10 días me llamaron de la producción del programa para decirme que tenían los teléfonos de las dos, que ellas habían visto el programa y querían hablar conmigo. Fueron mis maestras de tercero y cuarto grado. Una de ellas se acordaba de algo que yo había olvidado. Siempre dije que no fui el típico pibe-actor que actúa desde chiquito. Yo no participaba en ningún acto; es más, los odiaba. Y ella me recordó que yo había hecho una obra de teatro con unos compañeros míos, en la que era el protagonista. De hecho, me hizo acordar de lo que decía el personaje, y me contó que aquel día pensó: "Este chico va a ser actor". Son esas cosas que las maestras ven en los pibes; más allá de lo que se ve en apariencia. Además, ellas estuvieron cerca en una etapa bastante difícil de mi vida, porque se habían separado mis viejos, entonces para mí esas dos maestras fueron mucho más que las que me enseñaron "dos más dos, cuatro"; había mucha contención.

-¿Te gustaba estudiar?

-No, era pésimo, horrible, muy mal alumno: no me gustaba estudiar, no entendía lo que me decían. En la primaria casi repito de grado; ese año la directora me hizo firmar un papelito que decía que me comprometía a estudiar más para el año siguiente...

-¿Y lo firmaste?

- (se ríe) Sí, lo firmé; fue en quinto grado. En realidad era un papel que no tenía valor, creo que dijeron: "Vamos a asustarlo un poquito para que estudie". Siempre estuve entre los dos o tres peores de la clase; pero me daba orgullo, y mis viejos no eran exigentes con el estudio, en el sentido de pedirme notas. De hecho, insisto en que lo más importante de la escuela es la relación que uno tiene con los compañeros, con los maestros. Algunas cosas me han quedado: multiplicar, dividir, escribir casi sin errores de ortografía... pero sobre todo, la relación con los compañeros. Me parece que esa es la verdadera razón de la escuela, más allá de la transmisión de conocimientos, que es fundamental. Después viene un cambio muy grande y marcado; para mí el primer año después del colegio fue durísimo, a nadie lo preparan para salir a buscar laburo y encontrarse con la jungla... Igual me parece que es un golpe necesario.

-Contanos más sobre ese orgullo que sentías por ser mal alumno...

-Viste que en la escuela siempre hay dos posturas: el que está súper orgulloso de ser abanderado, y ese al que le parece ridículo lo de abanderado, quizás porque no accedió a eso y es medio envidioso. Tal vez yo era medio envidioso, porque nunca estuve ni cerca de ser abanderado, no estuve cerca ni siquiera físicamente del pibe: él se sentaba en el último banco y yo en el primero, o al revés. Sé que es muy porteño lo que voy a decir, pero me daba orgullo zafar, ir zafando año a año. Me parece interesante, a través del tiempo, descubrir que no sabe más mi amigo del colegio que se sacaba 10, que yo que me sacaba 6 o 7 y zafaba. De mis maestras de primaria, o de mi profesor de cívica e historia, recuerdo enseñanzas puntuales, datos, cosas... La Reforma y la Contrarreforma las aprendí en cuarto grado, con Mabel, y me acuerdo. No sé por qué me acuerdo de eso y no de otras cosas; evidentemente porque Mabel generaba algo en mí. Y además porque sabía explicar, sabía contar. Me parece que de eso se trata: de pasar la posta y la información, es como una posta la vida.

-No ves la relación entre los saberes escolares y los saberes que necesitás manejar ahora...

-Mirá, yo les agradezco más a Mabel y a Blanca que me hayan abrazado en un momento de mi vida que el hecho de que me hayan enseñado la Reforma y la Contrarreforma. Eso también se lo agradezco, porque hoy voy a una charla y tengo de qué hablar, pero les agradezco más un abrazo y un beso. Y que se hayan emocionado cuando hablamos con ellas por teléfono. Cuando conversamos, tuve la posibilidad de recordar esa etapa con amor, y eso se lo ganaron ellas.

-¿Qué materias te gustaban en el colegio?

-Historia me gustaba. Y Lengua, Literatura... En esas materias no me dispersaba, ahí estaba como conectado. Pero odiaba Física, Química, Matemática; todo eso me costaba muchísimo. No lo entendía.

-Empezaste la escuela media justo cuando se recuperaba la democracia. ¿Cómo viviste esa etapa de efervescencia política?

-Es cierto, arranqué en 1985 la secundaria. Y tenía mucha conciencia de lo que había sucedido en el país porque mi padre fue detenido y su socio, torturado. Pero más allá de eso, en el colegio no militaba. De hecho fui a muchas marchas; a las primeras marchas que hubo durante el gobierno militar me acuerdo de haber ido con mi viejo. Hubo una el 30 de marzo, mi viejo cumple años ese día y yo fui con él. Pero no pertenecía a ninguna agrupación; iba a todas las marchas y tenía mucha conciencia política, como la tengo hoy, pero no militaba, ni tampoco había militancia en un colegio privado. Militar en un colegio privado me parece como patético; para mí es la misma ecuación contradictoria que los "programas de denuncia en televisión". Los programas de denuncia en televisión son una vergüenza, denuncian unas cosas y otras no. A mí me ofrecieron hacer un programa de denuncias hace poco y dije: "¿Dónde, en Telefé?". Debería denunciar a Telefé, a Canal 13, a Canal 9, a América, a todos; y no voy a denunciar a unos sí y a otros no. Denunciá a todos, loco. Me denunciaría a mí mismo. Pero bueno, no, no militaba; tampoco milité nunca en mi vida. Voy a los lugares que creo que hay que ir pero no milito, no formo parte de ningún movimiento.

