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El precio del amor
por Ricardo Piglia*
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Entró en el zaguán bajo la suave claridad del
atardecer: imperturbable, de sombrero, un
poco ridículo y como disfrazado, esforzándose
en parecer más viejo o más seguro, menos frágil
con sus veintidós años recién cumplidos y el
paquetito envuelto en papel de seda. Reconoció el
olor a humedad y a madera quemada que bajaba
por el pozo de aire, una neblina pálida, invisible,
que siempre asociaba con la piel de Adela. Se miró
la cara en el espejo del ascensor, satisfecho, y
después bajó, lento y oscuro, repasando lo que había
preparado para decir cuando le abrieran. Tardaron
un rato en contestar y él siguió inmóvil, de
perfil a la puerta del departamento, ensayando un
gesto humilde, temeroso de que si trataba de insistir
ya no lo recibieran. Del otro lado llegaba un
quejido apenas perceptible, como si alguien rezara
en voz baja o llorara bajo el agua. "Parece una gata
que maúlla", pensó él, "una gata con cría". Volvió
a llamar y después de un rato la puerta se
entreabrió. En el umbral una nena que no debía
tener más de seis años lo miraba inclinando la cabeza
hacia un lado en un ademán tímido que la hacía
parecer un pájaro. Llevaba trencitas y anteojos
sin aro de mucho aumento, que le daban una expresión
adulta, concentrada. Él se agachó hasta
quedar a la altura de la chica.
-¿Cómo te va? -le dijo-. ¿Eh? Lucía.
La nena lo siguió mirando en silencio, distante,
ajena.
-Mamá no está -dijo, por fin, como si recitara-.Y
yo no puedo abrir la puerta a los desconocidos.
-¡Pero cómo no te acordás de mí! ¿No te acordás
de Esteban?
La chica negó con la cabeza y se quedó quieta
contra el reflejo del sol que brillaba en el fondo
del pasillo. "La misma cara pero avejentada", pensó
él, "como si la hija envejeciera en lugar de la
madre".
-Estaba jugando con él -dijo la chica de pronto,
y le mostró un muñeco de goma.
-Lindo.
-No. Lindo no es, lo que tiene que flota.
-No me digas.
-En la bañadera, lo pongo y flota.
-Así que lo ponés en la bañadera y flota -dijo él
y se sintió un poco idiota hablando con la chica
ahí abajo. Ella lo miraba de frente ahora, los ojos
muy pálidos, la mirada agradecida y turbia de los
miopes detrás del cristal de los anteojos.
-¿Y vos quién sos? -dijo después.
-Te dije. Soy Esteban. ¿Cómo no te acordás de mí?
La chica se acomodó los lentes y se tocó la cara,
suave, con la yema de los dedos.
-¿Sabés cómo se llama él? -dijo mostrando el muñeco-.
Se llama Oscar.
-Muy bien. Ahora escuchame: ¿te dijo Adela dónde
iba?
-Ella no va a volver.
-¿Por qué no va a volver?
-Siempre se va y después no viene.
"Está adentro. Está encamada con un tipo", pensó
él, y sintió una especie de alegría, como si eso hubiera
sido lo que había venido a buscar. "Ella con
un tipo y la nena jugando con agua".
-Bueno -dijo-. Voy a entrar, voy a esperarla.
La chica apretó el muñeco contra el cuerpo y pareció
que iba a largarse a llorar, pero se movió hacia
un costado dejando libre la puerta.
Adentro la luz de la tarde se aquietaba contra las
cortinas de tela cruz. Todo seguía igual, las cosas
en el lugar de siempre, pero no había rastros de
Adela. "Mujeres", pensó, tratando de darse ánimo.
"Sucias, abiertas. Se desangran y lloran. Mujeres",
pensó él, como si estuviera soñando. Buscó un sillón
y se acomodó en medio del cuarto, el sombrero
apoyado en las rodillas, cubriendo el paquetito
color rosa. La chica se había sentado enfrente, en
una silla baja y acunaba al muñeco. "Parece una sonámbula",
pensó él sin emoción, "una versión en
miniatura de la mujer que habrá de ser.Tonta, miope,
desencantada".
-¿Vos eras un novio de mamá?
-Sí -dijo él-. ¿Te acordás ahora?
-Me parecía -dijo la chica, y le sonrió, tímida, sosegada.
Él prendió un cigarrillo y decidió que iba a quedarse.
No tenía a dónde ir, en el fondo todo le daba
lo mismo. "Esperar acá, esperar en otro lado".