-¿Cómo siguió tu educación fuera de la escuela?

-Cuando terminé el colegio empecé a estudiar periodismo deportivo, pero después me di cuenta de que no podía hablar mal de Boca, o bien de River, entonces preferí seguir siendo hincha. Ahí empecé a estudiar teatro como una forma de expresarme; estudié tres años y luego dejé, estuve dedicado a otras cosas. Y después, cuando volví a laburar, seguí estudiando. Ser Urbano también es un aprendizaje, soy alumno de toda la gente que pasa por el programa, de cada una de las personas que entrevisto; y de hecho me han enseñado mucho más que en otros lugares. Uno de los seres más sabios de esta ciudad, para mí, vive en la Plaza de los Dos Congresos; lo podés encontrar ahí todo el día, es un maestro de la vida, sin título, y yo era su alumno, sin boletín, sin nada. Creo que mi problema con el estudio es que no soy aplicado, soy muy desparejo, muy inconstante; salto de una cosa a otra todo el tiempo. Si estaba en Matemática, quería estar leyendo Historia. No me gustaban los horarios del colegio... es más, me parece ridículo que en la escuela todo se divida por horas. En fin, soy alumno constantemente, pero es muy difícil que estudie.

- En teatro, ¿tuviste algún maestro memorable?

-Recuerdo principalmente a Carlos Gandolfo, mi primer profesor de teatro, por una razón muy concreta. En la primera clase, Carlos se paró en el escenario, delante del telón, nos miró y nos dijo: "Yo les aseguro que detrás de este telón hay un mundo maravilloso; el que quiera pararse y entrar, lo va a descubrir". Yo me paré y fui, inmediatamente. Me parece que fue una invitación a algo que yo descubrí con el tiempo; una invitación a la expresión, a la creación.

-¿Y cómo influyó en tu educación el hecho de provenir de una familia de artistas?

-Me parece que lo que más les agradezco a mis viejos, que fueron mis primeros maestros, es que me ayudaron a valorar mi libertad, mi capacidad de expresión. Me ayudaron a tomar conciencia de mi libertad y a que pudiera jugar con ella, en todos los ámbitos de la vida. Yo me dormía con mi viejo, muchas veces, escuchando música clásica en Radio Nacional, o a Caetano Veloso... Hoy voy a ver a Caetano y canta una canción, y a mí me lleva enseguida a cuando tenía un año; es mágico eso.Yo le agradezco a mi familia la expresión del arte; mi vieja dibuja, mi viejo produce y fue actor, mis hermanos dibujan, escriben, hacen música.... Mi viejo disfrutaba mucho cuando yo le contaba que íbamos a cantar con el coro a tal o cual escuela; también cuando le contaba que jugaba al fútbol, que para mí es un arte.Y yo creo que con mis hijos voy a ser igual, voy a querer que disfruten y gocen de lo que hacen; si no gozan, no puedo exigirles que me traigan algo que no sale de ellos.

-¿Pero ellos no se preocupaban si no sabías sumar, restar, o si tenías faltas de ortografía?

-Más vale que a mi viejo no le gustaba que no supiera las tablas de multiplicar; me decía: "Te van a servir". Y de hecho es algo que hoy también le agradezco. Todo el tiempo me preguntaba: "¿Dos por dos? ¿tres por tres?", y hoy me gusta, porque yo no uso calculadora. Es como una enfermedad que tengo (se ríe), por ahí estoy en mi casa "Catorce por noventa y dos...", hago cuentas. "¿Cuánto tarda un avión...?" (se ríe), un enfermito.Y mi viejo también hace esas cosas.

-¿Y te hacías la rata?

-(divertido) Poco. Las dos o tres veces que me rateé fueron patéticas, lo hacía muy mal. Hablábamos con mis amigos y decíamos: "Mañana nos rateamos". ¡Y nos encontrábamos en la esquina de Libertador y Núñez, que era el lugar por donde pasaba el micro con todos nuestros compañeros y todos nuestros profesores! Después no íbamos a clase, pero ellos ya nos habían visto a la mañana, con el uniforme... Lo hicimos dos veces, y las dos veces nos cagaron. Pero igual yo faltaba muchísimo porque mis viejos me dejaban. Siempre llegaba a fin de año con veinticuatro faltas y media.

-¿Te considerás maestro en algo?

-Me considero maestro por la simple razón que estoy aprendiendo todo el tiempo, me parece que es una de las condiciones básicas que debe tener un maestro que está enseñando. Me encantaría en algún momento de mi vida dar clases de teatro, y estoy trabajando en un proyecto para abrir un hogar para chicos de la calle. Ahí me gustaría trabajar como maestro.Vamos a dar clases de teatro, música y escultura. Si consigo ayudar a cuatro, a cinco chicos o chicas, ya va a ser importante.

Inés Tenewicki y Silvina Seijas

   
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