-Sabés -dijo la chica de pronto-, yo sé cantar canciones.
-¿No me digas?
-¿Querés ver? -dijo ella, y se acomodó los lentes
antes de empezar a cantar en voz baja y serena,
siempre con el mismo rostro indiferente:
"Oh Madre, madre mía
oh consuelo del altar
amparadme y guiadme
hacia el mundo celestial",
cantó la chica, rígida en la silla, y después se detuvo,
bruscamente.
-Muy bien -dijo él-. Bárbaro como cantás. ¿Quién
te enseñó?
-Adela -dijo la chica, y volvió a quedarse callada.
El rumor de la ciudad llegaba sordamente por la
ventana como una respiración, un jadeo. Esteban
sintió que el olor de ese lugar lo ponía triste. Era
un olor dulce, a jugo de naranja, a tierra húmeda,
que lo obligaba a pensar en su infancia, en los viajes
en tren a Bolívar, sentado en el vagón comedor.
La chica se había bajado de la silla y jugaba en un
rincón. Él la sentía murmurar y reírse, hablando
sola. Se levantó y caminó hacia la ventana. Desde
ahí se veían los techos y las azoteas de Buenos Aires.
Chapas, esqueletos de cajones, antenas de televisión.
"Ciudad de mierda", pensó él, "sucia, arruinada".
Cuando volvió a mirar hacia adentro la chica estaba
agazapada en un rincón y parecía olfatear el aire,
la cara alzada hacia el ruido que hacían los tacos
de la mujer en las baldosas del pasillo: "Ahí
está", pensó él, endurecido, desafiante. "Ahí está ella"
y trató de encontrar una frase para recibirla: "Soy
yo. Soy Esteban, estaba cerca y quise verte. Estaba
cerca, pasaba, tuve ganas de verte", pensó él, como
quien reza, mientras la mujer abría la puerta y su
figura alta y suave se recortaba contra el último resplandor
de la tarde.
-Corazón -dijo Adela, levantando a la nena -. ¿Qué
dice mi hermosura?
-Está un señor -dijo la chica, y Adela buscó en el
fondo de la pieza, encandilada, la figura del hombre
que sonreía, borroso, rígido.
-Esteban -dijo ella, turbada-. Querido.
-Pasaba. Vine a verte -dijo él-. La chica estaba sola
y yo...
-Pero sí, claro. Dejame que reaccione. Dios mío,
mirá cómo me encontrás. Pero sentate, no te quedes
así, sentate, por favor.
-Pasaba -se empecinó él-. Me dieron ganas de
verte.
-Mamá -dijo la chica-, ¿es tu novio?
-Es Esteban -dijo ella-. Esteban. Pero vení, Dios
mío, cómo te has puesto. Se pasa la vida jugando
con el agua. Esperame un minuto, un minuto y ya
estoy.
Esteban la miró abrazar a la nena y pasar al otro
cuarto, atropellada y un poco culpable, como siempre
que trataba con su hija. Después sintió que hablaban,
escuchó ruido de papeles, ruido de agua
en las cañerías y se quedó quieto, sin pensar, hasta
que Adela reapareció, sonriendo, un tenue brillo
de recelo en los ojos húmedos. Se había retocado
la cara; las finas arrugas que marcaban su piel
le daban una expresión fatigada, turbia.
-Estás igual -dijo él-. Todo está igual.
-Salí. No me hables. Vieras lo que fue hoy -dijo
ella-. De un lado a otro todo el santo día.
Se miraron sin hablar, disueltos en la líquida claridad
del cuarto.
-Es tan raro -dijo ella, y trató de sonreír-. No sé
qué decirte.
-¿Raro? ¿Qué?
-No sé. Que hayas venido, que yo llegue y vos...
Pero no me hagas caso.
-Pasaba, ya te digo -dijo él, y se movió, apenas,
hacia un lado-. Te traje esto -dijo, y empezó a desenvolver
el paquete con cuidado, tratando de no
arruinar el papel transparente con florcitas de colores-.
Es perfume. Te traje perfume. ¿Te gusta?
"Es tan ridículo, Dios mío. Me trae perfume", pensó
ella. "Tan hermoso. Me hace sentir tan vieja".
-¿No lo abrís? -dijo él-. Abrilo. ¿No lo querés? Si
no te gusta te lo puedo cambiar.
-No. Sí. Gracias -dijo ella, y se obligó a sentir el
perfume vulgar y a emocionarse.
-Es importado -dijo él-. Consigo perfume de contrabando.
Todo el que quiero.
-¿En serio?
-Tengo un amigo en la aduana -dijo él, siempre
serio y solemne-. Consigo lo que quiero: perfume,
ropa fina. Cualquier cosa de esas que quieras no
tenés más que decirme.
Ella lo miró alzando, ávida, el rostro agudo y pálido,
tratando de parecer dichosa, humilde.
-Me alegra tanto que viniste. Todo este tiempo,
siempre pensando, vieras. Primero me enteré que
estabas viviendo con Adolfo, si serás loco, vivir con
ése. Solo a vos se te ocurre. Lo encontré un día,
¿no te dijo?
-Viví, sí, en la casa de él, un tiempo. Al final me
harté: todo el día hinchando con la política. Es un
samaritano, un tipo del Ejército de Salvación. Ahora
estoy en un hotel.
-Yo estuve por ir a verte, ¿sabés? ¿No te dijo Adolfo?
Te quiero decir, mirá: yo fui tan mala, ese día.
Quiero pedirte disculpas, Esteban. Estaba tan nerviosa,
fui injusta con vos, estaba como loca.
-Está bien -dijo él-. No es la primera vez que me
echan de algún lado.
-No -dijo ella, la cabeza gacha, jugando con las
perlas del collar-. Vos vieras, querido. Yo me sentía...
-Ya sé -la cortó él-. No te hagas mala sangre.
-Es que tengo que decirte, quiero que sepas: estaba
como loca, yo, nerviosa, neurasténica.
-Está bien -dijo él-. ¿Por qué no hacés un poco
de café?
-Pero sí. Mirá, ves cómo soy. Te tengo ahí pobre
querido. Te traigo algo de comer. ¿Querés comer
algo? ¿Con el café?
Él se quedó mirando la figura delgada, elegante, de
Adela, enfundada en el vestido azul: el brillo azulado
de la carne de la mujer que caminaba, taconeando,
hacia la cocina. Desde el otro cuarto llegaba la
risa sofocada de la nena que jugaba, hablando sola.
-Esta nena es una santa, ¿vos viste? -dijo ella, volteando
la cara desde la cocina-. Vieras cómo se
queda solita, vieras cómo me hace compañía.
Sin motivo, como queriendo prepararla para lo
que vendría, él se obligó a mentir.
-Me conoció perfectamente, apenas me vio, tu hija.
Se acordaba de una vez que la llevé al zoológico.
-Pero, claro, ¿cómo no se va a acordar? Desde que
te fuiste no hace más que hablar de vos.
"Bien", pensó él. "Empezamos los juegos, ella y yo".
-Pero qué hiciste todo este tiempo -dijo ella, entrando
con la bandeja y sin mirarlo-. Decime. ¿Qué
habrás hecho? Salvaje.
-De todo un poco.
-Te mataría, mirá. Sos un salvaje -dijo ella acomodando
las tazas en la mesita baja-. Tengo strudel.
¿Te gusta el strudel?
-Sí, claro -dijo él, y empezó a comer, inclinado,
tirando el cuerpo hacia adelante-.Te vi, un día. Ibas
con un tipo. ¿Vos no me viste a mí?
-No -dijo ella-. ¿Cuándo?
-Raro. Ibas por Suipacha, con el tipo. Raro que
no me hayas visto. Llevabas un vestido rojo, parecías
de lo más feliz. No sé por qué pensé que el tipo
era brasilero.
-¿Brasilero? Qué loco sos. No. Seguro era, ya me
acuerdo, seguro era el amigo de Patricia que ...
-No sé por qué pensé que el tipo era brasilero -la
interrumpió él-. Uno tiene esas cosas, ¿no?
Por la manera de caminar, supongo.
-Ya te digo, era un amigo de Patricia,
iríamos a la casa de ella. Pero,
¿qué importa eso ahora? No importa
nada. Ahora viniste, estás acá,
soy tan feliz. Yo nunca me hubiera
atrevido a buscarte. Me conocés, sabés
cómo soy. Nunca me hubiera
atrevido y sin embargo desde ese
día, no me vas a creer, estaba segura
que ibas a volver. Nos íbamos a
encontrar para hablar, para que yo
pudiera decirte, Esteban, querido
-dijo ella, y pareció que la piel se
le agrietaba, disuelta en la piedad
que sentía por sí misma-.Te he extrañado
tanto. Estaba loca, como vacía.
Nunca vas a saber -dijo ella, y
se inclinó tan cerca que Esteban alcanzó
a sentir el perfume dulce que
desprendía la piel de la mujer. Era
un perfume como una niebla turbia que lo entristecía
y lo decidió, por fin, a empezar a decirle para
qué había venido.
-Sí, claro. Pero yo, sabés -dijo él sin poder mirarla-.
Quiero decirte, vine a despedirme. Me vuelvo
a Bolívar.
-Dios mío -dijo ella-. Estás loco.
-¿Por qué? Quiero cambiar de aire. Mi viejo me
va a poner al frente del negocio. Porvenir asegurado
-dijo él-. Buenos Aires no es para mí. Mientras
estaba con vos no me daba cuenta. Claro, como vos
me mantenías.
-Esteban, por favor.Te dije que ese día, te dije que yo...
-No. Si tenés razón. Sos una mujer práctica. Tus
cosas siempre van a ir bien. Vos te arreglás.
-Me acostumbro, querrás decir.
-Puede ser. Pero yo no, ves. Nunca me acostumbro,
nunca me voy a acostumbrar a nada. Los que
hacen eso es como si estuvieran muertos.
Ella buscó un cigarrillo y lo encendió, agazapada,
tratando de disimular la mano que temblaba.
-¿Y por qué te volvés, si se puede saber?
-Porque uno piensa las cosas de un modo y después
todo sale distinto. Parecía fácil ¿no?, cuando
recién llegué. Me acuerdo y
me mato de risa. Me iba a
llevar el mundo por delante,
fijate vos, y ahí tenés -Se
detuvo como si no pudiera
respirar-. En esta ciudad de
mierda, ¿te das cuenta? Uno
llega, piensa que lo están esperando.
Cuando quiere
acordarse está perdido, triturado.
La oscuridad iba llegando
de a poco; en la ventana la
ciudad era una mole gris.
-¿Y cuándo te pensás ir?
-No sé todavía. Mañana,
pasado. Lo peor va a ser
cuando llegue. Hay cada hijo
de puta en los pueblos,
no te imaginás. Cada uno
que se vuelve hacen una
fiesta.
Adela trató de calmarse y
fumó quieta, el humo nublándole
la cara.
-¿Qué pensás? -dijo él.
-Nada. Estoy tratando de entender.
-A la larga va a ser mejor -dijo él, y se levantó.
Caminó hasta la ventana. Al fondo el río era una
mancha sucia-. Todavía tenés la estatua -dijo él, y
la alzó con las dos manos. Era una figura de plata.
La imagen de una virgen con rostro de pájaro-. El
Cuzco. Trescientos años. Nunca me gustó esta estatua,
te voy a confesar. Demasiado cara para ser
un adorno. Siempre pensé que vos eras como esta
estatua: demasiado fina para mí.
Ella siguió quieta, las manos flojas; lo miró acomodar
suavemente la imagen en la repisa y volver
al sillón.
-Gran cara de turro el tipo que iba con vos, la
verdad -dijo él-. Te gusta coleccionar. A los hombres,
quiero decir.
-No seas tonto.
-Si es lo que hacés.
-Bueno, ¿y qué?
-Nada -dijo él.
Se había sentado otra vez y miraba el piso, un lugar
en el piso, concentrado, rencoroso.
-Tonto -dijo ella-. Sos tan tonto.
Tendió la mano y le rozó la cara con la yema de
los dedos. Él la miró de frente, indeciso, como sin
verla.
-¿Qué nos habrá pasado a nosotros, Adela?
-¿Quién sabe? -dijo ella.
-Siempre me acuerdo cuando llegaste de Chile.
Me acuerdo de eso, no sé por qué. Estabas tan hermosa.
Nos íbamos a querer toda la vida.
-Sí -dijo ella-. Nos íbamos a querer toda la vida.
-Me trajiste una botella de pisco, ¿te acordás?,
cuando viniste de Chile -dijo él-. Nunca vas a saber
cómo te quería. Me quería casar con vos para
que no pudieras dejarme, mirá si seré pelotudo.
-No -dijo ella-. Querido.
-Estoy tan jodido -dijo él, y hundió la cara en el
cuerpo de la mujer.
-Hermoso -dijo ella, y lo abrazó-. Mi chiquito.
Él se había recostado en el sofá y la acariciaba,
los ojos cerrados, la cara tensa. Ella sentía las manos
de él contra su cuerpo, rozándole los muslos,
el cruce de los muslos, y se dejaba hacer, húmeda,
abierta.
-Viste el perfume que te traje. Consigo todo el que
quiero -dijo él de pronto, sin dejar de acariciarla.
-Sí -dijo ella-. Sí.
-Pensaba, con eso puedo salir a flote. El tipo que
te dije, el tipo de la aduana, me dice que teniendo
el efectivo puedo ponerme por mi cuenta.
-Por favor -dijo ella-. No hablés ahora, esperá, no
hablés, por favor.
-Todo lo que necesito, a lo sumo son cien mil pesos.
Ella se sintió floja. Disuelta. Sintió que se ahogaba.
-No -dijo-. No. Soltame -dijo ella.
-¿Qué hacés? -dijo él-. ¿Qué pasa?
Adela estaba parada frente a él, un leve temblor
en la piel de los párpados.
-¿Cuánto necesitás? ¿Cuánta plata querés? -dijo-.
Yo te la doy. Te venís acá, yo te doy la plata. ¿Está
bien?
-Pero ¿qué pasa? -dijo él, mal sentado en el sofá
y trató de sonreír-. ¿Estás loca?
-Viniste a eso, ¿no? Te traés todo, te doy la plata.
Esteban se levantó, despacio, hasta quedar de cara
a la mujer.
-¿Por qué me humillás? -dijo.
-¿Quién? -dijo ella-. ¿Quién?
-Vos. ¿Por qué me humillás? ¿Qué estás buscando?
¿Por qué me humillás? Querés verme tirado,
arrodillado. ¿Eso querés? -dijo él, y se arrodilló a
los pies de la mujer-. Ahí está -dijo-. Bien. La señora
es una señora. Tiene sentido práctico, es orgullosa,
tiene sentido de la oportunidad. La señora
-dijo él.
-Levantate, por favor. No seas ridículo.
-¿Ridículo? Claro que soy ridículo. Ridículo. ¿Y?
¿Con eso?
-No sigas. No arruines todo.
-Claro que arruino todo. No tengo salida, no tengo
adónde ir, ¡para vos es fácil!
La chica se había recostado contra el marco de la
puerta y los miraba.
-Esteban, la nena -dijo Adela-. Te pido que...
Él buscó la cara de la chica y le sonrió; después
abrió los brazos y empezó a cantar:
"Oh María, madre mía
oh consuelo del altar
amparadme y guiadme
hacia el mundo celestial".
La nena le sonreía, el rostro suavizado, apretando
el muñeco contra el cuerpo, mientras Adela la
abrazaba para alzarla.
-Va a ser como vos -dijo él-. Igual que vos: miope,
tonta.
-Andate -dijo ella-. Te vas.
-Está bien -dijo él, y empezó a levantarse-.Tenés
razón.
En la otra pieza, el aire todavía era claro y transparente,
luminoso contra las paredes blancas.
-¿Qué le pasa? -dice Lucía.
-Nada -dice Adela-. No te preocupes.
Arrodillada, le acomoda el pelo, le pasa la mano
por la cara, tratando de no llorar. Desde ahí, como
envuelto en una bruma, lejano en la penumbra del
otro cuarto, ve a Esteban que esconde, torpemente,
la estatua de plata bajo el abrigo.
-¿Por qué cantaba? -dice la nena.
-No importa -dice Adela, y la abraza-. No importa,
mi querida. Mamá ya viene.
Cuando sale, él sigue en el mismo lugar, con el
sobretodo abrochado, el sombrero en la mano, un
brazo apretado contra el cuerpo.
-¿Te vas? -dice ella.
-Me voy -dice él.
Adela lo mira acomodarse, con una mano, el ala
del sombrero y caminar despacio hacia la puerta.
-Esteban -dice.
Él se da vuelta, pálido, tenso.
-Me das tanta pena -dice ella.
-Sí -dice él-. Sí. Ya sé.
Ella mira la puerta que se cierra y sigue quieta,
las manos flojas. Del otro lado de la ventana ya es
noche cerrada: las luces de la ciudad arden, suaves,
en la oscuridad.
-¿Se fue? -dice la chica.
-Sí. Se fue -dice Adela-. Pero va a volver. Mañana
va a volver.
* Ricardo Piglia nació en Adrogué, provincia de Buenos Aires, en
1941. Narrador, crítico y docente, publicó Nombre Falso (1975, al
que pertenece el cuento "El precio del amor") y las novelas
Respiración artificial (1980), La ciudad ausente (1992) y Plata
Quemada (1997), entre otras obras.
Ilustraciones: Daniela Kantor |